La crónica cósmica. Unos bidis bajo un impresionante olivo

BUENAS GENTES (con cuatro patas). Al estar acostumbrado a viajar de un lado a otro como un nómada, cuando instalo mi campamento en un sitio sabiendo que permaneceré en él una larga temporada como lo he hecho ahora en el “País Valencià” o el año anterior en la nepalesa Sauraha, procuro no calentarme el coco y alterar mi paz mental (igual que con el tema de la comida que mencionaba en la crónica anterior) pensando en mis lugares predilectos (oh, la islita tal, oh, aquella jungla…).

Pero, claro, lo que no puedo controlar son los sueños nocturnos, como los que tuve anteanoche, en los que conducía un coche por Katmandú y, tras meterme en un “cul-de-sac” oscuro y solitario del que era imposible sacar el vehículo, recordaba de pronto que tenía una reserva para volar ese día hacia un destino desconocido y llegaría tarde al aeropuerto. Mis pesadillas acostumbran a seguir ese tipo de trama. La pasada noche “sufrí” otro sueño del mismo estilo, aunque en esta ocasión me encontraba en la India, donde tomaba un autobús para ir al otro extremo del país y terminaba encallado en un pueblo dejado de la mano de Dios, donde me hospedaba en una pensión de lo más auténtico pensando en seguir el viaje la mañana siguiente, pero perdía el autobús al entretenerme charlando con otro extranjero.

Umm, me he ido por las ramas y os estaréis preguntando qué tiene que ver todo esto con lo de las buenas gentes que mencionaba en el titular: os lo aclaro. En la casa de los amigos valencianos también viven dos gatos y un perro. Éste, que se llamaba Bambú y lo rescataron de la protectora de animales, ronda el año de edad, es rubio, tiene las patas y la cola largas, y carga con un cóctel genético que podría incluir abuelos “Golden Retriever” y “Labrador”; es un perro que, a pesar de ser un honesto buenazo, arma algún que otro desaguisado típico de los adolescentes, y entonces, mientras baja la cabeza con complejo de culpabilidad, observa admirado como el precioso y diminuto gatito llamado Sambal, que los amigos valencianos adoptaron hace un mes, hace descaradamente mil barrabasadas con el convencimiento de ser el rey de la casa. Los perros creen ser unos humildes miembros de alguna casta baja, mientras que los gatos están convencidos de pertenecer a la realeza.

Toda esta parrafada inicial tenía como fin hablaros del tercer miembro animal de la familia: el gato que en realidad fue el primero en ser adoptado, concretamente en la isla malaya de Langkawi, cuando iba a ser sacrificado (¡o sea asesinado!) y pesaba menos de trescientos gramos. Los amigos valencianos lo bautizaron con el nombre de Songkran, que es la festividad del año nuevo tailandés (se celebra el 13 de abril). Supongo que será de los pocos lindos gatitos que hayan recorrido medio mundo (en trenes, autocares, barcas y aviones): Tailandia, Malasia, Laos, España, Francia e Inglaterra.

Al relacionarme con Songkran recuerdo mis viajes porque nos conocimos cuatro años antes en la ciudad tailandesa de Kanchanaburi, junto al río Kwai, donde los amigos valencianos lo dejaron por primera vez a mi cargo e hicimos buenas migas compartiendo la misma cabaña. Nuestro siguiente encuentro fue en Chiang Mai, al norte de Tailandia, población en la que pasamos un mes juntos en una lujosa zona residencial en la que Songkran, que es un hábil y compulsivo cazador, acabó con la mitad de los lagartos guecos: salvé algunos que él ya tenía en la boca y casi le superaban en tamaño. La tercera ocasión en que hice de canguro a Songkran fue en la isla malaya de Kapas, donde también compartimos una cabaña durante treinta días. Con tal currículo a nuestras espaldas, ahora este lindo gatito me llama tío Nando. ¡Miau!

XÀBIA (Jávea) A pesar de las restricciones impuestas por la pandemia, gracias a la aislada situación del chalet de los amigos valencianos podemos hacer largas excursiones por los alrededores sin cruzarnos prácticamente con nadie ni tener que cubrirnos con una mascarilla. Pocos días antes fuimos a desayunar a un pueblo que tiene el curioso nombre de Jesús Pobre y, marchando hacia poniente sin apartarnos del monte Montgó, nos pateamos más de once kilómetros entre olivares, vides y, por supuesto, naranjales.

Como si se tratase de una peregrinación mística, nos detuvimos a fumar unos bidis bajo un impresionante y retorcido olivo que, según consta en un registro histórico, pronto cumplirá los mil años de edad, concretamente en 2023. Además, a corta distancia de tan anciano árbol había un algarrobo que, por su aspecto, podría tener también una “avanzada edad”.

Una prueba de lo agradables que son las temperaturas en esta parte del “País Valencià”: el día de Navidad vi golondrinas y también abejas que revoloteaban alrededor de las flores, y en la playa de Xàbia, en la que estuvimos bebiendo unas cervezas y comiendo unas tapitas, había surfistas y bañistas tomando el sol.

El alquiler del chalet en que vivimos incluye el servicio de un jardinero marroquí llamado Abdul que se encarga de cortar el césped, podar los árboles y mantener la finca limpia. Él, un hombre muy amable de unos cuarenta años, me contó el dramático incidente que tuvieron cuando se encontraba con su familia en la playa de Xàbia. Los actores fueron dos bulldogs franceses a los que su propietaria, una turista de ese mismo país, había dejado en libertad y atacaron a la hijita de Abdul. Le pegaron varios mordiscos y, aparte de terminar recibiendo puntos en el hospital, la dejaron traumatizada de por vida. Lo más fuerte de la historia es que la mujer francesa quiso zanjar el asunto dándole treinta euros al buen marroquí, como si fuese una limosna; pero Abdul, que no se chupa el dedo, llamó a la policía y acabaron ante un juez, que le impuso a ella una multa de trece mil euros. Antes de permitir que la gente tenga perros deberían obligarles a realizar los estudios pertinentes y aprobar un examen como se hace con el carné de conducir; y en el caso de los perros peligrosos, el examen de esas personas tendría que ser también sicológico, porque es evidente que están locas o son idiotas.

LA TABERNA GALÁCTICA

En la isla malaya de Kapas, el amigo valenciano me presentó a una pareja muy interesante de unos treinta años y pico, ella cordobesa y él de un pueblo vecino al mío, que viajaban continuamente desde hacía varios años y se pagaban la vida escribiendo artículos en Internet para líneas aéreas, compañías de seguros y diferentes agencias. Ella fue la que empezó con esa forma de vida, y más tarde le conoció a él en las Islas Filipinas cuando venía de recolectar fruta en Nueva Zelanda.

Conectaron con el amigo valenciano y su novia a través de Internet, y aprovecharon para reunirse con ellos en Japón cuando cuidaban de una perra: «Somos miembros de una web llamada “Trusted House Sitter” en la que, pagando noventa euros al año, entramos en contacto con gente que busca a alguien que cuide de su casa y de su animal de compañía mientras están ausentes. Una vez estuvimos en una mansión inmensa de Miami en la que hicimos de canguros de un perro. Algunas ofertas son sólo por pocos días y no te sale a cuenta hacer el viaje, pero otras pueden ser por un mes o más, y si además se hallan en el sitio al que quieras ir resultan perfectas».

Me contaron muchas cosas curiosas de los japoneses: “Las calles están impecablemente limpias y en la mayoría de vecindarios reina el silencio. Te muestran siempre mucho respeto y nunca te miran a los ojos. Puedes olvidar cualquier cosa en un lugar público con la tranquilidad de que seguirá en el mismo sitio porque no hay robos. Pero al personal lo han domesticado completamente y, pongamos por caso, los peatones esperarán pacientemente en un semáforo que esté en rojo, aunque sea en un callejón de cuatro metros de ancho y no se vea un solo vehículo en la distancia. El revisor del tren se inclinará respetuosamente al entrar en el vagón, e igual lo harán los empleados de un supermercado con cada nuevo cliente al que atiendan. La natalidad es mínima, y se calcula que, de seguir así, dentro de setenta años no habrá más japoneses.

Son los peones perfectos de una sociedad perfecta, y muchos niños tienen problemas psicológicos. Cuando se acerca la hora de cerrar los supermercados empiezan a hacer grandes descuentos (que pueden llegar al 80%) en la fruta, la verdura o la comida preparada; lo anuncian por los altavoces y la gente sigue de cerca al hombre que va cambiando los precios.

Pero no son sólo los japoneses los que están desnaturalizados, y ahora hay una española que se está forrando al vender por Internet programas para años sabáticos que denomina “La Revolución Sabática”; es un ejemplo más de lo loca que está nuestra sociedad”. Durante los últimos tres años han estado en medio mundo, y lo que más les gusta es bucear en los arrecifes de coral o junto a las ballenas. Se enteran de todas las ofertas de los vuelos más baratos: “Hoy había una oferta para ir de Barcelona a Singapur por 152 euros”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.