La crónica cósmica. Pues hale, vámonos que nos vamos

Mi tiempo, no sé el vuestro, transcurre formando una especie de burbujas que incluyen muchos meses y me dan la sensación de que no existiesen los relojes, los calendarios o las fotos con las que pretendemos inmortalizar e inmovilizar unos momentos determinados. Supongo que esto tiene que ver con el hecho de vivir continuamente en el presente. Empezó a sucederme muchos, muchos años atrás, durante mis primeros viajes a la India, donde los ciento ochenta días de visado parecían pertenecer a un solo pero amplio instante. Tras quedarme la mar de satisfecho endilgándoos esta parrafada, aclararé que, de la misma forma, el tiempo ha volado desde que planeé escribir acerca de unos hechos que ocurrieron en la década anterior, como hacen ciertos periódicos al dedicar una sección a las efemérides o simplemente las noticias que publicaron cincuenta años antes. Para ello escogí una crónica del año 2012 (cuando todavía no conocía al amigo valenciano ni sabía que existiese un blog llamado “Conmochila”), que se ha ido cubriendo de polvo sin que yo encontrase el momento adecuado para publicarla. Pero la semana pasada, al mencionar a mis amigos indios el señor Lobo y el señor Jabalí de las Colinas Kumaon que aparecen en aquella crónica, decidí que ya era hora de hacerlo. ¿Estáis listos para ese viaje en el tiempo? Pues hale, vámonos que nos vamos.

Después de haberos presentado al señor Lobo diciendo que solucionaba problemas, os aclararé que se dedica profesionalmente a esto, a solucionar problemas, concretamente los problemas de los turistas que acompaña alrededor del mundo. Sí, el señor Lobo es un guía turístico de lujo, y sus clientes viajan frecuentemente en unos jets privados en los que él dispone de su propia cabina. Si se trata de un grupo, éstos son pensionistas ricos y vuelan en unos aviones chárter en que cada uno de sus asientos supera en confort a la primera clase de las líneas regulares. Sabiendo que, debido a su trabajo, el señor Lobo se había encontrado en docenas de situaciones peligrosas, le pregunté si había sentido más miedo frente a un león o a un tigre. No dudó en responderme que este último resultaba mucho más aterrador, y que, en más de una ocasión, tales encuentros le habían dejado con calzoncillos mojados.

Las lectoras de esta crónica despotricaréis contra los hombres cuando os diga que, según una estadística reciente, el 57 % de los jóvenes indostanos de entre quince y veinte años de edad aprueban y creen que es necesario que el marido golpee de vez en cuando a su pareja, y que este porcentaje es del 88 entre los jóvenes nepaleses; pero os quedaréis todavía más atónitas cuando añada que el tanto porciento de las jóvenes indostanas y nepalesas de la misma edad, cuya opinión es igualita a la de los chicos, es respectivamente, del 53 % y el 80 %.

Lo de Héctor y Aquiles no fue nada del otro mundo si se compara con lo que hicieron unos chavales indios que iban un poco borrachos. Hubo la típica discusión con uno de ellos, que si esto, que si aquello, y no te metas con la familia, y también unos empujones y un par de puñetazos que no dieron más de sí. Al saber de antemano que las neuronas indostanas enloquecen al entrar en contacto con el alcohol, no os sorprenderá que los chicos tumbasen a su amigo, que lo atasen de los pies tras una motocicleta, y que lo arrastrasen por todo el pueblo, y vuelta a empezar. Y no solamente murió, sino que no pararon hasta dejar su cadáver convertido en una piltrafa sanguinolenta. Añadiré que tal barbaridad se llevó a cabo ante los ojos de una población que no intervino en ningún momento.

En mi sitio predilecto de las Colinas Kumaon me dedico continuamente a observar. Mientras me fumo un bidi tomando el sol en el jardín, mis ojos ya se van hacia las ramas de los árboles frutales buscando algún pájaro exótico, o al cielo para controlar la tormenta que se está preparando. Al recorrer Chill Street bajo la empinada ladera de la montaña, no pierdo de vista las alturas porque, ya sea debido a efectos naturales o, más frecuentemente, gracias a los juegos de los macacos, desde allí pueden desprenderse piedras e incluso rocas. Si es de noche hago el mismo camino con todos los sentidos alerta y sabiendo que me puedo cruzar con el gran gato. Cuando paseo por la carreterita que desciende hasta los lagos, mi mirada va de un lado a otro; aquí encontrando un ciervo que me pega el gran susto al salir corriendo justo al llegar a su lado, allá a unos monos langures y, acá, un pájaro carpintero que se empeña en acompañarme como si le cayese especialmente simpático. De estar sentado en el prado que queda por debajo de la granja del señor Oso, lo haré sin perder de vista los alrededores, e igual hago cuando tomo un chai en el chiringuito de Gobinda o si me encuentro en la terraza del señor Lobo. Y es así porque, inconscientemente, la vista y el oído se hallan en constante alerta al saber que las panteras y las serpientes son más silenciosas que las películas mudas, que un macaco puede desenroscar la apretada tapa de un depósito de agua para cagarse dentro y que los colmillos de un jabalí me podrían despedazar.

Cerca de aquí, los guardas del parque nacional dedicado a la memoria de Jim Corbett andan como locos tratando de atrapar a una tigresa que, tras descubrir las ventajas que comporta alimentarse con el lento y perezoso ganado de los humanos, sobre todo si se trata de una vaca con las ubres rebosantes de sabrosa leche, ya ha cazado y parcialmente comido más de veinte búfalos de los alrededores. A pesar de haberse organizado grandes batidas para “arrestarla” y mandarla a “presidio”, ella se les ha escabullido varias veces de entre las manos y, además, cuando le han parado una encerrona, incluso se ha cargado al señuelo sin que lograsen atraparla.

En el sur de la India hay una comunidad (humana) que desde hace sesenta años reside en las copas de los árboles para protegerse de los ataques de los elefantes salvajes. Habiéndose acostumbrado perfectamente a tal tipo de vida, actualmente su mayor problema está en que han de recorrer tres kilómetros hasta la fuente de agua más cercana.

Y ya que hablamos de viviendas, os explicaré que junto a la “chai dhucán” que sigue funcionando con leña, y donde, por cierto, el viejo tendero prepara el peor té de la comarca, hay una familia que vive en el interior de un pequeño garaje. Sin que sepa la razón, ellos mantienen la puerta metálica medio bajada y se ven obligados a agacharse continuamente.

¿Más domicilios estrambóticos? Los albañiles indostanos residen habitualmente en el sitio en que se halla la construcción en que trabajan; algo que harán desde el mismo día en que ésta empiece y, con ello, se verán obligados a apelotonarse bajo tenderetes de plástico hasta que puedan tener un techo sobre la cabeza.

El gobierno de Delhi ha aprobado una nueva ley que permite pedir el divorcio a quien se le nieguen sus derechos sexuales.

Durante el año anterior hubo oficialmente en la India más de mil crímenes de honor. En el mismo período, y en la línea de alto el fuego de Cachemira, estallaron “102 hostilidades”.

De forma parecida a como está sucediendo entre los celtíberos, los indostanos se están quedando rápidamente sin espermatozoides y, de seguir así, dentro de cincuenta años se podría extinguir el sistema de castas. Entre las posibles razones no se hallan solamente los materiales usados para empaquetar los alimentos, algo nuevo en este país en que desconfiaban de ellos y se compraba todo a granel, sino que, según aseguran los naturistas, se debe también al consumo de alcohol y tabaco.

Él pasa lentamente en una bicicleta de la que cuelgan varios sacos, y sus llamadas, curiosamente en inglés, se escuchan desde lejos: “¡Gaaaaarbage! ¡Gaaaaarbage!” Es el trapero, el hojalatero y el botellero.

Tomo unas copas con un indio que pilotó helicópteros durante una de tantas guerras contra Pakistán, y me cuenta que resultó derribado, herido y apresado. Ahora vive apartado de las hazañas bélicas y se dedica al “tranquilo” oficio de pasear turistas entre las cumbres del Himalaya con un helicóptero de lujo.

Creo que la armonía que se da cuando me hallo acompañado del señor Lobo, el señor Chacal, el señor Jabalí y el señor Rana, quien se llama realmente así, es auspiciada por el hecho de que todos somos inmigrantes; que, partiendo de Calcuta, Madrás, Delhi, Bombay o Barcelona, hemos escogido, individual y voluntariamente, este rincón del mundo llamado las Colinas Kumaon porque bajo sus árboles nos sentimos como en casa.

Igual que me sucedió en el Nepal, varios amigos locales de las Colinas Kumaon me han invitado a residir gratuitamente en sus casas. También es frecuente que me regalen costo o simplemente me inviten a fumar “bidiporros” en las “chai-shop”.

Una mujer suiza murió de inanición y deshidratación al tratar de imitar a ciertos santones hindúes “alimentándose” exclusivamente con las energías solares. En este santo país ya me lo creo todo (solamente dudo de lo que veo y palpo, porque cuanto vivimos es pura ilusión: maya), pues incluso me han dicho que, para sobrevivir, solamente es necesario respirar adecuadamente. Supongo que a la obtusa suiza se le pasó por alto realizar los cursillos adecuados como hubiese hecho de querer aprender macramé. A los curas católicos les sucede algo parecido con lo del sexo, y terminan por follarse una moto al desconocer las razones, los caminos, las fórmulas y los supuestos beneficios que pueda aportar el celibato.

Copiando a los reyes, los faraones y demás desquiciados de la antigüedad, los mafiosos de hoy en día dilapidan el dinero negro, que les cuesta poco de ganar y no saben dónde esconder, edificando mansiones absurdas como si fuesen monumentos que se dedicasen a sí mismos. Un caso de éstos se está dando en estos bosques en que vivo, donde el millonario de turno ya ha gastado un pastón construyendo un muro kilométrico alrededor de su inmensa finca. Mi conclusión es que, aparte de rico, el tipo también debe ser un paranoico de cuidado.

Nuestro corresponsal en California nos recuerda que, a pesar del amor que sintamos hacia los animales, no debemos olvidar que sin los experimentos llevados a cabo con ellos continuaríamos sin saber de la misa la mitad acerca de nuestros cuerpos.

Érase una vez un viejo que estaba continuamente triste porque no recordaba lo feliz que fuera en el pasado.

Muerto el perro, muerta la rabia: digo yo que, si acabáramos de una vez por todas con los intermediarios, Joe de Teherán y Joe del Vaticano se quedarían sin empleo y, mejor todavía, sin sueldo.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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