La juventud siamesa se alza: claves de la ‘rebelión’ en Tailandia

Sunny ya había superado la treintena cuando saltó la noticia más triste de lo que va de siglo en Tailandia. Fue un 13 de octubre de hace ya cuatro años y ella recuerda cómo sus redes sociales se inundaban de llantos y pésames. Acababa de fallecer el noveno rey siamés de la dinastía Rama, y del pueblo no solo se esperaba su aflición, sino que el duelo fue de estricta obligación. Al fin y al cabo, todos los tailandeses sin excepción aman a sus reyes. O eso es lo que dicen los gobiernos militares y ultra-nacionalistas que, golpes de Estado mediante, acostumbran a robarle el poder a los votantes. Por el bien del pueblo, claro.

Cuando todas las televisiones emitieron en blanco y negro imágenes de fieles arrebatados por el llanto, Sunny estaba de viaje en Singapur. Entristeció y al día siguiente se enfundó un vestido negro para ir a la embajada tailandesa a ofrecer sus respetos, donde depositó las flores más caras que encontró frente a una foto del monarca. «Recuerdo estar verdaderamente apenada, era como si al ser tailandesa debía sufrir forzosamente, una reacción de la que eres incapaz de escapar; como cuando te rompes un brazo, que no puedes evitar el dolor», rememora. Algunas semanas después, publicó en su Facebook una foto del hijo del fallecido, quien ahora es el actual monarca de Tailandia y escribió una sola frase. Larga vida al Rey.

Estos días, Sunny ha vuelto a vestir de negro. Pero el motivo es más bien el contrario, ya que luce dicho color para mezclarse este mes en las multitudinarias manifestaciones para pedir democracia en Tailandia y el final de los gobiernos militares en el país. Además de exigir que el Rey esté controlado por los votantes y deje de ser considerado una deidad sobre la tierra con derecho a inmiscuirse en política cuando interesa.

«Todo cambió el día en que empecé a pensar que quizás nos habían engañado, el momento en que decidí mirarlo todo con otros ojos, a leer lo que antes me negaba a creer». Sunny, quien durante casi toda su vida estuvo desinteresada de la política, ahora mismo opta por un papel incluso activista. «Aún es mucha la gente de mi edad que mira para otro lado, nos han enseñado desde niños a reaccionar así, pero cuando abrazas el cambio te sientes liberada, te das cuenta de cómo nos han engañado durante generaciones y en lugar de dejarlo pasar te cabreas», explica. Y en gente como ella está la clave de la rebelión siamesa.

En busca de una ‘verdadera’ democracia

Protestas de Tailandia monje
Un monje pro-democracia expresa lo que tantos ahora piensan. Foto: Gemunu Amarasinghe / Khaosod English.

Tailandia es, de aquella manera, una monarquía constitucional. Tan de refilón como eso del barco y el animal acuático. Porque, desde hace casi un siglo, la prioridad de quienes mandan ha sido mantener las extremas riquezas del país en manos de un puñado de afortunados. No en vano, el reino está considerado como el país con más desigualdades del mundo, y quienes están arriba no desean dejar de sacar tajada.

En todo este meollo la clave han sido los militares. Hasta en 13 ocasiones han protagonizado golpes de Estado en los que han robado el poder al pueblo, siempre con la excusa de mantener la hegemonía tailandesa. Ellos dicen luchar por los tres valores imprescindibles de su pueblo: La nación, la religión y la monarquía. Y en pleno siglo XXI aún se vanaglorian sin pudor de que lo más importante para el pueblo no son, qué sé yo, la educación o una vida digna, sino que insisten en aquello que ya decían los carlistas en la España del siglo XIX con ese lema del «Dios, patria y Rey».

Fieles seguidores de la monarquía se congregan el pasado viernes.

La monarquía es, en este entramado, el símbolo que todo lo hace posible. La imagen que jamás podía mancillarse. El Rey es inviolable, sus abultadas finanzas son secretas y existe una ley de lesa majestad que permite encarcelar años y años a quien hable mal de la familia real. Para presentarse junto a alguien de la realeza hay que postrarse en el suelo y cuando sus coches cruzan las ciudades se prohibe la circulación en kilómetros y kilómetros para que los privilegiados viajen cómodamente por calles desiertas mientras los ciudadanos comunes sufren atascos de horas y horas.

Sobre el papel, la monarquía no puede tener opinión política. Pero la realidad es que el monarca es quien tiene el poder de aceptar o no un golpe de Estado y se inmiscuye en asuntos de la nación como Pedro por su casa si lo que toca es barrer para el lado de quienes ostentan el poder.

Esa es la monarquía parlamentaria tailandesa que los jóvenes manifestantes, estos días, quieren cambiar. Esa falsa soberanía popular que un miembro del Gobierno militar tuvo la osadía de bautizar como «dictadura democrática», ya que votar es posible pero al final no gobiernan los que ganan, sino los que los militares quieren.

En el día del niño, los de verde se dan un baño propagandístico al incitar a los pequeños a usar armas. Foto cedida por The Thaiger.

En realidad, el Rey es únicamente la imagen. Y es que todo tipo de fechorías políticas cometidas por los militares en la historia siamesa se justificaron siempre en la necesidad de proteger a la monarquía, ya que -como hemos dicho- los que están en el poder afirman que absolutamente todos los siameses aman a sus reyes. Y si alguien pone en duda sus decisiones le preguntan si es realmente tailandés o le animan a irse a otro lugar.

Durante décadas, el entramado funcionó a base de propaganda televisiva y una educación enfocada a ello. Y siempre que hubo algún avance democrático fue aplacado mediante golpes de Estado. El momento más triste fue hace 44 años, cuando se asesinó en la universidad de Thammasat a más de un centenar de estudiantes que pedían democracia. Los militares dijeron que eran comunistas -la excusa favorita de la época- e incitaron al pueblo a matarlos porque, dijeron, daba buen karma aniquilar a los de la hoz y el martillo y se ganarían una mejor reencarnación.

Una de las imágenes más icónicas de la masacre de Thammasat. Foto: AP.

Una matanza similar es imposible en el mundo global de hoy en día, y la propaganda ya no hace efecto en los veinteañeros. La juventud ha crecido con Internet y ven como dinosaurios de un pasado lejano a los militares con sus discursos y su ultranacionalismo. En ellos ha nacido la chispa de la rebelión siamesa, y por eso es común refeirse a los manifestantes como «los niños». Llevan todo el año en las calles y en las universidades, si bien hubo un parón durante el momento cumbre de la pandemia, pero es ahora cuando todo se ha multiplicado.

La clave, no obstante, no está en los jóvenes que estos días corean críticas al Gobierno y a los poderosos. Sino en que se unan a la causa las gentes de edades más avanzadas. Quienes son muy mayores acostumbran a refugiarse en la tradición y defienden a los militares y a la monarquía.

Lo sorprendente, en cambio, es que quienes tienen hasta 40 años empiecen a hablar. La gente como Sunny, que ha pasado de defender a la monarquía a pedir reformas democráticas en su país. Ahí está la clave. Y a nadie se le escapa que algo se ha roto en el sistema tradicional tailandés. La gente habla abiertamente de la monarquía y de una necesidad de cambio. Y eso, en este país, es realmente sorprendente.

Las modas van y vienen, por lo que hacer que la gente se suba al carro de lo novedoso es peligroso, y muchos piensan que estas protestas son flor de unos días y que pronto los niños volverán pronto a pegar sus ojos en las pantallas de sus teléfonos y a bailar en Tik Tok. Yo prefiero pensar que no es así y que su espíritu es real.

Sin embargo, dentro del Gobierno militar liderado por el general golpista Prayuth Chan-ocha ya son muchos los que los tienen de corbata. Porque si ser demócrata se pone de moda no va a haber policías suficientes para aplacar protestas.

De la revolución siamesa a la rebelión tailandesa

La actuación policial del pasado viernes 16, cuando la policía cargó contra los manifestantes. Foto: Thai PBS.

Los manifestantes tienen claro lo que piden. Primero, la dimisión del general Prayuth y la disolución de su Gobierno, que se fraguó en unas elecciones con truco que le sirvieron al golpista para aferrarse al poder.

Lo siguiente que exigen es derogar la actual Constitución, aprobada por la Junta militar hace tres años y que solo sirve para que los de verde tengan el poder pase lo que pase mediante un senado con derecho a voto y elegido a dedo, entre otras draconianas situaciones. Sin una ley básica más justa, el cambio es imposible.

La tercera exigencia de los niños es la más puntillosa. Solicitan que la monarquía sea verdaderamente constitucional y se mantenga al margen de los asuntos de Estado, además de anular la ley de lesa majestad y hacer públicas las finanzas de la casa real.

En realidad, lo que demandan es lo mismo que trató de lograr la Revolución Siamesa de 1932, cuando se acabó con la monarquía absoluta y se dio paso a una supuesta democracia. Duró poco, y en seguida se le otorgó más poder al Rey gracias a las intromisiones de los militares, para que luego los generales modelaran el país a su gusto.

Las lluvias fueron un aliado para las autoridades. Pero el agua no pudo apagar las ganas de los manifestantes.

Por supuesto, Prayuth no piensa ceder y ya ha dejado claro que él no ha hecho «nada malo» y que «por el bien del país» seguirá al frente de la nación. Opta por caricaturizar a los manifestantes y ridiculizarlos en lugar de ponerse frente a ellos. Y lo que está claro es que ese berenjenal que forman los militares y las grandes elites tailandesas no piensan abandonar el poder, nadie duda que será realmente difícil que accedan a ello y tomarán medidas radicales para aferrarse al mando.

Pero el Gobierno ciertamente está consternado, ya que la rebelión tailandesa es simplemente un alzamiento popular inteligente, ideado a través de las redes sociales -donde el soporte a la causa es masivo- y en el que no hay nadie detrás. Protestas en Tailandia ha habido muchas -muchísimas- y algunas fueron muy violentas, pero siempre había alguien detrás. Ya ocurrió en la pasada década con el magnate convertido en político Thaksin Shinawatra.

Como la idea es culpar a alguien y decirles a los niños que les están engañando, los ultra-monárquicos se han inventado de todo. Lo más divertido es verlos insistir en que detrás de las protestas está la mano negra de Estados Unidos, el sospechoso habitual. Curiosamente, es lo mismo que dice el Partido Chino en relación a Hong Kong.

Los bravos chavales que ayer tiraron pintura sobre los agentes al ser requeridos por la policía.
Los bravos chavales que ayer tiraron pintura sobre los agentes al ser requeridos por la policía. @ https://www.instagram.com/p/CEdAnCDDCX9/

Normalmente, con encarcelar a quien esté al frente de una revuelta se acaba el problema. Pero en este caso es imposible. Y cuando se arresta a alguno de los manifestantes más carismáticos, la respuesta es como si el Gobierno se diera un tiro en el pie y las protestas crecen en número y se movilizan los jóvenes frente a las comisarías. Están creando héroes.

Una de las críticas habituales al sistema estos días es la de las penas impuestas a los manifestantes en comparación con las de criminales reales. Cuando a los arrestados se les impone una fianza suele ser casi impagable, y si la abonan los vuelven a arrestar por otro cargo. El paralelismo se hace con el polémico caso de una escuela en la que se ha identificado a varios profesores que pegan a niños de guardería y abusan de ellos. A esos docentes se les ha dejado en libertad bajo una fianza de 220 euros.

Luego está el hecho de que las protestas son inteligentes, por decirlo de alguna manera. Porque los niños saben que de cara a sus mayores lucen como traidores a la nación, pero que el mundo entero legitima su causa. Y aprovechan la picardía y la inventiva para dejar a los que están en el poder no solo como los malos, sino a veces como nada hábiles. Además de que tratan de internacionalizar el conflicto, tanto ellos como quienes defienden su causa. Las imágenes que acompañan a este texto, por ejemplo, se ceden automáticamente por varios medios de comunicación para que el mensaje llegue más lejos.

La policía espera las protestas en el lugar convocado, mientras que los manifestantes están en otro lugar.

Pese a prácticamente no haber contagios por Covid19 en los últimos meses, el Estado de Emergencia se mantuvo activo para evitar protestas políticas contra el Gobierno. La pasada semana, viendo que las movilizaciones crecían, Prayuth impuso severidad en la medida y anunció que las reuniones de más de cuatro personas estaban prohibidas y penalizadas con cárcel, además de anunciar que tocar temas sensibles en las redes sociales conllevaría prisión también. El detonante de la medida fue que una multitud gritó democracia al coche de la casa real, donde iban la reina y el primogénito del Rey.

Pero las medidas policiales no acaban de funcionar. Los jóvenes simplemente se organizan mejor y dejan en evidencia a las fuerzas policiales. Mientras los agentes esperaban en un lugar, ellos van a otro. Ahora mismo, todo se organiza a través de Telegram. Por supuesto, los militares quieren prohibir dicha red social, pero no han sido capaces.

Como no lograron tampoco silenciar a los medios pro-democracia. El Gobierno emitió una prohibición dirigida a periódicos, televisiones y páginas en redes sociales donde se les forzaba a parar todo contenido y dejar de informar, mientras que el grupo Nation -el equivalente a Fox News en Tailandia- podía seguir generando odio. Los medios rebeldes no se acongojaron y siguieron con su trabajo, hasta que finalmente las autoridades retiraron la prohibición.

Una de las protestas de estos días de lluvia. Foto: Freeyouth.

Quizás el momento álgido fue cuando la policía cargó contra los estudiantes, el viernes de la semana anterior. Para disuadir a los manifestantes lanzaron pintura a cañonazos con el fin de marcar a los rebeldes, mientras los agentes por megafonía insistían en el sistema jerárquico tailandés, donde los jóvenes han de respetar a los mayores solo por tener más años que ellos. «Vuestros padres os aman y están preocupados, no quieren que estéis aquí, volved a casa con ellos, tenéis que honrar a vuestros padres», se escuchaba.

Fue un fracaso. De cara al mundo la policía quedó mal y la imagen de manifestantes pacíficos se mantuvo. Al día siguiente, los asistentes se multiplicaron y quedó claro que darles cachetadas a los niños no funcionaba.

El último gran hito fue cuando el miércoles los manifestantes marcharon hacia la casa gubernamental y entregaron una carta a Prayuth donde se le pedía que dimitiera en tres días y dejara en libertad a los presos políticos. El general, claro, volvió a hacer caso omiso. Pero derogó el Estado de Emergencia Severo. Por supuesto, tenía truco dicha medida.

El contraataque en forma de amarillo

Personal del Gobierno se manifiesta en pos del Rey, el pasado viernes. Foto: Khaosod English.

Una de las mejores fórmulas de las elites tailandesas para mostrar músculo es hacer uso de los camisas amarillas, que no son más que grupos de ultranacionalistas monárquicos que visten el color característico del Rey actual y también de su padre. Cargan con retratos de la familia real y muchos otros símbolos patrióticos, y en su juego la moderación es algo que puede esquivarse.

Son el grupo que se enfrentó en las últimas décadas a los camisas rojas, los partidarios del magnate y ex primer ministro electo Thaksin Shinawatra.

A los camisas amarillas, en cambio, se les está comparando estos días con los partidarios de Donald Trump en Estados Unidos por su efusividad en el discurso y su falta de autocrítica cuando les preguntan por hechos. La mayoría de esta marea amarilla -que en realidad son grupos muy pequeños- es gente de avanzada edad, no hay sitio para los jóvenes. Y, en demasiadas ocasiones, se cree que los que visten el amarillo están a sueldo de alguien.

Grupos de camisas amarillas son transportados en camiones de basura públicos para contrarrestar una protesta pro-democrática. Foto: The Thaiger.

Lo evidente es que al Gobierno se le ve el plumero con el asunto de los camisas amarillas. Como cuando sin rubor aparecen camiones de basura transportando a los defensores de la monarquía, lo que evidencia el gasto público del Ejecutivo para estas historias.

Además, los pro-democráticos han identificado a políticos vinculados a los militares y a funcionarios en los bandos amarillos. El problema, no obstante, es que los ultra-monárquicos sí que han exhibido comportamientos violentos. Tratan de buscar el conflicto con los niños, ya que el retorno de la violencia a las calles daría a los generales la excusa ideal para orquestar otro golpe militar.

Tras la derogación del Estado de Emergencia, ahora el Gobierno ha dado luz verde a las demostraciones del bando monárquico. Mientras, la realeza también está tratando de adaptarse a esta nueva realidad.

Durante estos días, el Rey Vajiralongkorn y la reina Suthida están en Tailandia y siguen a sus quehaceres. Como hay quienes aún piensan que los comunistas son el enemigo, el monarca se reunió con los fundadores del extinto Partido Comunista de Tailandia, quienes ya están muy mayores, y les pidió su apoyo.

También durante estos días se anunció que la fundación de Fufu, el que fue el perro del Rey, está luchando por los derechos de los animales. Y el propio soberano le otorgó a su reina una veintena de diplomas universitarios.

Lo que ha dejado de piedra a muchos es cómo el mismo Rey se acercó por primera vez a una multitud de camisas amarillas y agradeció personalmente a un fiel por haberle defendido frente a los demócratas. Mientras, para los del otro bando que gritaron igualdad al coche de la familia real las autoridades piden años de cárcel.

¿Será posible el cambio?

La imagen superior no tiene buena definición, está algo borrosa y se captó con una cámara de baja calidad. Pero, si me preguntan, yo digo que es la imagen más potente de las protestas pro-democráticas.

Dicha escena ocurrió en una escuela, durante el día del Rey Chulalongkorn. A los alumnos se les obligó a arrodillarse y rendir pleitesía a quien fue conocido como Rama V. Fue entonces cuando un alumno se levantó y realizó el símbolo de los tres dedos que usan los pro-democracia, una referencia que copiaron de las películas de ‘Los juegos del hambre’.

Ese alzamiento en contra del poder y de los valores que venden los militares -aquello del Dios, Patria y Rey- era algo impensable en Tailandia hace un año. Y es la mejor representación de lo que estamos viviendo.

Si he de apostar, yo creo que el cambio en Tailandia ha dejado de ser imposible para volverse inevitable. Pero desgraciadamente no será pronto. El antiguo reino de Siam es un estado en el que los poderosos amasan una influencia gigantesca. Y quizás para que llegue ese cambio quienes ahora son jóvenes han de doblar su edad actual.

Lo de que se dé otro golpe de Estado en breve lo veo poco probable. Primero, porque sería demasiado estrambótico que un militar se haga con el país por las armas para arrebatarle el mando a otro golpista. Pero ante todo porque no resolvería el conflicto, y eso lo saben los que mandan.

Los niños están poniendo a Prayuth y a los suyos en un aprieto, y mientras el país siga en crisis por la pandemia el número de contrarios a lo establecido seguirá en aumento. Y habrá que estar muy atento a ver qué ocurre con los camisas amarillas y si finalmente llega la violencia.

De momento, lo que estamos viviendo en Tailandia es histórico e inesperado. Pero la situación se puede enquistar como en Hong Kong, y yo sigo pensando que será extremadamente difícil que logren sacar a Prayuth del poder. Sin embargo, prefiero quedarme con la imagen del estudiante que rompe la disciplina y desafía a lo establecido. Porque los que amamos a Tailandia también queremos que los siameses hagan honor al nombre de su país, que no es otro que la tierra de la gente libre.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve