Reflexiones viajeras (I). De una oficina a vivir viajando

Hacía años que lo llevaba pensando. La cantidad de horas frente al ordenador para poder “sobrevivir” en un país en crisis no hacían más que acrecentar mi deseo. Aquello que llevaba no era más que una vida de esclavitud con la que pagaba, con horas de mi vida, a los buitres de los bancos para que éstos hicieran el agosto a mi costa. Y de otros muchos. Y todo por creer que vivir en una vivienda que iba a tardar en pagar 35 años con sueldos de risa comparado con otros países de Europa era “lo que -se suponía- que había que hacer”. “Lo que había que hacer” en España, claro, no en otros países. “Lo que había que hacer” en esa España clásica y con un pensamiento conservador que todavía hoy perdura desde tiempos de Franco. Pero no era ésta la clase de España, ni de vida, que a mí me quitaba el sueño. Más bien todo lo contrario, era la que me recordaba que tenía que realizar un cambio. Y cuanto antes.

Tampoco es que ayudase a estar bien la calidad del sistema en que vivíamos -y que todavía está a la orden del día-. Políticos mediocres y corruptos -en mi tierra somo punteros- que da vergüenza solo nombrarlos, medios de comunicación vendidos que pasaron de la información a la propaganda, poder judicial donde mandan los políticos -sin comentarios-, paro en aumento, deshaucios de familias junto con rescates a la banca -mira a ver cómo se digiere esto-, impuestos desmedidos para autónomos -mi caso- en comparación con otros países, bancos estafando -como no!-, ídolos nacionales como Belén Esteban o Cristiano / Messi -un buen barómetro de la sociedad-, la patronal exprimiendo a los trabajadores -qué raro…-, las del Ibex35 haciendo la ola a la reforma laboral y repartiéndose dividendos a su costa, sueldos de risa y contratos por horas… En definitiva, un circo que más bien parecía una película de Berlanga que un país del ¿primer mundo? -déjame que lo dude-.

¿Era este el sistema en el que quería vivir? ¿Realmente cambiaría alguna vez? Mientras me vuelvo a hacer éstas y otras muchas más preguntas no dejan de sonar en mi cabeza las palabras de Los Chikos del maíz:

Ritmos, victorias, empates
Zombis alienados deambulando babeando en los escaparates
Modernos primates dirigidos por control remoto
Mejor que poco a poco te aclimates

Pero no, yo no quería aclimatarme. Por nada del mundo.

Por aquel entontes Carme seguía en Zaragoza terminando la carrera con la que sentirse realizada, veterinaria, y yo me daba de tiempo hasta que finalizase sus estudios para ejecutar ese cambio de vida que se había convertido en mi objetivo prioritario. No un cambio de trabajo o de ciudad. De vida. Tenía claro que, después de tantos años entre cuatro paredes frente a una pantalla de ordenador, aquello no iba a hacerme feliz. Ni tan solo se acercaría a algo parecido a la felicidad. Y todo porque en el 2006 me largué un mes a Vietnam sin prácticamente haber salido de casa y me topé con un mundo distinto, una cultura nueva y otro tipo de vivencias. Y no quiero decir que me viniesen de repente unas ganas locas de vivir como un vietnamita, ¡que va!, pero las sensaciones que tuve durante aquel viaje me marcarían para siempre.

Aquel viaje no se trataba tan solo de unas vacaciones, puesto que no iba a coger un paquete turístico de 15 días / 13 noches donde te llevan de la mano a todos los sitios junto a un grupo de turistas y desembolsando una pasta, sino que más bien se trataba de un viaje donde lo único que me llevaría sería el billete de ida y vuelta y el resto vendría solo. ¿Cómo me movería? ¿Dónde dormiría? ¿Cómo me las apañaría con mi básico inglés? ¿Sería seguro? Miles de preguntas y una sola respuesta: lanzarme a realizar mi aventura.

Estar en contacto con aquella gente, las cosas que vi, los viajeros que conocí, la forma de moverme sin prisas y con el transporte que fuese, alojarme en hostales con lo básico y, lo más importante, estar desconectado -y desintoxicado aunque fuese por un mes- de mi rutina en Valencia fue lo que me hizo reflexionar al volver de nuevo “al mundo real”. Sin duda fue una nueva experiencia que no había sentido antes. Me sentí libre.

Con tantas cosas pululando en mi mente lo primero que saqué en claro entonces fue que debía repetir otro viaje de aquel tipo. A mis ganas de viajar se le unió lo aprendido en clases de fotografía; no a usar una reflex, sino más bien a saber cómo realizar un reportaje fotográfico social que es con lo que más me identificaba. Si viajando podía estar en contacto con la gente local, plasmar su día a día en imágenes se transformaría en el complemento perfecto. Ese fue el motivo por el que apareció Myanmar como siguiente destino. Bastó con ver unos retratos de un fotógrafo del que no recuerdo el nombre más unas cuantas lecturas acerca del país para comprar de nuevo un billete de ida y vuelta esta vez a Yangón. Por aquel entonces Myanmar seguía bastante cerrado al turismo, y para más inri se desencadenaron las protestas de los monjes budistas contra la junta militar, la famosa “Marcha azafrán”, donde miles de éstos llenaron las calles de Mandalay y más tarde las de Yangón, de las que fui testigo. No hace falta decir que todo lo vivido durante el mes que estuve allí llenaría más si cabe el saco de razones por las que mi vida seguía necesitando un cambio. También nació de aquello una exposición de fotografía sobre el país y una vertiente fotográfica de la que ya hablaré en otra reflexión.

Siguieron 5 viajes más, de los típicos de un mes de duración, tiempo que a uno le permiten cogerse de vacaciones cuando está metido en la “vida normal”. Laos, Camboya, India, Madagascar y Marruecos fueron los destinos escogidos. Todos éstos ya en compañía de Carme.

Y aquí es donde volvemos al principio, a estar esperando a que Carme cerrase el último curso y volar a Tailandia con solo billete de ida. La decisión ya estaba tomada. Una simple hoja de cálculo que me hice en excel reflejaba los gastos e ingresos de mi situación económica, que era el consejo que me dio un amigo para analizar un poco mi vida. Por experiencia propia sabía que simplemente con cambiar de país los gastos iban a ir en descenso, y de qué forma. Adiós gastos de la luz, de agua, de teléfono, de internet. Y adiós a los gastos comunes de comer, beber o vestir que sabíamos que se quedarían en nada en países como Tailandia (porque en India ni te cuento…) Todo ésto haría que mi hipoteca, que me llevaba conmigo a cuestas, se pudiese pagar de forma más llevadera. Porque nos íbamos con mi hipoteca.

Sobre mi trabajo tuve que ir concienciando a mis clientes poco a poco que igual podíamos seguir el contacto estando a 50 que a 5000 km, puesto que con internet las distancias se acortan. Al principio no fue fácil y estaban un poco reticentes, de hecho algunos los perdí, pero el resto se fueron amoldando a la idea. Al fin y al cabo estamos en la época de las nuevas tecnologías y no podemos quedarnos anclados en el siglo pasado. Renovarse o morir.

El destino, y el interés que puse en conseguirlo, hizo que un mes antes de coger el avión saliese un comprador para mi casa, con lo que surgió un nuevo objetivo a realizar in extremis: venderla sí o sí. ¿Perdería dinero con la venta? Of course! Porque no estaba dispuesto a empezar un tira y afloja con el precio porque el vuelo, y mi nueva vida en él, partían en breve. Así que se fijó una cantidad, se vendió y me quedé con una deuda menor. Era el precio de la libertad, -me dije-. ¿Qué vale la libertad? Aquí ya entran en juego las prioridades de cada uno, yo solo se que antes pagaba mucho por ser esclavo y ahora pago poco por ser libre.

A escasas dos semanas de lanzarnos al vacío la cosa no podía pintar mejor. Quitarme de un plumazo parte de mi deuda no entraba en los planes, pero he de reconocer que fue todo un respiro. Aunque lo importante de veras ya no era el tema económico, porque como siempre me ha dicho mi padre “els diners van i venen” (el dinero va y viene), sino el proyecto que estaba por estrenar y que tenía frente a mí: SER DUEÑO DE MI TIEMPO PARA DIRIGIR MI PROPIA VIDA.

Nunca entendí realmente al cien por cien lo que significaba ser dueño de tu tiempo hasta que cambié mi vida. Hoy mismo, aquí en una hamaca entre dos cocoteros frente al mar en las islas Perhentian de Malasia, donde he elegido pasar mi tiempo escribiendo este artículo simplemente porque me apetecía, me doy cuenta de lo poco consciente que era sobre ésto cuando era un esclavo entre cuatro paredes. Al menos en mi caso. Ahora dirijo mi vida por el camino que quiero porque dispongo del tiempo que quiero. Lo uso en eso, en hacer sencillamente LO QUE ME DA LA GANA. Y elegí vivir viajando.

En las islas Perhentian de Malasia
En las islas Perhentian de Malasia

Postdata: ¿Qué me hacía falta entonces para cambiar de vida? Dar el paso. Y así lo hice. De repente me vi en Tailandia empezando una “nueva rutina” que me llevaría a recorrer miles de kilómetros, levantarme a la hora que quisiera, comiendo y bebiendo a precios de risa y durmiendo en lugares con la luz, el agua e internet incluidos en el precio y que en total no sumaban ni lo que vale el alquiler de un piso en Valencia. Por fin estoy haciendo “lo que había que hacer”, pero no lo impuesto en mi país, sino lo que me impongo a mí mismo día a día. Y así desde febrero de 2013…