La crónica cósmica. Vida salvaje junto al Himalaya

Hará cosa de unos diez años, y mientras estuve viviendo en una aldea de La Selva Negra alemana, al apercibirme de las dificultades que comportaba el más simple día a día, me había dicho en más de una ocasión: “No veas qué panorama tendremos si las cosas se ponen mal”. Pero mis reflexiones también se acompañaban de otro mensaje: que de suceder así, de una forma u otra la reacción sería para ir a mejor, para regresar junto al Himalaya. No hay nada mejor que jugar sin posibilidades de perder, ¿verdad?. Solamente hace falta que, al mismo tiempo, necesites muy poco y consigas lo que necesitas.

Al presentar a la jaca que tira de la “tonga” de la pensión os dije que era feliz. Sí, claro, ya sé que más feliz sería si no tuviese que tirar del carro; pero, sin duda alguna, entre todos los animales a los que los humanos nos dedicamos a putear, ella, la jaquita, puede felicitarse porque, tras trotarse el kilómetro y medio de distancia que nos separa de la estación de autobuses y regresar con cuatro turistas, el resto del tiempo se lo pasa pastando libremente por el jardín, e incluso a veces se va a la cuadra por su propio gusto.

En las ocasiones que tengo la oportunidad de charlar con los guías del parque siempre aprovecho para pedirles que me cuenten anécdotas de su trabajo. Quien tiene este curro actualmente en la pensión es un tipo llamado Kamal, amable, suave, y de unos cuarenta años, que ha trabajado de guía durante más de veinte. Él me confiesa que, como mi difunto amigo indio Fredy, batió su propio récord de velocidad con un elefante pegado a sus espaldas. Ambos opinamos igual: con los paquidermos no se juega porque tienen un carácter de mucho cuidado. Caso contrario al de las panteras, con las que se da un cierto tipo de comprensión mutua y, por lo general, pasarán de ti tras armar un poco de barullo. Recientemente él tuvo un rato a un tigre a menos de cinco metros y al final cada uno siguió su camino. Pero no siempre funcionan las cosas como el dios de la jungla manda, y en cierta ocasión un leopardo al que le debía ir la marcha del mundo moderno, vino a dar una mirada a los jardines del hotel (“resort”, oiga) de al lado, se lió entre los jardines, perdió los estribos, y terminó por herir a nueve personas antes de que le pegasen un tiro.

En los países orientales se daba hasta ahora mucha importancia al color que uno vestía porque creen que cada color comporta distintas energías, y que algunas de éstas quizás no le resulten saludables a determinadas personas. Durante muchos años estuve vistiendo continuamente de blanco; aunque por estas tierras sea un símbolo de pureza, la razón que me animó a escoger permanentemente tal color después de haberme visto obligado a vestirlo al encontrarme en una aldea donde solamente tenían algodón blanco, fue el confort que sentí; se había terminado la pregunta aquella del qué me pongo. Además descubrí que con los demás colores no era yo mismo; caso parecido al del negro que vestí estos últimos años por distintas razones. Dicho esto, y ahora que vuelvo a ir de blanco inmaculado, acabo de enterarme por Kamal que en los cursos de guía les explicaron que los tigres se hacen la picha un lío con el color blanco, y que nunca atacarán a alguien que vista tal color. Es como si no pudiesen verlo, y cuando han querido empujar a un tigre de regreso a la jungla, lo han acorralado formando barreras con tela blanca. Interesante, ¿no? Me pregunto si sucederá lo mismo con todos los animales, y si lo que yo denominaba como el poder de la jungla cuando me movía por ella como Pedro por su casa tenía que ver solamente con el blanco de mis prendas.

Los guías de la jungla son también los reporteros Tribulete que se encargan de contarte cuánto sucede por los alrededores. Ayer un “oso perezoso” le pegó un mordisco a un guía y lo mandó al hospital. Las patrullas del parque han matado a un furtivo; debido a que éstos van armados, los soldados disparan sin decirles ni hola. No hay día sin noticia de titulares.

Vuelvo a comprarle la leche al amigo mongol, el hombre que tiene varios búfalos. Ahora solamente le queda una vaca porque, de nuevo, un tigre se le comió a la que daba más leche. El testigo del drama fue otra vez el tatarabuelo, quien, repitiendo con el guión, también se quedó varios días mudo. Me gustan el amigo el mongol y su bella esposa porque son una de las pocas parejas de amor de los alrededores. Se enamoraron cuando él, venido del este del Nepal, trabajaba de cocinero, “cocinero no, yo era chef” en el “resort” que hay frente a su casa. Él tenía veinticuatro años y ella solamente catorce, pero Cupido les dio muy fuerte y terminaron por casarse pasando de las oposiciones familiares. Su hermano mayor es un poco retrasado, algo que él define diciendo que habla mal.

Debido a mi adicción por la lectura, uno de los problemas que sufría al viajar era el de conseguir libros. Resultaba tan difícil encontrar uno en catalán o castellano como para que me pudiese felicitar si ligaba algo entre todas las tiendas de ocasión de Calcuta. Fue gracias a esto que, pasando de mi vagancia innata, empecé a escribir mis propios cuentos y, además, a leer en inglés. Con ello se podrá imaginar cómo me siento ahora al llevar en mi equipaje un “montón” de e-libros que no ocupan espacio y pesan menos de un gramo.

En un principio hubo la nada, y el mundo estuvo poblado por unos turistas que iban acelerados sin saber adónde ir ni tampoco cómo ir. Generación tras generación, ellos pasaban sus vidas con el equipaje a punto y sin llegar a partir jamás. Tras incontables milenios, al fin el dios de los nómadas se apiadó de ellos y se puso al tajo. El primer día creó las carreteras y los autobuses. El segundo los puertos y los barcos. El tercero los ferrocarriles. El cuarto dijo, “háganse los aeropuertos, las puertas de embarque y los aviones”. El quinto hizo lo mismo con las agencias de viajes y las oficinas de turismo. El sexto publicó la primera guía para viajeros. Y el séptimo se fue a descansar a las Seychelles antes no se llenasen con la marabunta turística.

El carácter de los elefantes es tan exagerado como su tamaño, y no es raro que puedan pasar en un instante de la placidez más absoluta a tener un cabreo de padre y señor mío. Un ejemplo de ello lo tuve hace dos años al ser testigo de cómo dos hermanas se liaban a hostias durante el baño que, como siempre, tomaban juntas diariamente en el río. Armaron tal pelotera que los cuidadores se vieron obligados a mantener las distancias hasta que se tranquilizaron los ánimos.

Hace unos días un elefante salvaje atacó y tumbó uno por uno a varios jeep. Tal escena sucedió frente a los aterrados turistas que acababan de descender de tales vehículos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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