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“Aquí, en la estación de los ferrocarriles de Mathura, en el centro de la India, existe una curiosa leyenda, de la que nadie duda, que ha ido pasando de boca en boca y de andén en andén durante décadas. Según afirman, en este tren que va todos los días hacia Khajuraho, hay un fantasma que recorre sus vagones como lo hace el viento que entra por las ventanillas. Es el espíritu de un revisor que después de trabajar muchos años en esta línea, murió atropellado por otro tren cuando el suyo se detuvo en medio de unos campos y él descendió para echar una meada.

Su veteranía en los ferrocarriles fue la responsable de lo que sucedió cuando había fallecido y su cadáver ya estaba adquiriendo el aspecto de una masa sanguinolenta. Desde el confortable Más Allá, avergonzándose de haber hecho la tontería de plantarse entre los raíles sin mirar a sus espaldas, se juró a sí mismo que jamás volvería a caer en un fallo tan garrafal. También pensó que en su próxima encarnación procuraría ascender a la categoría de maquinista.

No obstante, lo más definitivo vino a continuación, cuando decidió aprovechar su nueva forma incorpórea para hacer realidad los deseos que llevaba controlando desde que vistiese por primera vez el uniforme de revisor, que le convertía en el puto amo del tren, pero también le aislaba en una especie de burbuja en la que reinaba la soledad.

Lógicamente, el cargo de revisor le había obligado a comportarse con mucha seriedad para imponer respeto, dejando claro a los empleados y los pasajeros del tren que con él no se podía jugar. ¿Cuántas veces habría visto cómo, al aparecer él inesperadamente, sus subordinados escondían apresuradamente el chílom que estaban fumando? ¿Y cuántas veces había deseado sentarse con ellos y pegar unas caladas? Sucedía igual con los aficionados al licor, quienes, en vez de invitarle a un trago, hacían desparecer la botella.

Relato divergente. El espíritu del revisor

Ni unos ni otros conseguían disimular el aroma que flotaba en el aire. Lo mismo hacía el revisor, disimular, para no provocar enfrentamientos innecesarios: era el sistema indio de hacer la vista gorda mientras, bajo la mesa, ocurría todo lo que estaba supuestamente prohibido.

Aquel tren se podría comparar a una pequeña población encarrilada sobre ruedas en la que residían él y los demás empleados de los ferrocarriles. Allí recibían diariamente la visita de unos pasajeros a los que atendían y luego despedían.

Él, el gran jefe, era el tipo más solitario, pues, al terminar la jornada laboral, y tras poner a todo el mundo en la cama, apagar las luces y afianzar las puertas, se encerraba a solas en su diminuta cabina. Ni tan siquiera allí se había podido dar el gusto de fumar un porrito o tomar un trago, porque hubiese sido inaceptable que, ya fuese debido al aliento o a los ojos enrojecidos, se notase su estado al llegar a la siguiente estación.

Efectivamente, el revisor se había comportado modélicamente durante su larga carrera en los ferrocarriles y, tal como mencionábamos antes, después de transformarse en un fantasma libre de cuerpo y obligaciones, quiso llevar a cabo cada uno de los deseos que había estado reprimiendo.

Empezó liberando al niño que había mantenido escondido secretamente bajo el uniforme de revisor. ¡Quería jugar, quería hacer travesuras y, en fin, quería hacer cuánto no había hecho!

Al principio su presencia invisible no se hizo notar porque durante varias semanas estuvo viajando sobre el techo del tren. Si pasaban por algún túnel, reía a carcajadas y, excitándose como un crío, chillaba silenciosamente.

Cuando el difunto revisor se hartó de ver los paisajes indios y cruzar ríos sobre larguísimos puentes metálicos, descendió de las alturas y empezó a recorrer el interior de los vagones. Aprovechó esa etérea e invisible forma para compartir las pipas y las copas con sus antiguos subordinados. Pero ocurrió que algunos de ellos, al estar colocados, fueron conscientes de su presencia. Aunque, de haberse hallado en un país con una cultura distinta quizás se hubiesen mordido la lengua para no correr el riesgo de ser tomados por locos, lo contaron sin avergonzarse porque sabían que en la India se daba el caso contrario y la fe de la gente alcanzaba los más altos niveles de credulidad.

Todos los empleados de los ferrocarriles que estaban reunidos allí no dudaron en aceptar que, efectivamente, el fantasma de su antiguo jefe se encontraba entre ellos. A un par de ellos les provocó un principio de histeria que los demás calmaron recordándoles que el revisor, a pesar de ser estricto, había sido un buen hombre, e igual sucedería con su fantasma.

De todos modos, para granjearse su amistad, llevaron a cabo una ceremonia en la que prendieron un chílom en su honor y rezaron unos mantras dedicados al Dios Shiva.

Cuando el fantasma del revisor se mezcló más tarde con los pasajeros, sucedió algo parecido. Aunque no pudiesen verle, los más sensibles notaron su presencia, y sólo fue cuestión de tiempo para que alguno lo comentase susurrando.

Desde entonces la noticia corrió de boca en boca: en el tren de Khajuraho había un fantasma que, afortunadamente, se portaba bastante bien, pues sus jugarretas, pongamos por caso, no pasarían de hacerle cosquillas en el sobaco a alguien que tuviese un vasito de chai en la mano, o le levantaría el velo a una musulmana con un soplido.

Desde entonces los pasajeros que viajan en el tren de Khajuraho lo hacen sabiendo que el amable y juguetón fantasma del difunto revisor está entre ellos.

Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. Hala, niños, dormid un rato hasta que llegue nuestro tren”.

“Papá, el suelo de este andén está duro y frío”, lloriqueó una niñita de corta edad.

“No te quejes, que por lo menos tenemos un techo sobre la cabeza por si se pone a llover”.

“Papá”, dijo un crío de cinco años, “¿el fantasma del revisor no baja nunca del tren para pasear un poco?”.

“No, porque teme perderlo si se pone en marcha”.

“¿A qué hora llegará nuestro tren?”, preguntó el mayor de los tres niños.

“Eso seguramente ni tan siquiera lo sabe el jefe de la estación, porque los trenes de tercera clase como el nuestro, en los que viajamos la gente pobre, no tienen horarios…”.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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