CON MOCHILA

Lo que el arrecife me enseñó

Creo que no hay sensación que más me guste que meter mis pies en el agua clara, mirar hacia delante y ver ese azulito turquesa típico de estas islas tropicales, otear donde está lo más oscuro y diseñar la ruta mental para llegar allí, porque ahí es donde está el arrecife.

Todo tu cuerpo se prepara, ya la experiencia hace colocarte aletas y snorkel en un momento… te empiezas a fundir con el agua, coges aire y bum… entras en otro estado. Otro medio, que se siente sutil, colorido, vibrante, con infinitos personajes que observar. Lo mejor es aguantar al máximo y ser sigiloso, para que no noten tu presencia. Así puedes observar cómo hacen su vida. Cómo interaccionan entre especies. Como tienen repartido el terreno subacuático. 

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El arrecife me enseñó a observar con sigilo.

Empiezas a entender que hay conexiones entre diferentes especies, donde se crea un beneficio mútuo que les permite sobrevivir. Y aunque te encuentres en otros arrecifes, si estas especies se dan las condiciones para que existan, lo suelen hacer en la misma conexión. 

Por eso aprendí a observar. A entender sus relaciones y preferencias. Me dí cuenta de que cada vez que me meto en el agua, el arrecife tiene algo que enseñarme.

Lecciones del arrecife

Como me educaron en que “compartir es vivir” me gustaría dejar aquí las enseñanzas que los arrecifes del Sureste Asiático me han permitido conocer, en estos diez años que llevo viviendo aquí, en Malasia. Y estoy infinitamente agradecida a la vida por ello.

Después de tanto tiempo bajo el agua, el arrecife dejó de ser un lugar para convertirse en una especie de maestra silenciosa. Me enseñó con paciencia y experiencia. Al principio miraba buscando formas, colores, especies. Pero con el tiempo entendí que eso era solo lo superficial, porque lo importante no era qué veía, sino cómo lo miraba y empezaba a entender.

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Encuentra la tortuga alimentándose en medio del arrecife.

El arrecife me enseñó que la vida no necesita ser perfecta para ser funcional. Que el equilibrio no va de quietud, sino de ajuste constante. Que sobrevivir no siempre es resistir, sino saber cuándo cambiar de forma. Aprendí que nada existe solo y que incluso lo más pequeño sostiene algo mayor. Porque hay vidas diminutas de las que depende todo lo visible.

También aprendí a respetar el tiempo. El tiempo es lento y si te aceleras, rompes algo en el camino o espantas a todo lo vivo. Bajo el agua entendí que escuchar es tan importante como mirar. Porque el silencio absoluto no es natural y que cuando un ecosistema deja de sonar, es ausencia. Porque sus habitantes no están. Como sucede en las zonas en las que los arrecifes están gravemente dañados por el blanqueamiento o los corales rotos enfrente de los resorts masificados que aún hoy, carecen de conciencia ambiental.

Pero quizá la lección más profunda fue esta: cuanto más estoy en el agua, más me siento conectada con lo que vengo a observar.  Por eso me gusta mostrarte el arte acuático que tienen estos escenarios de corales en esta parte del mundo. Los comparto para mostrar la variedad de vidas que nos rodean, de las que sus conexiones y relaciones curiosas, pueden enseñarnos el sentido de la vida. Lo comparto para mostrar que técnicas de eficiencia energética usan, y cómo nosotros podríamos aprender y aplicarlas en nuestra forma de organización social, si fuésemos más observadores y no nos consideramos tan desconectados de nuestro entorno.

Hoy en día, el riesgo de viralización y en consecuencia, masificación de lugares aún prístinos hace que tengamos que ser cautelosos a la hora de publicar localizaciones. Es una responsabilidad el viajar conscientemente, que aún después de tantos años insistiendo, muchos siguen sin cumplir.

El arrecife me enseñó a observar. A cuidar. Y, sobre todo, me enseñó algo muy simple y muy difícil a la vez: Quiero seguir disfrutando de estas maravillas y que el mundo las aprecie con respeto

Sé que lo que hago, lo que consumo, lo que ignoro tiene consecuencias. Por eso prefiero que se entienda que viajar y vivir, puede ser posible de otra forma más respetuosa, donde conocer, apreciar y entender las lecciones de los ecosistemas, se convierta en lo elemental.

El caos es equilibrio

Lo que parece desordenado suele ser un sistema en equilibrio.

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Existen distintos tipos de arrecifes, según las especies que predominen.

Los arrecifes sanos pueden parecer puro caos. Hay millones de bancos de peces moviéndose por todo lo que te da la vista. Es increíble como unos van rápido, otros se mueven más lentos. Unos son muchos, otros son sólo dos. Pero todos tienen algo en común, saben como moverse para no chocarse. Están rodeados todos de todos y realmente parece una danza caótica.

La naturaleza es increíble. Se crea un baile acuático que hace fluir a todos en una organización invisible que parece caos a nuestros ojos.

Y cuando entiendes esto, te fijas en los humanos. ¿Cómo sería si alguien mirase como observador cómo nos movemos por cualquier ciudad del mundo?. Parece caos, pero en verdad las reglas implícitas hacen que tengamos una organización que crea un bienestar y convivencia común.

No vemos las rutas de los aviones o de los barcos, pero los pilotos saben leer por dónde ir. En el arrecife, muchas especies tienen sentidos que nosotros carecemos y esto crea otra forma de percibir su medio.

Sentir antes de ver

Aunque la verdad es que el caos tiene truco. Lo que nos parece magia es bioquímica, receptores, movimiento, escucha, sentir… Aquí entra la inteligencia del movimiento colectivo y todo es gracias a lo que en biología denominamos la línea lateral de los peces. 

Seguro que has visto como los peces son capaces de nadar en grupo, cambiar de dirección al unísono y desplazarse en espacios reducidos sin chocar entre sí. Este comportamiento no depende únicamente de la visión ni de decisiones conscientes. Se basa en un sistema sensorial, que nosotros no entendemos bien y ni siquiera lo podemos imaginar, porque carecemos de ese sentido.

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Los peces tienes sentidos que les permiten percibir los movimientos y anticiparse a su medio.

La línea lateral es un conjunto de receptores mecanosensoriales distribuidos a lo largo del cuerpo del pez. Estos receptores detectan cambios mínimos en la presión y el movimiento del agua. Gracias a ella, los peces perciben corrientes, turbulencias, obstáculos y la presencia de otros cuerpos incluso en condiciones de baja visibilidad.

Desde un punto de vista ecológico, este sistema permite anticiparse. El pez no ve el obstáculo, sino que siente la perturbación del agua antes de entrar en contacto con él. En los cardúmenes, cada individuo ajusta su movimiento en función de micro variaciones del entorno que son generadas por los demás. El resultado es un desplazamiento colectivo fluido, eficiente, una danza silenciosa para nosotros los observadores.

Este tipo de organización disminuye la probabilidad de depredación y reduce el gasto energético. El grupo funciona completamente como una unidad sensorial amplificada, donde la información circula a través del agua.

En los sistemas humanos, tendemos a priorizar la visión, el control y la planificación. Sin embargo, muchos fallos colectivos ocurren porque se ignoran las señales, y no sabemos leer a tiempo, los desequilibrios sutiles que aún no son visibles, pero que están presentes.

En el arrecife, cientos de individuos están atentos al entorno común creando una sensibilidad compartida que les hace no colapsar. 

El equilibrio es dinámico

En los arrecifes, no existe un orden rígido establecido o una organización central. Todo el sistema se mantiene estable gracias a la interacción continua entre organismos, a sus procesos físicos y sus flujos de energía.

En los sistemas vivos, el orden raramente adopta formas simples ni simétricas. Desde fuera, muchos ecosistemas parecen caóticos: múltiples especies interactuando, movimientos simultáneos, cambios constantes. Sin embargo, ese aparente desorden suele ocultar un equilibrio funcional.

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Los arrecifes más caóticos son los más biodiversos.

El equilibrio tiene la cualidad de absorber el cambio, por eso un arrecife sano, continuamente se está reajustando. Piensa en cómo se redistribuyen las corrientes, esto mueve los nutrientes y distribuye a las poblaciones de los distintos animales marinos. 

Este tipo de equilibrio contrasta con la idea humana de orden, que suele asociarse a control y uniformidad. En ecología, un sistema excesivamente uniforme suele ser frágil. La diversidad y la variabilidad introducen complejidad, y en consecuencia: resiliencia.

Cuando una parte del sistema se ve alterada, otras responden para amortiguar el impacto. Este proceso es el que genera patrones irregulares, que los humanos por más que nos empeñemos, no entendemos, pero lo que la observación nos ha hecho entender es que los patrones son funcionales. Y al final, es lo que vale.

Lo que parece la ausencia de reglas, es decir, el caos, realmente es una manifestación visible de múltiples reglas operando a la vez. En el arrecife los espacios más “desordenados” suelen ser los más productivos. La diversidad estructural, se traduce en más refugios y muchas más oportunidades de interacción. El exceso de orden, reduce las opciones y solo aumenta la vulnerabilidad de la zona. 

Las sociedades, organizaciones o comunidades humanas que buscan eliminar toda incertidumbre tienden a endurecerse. La rigidez reduce la capacidad de adaptación y cuando el entorno cambia, el sistema falla, porque no puede reorganizarse. Y creo que esto te puede sonar un poco, a la situación social actual.

La vida es un fractal

La vida se repite a todas las escalas: vida dentro de la vida.

Creo que mi vena artística me hizo una vez crear una especie de fractal en mis clases de pintura en Las Palmas de Gran Canaria, cuando tenía escasos 7 años. Ahí fue cuando mi profesora de pintura del barrio donde iba con otras amigas, Aida, me dijo, “un fractal es algo que se repite infinitamente.

Cuando empecé la carrera de Biología entendí, que la vida es un fractal. Y con el paso de mi tiempo y de mi vida, me he dado cuenta de que hay experiencias que se repiten desde otra perspectiva. Es como para darte la opción de elegir el sentido, según lo que se elija se va formando.

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Si quieres ver toda la serie de; Lesson from the reef – Lo que el arrecife me enseñó –

Aprendí que nuestro cuerpo está formado desde la infinitud invisible de los átomos, moléculas, células, que forman tejidos, que forman órganos que se alimentan con un flujo y bombeo, tal vez nosotros también formamos parte de algo más grande, y no podemos entenderlo porque es como si una hormiga intentase entender el universo. 

Cuando miras un arrecife desde lejos es como cuando miras un bosque desde lejos. Parece todo igual salvo si algún árbol que es de distinto color, lo que se entiende que es de distinta especie. Pero luego cuando te vas acercando te vas dando cuenta que tan solo en un metro cuadrado de ese arrecife hay una cantidad de vida infinita. Y si empiezas a mirar tan solo en menos espacio te fijas en cosas milimétricas que conviven en microhábitats dentro del hábitat.

La coherencia interna

Así que cuando te fijas, entiendes que en la naturaleza existe un principio que aparece de forma constante. Ramas que replican la forma del árbol, vasos sanguíneos que repiten su estructura desde lo macro-scópico hasta lo microscópico, o arrecifes donde cada nivel de organización contiene otros niveles funcionales.

Dentro del arrecife hay vida visible: corales, peces, invertebrados. Pero es que dentro de esa vida, existen comunidades más pequeñas: microorganismos, algas simbióticas, bacterias, larvas. Y dentro de estas, procesos aún más elementales que sostienen el conjunto. Cada escala depende de la anterior y, a la vez, la sostiene.

En ecología sabemos que no existe ninguna especie irrelevante. Por eso alterar un mínimo el ecosistema puede generar efectos amplificados en niveles superiores. La lógica fractal explica porqué los ecosistemas no colapsan de forma instantánea, sino progresiva. El daño comienza en capas pequeñas, discretas, y se propaga cuando los mecanismos de compensación dejan de funcionar.

Este principio también se refleja en las dinámicas sociales, económicas y culturales, que se reproducen a distintas escalas: en el individuo, en la comunidad, en la sociedad. 

Pensar la vida como un fractal rompe con la idea de jerarquías establecidas. Porque aquí no existe un único nivel que controle al resto. (Bueno sí, los humanos, que somos los que rompemos todo con nuestro ansia de exprimir al mundo).

El arrecife enseña que la continuidad de la vida no depende de una única forma dominante, sino de la coherencia entre todas las especies. Cuando una escala deja de funcionar, el patrón se distorsiona.

Reconocer que la vida es fractal implica asumir que nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, forman parte de un patrón mayor. Porque todo está conectado a través de escalas repetidas. La vida es una estructura que se replica, se ajusta y se sostiene a sí misma, vida dentro de la vida, una y otra vez, con coherencia interna.

La comunidad es supervivencia

Compartir espacio y esfuerzo reduce el riesgo de morir.

La asociación entre especies crea relaciones de supervivencia.
La asociación entre especies crea relaciones de supervivencia.

Algo que he aprendido de Asia, es el valor de la comunidad. Lo primero porque es una cultura muy multicultural, entonces entre razas se protegen y defienden, crean sus comunidades, tienen sus reglas no escritas y tradiciones que se han de seguir. Y a la vez respetan y admiran al resto.

Y por otro lado, cuando creamos Sungai Project, la comunidad para reconectar a las personas consigo mismas, con otros y con la Naturaleza, me mostró el poder de creer en un objetivo común y querer pasar a la acción.

Y es que en los ecosistemas naturales, la supervivencia rara vez es un proceso individual. Aunque existan organismos solitarios, la estabilidad de un sistema depende, en gran medida, de relaciones colectivas. 

En los arrecifes, la comunidad es como la estructura básica. Muchas especies se agrupan para reducir la probabilidad de depredación. Otras cooperan indirectamente al mantener limpio el sustrato, reciclar nutrientes o modificar el entorno de forma que favorece al conjunto. Incluso relaciones que no implican cooperación consciente como la simple proximidad entre organismos, generan estabilidad.

Pequeño Blénido mirando desde su cobijo, rodeado de esponjas y corales incrustados. La cantidad de especies que se ven en pequeños centimetros cuadrados.
Pequeño Blénido mirando desde su cobijo, rodeado de esponjas y corales incrustados. La cantidad de especies que se ven en pequeños centimetros cuadrados.

Desde una perspectiva ecológica, compartir espacio no implica competencia constante. Cada especie ocupa un nicho funcional que reduce solapamientos innecesarios y permite que el sistema funcione de manera más eficiente.

El arrecife me recuerda una verdad básica de la ecología: vivir juntos es una elección moral y una necesidad de supervivencia.

El colapso del cuidado: cuando la civilización olvidó su origen

Toda la vida nos han contado que la historia de nuestra civilización está basada en conquistas. Pero antes que la propiedad privada a la que proteger o cualquier reino, estuvo el cuidado, el sostén de una familia, el quedarse y no abandonar. Ese es el primer signo de civilización más que cualquier otra técnica o conquista.

Uno de los relatos más citados en antropología cuenta que el primer signo de civilización no fue el fuego, ni una herramienta, ni una técnica avanzada, sino un fémur humano fracturado que había sanado. Un hueso que, en condiciones salvajes, habría condenado a su portador a la muerte. Si ese hueso se curó, fue porque alguien se quedó. Alguien cuidó. Alguien estuvo presente durante semanas para ese, que no podía valerse por sí mismo.

En ecología, la fragmentación es una de las principales causas de pérdida de resiliencia. Cuando un sistema se divide en unidades aisladas, cada parte queda más expuesta a perturbaciones externas y tiene menos capacidad de respuesta. Los arrecifes lo muestran con claridad, la desconexión debilita.

En nuestra sociedad, la individualización extrema produce un efecto similar. Cuando las personas quedan aisladas física, emocionalmente, el riesgo se concentra. La carga de adaptación, supervivencia y toma de decisiones recae sobre individuos que ya no cuentan con redes de apoyo sólidas.

Los individuos aislados son más fáciles de manipular. En los arrecifes, la comunidad funciona como un espacio seguro. Compartir territorio, refugio y funciones reduce la exposición individual. El riesgo se reduce porque se reparte. 

Actualmente los humanos estamos dirigiéndonos a la tendencia contraria, donde la tecnología ha facilitado una conexión permanente pero superficial. De hecho muchas interacciones están mediadas, condicionadas, cuantificadas o dirigidas por algoritmos que priorizan atención, consumo y respuesta rápida.

El resultado, personas cada vez más conectadas, pero menos acompañadas

La creatividad, el pensamiento crítico y la cooperación, se reduce cuando no hay una estructura social segura que apoye y se sostenga. El arrecife enseña que la supervivencia se basa en la interdependencia organizada. Que compartir espacio nos protege. 

Quizá no necesitamos más tecnología, sino reordenar prioridades. Porque estamos percibiendo que reducir la vida a unidades aisladas puede hacer que el sistema colapse por la tensión.

Hoy, miles de años después, vivimos un momento inquietante donde el cuidado se está rompiendo, y con él, algo esencial de lo humano. Nuestra sociedad se define como avanzada, moderna, eficiente. Pero lo hace a costa de algo fundamental, invisibilizar la importancia de la comunidad y la interconexión sin competencia. 

Cuidarnos los unos a los otros hace que el mundo sea más habitable. El cuidado no es una solución mágica pero hay que entender, que una sociedad que no cuida, se vuelve violenta y que ningún ser humano es autosuficiente.

La eficiencia es una forma de sabiduría

Ahorrar energía es inteligencia.

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Aunque la disposición de los corales parezca fruto del azar, hay un reordamiento implícito siguiendo el principio básico del océano: maximizar la función minimizando el gasto.

En los sistemas vivos, la eficiencia es una condición para la supervivencia. No tiene nada que ver con un valor moral impuesto o una optimización abstracta. Realmente, es un recurso limitado, y su gestión determina qué organismos persisten y cuáles desaparecen.

En los arrecifes, casi nada ocurre al azar, todo responde a un principio básico: maximizar la función minimizando el gasto.

Muchos peces ajustan su posición en la corriente para reducir el esfuerzo de nado. Otros se desplazan en grupo para disminuir la resistencia del agua o para repartir el riesgo. Algunos organismos permanecen inmóviles durante largos períodos, porque moverse innecesariamente incrementa el consumo energético y la exposición.

Desde una perspectiva ecológica, ahorrar energía es una forma avanzada de inteligencia adaptativa

La selección natural no favorece a los organismos que más se mueven, sino a los que gestionan mejor su balance energético. Aquellos que gastan menos de lo que obtienen tienen más margen para crecer, reproducirse y responder a perturbaciones.

Este principio se observa a todas las escalas del arrecife. Desde microorganismos que optimizan rutas metabólicas, hasta grandes peces que eligen cuidadosamente cuándo y cómo desplazarse.

En el ámbito humano, la eficiencia suele confundirse con rapidez o productividad constante. Sin embargo, en términos ecológicos, acelerar no siempre es eficiente. El exceso de actividad puede conducir al agotamiento de recursos y, finalmente, al colapso del sistema. Te suena, ¿verdad?

Somos Naturaleza

Pertenecemos a la Naturaleza. 

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Las vidas pequeñas sostienen mundos enteros.

Deberíamos de estar agradecidos de estar en un mundo tan biodiverso con tantos recursos y paisajes hermosos. Con agua potable, oxígeno limpio y alimento. No entiendo porque algunos humanos ven esto como unos recursos a los que extraer y exprimirlos hasta la exterminación absoluta de la vida. Hay zonas que hemos dejado tan inertes que necesitarán cientos de años para recuperarse.

El pensamiento humano es el que estableció una frontera entre “nosotros” y la naturaleza. Como si el mundo natural fuera un escenario externo y la humanidad un agente independiente que lo observa, lo gestiona y lo explota desde fuera.

Los sistemas naturales funcionan integrando cada organismo, cada proceso y cada flujo de energía como parte de una red continua de relaciones. En ese entramado, los seres humanos ocupamos una capa más, deberíamos entender este privilegio. 

Los arrecifes de coral me mostraron que no existe un centro del sistema ni un elemento aislado que lo controle, si no que los corales, peces, microorganismos, corrientes, sedimentos y química del agua interactúan de forma constante influyendose mutuamenteme. Y por eso, todo existe. 
Ahora mi pregunta es: ¿Estamos, los humanos, organizando nuestras vidas de una forma compatible con cómo funciona la vida?

La ruta natural, por María Marcos
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María Marcos

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