Relato divergente: Ciudadano de segunda

Relato divergente: Ciudadano de segunda
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Omar tiene buenas razones para sentirse satisfecho de residir en Singapur, ciudad próspera, moderna y limpia que parece la otra cara de la moneda de su Dhaka natal, la sobrepoblada capital de Bangladesh, de la que había soñado emigrar desde que, siendo todavía un niño, viese partir a un tío suyo del que nunca volvieron a tener noticias.

El camino recorrido por Omar hasta llegar a este diminuto país enclavado al sur de Malasia no había sido fácil, pero si lo comparaba al de sus padres, casi podría creerse que fue un jardín de rosas.

Su padre había sido un pescador bengalí que, tras la liberación y partición de la India, había huido al entonces llamado Pakistán Oriental, cuando unos fanáticos hindúes masacraron a la casi totalidad de los habitantes de la aldea musulmana en la que vivía junto a la Bahía de Bengala.

En Dhaka conoció a la futura madre de Omar, una chica birmana de una etnia musulmana que, después de haber sido raptada por unos contrabandistas que pretendían venderla al mejor postor, consiguió escapar y esconderse en una mezquita de esa ciudad, en la que la esposa del imam cuidó de ella.

El pescador bengalí y la muchacha birmana se casaron por razones prácticas y sin que hubiese amor entre ellos: él necesitaba una mujer y ella un hombre que la cuidase en aquel país musulmán, donde las de su sexo no tenían permitido ni siquiera viajar solas en autobús.

Construyeron una cabaña de adobe en un barrio de chabolas junto al puerto de pescadores donde él había conseguido empleo. Durante los cinco años siguientes, ella parió a Omar y a dos niñas más. Eran pobres y sobrevivían día a día, pero se consideraban afortunados hasta que el ejército de Pakistán Occidental empezó a comportarse como el de un país invasor y estalló la rebelión.

A sus cinco años, escondido bajo un montón de escombros, Omar vio cómo unos soldados sacaban a sus padres y hermanas a rastras de la cabaña. Tuvo que cubrirse la boca para no gritar cuando obligaron al padre a mirar cómo violaban y estrangulaban a su mujer y ensartaban después a las pequeñas con sus bayonetas. Tan macabro espectáculo no terminó hasta que decapitaron al padre.

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Una veintena de años más tarde, y después de desempeñar docenas de oficios entre Tailandia y Malasia, Omar llegó a Singapur y, convertido ya en un hombre, logró defenderse vendiendo fruta en un carrito que arrastraba de un barrio a otro.

Siendo hombre práctico, logró borrar de su memoria aquellos horrendos hechos del pasado, incluida la hambruna que sufrió Bangladesh poco después de independizarse de Pakistán. Ahora, a los cincuenta años, Omar tiene una esposa que lo respetaba y que le ha dado cuatro hijos y tres hijas, con la consiguiente colección de nietos, de los que a veces olvidaba cuántos son.

A Omar le gusta fumar su pipa sentado frente al comercio que tiene en Bussorah Street, y se sentiría totalmente satisfecho si no fuera porque, a pesar del tiempo que lleva en Singapur, continúa siendo un ciudadano de segunda; alguien al que el gobierno de aquella isla, amparándose en sus estrictas leyes, podría deportar por una mínima infracción, aunque fuese solamente por participar en una manifestación o elevar una queja por los altos impuestos que se ve obligado a pagar.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
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