La crónica cósmica. Yo viajo, tú viajas, él viaja

La crónica cósmica. Yo viajo, tú viajas, él viaja
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YO VIAJO, TÚ VIAJAS, ÉL VIAJA. Si le preguntásemos a la gente por qué viaja, seguramente recibiríamos respuestas de todos los colores. Aparte del clásico y poco imaginativo, “Viajo para ver mundo”, nos dirían: “Viajo para cambiar de aires”. “Viajo para acompañar a mi mujer, que es una marchosa”. “Para descansar del estrés que sufro todo el año”. “Para hartarme de follar”. “Para ir de compras”. “Para saborear comidas exóticas”. “Viajo para colocarme a gusto”. “Para visitar países tropicales”. “Recorro los mejores campos de golf del mundo”. “Viajo para echar un vistazo a lugares históricos”. “Voy en busca de aventuras”. “Viajo para comprobar que mi país es el mejor”. “Sueño con encontrar mi propio paraíso”. “Viajar me ayuda a conocerme a mí mismo”. Lo dicho: de todos los colores.

Entre las diversas razones por las que a mí me gusta viajar, está la del absoluto anonimato que tengo en las metrópolis o en los sitios que visito por primera vez: para gozar ese tipo de experiencia al cien por cien es imprescindible moverse a solas y sin que nadie haga estallar la burbuja de autenticidad en que te halles.

También me encanta cruzar fronteras a patita, como la de Grecia a Turquía. A Ésta la siguió la de Siria, con una tierra de nadie que media más de siete kilómetros y estaba plagada de alambre de espino. Era bastante parecida a la que hallé más tarde entre este país y Jordania en medio del desierto. Lógicamente, pues no había otro modo, también crucé a pie el famoso puente de Allenby sobre el Río Jordán que llevaba de Jordania a Israel. Entré de la misma manera en Egipto y el Sinaí. Asimismo, un par de años después pasé andando de Gambia a Senegal, pero allí tuve que sobornar a los guardas fronterizos gambianos porque me encontraba ilegalmente en el país.

Tras cambiar de continente, también fui por tierra de Perú a Ecuador, y luego a Colombia y a Venezuela. ¡Ah, me olvidaba de Asia! No recuerdo cuántas veces habré ido de esa manera de la India al Nepal y viceversa. Y lo mismo puedo decir de las fronteras del Sudeste Asiático, como las de Tailandia, Laos, Camboya y Malasia, en las que me han estampado una y otra vez el pasaporte en ambos sentidos.

Pero, espera un momento (“¡Voy, voy!”), que todavía no hemos terminado, pues también he cruzado fronteras en barca, como lo hice en la parte del Río Amazonas llamada “Las Tres Fronteras”. Allí se juntan las de Brasil, del Perú y de Colombia, e irás al primer país a comer, al segundo a tomar una copa y al tercero para cambiar dinero: “¡Barquero!”.

También navegando, pero en barco, fui un par de veces de Atenas a Alejandría y de ésta a Venecia; ciudad a la que en otra ocasión llegué desde el puerto turco de Izmir.
Viajé también en un paquebote desde Haifa, en Israel, al Pireo, el puerto de Atenas; y de a Asuán, en Egipto, a Wadi Halfa, al norte de Sudán, cruzando el Lago Nasser del Nilo.

No hará falta que mencione el Estrecho de Gibraltar y Marruecos, ¿verdad?

Sin embargo, aún tengo otra razón para viajar: conocer a esos personajes insólitos que pululan en mi ficticia Taberna Galáctica. Ellos me confirman que no todos los seres humanos son unos borregos faltados de imaginación, porque escriben el guión de su vida y la convierten en una excitante comedia, haciendo oídos sordos a la opinión social. Al romper moldes, es inevitable que el gremio de los borregos los catalogue de locos.

Hace un par de días, cuando me presenté de mañanita en casa de mi amigo Shankar para tomar el chai del desayuno (os recuerdo que me encuentro en Sauraha, junto al Parque Nacional de Chitwán del Nepal), me dijo: “Anoche llegó una pareja catalana y los invité a dormir en esta cabaña de caña que acabo de construir”. Pensando que la vida social de esta población ya me impedía dedicarme suficiente tiempo a mis escritos, planeé partir antes de que los catalanes despertasen.

Afortunadamente, no me salí con la mía, porque el hombre todavía joven que poco después apareció de la cabaña bostezando se convirtió inmediatamente en mi héroe. Seguramente le conoceréis mejor que yo, pues ha aparecido muchas veces en la tele y la prensa. Yo tardé unos momentos antes de recordar que había visto su foto en Internet, quizás al coronar la cumbre de una montaña: era una de tantas hazañas que él había logrado, a pesar de desplazarse en silla de ruedas.

¿Habéis adivinado que estoy hablando del indómito trotamundos Albert Casals, ese barcelonés de veintinueve años al que la incapacidad de sus piernas no le ha impedido ir de un lado a otro? Aunque ésta ya es una parte importante de su excepcional historia, todavía me parece más insólito que viaje con lo puesto y sobreviviendo como un monje con la ayuda que recibe de unos y otros. Si viaja por tierra, hace autostop; fue así como él y su novia llegaron a Sauraha, población que desconocían y les fue recomendada por el camionero que les recogió en la frontera de la India.

Yo me considero un marcianito, pero Albert me supera por todos lados. Aparte de admirarme su coraje, lo primero que me desarmó de él fue su simpatía y encanto personal. Al sumarse a esos rasgos un gran don de gentes, es inevitable que caiga bien a todo el mundo.

Albert es asimismo famoso por haber escrito dos libros que tuvieron mucho éxito: “El Mundo Sobre Ruedas” y “Sin Fronteras”. Siguiendo siempre su propia filosofía, donó a distintas ONG la totalidad de los abultados derechos de autor que cobró. ¡Bien por ti!
Un último detalle: ¿cómo se subvenciona los viajes en avión? Gracias a la fama mundial que ha alcanzado Albert, muchas veces le piden que dé una conferencia, pongamos por caso en Canadá; entonces exige que el vuelo de vuelta no se lo paguen a España, sino, por ejemplo, a Colombia. En esta vida se ha de ser bueno, pero también listo.

Albert, ha sido un honor conocerte.

FAUNÓPOLIS

Cuando os hablé de la ONG “Stand Up 4 Elephant” se me quedaron en el tintero algunos datos de los que me dio el canadiense Michael acerca de los elefantes. Yo había leído en un libro del centro tailandés “Elephant World” que la trompa tenía diez mil músculos, pero él me aclaró que se habían quedado muy cortos, pues llegaban a superar los cuarenta mil. Sus dientes son del tamaño de una bota de la talla 42.

Necesitan comer diariamente ciento cincuenta kilos de hierba y, si pueden, beberán más de doscientos litros de agua (también les gusta el alcohol…). Su poder olfativo cuadruplica al de los perros, y sus grupos familiares son matriarcales.

Ronaldo ataca de nuevo. Ese elefante, que ya empieza a ser conocido como “El Asesino de Chitwán”, hace unos días mató a un anciano de noventa y tres años que apacentaba sus búfalos en la aldea de Khorshor, a las afueras de Sauraha.

Mis silenciosas noches de Sauraha ahora lo son un poco más al haberme quedado sin los trombones de varas de los dos elefantes que tenía por vecinos, a los que han traslado a otro lugar y me ahorrarán tener que presenciar cómo les apalean sus sádicos cornacas.

En el pueblo de Syangja se ha celebrado el “9º Festival del Búho” con el que los ecologistas tratan de concienciar a la gente para proteger a esas aves de las que en el Nepal habitan veintidós razas. Se calcula que anualmente son traficados más de dos mil búhos.

El Servicio Forestal del Nepal ha prohibido que los drones vuelen por encima de los parques nacionales, pues podrían servir de ayuda a los cazadores furtivos para localizar a los animales.

Al mencionar en una crónica anterior que yo no era muy aficionado al contacto físico con las personas, debería haber añadido que no es así con los animales, a los que me encanta magrear sea cual sea su especie.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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