Relato divergente. El gurú

Relato divergente. El gurú
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Un amigo me había advertido que si iba a la India volvería convertido en una persona distinta; pero, al ser yo un ateo materialista, lo dudé mucho, y en realidad hubiese regresado de mis vacaciones siendo el mismo incrédulo si hubiese logrado olvidar algo que me sucedió en un pueblecito del Himalaya donde pasé unos días.

Ocurrió una mañana en la que el propietario de la casa en que me hospedaba me dijo que iba a visitar a su gurú, alguien que vivía en un templo a pocos kilómetros de allí, y me preguntó si deseaba acompañarle. Yo no tenía nada mejor que hacer y me apunté a la excursión, más interesado en el paseo que en el gurú.

La caminata valió realmente la pena, pues las vistas del valle eran maravillosas y los bosques por donde nos adentramos no lo eran menos.

Relato divergente. El gurú
Relato divergente. El gurú

El gurú parecía un pobre pordiosero, y lo que él llamaba templo y áshram no pasaban de ser dos barracas en muy precarias condiciones. Era un hombre mayor, con largas barbas y melenas completamente blancas, que me sorprendió al hablarme correctamente en inglés y hacerlo además con el vocabulario de una persona culta.

En unos momentos en que el gurú se ausentó, mi guía me contó que aquel hombre era un santo de gran sabiduría y poder, capaz de leerme tanto mi pasado como mi futuro. Aunque nunca había creído en esas cosas, de alguna manera debí parecerle interesado porque, al regresar el otro, le pidió que me echase una “mirada”.

Entonces el anciano me estuvo observando durante lo que me pareció una eternidad. También estuvo un buen rato mirando las líneas, las arrugas e incluso los pelos de mis manos. Para terminar dirigió por unos momentos su atención a mis orejas. Después, contemplándome de nuevo en silencio, pareció preocupado. Evidentemente, yo me lo tomé a cachondeo, pero en manera alguna lo expresé para no herirle.

Al fin, cuando yo esperaba que me hablase del número de hijos e hijas que tendría y de otras chuminadas parecidas, me dijo: “Tu karma se halla en unas condiciones miserables. Hace muchos años, en otra vida muy lejana, mandaste a mucha gente a la hoguera. Desde entonces, en cada una de tus siete reencarnaciones siguientes te las has arreglado para morir entre las llamas. Y parece que la penitencia aún no ha acabado”.

Ni él dijo nada más, ni yo le quería seguir escuchando porque, de pronto, me habían entrado unas ganas horrorosas de salir de allí y terminar con aquella broma de mal gusto.

Regresé a Occidente, a mi pisito y al negocio que pagaba mis facturas. Al principio todo continuó por el camino normal y mi novia coincidió con mis amigos en que las vacaciones asiáticas no habían logrado ovalar la cuadratura de mi cabeza.

No obstante, casi sin darme cuenta de ello, empecé a observar cuanto material inflamable rodeaba mi vida. Me acostaba y, antes de apagar la luz, me quedaba mirando las cortinas, alfombras y demás telas que cubrían la habitación, pensando en lo fácilmente que todo aquello se podría convertir en una hoguera si saltase una chispa. Conduciendo mi coche especulaba acerca de la cantidad de gente que moría abrasada al no poder salir de su vehículo después de sufrir un accidente. Etcétera.

Lo que había empezado como un entretenimiento mental, con el paso de los días llegó a dominarme y acabó convirtiéndose en pura paranoia. Mis primeros actos frente a ella fueron de lo más inocente. Con la excusa de cambiar la decoración de la vivienda, regalé todas las cortinas y puse persianas metálicas.

Desaparecieron las alfombras y el parqué. Las puertas, “por razones de seguridad”, también las puse de metal. Hice pintar todo el piso con pinturas y barnices ignífugos. Y para terminar, instalé los mejores sistemas contra incendios.

Mi sastre me observó sorprendido cuando le pregunté si era posible vestirse con telas que no ardiesen.

Mi novia también empezó a mirarme con curiosidad el día en que decidí llevar el depósito de gasolina del coche en reserva, teniendo que detenerme continuamente para repostar unos pocos litros cada vez. Mi secretaria se quejó, “Esto es más frío que un cementerio”, cuando mandé cambiar todos los armarios, mesas y sillas de la oficina por modelos metálicos. Aparte, claro, de llenarla por todos lados de sistemas contra incendios.

La metamorfosis pareció haberse completado y durante unas semanas me relajé creyendo que todo estaba en orden. Hasta que una noche mi novia me propuso ir al cine. Allí, ante una variada colección de películas, ella escogió un programa sin que yo le prestara la mínima atención. Ya dentro del local y apagadas las luces, nos encontramos frente a la típica pachanga hollywoodense, con un montón de estrellas en decadencia, en la que se celebraba la inauguración de un restaurante de lujo en lo más alto de un rascacielos. Cuando yo estaba ya empezando a bostezar, de pronto me puse tenso al ver en la pantalla como un cortocircuito en el sótano del rascacielos acababa de provocar un incendio. El resto de la película es fácil de imaginar pero, a pesar de seguir mirando, yo no lo vi porque entre mis cejas solamente había espacio para lo que acababa de descubrir: ¡Que todos los sistemas contra incendios no me salvarían de las llamas si se quemaba el edificio del que yo ocupaba un quinto piso! ¡Y la oficina estaba en un noveno!

Ni me enteré del momento en que abandonamos el cine. Conduje como un autómata. Dejé plantada a mi novia ante su casa sin tan siquiera darle un beso y regresé a mi piso para pasar la noche en blanco. No podía dormir. ¡Y jamás lograría hacerlo sabiendo que, en caso de incendio, no tendría escapatoria!
Con los ojos enrojecidos y tan tenso como si llevase un palo metido en el culo, llegué por la mañana a mi oficina en tal estado que mi secretaria llamó a mi novia preguntando: “Oye, ¿qué le pasa a éste?”.

A partir de ahí, como dirían en una novela de aventuras, los acontecimientos se precipitaron. Me fui a vivir con mi novia porque su aislada casa de planta baja me pareció más segura. Pero saltaba alarmado cada vez que ella encendía un cigarrillo.

“¡Algo se quema! ¡Vas a provocar un incendio!”.

Cuando quise sacar las cortinas y empezar con otros cambios paranoicos, ella me llevó de la mano a un psiquiatra.

El hombre, un buen profesional, casi se asustó al abrirle yo mi mente.

“Has tardado demasiado en pedir ayuda”, me aseguró. “Mi consejo es que cojas inmediatamente unas vacaciones e ingreses en una clínica de reposo que te recomendaré, donde, con unos meses de tratamiento te dejarán rehabilitado para volver a la vida normal”.

Acepté sin dudarlo porque me sentía perdido y muy asustado. Y dos horas más tarde mi novia conducía por la autopista de la costa llevándome hacia mi nuevo domicilio. Se trataba de un gran edificio de obra vista y una sola planta, rodeado de jardines y pequeños pabellones, que estaba situado frente a una playa y aislado del resto del mundo por campos de maíz y bosques de pinos.

Mi novia se fue, y yo pasé las siguientes semanas entre psicoanálisis, baños y demás terapias. También me llenaron el cuerpo de drogas. Mi coco se durmió, mis locuras se evaporaron y me convertí en un zombi de lo más tranquilo.

Cuando a los médicos les pareció que mi trastorno se hallaba ya bajo control, me permitieron abandonar la residencia y dar paseos por aquella playa en la que raras veces se veía un alma.

Desde ese momento empecé realmente a mejorar. El aire del mar, los baños en sus frescas aguas, los rayos del Sol y, sobre todo, el espacio abierto e infinito, obraron maravillas. A los pocos días mi psiquiatra aceptó cortar con los fármacos y darme una dieta más amplia y variada.

Siguiendo la playa hacia el norte, a un par de kilómetros, había una casa de fin de semana escondida bajo unos pinos. Era un sitio que en invierno sería frío e inhóspito, pero una delicia durante el caluroso verano. Aquel era mi punto de destino en muchas de las caminatas. Iba hasta la casa solitaria, nadaba un poco en el mar, y luego me sentaba bajo los pinos para fumar un cigarrillo.

Un día, cuando ya empezaba a creerme el amo y señor de aquel lugar, nada más llegar oí los gritos de unos chiquillos que estaban jugando. La casa se hallaba ocupada y sentí disgusto al ver alterada mi rutina. Entonces aparecieron varios niños y niñas de unos diez años, todos alegres y sonrientes. Me dijeron que habían venido a pasar quince días de colonias, que eran de la capital, y que los adultos responsables del grupo se encontraban dentro de la casa.

Fui hasta la puerta donde me crucé con una señora de unos cincuenta años, menuda y frágil, pero enérgica, a quien me presenté y ofrecí mi ayuda si era necesaria. A los pocos minutos ya estaba sentado, con una humeante taza de café entre las manos, hablando con aquella encantadora mujer y su joven ayudante, un muchacho muy serio de unos veinte años.

De esa forma mis paseos por la playa se enriquecieron con interesantes tertulias y también con juegos y excursiones, ya que me apuntaba encantado siempre que organizaban algo con los niños.

La chiquillería me había aceptado como a uno más entre ellos y me trataba igual que a un amigo. Eran seis niñas y cinco niños, todos de buena salud física y mental, que siempre se mostraban alegres y felices. Ni una sola vez oí peleas o que alguien llorase, y empecé a creer que jamás me había sentido tan bien.

Se acercaba la noche de luna llena y decidimos celebrar una fiesta en la playa. Juntaríamos leña y haríamos una buena hoguera en la que asaríamos salchichas y tostaríamos pan. Yo pediría permiso en la residencia para pasar la noche fuera.

Durante aquella deliciosa velada se metió en mi cabeza una extraña idea: “He llegado a mi destino. Me quedaré aquí”.

Tal idea continuó conmigo, aunque ni remotamente pudiese imaginar cómo la llevaría a cabo.

Entonces, una noche, mientras estaba sentado en mi habitación con el libro “La Sutra del Río” entre las manos, pero pensando en las sonrientes caras de aquella curiosa e improvisada familia numerosa, un compañero entró gritando que había estallado un incendio en el bosque.

Salimos al jardín. No podíamos ver las llamas pero sí la luminosidad del fuego. También llegaba hasta nosotros el olor a madera quemada.

Bajé a la playa y desde allí pude ver las llamas. El incendio estaba lejos de la residencia y por la parte donde quedaba la casa de los niños.

Por unos momentos lo pensé dudando: “¡No puede ser!”.

De pronto empecé a correr como un loco por la playa. ¡Efectivamente, la casa de los niños estaba ardiendo! Cuánto más me acercaba, más claro veía que quemaba por la parte en que estarían durmiendo mis jóvenes amigos. Llegué allí exhausto y con el corazón golpeando contra mis costillas.

Ardían los pinos que había a su alrededor y las ramas que quedaban por encima. El tejado ya había empezado a quemar. Y lo peor, una gran rama acababa de caer bloqueando la puerta de entrada.

Por alguna de las ventanas enrejadas pude ver a varios niños mirando y chillando. La rama era pesada, pero no imposible de apartar, y sólo ardía por el lado alejado de la casa. Agarrándola con todas mis fuerzas le di varios empujones y logré moverla suficientemente como para que la puerta se abriese un poco. Por ella empezaron a salir niños en pijama a los que ordené correr hacia la playa.

La última en abandonar la casa fue la mujer y juntos fuimos hasta la arena. Allí, siempre eficiente y meticulosa, juntó a los niños y los contó.

“¡Falta uno!”, exclamó alarmada.

Salí volando hacia la vivienda sin pensarlo. El tejado ya ardía a gusto. Entré gritando, corrí de una habitación a otra, y entonces oí sus chillidos. ¡Estaba encerrado en el baño! La puerta se había atrancado y sólo cedió cuando lancé todo mi cuerpo contra ella.

De allí salió el más simpático de los chicos diciendo: “Gracias, colega”.

A continuación, se marchó disparado hacia la puerta y salió camino de la playa. Yo sonreí, y le iba a seguir cuando una idea me pasó por la cabeza: “Están en pijama y ahí afuera tendrán frío. Será mejor que les lleve unas mantas”.

Entré en una de las habitaciones y cogí lo que encontré a mano. Pero cuando me disponía a partir, se me vino encima todo el techo en llamas soltando chispas y fallecí instantáneamente.

Aquel gurú indio tenía razón: aún tenía que morir abrasado una vez más.

Sin embargo, aquello ya pasó y mi karma mejoró un montón; tanto como para que en mi siguiente reencarnación ya no acabaré entre las llamas. Claro que, para terminar con la colada “kármica”, en esa próxima vida seré bombero.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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