Empezar mi sección Con los pies en la tierra hablando de dinero no es elegante, supongo.
Pero me temo que la pasta, la guita, la pana, el parné, la plata o como queramos llamarle es un tema recurrente con el que tenemos que lidiar constantemente las personas que viajamos.
Porque nunca tanto como cuando viajamos somos más un monedero andante. Somos puro gasto y el sector de los viajes aspira a que así lo seamos: que gastemos en actividades, entradas, guías, hoteles, comidas, souvenires, masajes, cursos, cenas, transportes, picoteos, propinas…
Y no me parece mal que así sea. Siempre he creído que cuando gastamos bien nuestro dinero viajando contribuimos a que las sociedades que visitamos prosperen económicamente un poquito más. Que el turismo de verdad aporta. Que no es algo negativo, al revés.
Pero hay ocasiones en que sí me parece mal que se abuse de nosotros.
Momentos en los que veo como gente pícara se saca un sobresueldo a mi costa, aprovechándose de mi supuesta ignorancia, buenismo o pasotismo.
Y no hablo de que me timen, que también me fastidia y que es un tema que da para muchos artículos.
Hablo de que se aprovechen de uno. De que hagan chanchullos con mi dinero para su propio beneficio.
Si queréis un ejemplo, aquí va uno.
Sucedió hace unos meses en Laos. En concreto en Luang Prabang. Y más exactamente en el barco que nos llevaba a ver las cuevas budistas de Pak Ou, río arriba en el Mekong.
Pagamos nuestro ticket por el transporte antes de embarcar, en la oficinita. Nos dieron un recibo y embarcamos ocho turistas en una barca a motor. Todo perfecto.
Durante una hora serpenteamos por ese precioso río marronuzco, entretenidos viendo a los pescadores, los pueblitos de las orillas, las barcazas buscando oro o, al final, las espectaculares montañas kársticas saliendo virulentas entre el bosque.

Fue entonces, un poco antes de llegar a las cuevas, que el capitán se acercó y uno por uno nos pidió que le pagáramos a él los 30.000 kips (1,5 euros aproximadamente) que costaba la entrada por persona. Itziar y yo lo hicimos.
Sin embargo, me extrañó (porque había leído que en las cuevas había una taquilla donde había que pagar el ticket), y quise pensar bien. Supuse que el capitán, para agilizar la visita, pagaría los tickets en nuestro nombre y al salir de la visita, nos daría los resguardos.
Tras amarrar el barco, el capitán nos acompañó hasta la puerta, como para asegurarse de que no nos perdíamos. Había algo raro en todo, y por ello a medida que ascendía los escalones hacia la cueva, miraba qué hacía el capitán. Comprobé que no se acercó a la taquilla. Se volvió al barco.
Tras descender de la cueva, con la mosca detrás de la oreja, llegué al barco. Fue la primera vez que le pedí mi ticket. Me dijo algo así como “sí, sí, en un rato te lo doy” y se alejó de mí.
Mientras esperábamos al resto de pasajeros en el embarcadero, me empecé a fijar qué hacían a lo lejos las otras barcas que llegaban. ¡Todo el mundo pasaba por la taquilla y, uno a uno, pagaban y recibían un papelito impreso de un ordenador!
Aquello me mosqueó. Insistí nuevamente. Hasta tres veces, momento en el que el capitán vio que el guiri “este es de los pesaditos”. Se levantó, se acercó a otro barco y en un papel garabateó “ticket” y un poco más abajo “60.000 kip”, el importe de los dos billetes que habíamos pagado.
Aquello fue la gota que colmó el vaso… o que confirmó mis sospechas, y aunque ya estaban todos los pasajeros listos y esperando en el barco, me acerqué a la taquilla. Comprobé que el ticket oficial no tenía nada que ver con ese (evidentemente), le saqué una foto con el móvil y regresé a indicarle al capitán que yo sin mi ticket no me embarcaba.
En ese momento ya tenía claro lo que estaba pasando: yo (y el resto de pasajeros) le habíamos dado el dinero que nos había pedido, 30.000 kips, que era exactamente lo que costaba la entrada. Eso bien.
Pero en lugar de pagarlos en la taquilla se lo estaban quedando. Estoy seguro de que tenía un acuerdo con la persona de la taquilla para repartirse el dinero. ¿Sería un mitad, mitad?
Da igual. Entre los dos se estaban quedando con nuestro dinero.
Yo no estaba pagando de más, es decir, no me estaba “timando” (si se entiende que timar es solamente cobrar de más), pero sí que estaba engañando con mi dinero al organismo que regula y controla la entrada a las cuevas.
Un dinero con el que supongo que se financia el embarcadero, se reparan las escaleras, se pagan los salarios y que deja algo a la caja del departamento de turismo o el organismo que regula la entrada al templo.
Se estaba robando con mi dinero y aquello chocaba con mis principios.

El pollo que se montó no os lo cuento, pero el resumen es que no volvimos en ese barco: el capitán, que al final tuvo que acercarse a la taquilla y pagar por las dos entradas en la taquilla para darme mi recibo, se negó a llevarnos de vuelta a Itziar y a mí en su embarcación.
Se negó después de que yo, al subir al barco, les pidiera perdón al resto de turistas por el retraso pero expuse que sentía que estaban abusando de nosotros y engañando con nuestro dinero.
Creo que no era muy difícil de entender. Nadie hizo nada.
Nadie solicitó que le dieran su ticket para certificar que el dinero hubiera acabado en el lugar correcto. Nos habíamos quedado solos en la exigencia.
Aquello, claro, me dio mucho que pensar.
¿Estaba paranoico? ¿Era un exagerado? ¿Se me estaba yendo la pinza?
Estuve todo el regreso y toda la tarde dándole vueltas.
Tanto que, por la noche, en un grupo de Facebook de viajes en Laos que utilizaba para buscar y compartir información quise plantear este dilema y hubo opiniones de todo tipo.
Unas diciendo que hice lo correcto, porque en el fondo aquello que yo denunciaba era corrupción, que se llevaba a cabo con mi dinero.
Otras criticando mi actitud, con gente que afirmaba que no entendía la realidad de ese país, que debería ser comprensivo con que la gente se intente sacar un dinero extra sea como sea, sobre todo si no nos perjudica, que era el típico arrogante europeo intentando salvar el mundo, que menuda vergüenza montar tanto escándalo por solo 1,5 euros…
Aún no tengo claro si hice bien o mal.
Y con esta entrada no pretendo que me felicites por lo que hice ni que me recrimines por ser tacaño o poco empático.
Sí que me gustaría saber qué hubieras hecho tú si vieras que alguien, en Laos, en ese contexto y situación que he explicado, decide repartirse tu dinero de la entrada y quedarselo.
Porque, sinceramente, no creo haya una respuesta correcta. O incorrecta.
El mundo es demasiado complicado y pequeñas situaciones así lo atestiguan.
Dime qué hubieras hecho tú y porqué. Te leo con ganas.
