La crónica cósmica. Un bar neoyorquino llamado “Contigo”

ASUNTOS FAMILIARES. Según cuentan, a mi padre le gustaban los nombres largos, de ahí que, aparte de Joan, que corre con la sufrida responsabilidad de ser el mayor de los seis hermanos y heredó el nombre de nuestro abuelo, a los demás nos llamasen Rodolfo, Santiago (que descanse en paz y quizás lea estas crónicas desde el Más Allá) y a mí, el pequeño, Fernando, que mis amigos de la adolescencia redujeron a Nando librándome de cargar con el vergonzoso estigma de lo que indudablemente es una de tantas mentiras oficiales, pues dudo que el supuesto San Fernando tuviese algo de santo, ya que se trata de Fernando III, rey de Castilla y León, que dedicó su vida a guerrear contra los musulmanes de la península Ibérica.

En mi familia, y creo que en todas las de la España franquista, católica e intolerante, se celebraba más el día del santo de cada uno (que constaba en los calendarios debajo de la fecha) que el del cumpleaños (perversión que me apresuré a solventar en cuanto empecé a afeitarme: se acabó festejar san Fernando). Pensé en todo esto porque San Fernando se celebra el 30 de mayo y el mayor de mis hermanos y una de mis hermanas me lo recordaron llamándome para felicitarme, “Feliç dia del teu sant”: los mandé a paseo riendo. El que no me gastó esa broma felicitándome fue el segundo de mis hermanos, pues es un ateo recalcitrante que siente repulsión hacia todo lo relacionado con el catolicismo e incluso, pongamos por caso, se negará a usar palabras como “santiamén”: me sorprende que todavía no haya escrito una novela titulada “No habrá perdón para los malvados”.

A pesar de que por el momento mis precavidos hermanos y hermanas no han organizado una reunión familiar aduciendo que yo, al contrario que ellos, todavía no estoy vacunado contra el maldito Covid19, ayer visité al segundo de ellos en la población que vive, Vilassar de Mar. Él, que también es aficionado a juntar palabras, se encarga de corregir estas crónicas y los relatos divergentes (o sea que los inevitables gazapos son culpa suya: ¡ja!).

Tal como hacemos siempre, fuimos a tomar un aperitivo en el emblemático Bar Espinaler, que fue inaugurado en el año 1896 y los propietarios producen su propio vermut y cerveza, donde estuvimos hablando sobre todo de literatura: todos los miembros de la familia somos unos lectores compulsivos y siempre tenemos un libro en la mesita de noche.

Aunque mi hermano no sea un culo de mal asiento como yo, de todos modos, abandonó nuestro pueblo siendo todavía bastante joven y durante su vida residió, primero, en Barcelona, después en la isla de Formentera, más tarde en el pueblo pirenaico de Benasque, y ahora lo hace en Vilassar, una tranquila ciudad situada al borde del Mediterráneo en la costa del Maresme. Entre los diferentes oficios que hizo, estuvo el de fotógrafo, y cuando colgó en internet algunas de sus creaciones para que las usase libremente quien así lo desease, una de ellas, en la que precisamente aparecía él junto con dos amigos más en una goleta con la que pretendían navegar hasta Groenlandia, acabó colgada en un bar neoyorquino llamado “Contigo”; hecho del que él se enteró cuando un conocido suyo visitó tal bar y, al verla, le mandó la tarjeta del bar ilustrada con la foto.

La crónica cósmica. Un bar neoyorquino llamado “Contigo”

Hice el trayecto hasta esa ciudad de la costa en tren y comprobé que, debido a los paseos marítimos y otras construcciones levantas a lado de las playas que impiden el movimiento natural de la arena, algunas se están quedando sin ella. En otras ciudades el mal tiene forma de puertos deportivos que cortan la vista del mar, como sucede en Marbella: la ambición rompe el saco. Cuando recorrí las costas de la Península Ibérica con una auto-caravana tratando de mostrárselas a mi mujer alemana, descubrí desalentado que los codiciosos hoteleros habían destruido la mayor parte de ellas llenándolas de rascacielos.

Tal como os contaba en la crónica anterior, éste no es el caso de la playa de la Costa Brava llamada “la Gola del Ter” (frente a la que se hallan las islas Medes), porque en ella, aparte de no haber edificación alguna, desembocan las limpias aguas del sano río Ter, cuyas orillas están completamente cubiertas de una vegetación rica en diversidad, con plátanos, fresnos, sauces, acacias, chopos, olmos, cañizares y juncos desde los que salen los diferentes cantos de muchos pájaros. Igual que sucedía en las playas y los arroyos de mi isla malaya predilecta durante los monzones, el delta del río Ter, como si compitiese con el mar que le corta el paso moviendo la arena, cambia diariamente de forma y posición, ahora marchando hacia el norte y al día siguiente haciéndolo hacia el sur.

En la “Gola del Ter” corren libremente muchos perros, y una mañana, mientras paseaba por allí acompañado de una podenca ibicenca, las olas estuvieron escupiendo sobre la playa unos pececitos diminutos que pegaban brincos tostándose bajo los fuertes rayos de sol; y ella, la muy perra, quizás para evitarles una larga agonía (¡ja!), se los fue comiendo muy a gusto: menú del día, pescadito fresco.

La semana que pasé en una cabaña cerca de esa playa, fue memorable; sobre todo porque algunos días el plácido pueblo de Gualta parecía una población fantasma de la que yo fuese el único habitante: qué puede haber mejor que dormirte entre un absoluto silencio y que, de madrugada, te despierte el canto de los pájaros. Desde Gualta veía el curioso perfil del Macizo de Montgrí, con su castillo del Siglo XIII, en el que la imaginación popular ha visto en unos casos, quizás los más conservadores, la forma de un obispo acostado, y en otros, a una mujer; en aquéllos, el castillo representa el anillo del obispo y, en éstos, el pezón de una teta. Curiosamente, y sin haberlo advertido antes, el vino tinto de producción local que bebía allí se llama “El Bisbe Mort” (El Obispo Muerto) y en su etiqueta figura recortado el perfil de dicho monte.

A veces me visita la señora Nostalgia y recuerdo con cariño los meses que pasé junto a los amigos valencianos en la finca de Xàbia (Jávea), a los pies del monte Montgó en el “Camí Vell de Gata”. Estos juegos de la memoria me muestran el espejo de cuerpo entero que había al fondo del pasillo de la casa en el que me veía como un fantasma cuando iba a mi habitación.

Me acuerdo riendo del tiempo que tardé en descubrir que me colocaba la mascarilla pandémica al revés: ¿habremos aprendido al fin de los chinos, como los que viven en mi pueblo, que cuando han estado constipados o han tenido la gripe se han cubierto siempre con una mascarilla para evitar contagiar a los demás? ¿Sabíais que, en Valencia, aparte de plátanos, también cultivan la sana cúrcuma? ¿Conocéis la historia de una mujer valenciana del Siglo XIX llamada Josefa Naval Girbes que está en proceso de canonización, y que existen unas curanderas (también valencianas) que, según dicen, curan el mal de barriga acercando y alejando un pañuelo a la persona que lo sufra? Me pregunto si tendrán manos curativas como algunas personas de la India (poder que puede ser nato o aprendido).

Ya que he mencionado al país de mis amores, ¿sabías que en la India hay unas nueces llamadas “Sapindus Mukorossi”, que limpian y perfuman de maravilla la ropa si, en vez usar detergentes, se introduce un par de ellas en la lavadora? Las podéis adquirir en: “Cero Residuo – Tienda Online Sin Plástico”. Más información ecológica: las algas “Tierras de Diatomeas” van de maravilla para darle caña al pulgón y otros insectos, y mezcladas en los alimentos de los animales sirven para desparasitarlos.

Los amigos valencianos también me enseñaron las muchas utilidades que tiene el vinagre para la limpieza general de la casa. Seguramente habría sido útil en los tiempos de la peste; en aquel entonces la gente, si alguien estornudaba, decía “salud” como si se santiguase: es una costumbre que hemos conservado hasta hoy.

Otro recuerdo de mis meses valencianos fue el fin de año, cuando todo el mundo coreó: “¡Feliz año nuevo y a la mierda el 2020!”. Siempre he tenido buena memoria geográfica y recuerdo fotográficamente los preciosos miradores de la costa a los que me llevaron los amigos valencianos, así como los paseos que hice por los alrededores de su casa saludando a los algarrobos centenarios. Ayer pensé en ellos cuando el mayor de mis hermanos me mostró su colección de bonsáis, entre los que había un algarrobo en versión liliputiense.

Entre todos estos recuerdos de Xàbia están los juegos de los gatos Songkran y Sambal, que empezaban con lo que denominábamos “el lamido de la muerte” porque, tras unas pocas carantoñas, siempre le seguía una batalla campal. Por supuesto, babeo al pensar en las sabrosas paellas que cocinaba el amigo valenciano. Humor valenciano en internet: “La policía ha arrestado a un hombre por haber puesto chorizo en la paella”; incluía una foto de un hombre siendo esposado.

MIRA LO QUE PIENSO

Quienes no tienen instinto o no saben que lo tienen, niegan que exista.
Una amiga catalana muy morena que frecuentemente la confunden con una árabe o una bereber, me contó que, debido a la protectora pigmentación de su piel, ella necesitaba tomar mucho más el sol que otras personas para asimilar la vitamina D.
Seamos claros: los héroes mueren mientras que los cobardes viven y se reproducen, así que, lógicamente, cada vez somos más los cobardes y rastreros.
Imaginad a unos árabes, unos vietnamitas o unos aztecas patrullando por Nueva York, Barcelona o Londres, o bombardeándolas como hizo el ejército norteamericano en la ciudad vietnamita Hue hasta no dejar un ladrillo sobre otro.
Mi difunto amigo Enriquito de Lanzarote, que tenía mucha imaginación y era muy bromista, llamaba a una de sus perras “Fulana” y a la otra, “Inocencia la Mía”; el nombre del gato era “Cegato”, y cuando circulábamos por las infernales pistas de tierra de la isla, diría: “Esto es el rally país d’acá”.
El diccionario de la lengua es un museo de las palabras en el que faltan algunas que corren libremente por la calle.
Para conocerte has de conocer y aceptar tu locura (todos estamos un poco locos) y también la de tus amigos.
En una película noruega aparecía la celda de una cárcel, que a un africano le hubiese parecido la habitación de un lujoso hotel.
Es bastante diferente ser gracioso y hacerse el gracioso (como el odioso bromista que sólo se hace gracia a sí mismo); ser simpático o hacerse el simpático, ser listo o hacerse el listo: ¡listillo!

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
1400 933 Nando Baba

Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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