Relato divergente: Creo que yo siempre quise ser taxista

Relato divergente: Creo que yo siempre quise ser taxista
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Creo que yo siempre quise ser taxista, pero si recapacito acerca de ello pienso que es absurdo, pues crecí en medio del campo sin saber lo que era una ciudad, una carretera o tan siquiera un vehículo.

En mis primeros recuerdos no se hallan mis padres ni el sitio en que nací, sólo el aislado campamento para niños huérfanos del que no sabíamos que estuviese en la parte oriental de Camboya.

Los Jemeres Rojos (Khmer Krahom en la lengua camboyana) nos aleccionaban acerca de la grandeza de Pol Pot a pesar de que, debido a nuestra corta edad, no entendiésemos de qué iba toda aquella monserga.

Nuestros maestros eran unos adolescentes que se limitaban a repetir como loros lo que les había enseñado su líder inmediato, que no tendría más de veinticinco años. En esos primeros tiempos no vi jamás a una persona adulta.

Las lecciones que recibíamos iban acompañadas de frecuentes castigos físicos y poca comida. El hambre formaba parte de nuestros días.

En cuanto al sitio que nos servía de dormitorio, comedor y aula, era un cobertizo de bambú abierto a los cuatro vientos, que se levantaba a un metro por encima del nivel del suelo para evitar que se inundase durante los monzones.

Al no haber conocido nada más, yo no echaba en falta una familia, una vivienda más decente o una vida mejor.

Aquella época terminó cuando Camboya fue invadida por el ejército vietnamita y los grandilocuentes Jemeres Rojos huyeron como conejos dejándonos solos. Al ver llegar a los soldados vietnamitas temimos lo peor hasta que, tras ellos, aparecieron unas amables enfermeras que nos cuidaron y alimentaron como nadie lo había hecho antes.

A las pocas semanas nos trasladaron a un orfanato de Phnom Penh. Encaramándome en las ramas de un árbol de champa que había en el jardín vi circular diferentes vehículos por la calle y le pregunté a un niño mayor acerca de un ruidoso triciclo “tuk-tuk”. «Es un taxi», me aclaró. Entonces decidí que yo iba a ser taxista.

Relato divergente: Creo que yo siempre quise ser taxista
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Tardé casi veinte años en lograrlo, y mi felicidad no tuvo límites cuando me puse por primera vez al volante de mi “tuk-tuk”. En ese glorioso día también descubrí que me encantaba ir continuamente de un lado a otro llevando a unos clientes con los que me gustaba charlar y conseguir que me contasen un poco su vida.

Pero lo mejor vino cuando empecé a conocer turistas extranjeros que no se quejaban por el abultado precio que les cobraba y me daban generosas propinas.

Me resultó extraño ver por primera vez personas que tenían el pelo blanco y la piel arrugada. Que no hubiera nadie así entre los camboyanos se debía a que los Jemeres Rojos habían asesinado a toda la población adulta.

A veces me pregunto si mi padre también habría sido un taxista.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
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