La crónica cósmica. «Yo viajaba» o «yo viajaré»

QUIETO PARADO. La situación planetaria actual provocada por la pandemia me recuerda los tiempos del Telón de Acero cuando, pongamos por caso, mi amiga de Kazajstán hubiese podido viajar a Moscú, pero no a Barcelona; exactamente lo que me ocurre ahora a mí que, si fuese a la estación de los ferrocarriles de Valencia, me permitirían coger un tren regional, pero no uno de larga distancia hasta Cataluña.

Por cierto, que en la época que los celtíberos vivíamos bajo la dictadura fascista de Franco tampoco estábamos autorizados a cruzar el Telón de Acero, y correríamos el riesgo de terminar entre rejas si regresábamos a casa con el sello de algún país comunista en el pasaporte. Lo mismo podía sucederme cuando fui a Israel, donde pedí que no me sellasen el pasaporte porque, de hacerlo, después no me hubiesen permitido entrar en los mismos países árabes que poco antes me habían dado la bienvenida llamándome hermano, como me ocurrió al llegar a Siria desde Turquía.

Umm, ya me estoy yendo por las ramas como el abuelito de la Familia Ulises con sus batallitas. Se podría decir que actualmente al verbo viajar le hayan quitado el tiempo presente y nos tengamos que limitar a decir, “yo viajaba” o “yo viajaré”, aunque quizás sería más apropiado, “yo espero viajar”.

La crónica cósmica. Yo viajaba o yo viajaré

Al ser un trotamundos, siempre he sentido simpatía por los escritores viajeros, como Joseph Conrad, Jack London, Paul Bowles, Bruce Chatwin o Gerald Durrell (hermano de Lawrence Durrell, autor del fascinante “Cuarteto de Alejandría”), que fue uno de los pioneros en tratar de concienciar a sus lectores acerca de la naturaleza y los animales, pero lo hizo riéndose muchas veces de sí mismo, incluso cuando se metía en un berenjenal. Una buena prueba de sus sentimientos sería el sugerente título de su ensayo “Mi familia y otros animales”.

Ayer pensé en las aventuras de Gerald Durrell mientras sujetaba una escalera en la que el amigo valenciano corría el riesgo de pegarse una hostia subiendo hasta la copa de una palmera bastante alta, donde se hallaba Songkran, el gato malayo y trotamundos del que os hablé en la última crónica, que había trepado por su tronco y acababa de descubrir desesperado que, aparte de no saber cómo bajar, estaba rodeado e inmovilizado por los pinchos que tenían los tallos de las ramas.

A pesar de que la escalera era suficientemente larga, pues nos la habían prestado unos leñadores que están limpiando los matojos y las zarzas secas de un bosque cercano que pertenece a un residente francés (los aparatosos incendios forestales de este país se deben, sobre todo, a que los terratenientes hispanos no acostumbran a gastarse un duro haciendo de vez en cuando limpieza general de sus bosques), el amigo valenciano no conseguía llegar hasta su lindo gatito.

Al fin, usando la imaginación, solventó el problema amarrando una bolsa al extremo del palo de un rastrillo y Songkran, dando una prueba de la inteligencia que no había mostrado al subir hasta allí, se metió dentro y pudo ser rescatado sin tener que avisar a los bomberos.

FAUNÓPOLIS. Hasta el mes pasado las autoridades de “Chitwán National Park” del Nepal se estuvieron felicitando porque durante los últimos dos años no había muerto ningún rinoceronte en manos de los cazadores furtivos; pero su alegría se vino abajo cuando encontraron las carcasas de cuatro de ellos, entre los que había una hembra con su hijito. Ahora, según constaba en el “Kathmandu Post”, cientos de soldados del Servicio Forestal están patrullando las zonas más alejadas de los extensos territorios de este parque.
También en Nepal, pero en la “Koshi Tappu Wildlife Reserve”, vive un elefante macho llamado Makuna, que es inconfundible porque no tiene colmillos, que en los años anteriores ha acabado con la vida de más de veinticinco personas. Tales incidentes ocurren habitualmente en la época de celo sexual denominada “must”, en la que muchos elefantes domésticos también atacan a sus cornacas. Esa dramática situación ha creado un enfrentamiento de opiniones entre los familiares de las víctimas, que exigen la ejecución del elefante asesino, y los conservacionistas, que lo defienden afirmando que sólo mató a gente que se había internado en su territorio.

Un amigo nepalés de Sauraha me contó entristecido que, debido a la crisis turística provocada por la pandemia, los propietarios de once elefantes domésticos locales los habían vendido a empresarios y templos de la India. Los más afortunados fueron adquiridos por la ONG de la antropóloga, primatóloga y etóloga Jean Goodall, a la que se podría denominar la Madre Teresa de los animales. Le repliqué a mi amigo que, de ser yo uno de estos elefantes, me alegraría de ese cambio porque, fuese cual fuese mi destino, difícilmente me tratarían tan mal como los sádicos y estúpidos cornacas de Sauraha.

Asimismo, y como ya dije con anterioridad, a pesar de estar en contra de las corridas de toros yo preferiría ser un toro bravo y vivir libremente durante cinco años, que no un buey encerrado en una apelotonada granja de la que sólo saldría a los dos años para ir camino de uno de esos campos de exterminio llamados mataderos.

Insólito: en Ilam, al este del Nepal, una cámara programada fotografió un tigre a 3.165 metros de altitud.

CONTRADICCIONES ECOLÓGICAS. El primer inquilino que tuve en la casa de la Selva Negra aseguraba ser un gran ecologista y lo demostraba dirigiéndose al curro en bicicleta, aunque las temperaturas se hallasen bajo cero y la carretera estuviera nevada. No obstante, cuando se iba, dejaba la mitad de las luces de la casa encendidas: sin comentarios.

Un caso parecido es el de los supuestos ecologistas hispanos que consumen plátanos de Ecuador, cebollas de Perú, piñas y yucas de Costa Rica, aguacates de Méjico, manzanas de Italia, melones y mangos de Brasil y nueces de Estados Unidos de América. Hice una lista de estos productos en un supermercado y los imaginé cruzando medio mundo en barcos o aviones hasta llegar a la mesa de unos ecologistas obtusos.

Éste es un pecado venial que se podrá hacer un día, como lo de atracarse de comida basura o de fritangas, pero que alcanza el nivel de barbaridad si entra a formar parte habitual de nuestra dieta. Y lo mismo digo del consumo excesivo que llevan a cabo los ecologistas de escaparate.

LA PAELLA. Aclararé a los que no habláis valenciano o catalán, que en estos idiomas se llama paella a la sartén. En una de mis primeras crónicas valencianas os conté que los nativos (¡JA!) del “País Valencià” comen la paella directamente de la sartén de forma comunal como lo harían unos árabes; pero actualmente, debido al maldito Cóvid19, algunos de ellos prefieren hacerlo en su propio plato.

En cuanto a los ingredientes, y a pesar de que, dependiendo del sitio y los gustos, puedan ser muy diversos, la paella original lleva conejo, pollo, judías tiernas (“bajoques”), habas grandotas y blancas (“bajocó”) y tomate rallado.

Ya que menciono el tema culinario, os diré que durante el mes que llevo aquí he engordado casi tres kilos, pasando de los 53 que pesaba al llegar del Nepal a 55’9. Nada sorprendente, pues, normalmente, en Asia siempre he pesado alrededor de 55 kilos, en España, 60, y en Alemania llegando incluso a los 65.

NOTAS MUSICALES. Siento respeto por la carrera de un cantante, aunque no me guste su música. Hay alguna música que es inconfundible entre miles, y otras que son tan parecidas como irreconocibles. En cuanto a la música folclórica, me parece generalmente simplona y aburrida y no me aporta nada, pues no me hace vibrar física o emocionalmente, igual que los melódicos como Backstreet Boys.

Una muestra de lo distintos que son los gustos musicales del Señor Tolstoi y los míos está en la canción “Aisha”, de la que él prefiere la simpática versión del cantante Cheb Khaled y yo, la del grupo “Dead in Vegas”. ¿Qué músico vendió más discos en el año 2016? Mozart.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.