La crónica cósmica. Un cursillo intensivo acerca de Kenia

La crónica cósmica. Un cursillo intensivo acerca de Kenia
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UNA SERIE DE EVENTOS INESPERADOS II. TERCER DÍA. Partimos de Buffalo Springs de madrugada y nos dirigimos hacia el sudoeste de Kenia ascendiendo paulatinamente hasta los 2.100 metros de altitud. Al mismo tiempo que las temperaturas descendían librándonos del bochorno, los paisajes se cubrían de verdor.

Por la carretera nos cruzamos con una motocicleta que transportaba un aparatoso sofá en el que, completando tan cómica imagen, iba sentado confortablemente un hombre. Hicimos una parada para echarle un vistazo a la preciosa Cascada de Thomson y, como era de esperar, fuimos asaltados por una colección de mujeres que nos ofrecían productos artesanales. Ellas, chicas listas, se olvidaron de mí en cuanto pusieron su mirada en la mía: “¡Que tío más raro!”.

Por la tarde llegamos a nuestro siguiente destino: el Lake Nakuru National Park, que se halla a 1.792 metros de altitud, y al Flamingo Hill Camp, donde nos hospedamos en una tienda de campaña que superaba a la cabaña anterior en cuanto a lujo y espacio. Caso insólito en este mundo en proceso de desecación: el nivel del agua del Lago Nakuru no deja de subir y está inundando las tierras de los alrededores.

Tras instalarnos, salimos de paseo en la camioneta y, siempre guiados por el experto Charles, vimos seis rinocerontes blancos (“white”); denominación errónea ya que su nombre real es “wide”, o sea ancho, y tiene que ver con la anchura de su boca. Al contrario que los rinocerontes nepaleses, son unos tipos sociables y conviven en grupos. Recorriendo la orilla del lago también vimos bandadas de flamencos y pelícanos, así como varias manadas de cebras y jirafas de distintas razas. En cuanto atardeció, las temperaturas descendieron espectacularmente.

De vuelta en “casa”, y debido al esmerado y amable servicio que recibíamos de los empleados del “camp”, empezamos a sentirnos como unos británicos del Siglo XIX. Cuando nos dirigimos a la amplia cabaña de madera que servía de comedor, fuimos recibidos por un hombre y cuatro mujeres que cantaban y bailaban de maravilla siguiendo el ritmo que marcaba un tipo con un órgano electrónico; un numerito con tanta gracia y amabilidad que en poco rato ya habían conseguido que todos participásemos en la fiesta, incluidos los camareros y los cocineros que llevaban a cabo sus tareas bailando hábilmente (caso contrario al de los huéspedes europeos, que, a su lado, daríamos pena).

CUARTO DÍA. Salté de la cama a las cinco y cuarto de la madrugada para tener tiempo de hacer tranquilamente mis ceremonias matinales y partimos a las seis y media siguiendo el mismo rumbo hacia el sudoeste. A esa temprana hora el Lago Nakuru nos ofreció una imagen bucólica que incluía la neblina flotando por encima de sus aguas y docenas de tocones de árboles que sobresalían de la superficie: supuse que habrían muerto al ascender el nivel.

Tras dejar las pistas forestales empezamos a circular por la Carretera Transafricana, en la que su ajetreado tráfico no era óbice para que en los arcenes pastasen tranquilamente cebras y jirafas. En cada uno de los frecuentes controles policiales en los que se inspeccionaba sobre todo el estado de las ruedas de los vehículos, Charles saludaba, charlaba y bromeaba amistosamente con los agentes como si fuesen viejos amigos.

Nuestro chófer, aparte de conducir de maravilla, no dejaba de aportarnos información de todo tipo: “El nombre con que nos bautizan depende de si hemos nacido de día o de noche, en la época de las lluvias o en la seca”. “Baraka es un nombre de hombre”. Estábamos recibiendo un cursillo intensivo acerca de Kenia.

Los grupos de niños que se dirigían a la escuela andando o corriendo, nos saludaban siempre con una sonrisa en los labios. Pasamos bajo la ladera de algunos volcanes y al poco llegamos a Naivasha Lake; vasto lago que alberga la isla Crescent en la que se filmó parte de la famosa película Memorias de África (Out of Africa).

Charles nos puso en manos de un barquero que nos paseó alrededor de aquel entorno idílico, completamente llano y verde que parecía un inmenso jardín creado por un diseñador de paisajes. Allí, entre ibis blancos y negros, marabús, cormoranes, pelícanos, cebras, jirafas, impalas y ñus, vimos dentro del agua a nuestros primeros hipopótamos, con las mamás llevando a sus “pequeños” sobre la espalda. El barquero no había olvidado traer un pescado con el que atrajo a una elegante águila pescadora de cabeza blanca y cuerpo negro. Las acacias cubiertas de pinchos habían sido substituidas por las de tronco amarillo, más altas y espectaculares.

De vuelta a la camioneta, pasado el mediodía dejamos el asfalto y circulamos un buen rato por unas pistas infernales, que te hacían creer que estabas metido en una coctelera, y entramos en la Masai Mara Reserve.

Nuestro destino era el Karibu Basecamp, donde se había hospedado el presidente Barak Obama; simpático caballero que subvencionó el precioso jardín que lleva su nombre. A nuestro alrededor había inmensas sabanas que, en vez del típico color pajizo que caracteriza estas llanuras, eran verdes gracias a las tempranas lluvias que habían caído recientemente. ¡El lujo de las tiendas de campaña continuaba mejorando!

La excursión que hicimos por la tarde nos llevó hasta el hito de forma triangular que marcaba la frontera de Tanzania y el principio del Serengeti National Park. Hasta ese momento ya habíamos comprobado que, como nos dijo Charles, estábamos teniendo suerte al poder contemplar muchos animales y, además, hacerlo casi siempre a solas (algo que hubiese sido imposible en la temporada alta: se podría comparar a ir al cine el lunes en vez de hacerlo el domingo); y la fortuna volvió a estar de nuestra parte cuando el amigo valenciano comentó: “Me gustaría ver un guepardo”; y al poco nos cruzamos con un macho de esa especie que iba a solas y que pasó tranquilamente a nuestro lado permitiendo que mi amigo y su novia lo ametrallasen con las cámaras fotográficas.

Pero no habíamos terminado y, a continuación, encontramos cinco guepardos más, que eran hermanos (pueden nacer seis en una sola camada) y que trataban de cazar un topi, antílope con una corpulencia y movimientos parecidos a los de un caballo pero con una cornamenta similar a la de un macho cabrío, el cual salió por piernas sin dar opción a la camada de guepardos a que se acercase.

Completamos tan completo día, encontrando varios “elan”, que son los mayores antílopes de África y pueden alcanzar un peso de 800 kilos.

QUINTO DÍA. El canto de las hienas acompañó nuestros sueños durante la noche. Nos pusimos de nuevo en marcha de mañanita por la interminable sabana verde. El cielo estaba alto y despejado. Tras unos pocos kilómetros fuimos testigos (a corta distancia) del epílogo de un drama en el que habían participado un guepardo, un topi y una familia de hienas. El primero, que había tratado de cazar al antílope, pero sólo lo había herido, se quedó con las ganas al aparecer en escena los otros depredadores, los cuales, tras alejarle, alcanzaron al pobre topi y ahora lo devoraban con el rostro embadurnado de sangre: era impresionante escuchar el ruido que hacían cuando trituraban los huesos con sus fuertes mandíbulas.

En este caso, nuestra soledad había pasado a ser historia, pues teníamos varios todoterrenos a nuestro alrededor e, incluso, uno con todo un equipo cinematográfico (los chóferes se comunican por radio). De todos modos, tienen supuestamente prohibido salir de las pistas y en algunas hay letreros indicando que están reservadas a los guardas del Servicio Forestal.

El día había empezado de maravilla, y siguió así cuando encontramos un leopardo solitario que pudimos contemplar a gusto. También vimos butardas, unos pajarracos grandotes, y a otros llamados “secretarios” que tenían unas largas patas y preferían andar antes que volar; debido a su aspecto, éstos habrían podido formar parte del elenco de Parque Jurásico.

Estuvimos circulando seis horas por la Masai Mara Reserve gozando de una naturaleza viva que pertenecía exclusivamente a los animales. El verdor claro de la hierba sólo terminaba ante el más oscuro de los árboles que enmarcaban los desfiladeros formados por algunos ríos, como el Mara, en cuyo cauce dormitaba una manada de hipopótamos (alcanzan las 3 toneladas de peso), que nos deleitaron con sus ruidosos resoplidos: se limitan a salir del agua durante la noche para pastar.

Me sorprendía agradablemente ver que los animales, ya fuesen elefantes, avestruces, impalas o jabalíes (que mantenían su fina cola erguida como una antena mientras corrían y la bajaban inmediatamente en cuanto se detenían) pastaban plácidamente sin sufrir las aglomeraciones que habrá en cuanto empiecen las migraciones a partir del mes de junio. Charles nos contó: “Entonces los miles de ñus hacen un ruido horroroso y los elefantes se alejan de ellos porque les resulta insoportable”.

Bajo unas matas encontramos dos leones macho barrigudos que hacían la digestión y podrían estar durmiendo veinte horas seguidas.

La perla del día fue un rinoceronte negro (del que únicamente quedan quince en Masai Mara), tipo solitario y “antipático” que, al contrario que los demás animales, se alejó rápidamente dejándonos claro que no quería saber nada de nosotros.

De camino hacia nuestro siguiente domicilio, hallamos a siete leones dormitando bajo la sombra de unos arbustos; eran seis hembras y un macho, que tenía a su lado los restos una cebra que habría guardado para más tarde por si se había quedado con hambre. Estábamos en el territorio de los masáis, tribu a la que se permite residir dentro de la reserva y tiene unas grandes manadas de vacas y ovejas que protegerán de los depredadores con sus afiladas lanzas.

Nuestra larga y fructífera jornada terminó al llegar al Loyk Mara Camp, en el que nos quedamos boquiabiertos por dos razones. La primera, porque, al contrario que en los otros sitios en que nos habíamos hospedado, no estaba vallado y los animales podrían llegar hasta nuestra tienda de campaña. ¡Para recorrer de mañanita o al anochecer los cien metros que nos separaban del restaurante deberíamos ir acompañados de un guerrero masái con su lanza en ristre! Y la segunda, porque la tienda era inmensa y lujosa y superaba todo lo imaginable. Añádasele a esto que, aparte de una pareja argentina, éramos los únicos clientes.

Comimos siendo observados a corta distancia por doce jirafas y veinte cebras: ¡Mejor, imposible! Cada menú empezaría con una deliciosa sopa de verduras que ligaba perfectamente con los masáis, pues te saludaban diciendo, “Sopa” (hola. En suajili: “Jambo”).

Tres masáis, siempre con sus lanzas en la mano, nos llevaron de paseo por los alrededores. ¡Al fin poníamos los pies sobre la sabana! Me jiñé de miedo cuando pasamos cerca de un par de búfalos, tipos malcarados que, como sabe todo el mundo, son los animales más peligrosos de África. Valga añadir que aquellos masái, jóvenes, fuertes y esbeltos, nos mostraban su esperada arrogancia.

Esa noche (con un buen frío porque nos hallábamos a más de dos mil metros de altitud), tras unas copas del buenísimo ron guatemalteco Zacapa Sistema 23 Solera que habían traído los amigos valencianos, dormimos escuchando los animales que pululaban por “nuestro jardín”: unas hienas, un elefante, un león e incluso un hipopótamo.

SEXTO DÍA. Al fin, y tras tantas correrías, le dimos la mañana libre al bueno de Charles y nos dedicamos al ocio. Yo, madrugador compulsivo, cuando quise ir hasta el restaurante para tomar un té, hice el recorrido a solas (con el esfínter apretado) porque el supuesto guarda masái se había quedado dormido. De regreso vi amanecer sobre la sabana desde una torre de observación que había encima de nuestra tienda de campaña. En la excursión que hicimos por la tarde vimos una nueva familia de hipopótamos en un río, y a uno que iba solo por la pradera.

Unos datos: el amigo valenciano y Charles se convirtieron en adictos a mis bidis: ¡Malditos viciosos! Una broma típica de los camareros keniatas es preguntarte: “¿Qué prefieres comer, hipopótamo, rinoceronte o jirafa?”.
Continuará.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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