La crónica cósmica. Vacío y con el camarero aburrido

LA VIDA ANTES DE LA PANDEMIA EN EL NEPAL

La madre de Narmada, una guerrera de cuidado que está flaca como un fideo, halló un huevo en la jungla, se lo llevó a casa y se lo dio a empollar a una gallina, que no se quejó de su exagerado tamaño. El que rompió la cáscara y salió de su interior llegado el gran día fue uno de los espectaculares pavos reales de Chitwán, de larguísima cola, ave que estuvo paseando tranquilamente por el vecindario, e incluso entraba en las casas picoteando con las gallinas y los patos, hasta que desapareció de escena al recibir la “llamada de la jungla”.

Ya os había contado que las gallinas de mi amigo Shankar eran las únicas en todo el mundo que al anochecer, en vez de meterse en el gallinero como está mandado, se instalaban en diferentes partes de la casa y armaban un gran alboroto, como si las fuesen a degollar, cuando él las “cazaba” de una en una. Descubrí la razón de esa extravagante costumbre que sorprende incluso al propio Shankar cuando vi que, por razones de seguridad, metían las gallinas y sus pollitos en una caja de cartón, que después introducían en la habitación que ellos dormían. ¡Ja, las aleccionaban desde pequeñas! También os había comentado que la familia de Shankar solamente comía los huevos que “un huevero” vende a domicilio, y jamás los de sus propias gallinas.

Un leopardo entró en Katmandú y sembró el pánico en las calles. Al contrario que aquellos gilipollas que asesinaron al gorila de un zoológico norteamericano, la policía de la capital avisó a los especialistas del Servicio Forestal que, tras sedarlo e incluso curarle algunas heridas que tenía, lo trasladaron al “Parque Nacional de Shivapuri Nagarjun”. En los últimos meses ya se habían dado otros dos casos parecidos en Katmandú.

Obituario paquidérmico. Durante el siglo pasado, el “Elefante de Sumatra” perdió el setenta por ciento de su territorio, y en los últimos veinticinco años su hábitat ha disminuido a la mitad. Según un estudio realizado por una organización ecologista tailandesa, el “Elefante Salvaje Asiático” corre el riesgo de extinguirse antes de cinco años. Supongo que se refería solamente a Tailandia, y no al Nepal, la India o Laos; países en los que todavía hay un gran número de ellos. En Sri Lanka, donde los elefantes son supuestamente sagrados, muchos fallecen en accidentes ferroviarios. Recientemente un tren se llevó por delante a una madre y a tres jovenzuelos, y en mayo fueron dos más.

Unos doscientos elefantes mueren anualmente en aquella nación debido a los disparos y las trampas de los campesinos. En 2016, los trenes de Assam, en la parte nororiental de la India, atropellaron y mataron dieciséis elefantes. Se calcula que en el Nepal hay entre ciento cincuenta y doscientos elefantes salvajes, y doscientos más que migran temporalmente desde la India durante los monzones. El 12 de agosto se celebró el “Día Mundial del Elefante”: Umm.

Si os parece bien continuaremos con los “vehículos” de gran tonelaje, y ahora, por supuesto, le tocará el turno al rinoceronte, animal al que en Sauraha y alrededores vemos con más frecuencia. Había un macho que tenía el cuerno roto y lo llamábamos “el nuestro” porque durante una temporada estuvo apareciendo casi todos los atardeceres: una vez atacó y abolló un automóvil que se atrevió a cruzar por donde él estaba. Sólo interrumpió la rutina en una ocasión en que hizo acto de presencia de mañanita para calentarse bajo los primeros rayos del Sol y aprovechó para desayunar en unos campos de mostaza mostrando una total indiferencia a las maravillosas vistas del Himalaya y a los gritos de la gente que trataba de alejarle.

Aquí en Sauraha tenemos actualmente un rinoceronte jovencito al que se podría calificar de doméstico porque, tras haber quedado huérfano de pequeñito y ser cuidado por los guardas del Servicio Forestal, se acostumbró a recorrer estas calles sin ser molestado por la gente. Ahora incluso acude a su llamada como lo haría un perro faldero.
Pero no todos los rinocerontes son tan pacíficos como éste. Hubo uno que mató cerca de aquí a una niña de tres años e hirió a su abuela frente a su casa, en la misma aldea en la que un mes antes un tigre se había comido a un hombre. Al día siguiente, uno de los albañiles que edificaban la nueva casa de Shankar, no fue a trabajar porque un rinoceronte había matado a su mujer.

Para terminar de aclararos lo que significa tenérselas con un rinoceronte, aquí va la aventura que me contó un veterano de la jungla: “Dejé de trabajar como guía del parque el día en que para defender a unos turistas que iban conmigo me enfrenté a un rinoceronte. El muy cabrón atravesó el muro verde y de buenas a primeras se vino a por nosotros. Le golpeé varias veces en la cabeza con mi palo manteniéndole a raya, pero lo único que logré fue enfurecerle. Tras rondarme un ratito, me atacó en serio, y estuvo jugando literalmente conmigo, pues de otra manera simplemente me habría rajado con sus colmillos. Me lanzó varias veces por los aires y me arrastró de un lado a otro. Luego se sentó encima de mí como si quisiese asfixiarme y babeó sobre mi cara. Terminé con toda la ropa destrozada y me cagué y meé de miedo. Curiosa y milagrosamente, no sufrí ninguna herida grave. Pero cuando me dieron de alta en el hospital renuncié a mi trabajo como guía; no volvería a meterme en la jungla ni por todo el oro del mundo”.

Supongo que recordaréis al cocodrilo jovencito que hasta hace poco “se hospedaba” en la alberca que hay cerca de mi cabaña y que fue trasladado al Rio Rapti por los guardas del Servicio Forestal. Pues, bien, ahora ha tomado su sitio un cocodrilo grandote del que, como el anterior, nadie sabe cómo ha llegado hasta allí.

Y hablando de cocodrilos, ayer uno de ellos atacó a un hombre que pescaba en el rio y trató de pegarle un bocado en la parte más penosa de su cuerpo: la entrepierna. Pero el reptil no estuvo afortunado porque el hombre, que tenía entre las piernas lo que tenía que tener, contraatacó sin amedrentarse. Al final hubo tablas y cada uno se fue por su lado sin sufrir heridas graves.

Distintos puntos de vista: el gato nos considera sus sirvientes, mientras que el perro cree que somos dioses.

LA TABERNA GALÁCTICA

Érase una noche en que, al entrar en mi antro predilecto, lo hallé vacío y con el camarero aburrido. Me planteé regresar a casa, “otro día será”, pero, por suerte, entonces llegaron varios clientes, que además ya iban entonados y aceptaron comentar para mi micrófono lo que se les ocurriera, ya fuesen anécdotas personales o alguna información cultural.

El primero en hablar fue un ruso corpulento y pelirrojo: «El “magnánimo” zar que mandó construir el Kremlin, tras verlo terminado ordenó que le arrancasen los ojos al arquitecto para evitar toda posibilidad de que en el futuro diseñase un edificio que pudiese ser tan maravilloso».

El siguiente entrevistado fue un hombre de Omán al que escuché con mucho interés porque nunca antes había tratado a alguien de esa nación: “La sociedad de Omán es más liberal que la de los demás países árabes. Las mujeres, como mis cuatro hermanas, llevan el rostro descubierto y el pelo suelto. Soy músico profesional y toco el oboe en la Orquesta Filarmónica de Omán. Sin embargo, mi instrumento preferido es la guitarra española, y hablo un poco de castellano porque soy un admirador de los guitarristas andaluces, como Paco de Lucía. Pero no soy el único artista de la familia, pues todos los demás, desde mis padres a mis cinco hermanos y mis hermanas, todos tocan algún instrumento.
La única mujer del grupo era una libanesa sesentona que me dejó claras sus opiniones diciendo simplemente: “La tecnocracia no se guía jamás por la moral y la dignidad como lo hicieron muchos reyes en el pasado. Confieso que soy más monárquica que demócrata, pero es que me cuesta creer en el sistema democrático porque tiene unos fallos muy evidentes que nadie trata de remediar”.

Ahora habló un brahmán que todavía fue más escueto: “En Varanasi había un anciano muy guasón que pedía caridad en la calle mostrando un letrero en el que constaba: “Ayuda para un pobre huérfano”. ¡Ja!”.

Con tan sólo fijarme en la mímica y la sonrisa burlona del hombre que en este momento se acercó al micro adiviné que sería italiano: “Yo llevo los cuernos con mucha dignidad; y es así a pesar de que mi mujer se negó a follar conmigo desde el día en que le dije que su coño olía como si hubiese acabado de echar un polvo, aunque no lo había hecho conmigo desde hacía varias semanas. ¡Ja!”.

El italiano terminó riéndose de sí mismo, e igual hizo el argentino que tomó la palabra a continuación: “En mi caso, mi mujer me despreció primero por mostrarme celoso y más tarde, tras haber conseguido domesticarme, me abandonó por no tener celos y aceptar sus infidelidades. ¡Ja y más ja!”.

El último en hablar para el micrófono fue un malayálam (de Kerala), que nos contó: «Cuando estudiaba en la Universidad de Sídney me crucé en un bar con el típico “redneck” racista quien, después de peguntarme de qué país era yo, me dijo: “No me gustan los indios”. Le repliqué sin inmutarme: “A mí tampoco me gustan los indios”. Él me espetó irritado: “Y tú tampoco me gustas”. Me lo estaba pasando de maravilla, y le respondí sonriendo: “Estamos de acuerdo, pues yo tampoco me gusto”. Se quedó sin palabras por unos instantes. Luego me preguntó: “¿Tú eres idiota, ¿verdad?”. Y yo, cuando ya me disponía a partir, comenté: “¡Ja, a veces pienso que sí!”. ¡Pero qué imbéciles llegan a ser los racistas!»

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.