La crónica cósmica. Viajes en el tiempo

Ayer, mientras veía una película que trataba de los viajes en el tiempo, pensé que podría hacer lo mismo con esta crónica organizando un viaje al pasado. Abriendo el archivo pertinente, llevé a cabo la elección como si, a ciegas, clavase una aguja en un mapamundi para decidir qué país visitaría, y le tocó la lotería cósmica a una crónica del año 2012 en la que narraba un largo viaje que empezó en Katmandú. ¿Vamos allá?

La crónica cósmica. Viajes en el tiempo

Primer día: 10h Voy a la Embajada de la India y me conceden seis meses de visado (36 €). 11h Consigo una reserva de autocar y una de tren (8 y 12 €). 16h Recojo el pasaporte en la embajada. 19h Arranca el autocar. 20h Logramos salir del valle de Katmandú.

Segundo día: 5h, 30min Salto del autocar y trepo a un microbús. 6h Llegamos al puesto fronterizo de Sonauli y pongo de nuevo los pies en la India. 7h Tomo un autobús pura chatarra que me llevará a Gorakhpur. 9h Entro en la estación ferroviaria de esta ciudad. 10h Me tumbo en una cama del dormitorio (0´90 €). 21h Se pone en marcha el tren “Dehradun Express”.

Tercer día: 12h Desciendo del tren en la estación de Haridwar. 12h, 5min Tomo un autobús hacia Rishikesh. 13h Un triciclo taxi me deja en el barrio de Moni Ke Reti y ante el puente de Ram Jula que cruza por encima del Rio Ganges. 14h Me instalo en una habitación con baño del áshram Geeta (2 €) dando por terminado el maratón de 50 horas.

Después de anotaros los horarios que seguí en ese viaje sobre ruedas, ahora os detallaré los hechos que se dieron.

El trayecto en autocar desde Katmandú se alargó un par de horas debido al obligado atasco. Sabiendo que nunca logro dormir, evité todo intento de hacerlo y pasé la noche bailando al ritmo de la horrorosa música folclórica que sonaba por los altavoces. Al detenernos en un bazar, un hombre intentó venderme una alfombra inmensa a través de la ventanilla. Si no estás atento, en Sonauli corres el riesgo de cruzar la frontera sin apercibirte y, así, sin que te sellen el pasaporte, porque las aduanas están en medio de un bullicioso bazar: si entras en la India ilegalmente o no tienes el pertinente visado, puedes ser condenado a cinco años de cárcel.

Un “local bus” me llevó hasta Gorakhpur. El maravilloso servicio ferroviario indio incluye unos inmensos dormitorios y habitaciones privadas para los pasajeros que deben esperar unas horas, como hice en esta ciudad pudiendo echar una buena cabezadita y descansar del largo periplo por carretera.

Gorakhpur es famosa por sus mosquitos y por las enfermedades que éstos transmiten (sobre todo malaria), y tuve razones para soltar algunos tacos cuando, al entrar en el vagón del tren de a/c (que es más aire corriente que acondicionado), encontré la puerta graciosamente abierta que parecía anunciar: “¡Pasen, mosquitos, pasen!”. Las confortables literas (con dos sábanas (en los hoteles dan solamente una), una manta y una almohada), junto con el suave balanceo del tren (muy distinto al de los occidentales de alta velocidad), conspiraron para que durmiese como un angelito hasta que, tras amanecer, empezó la procesión de camareros que ofrecían café, té, empanadillas, zumos y bocatas de tortilla.

Como en cada ocasión, el trayecto ferroviario a través del Valle del Ganges no tuvo desperdicio: llanuras infinitas, campos de trigo, de lentejas, de caña de azúcar, de mostaza, jardines de mangos, arroyos y lagunas y una aldea tras otra.

La ciudad de Rishikesh, tierra de los “rishis” (ascetas), es vegetariana y abstemia. Además, en todo el Valle de Dehradún en que se halla, están prohibidas las bolsas de plástico. Durante las últimas décadas el barrio de Swargashram de Rishikesh se ha convertido en el centro mundial del yoga, “yog”, y se celebran continuamente convenciones y cursos de Hatha, Trika, Ashtanga Vinaya, meditación, Shivananda, Parnayama y no sé cuantos tipos más de yoga. Los visitantes que llegan desde todos los rincones del mundo también pueden convertirse rápidamente en maestros de Reiki, de danza clásica india, de medicina, dietética y cosmética ayurvédicas. Por supuesto, en el lote de actividades se incluyen infinidad de masajes: de arroz, de aceite (que mana lentamente sobre determinadas partes del cuerpo, sobre todo en la frente), de piedras calientes, con los pies…

Por las callejuelas peatonales de Swargashram corren actualmente tantos santones y peregrinos indios como extranjeros, ya sean orientales u occidentales; la mayoría de éstos son jóvenes. Tales cambios están comportando la paulatina disminución del número de “sharsi”, los fumadores de maría que habían dominado el cotarro desde los años sesenta. En cuanto al yoga, señalaré que tal ciencia parece (es solo un parecer…) estar sufriendo también la enfermedad de los récords, pues, de una parte, las “asanas” que se están practicando serían dignas del Guinness, y, de otra, son muchos los maestros que, tras practicar sus números circenses durante varios años, han de tomar analgésicos para mitigar los dolores de espalda que terminan por sufrir.

Al continuar construyendo unos vecindarios que se hallan aislados entre callejones que no admiten vehículos de cuatro ruedas, un culí tiene el futuro asegurado gracias a una nueva tarea para la que resulta totalmente imprescindible: repartir bombonas de butano.

Añadiré que, durante los últimos treinta años, he sido testigo de la llegada a la India de modernidades como el plástico, la primera botella de agua (Bisleri, compañía italiana fundada por el padre de Sonia Gandhi, fue la responsable de que todas las empresas del ramo incluyan actualmente en sus etiquetados la palabra “aqua”, aunque nadie sepa qué significa tan extraña palabra), la televisión, los automóviles (con anterioridad solamente veías un “Ambasador” muy de vez en cuando), el gas (que ha sustituido al apestoso keroseno) y, en fin, la sociedad de consumo.

Solamente cien años antes, en las junglas que se encontraban alrededor de Delhi, había leones (me refiero al león asiático, de los que los últimos se hallan restringidos en Guyarat [Gujarat]), leopardos, lobos y también hienas.

En la India solamente se registra el 75% de los nacimientos, y se calcula que el año anterior murieron 6´6 millones de personas (sobre todo niños) que no constaban en ningún censo. En el descontrolado estado de Bihar, únicamente el 25% de la población está registrada.

Tras cambiar constantemente de domicilio durante los últimos años, al dar una mirada retrospectiva comprobé que el mejor rollo y buenas energías se habían dado siempre en las viviendas faltadas de electricidad. Con los espejos me sucede algo parecido, pues su ausencia, como me ocurre ahora en la habitación del áshram Geeta, comporta un sutil relajamiento mental parecido al que tendríamos si lográsemos pasar olímpicamente de la opinión ajena.

Además, está claro que cada minuto malgastado frente al espejo nos aleja de la sabiduría para acercarnos a la idiotez; si dudas de ello, observa las diferencias que se dan entre quienes practican tal “ciencia” y los que hacen meditación. Sin embargo, debo confesar que yo necesito del espejo, pues es la única manera que tengo de recordar que soy reviejo.

Al contrario de lo que sucede entre otras culturas y religiones, el hinduismo se muestra tolerante hacia el comportamiento de sus seguidores porque da por sentado que cada cual anda liado cumpliendo de la mejor manera con su karma. Es el libre albedrío llevado realmente a la práctica, pues creen que las repercusiones de tus actos solamente te atañen a ti, sin que el profesional religioso de turno tenga nada que decir al respecto. O sea, todo lo contrario de los obtusos que siguen punto por punto las reglas de un libro que, como todos, ya empezó a quedarse anticuado tras ser escrito.

El cambio de decorado ha impuesto nuevas fórmulas de supervivencia: ahora me muevo constantemente entre los terribles monos macacos, y ayer, cuando un macho de largos colmillos corrió hacia mí perseguido por varios parientes suyos, levanté la mirada hacia el cielo haciendo abstracción de que uno y otros cruzaban junto a mis piernas sin prestarme la menor atención.

Los occidentales desconocemos la presión psicológica de quienes luchan diariamente para conseguir un plato de arroz. Los indostanos no pueden tan siquiera imaginar un solo pensamiento, palabra u obra que no incluya el interés económico.

Los indostanos jamás han usado un pañuelo, y te observan asombrados, y con un poco de asco, cuando te limpias la nariz con uno de ellos.

Sucesos: desaparecieron veintisiete contenedores con 550 kilos de opio de las dependencias policiales de Varanasi.

Llegó el Holi, el carnaval indostano, y el país se cubrió de colores.

Un occidental que, evidentemente, no había estado en el Nepal, se quejaba de los cortes eléctricos que se dan en Rishikesh.

Fiesta indostana: se juntaron cuatro tíos y, después de beber dos tragos de whisky casero que les dejó automáticamente desquiciados, empezaron a bailar en plan sexi justo antes de que yo desapareciese entre bastidores.

Escuché tres historias parecidas que incluían a tres occidentales que dejaron tres perros al cuidado de tres nepaleses. El epílogo fue en cada ocasión el mismo: defunción canina.

Hasta aquí llegó esta crónica indostana que escribí en la primavera del año 2012.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.