Relato divergente. El trío de «Los Inseparables»

Relato divergente. Los inseparables
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Permitid que me presente. Me llamo Edwin, nací en Manila y soy el tipo con una calva prematura que podéis ver en el centro de la foto. El de la derecha es Rodolfo y el de la izquierda, Danilo. Nos hicimos amigos íntimos en la escuela, y los otros chavales nos apodaban “Los Inseparables” porque íbamos juntos a todos lados. Nuestra unión se solidificó, si cabe, durante la adolescencia, cuando empezamos a correr tras las chicas y a tener aventuras.

Curiosamente, no hubiésemos podido ser más distintos. Danilo era la personificación del optimismo y se lanzaría a ciegas al vacío con la seguridad de caer de pie. Rodolfo se hallaba en el extremo opuesto, pues pecaba de pesimista, aunque él lo denominaba realismo y tocar de pies al suelo.

Relato divergente. Los inseparables
Relato divergente. Los inseparables

Igual que en la foto, yo me hallaba en medio y, por decirlo de alguna manera, hacía de moderador entre uno y otro cuando se enzarzaban en discusiones filosóficas que a mí me parecían utópicas. También me encargaba de las relaciones diplomáticas cuando parlamentábamos con otros grupos de jóvenes. Incluso solía interceder con algunos padres para convencerles de que no nos propasaríamos con sus hijas si les permitían salir con nosotros.

Danilo se movía por nuestra ajetreada ciudad como si se tratase del Cielo, aunque él no lo expresara exactamente así; mientras que Rodolfo desconfiaba de todo como si estuviese en el Infierno.

Ambos me confesarían años más tarde que, en más de una ocasión, les había salvado la vida evitando que uno se metiese en berenjenales, de los que podría haber salido malparado, y el otro se convirtiese en un depresivo crónico que terminase saltándose la tapa de los sesos.

El caso de Danilo, o sea el de los berenjenales, era más frecuente porque, pongamos por caso, trataría de ligarse a la chica más bonita de la fiesta a pesar de que estuviese rodeada de admiradores o acompañada de su novio. Era guapote pero, sobre todo, resultón. Además, acompañaba esas peculiaridades con una gran simpatía y una mayor seguridad. Con ello, claro, les hacía tilín a las chicas y frecuentemente se metía en líos. Pero no era precisamente yo quien sacaba a Danilo de los aprietos, puesto que a pesar de tener mucha labia, iba corto de coraje. El encargado de poner orden era Rodolfo, el cual escondía bajo su apocada apariencia a un guerrero justiciero capaz de tumbar a cuatro oponentes sin despeinarse. Lo que sí hacía un servidor era detener el vapuleo que estuviese repartiendo Rodolfo susurrándole al oído: “Vale, ya basta”.

De todos modos, no creáis que a Rodolfo o a mí nos mosquease el comportamiento de Danilo, porque la mayoría de las chicas que conseguíamos se las debíamos a él, y nos hartábamos de follar mientras otros se ponían ciegos a pajas.

Nuestras respectivas familias, aun sin ser pobres, se hallaban en la parte baja de la escala social, por lo que tuvimos que empezar a trabajar a temprana edad.

Armonizando con nuestras diferencias de carácter, los empleos que conseguimos no hubiesen podido ser más distintos; además, fueron muchos porque el mercado laboral iba sobrado de ofertas y cambiábamos frecuentemente; así que no los mencionaré, pues la lista sería larguísima.

Si en algo coincidíamos los tres era sobre los sueños acerca del futuro. Para empezar, en cuanto pudiésemos conseguir el carné de conducir nos convertiríamos en taxistas y recorreríamos Manila en nuestros atronadores triciclos. Este curro, aparte de darnos independencia, nos permitiría ahorrar con el fin de llevar a cabo la segunda parte de nuestro plan: emigrar a alguno de los países ricos a los que deseaban ir la mayoría de filipinos, como Australia, Norteamérica o Inglaterra. Sabíamos que sería más fácil obtener un visado de trabajo en Singapur o Arabia, pero un viejo amigo de mi padre nos había advertido que en esos sitios nos tratarían como si fuéramos esclavos.

Al hablar de nuestros sueños, algo que hacíamos compulsivamente con harta frecuencia, Rodolfo siempre demostraba tocar de pies al suelo. Una noche, mientras bebíamos unas cervezas San Miguel para celebrar que yo había cumplido dieciocho años, fue él quien mencionó un tema que podría ser muy determinante: el del matrimonio.

“Si nos casáramos aquí en Manila y nos convirtiésemos en padres”, nos explicó, “difícilmente tendríamos la oportunidad de largarnos de este puto país, porque pasar por la vicaría sería parecido a firmar una hipoteca que debiésemos pagar durante el resto de nuestra vida”.

La cosa estaba clara: podríamos ligar con cuantas chicas quisiésemos, pero habíamos prohibido mantener una relación seria para no correr el riesgo de perder la libertad de movimiento. Estaría prohibido decir te quiero, te amo o tan siquiera me gustas mucho. Además, cortaríamos inmediatamente la relación con cualquier chica que usase esos términos, ya que nos lo tomaríamos como una maldición y saldríamos por piernas. Ya tendríamos tiempo de formar una familia después de hacer realidad nuestros planes.

Yo fui el primero en convertirme en taxista, pero Rodolfo y Danilo no tardaron en copiarme. Aparte de ser el empleo que más deseábamos, desde ese momento pudimos pasar más ratos juntos. En vez de permanecer separados durante las horas laborales, mientras esperábamos clientes aprovechábamos los descansos para tomar café, fumar cigarrillos Alhambra y, por supuesto, paliquear imparablemente acerca del futuro sin caer en la cuenta de que, al hacerlo así, no vivíamos el presente ni echábamos raíces. Pero los años transcurrieron hasta sumar una década sin que se diesen cambios.

Un día Danilo nos comunicó que iba a casarse con la hija de un empresario que le pondría al frente de un comercio de alimentación. A Rodolfo y a mí nos sentó como una traición. Le recriminamos que, por su culpa, el trío de “Los Inseparables” se iría al carajo junto con los sueños que habíamos tenido. Nos negábamos a aceptar que, por una vez, Danilo era el que tocaba de pies al suelo y nos comportamos como unos imbéciles, provocando una riña que cortaría momentáneamente nuestra relación.

Con Rodolfo siempre habíamos considerado a Danilo como un “viva la vida” poco sustancial, y nos sorprendió comprobar que su ausencia había dejado un doloroso vacío: echábamos en falta su alegría, su optimismo y, sobre todo, las bromas con las que nos reíamos del todo el mundo.

Unos meses después me quedé definitivamente solo cuando Rodolfo entró a formar parte de un sindicato comunista en el que, gracias a su buena cabeza, no tardó en ascender. Era, por supuesto, una organización clandestina, y mi amigo terminó desapareciendo del mapa sin que ni tan siquiera sus padres supiesen dónde paraba.

Me adentré en la treintena sintiéndome cada vez más perdido. Mi vida se estaba quedando sin atractivo mientras se convertía en una aburrida rutina. La alegría que sintiese al empezar a trabajar como taxista había pasado a ser historia: los otros conductores me exasperaban, los continuos atascos de tráfico eran un martirio, odiaba los semáforos en rojo y las nubes de humo negruzco del diésel castigaban especialmente mis pulmones de fumador.

Además, como si llevase el piñón fijo o se me hubiese parado el reloj, seguía empeñado en permanecer soltero a pesar de que no lograba ahorrar suficiente dinero para poder emigrar. Y no era así porque mi curro no rindiese, pues iba sobrado de clientes; pero la insatisfacción personal auspiciaba mi ansiedad y malgastaba sin ton ni son.

Una tarde, con las últimas luces del ocaso, al pasar frente a un hotel de lujo recogí a un cliente chino al que debía llevar hasta una alejada zona residencial. Me sorprendió porque, por lo general, a la gente rica no le gustaba desplazarse en un triciclo como el mío y lo hacía en taxis con aire acondicionado. Se lo comenté y me confesó que llevaba prisa y se había hartado de esperar el vehículo adecuado.

A través del retrovisor me fijé en el elegante traje de estilo occidental que vestía, así como en el caro reloj que lucía. Tampoco se me pasó por alto el maletín que sujetaba con fuerza. Sin embargo, no presté atención a un Lexus negro que, tras seguirnos a corta distancia durante un buen rato, nos cortó el paso en cuanto llegamos a una calle solitaria y mal iluminada. A la derecha había un almacén abandonado y a la izquierda, un descampado en el que reinaba una total oscuridad.

Siempre me he preciado de tener una mente ágil y, en un rápido instante, comprendí lo que sucedía al ver la cara aterrorizada de mi cliente cuando dos tipos corpulentos descendieron del otro vehículo y corrieron en nuestra dirección. No lo dudé, le di al gas, y salí lanzado hacia el descampado rezando para que en nuestro camino no diésemos con una roca o nos metiéramos en un lodazal.

En una ciudad como Manila resultó insólito que no nos disparasen. ¡La de saltos que pegamos! De haber huido por una calle asfaltada, el Lexus nos habría dado alcance; pero no allí, entre hierbajos, piedras, baches y charcos. Las luces de sus faros se fueron alejando hasta que desaparecieron: supongo que, con las prisas, se empotrarían en alguna zanja. A nosotros no nos sucedió algo parecido por los pelos, y poco después pudimos circular de nuevo sobre el asfalto.

Mi cliente no se tranquilizó hasta que llegamos a nuestro destino. Era una espectacular villa ajardinada que estaba protegida por altos muros. En la calle hacían guardia un par de agentes uniformados que, tras consultarlo a través de un interfono, solamente dejaron entrar al caballero chino, excluyéndome a mí. Pero entonces mi cliente sumó una nueva sorpresa a tan extraordinarios incidentes pidiéndome que le acompañase. No era una orden, sino una amable invitación. Y, a pesar de no comprender de qué iba todo aquello, acepté.

Lo supe cuando entramos en la villa, que por cierto era el sitio más lujoso en que hubiese puesto los pies. El maletín contenía una fortuna en diamantes que mi cliente entregó aliviado al amo de la casa. Mi admiración anterior alcanzó las nubes al reconocer al anfitrión, pues era uno de los hombres más ricos y poderosos de Filipinas. Al enterarse éste de la aventura que habíamos corrido, le recriminó amigablemente al caballero chino que hubiese corrido ese riesgo viajando en mi triciclo y, además, sin llevar un par de guardaespaldas.

Cuando me felicitaron por mi valeroso comportamiento, me pregunté si, aparte de palabras, recibiría una generosa propina. ¡Jamás hubiese imaginado lo que vino a continuación! Primero me invitaron a tomar una copa de Ron Don Papa, de veinticinco años, en un salón en el que habría cabido un campo de fútbol. Luego mi cliente me contó que, no solamente había evitado que le robasen, sino que le había salvado la vida, por lo que había contraído conmigo una deuda impagable. Entonces me dejó sin palabras al preguntarme qué podría hacer por mí. ¡Ja, tenía tantos deseos y necesidades que me quedé en blanco! Sonrió comprensivamente, y luego me hizo una proposición que nadie en su sano juicio habría rechazado.

“¿Serías capaz de dirigir un hotelito que voy a inaugurar en una ciudad tailandesa llamada Mae Hong Son?”.

Aunque él era de Hong Kong, tenía negocios en diferentes países del Sudeste Asiático. Gracias a sus contactos, a los pocos días ya tenía en mis manos un precioso pasaporte con el correspondiente visado tailandés. Después viajé por primera vez en un avión.

Todo lo que vino luego a un ritmo endiablado salió de maravilla: me gustó Mae Hong Son, me gustó su clima, me gustó la ausencia de polución, me gustaron sus zonas verdes, me gustó mi empleo, me gustó el hotelito ajardinado que solamente tenía una docena de cabañas, me gustó la comida tailandesa y, gracias a que también me gustaron las liberales chicas tailandesas, no tardé en formar pareja con una de ellas.

Transcurrió un año en el que fueron contadas las ocasiones que escribiese a mis padres: soy un mal hijo, pero también un mal patriota, pues deseaba olvidarme de Filipinas. Digámoslo claro: si comparaba Manila con Mae Hong Son, el resultado era aberrante; y juré que jamás regresaría allí.

Una mañana, mientras yo repasaba las cuentas con el contable, mi mujer me avisó por el interfono que habían llegado un par de hombres que querían verme. Me advirtió que parecían un par de indigentes y me preguntó si no prefería que los mandase directamente a paseo para que no me hiciesen perder el tiempo. La frontera de Myanmar quedaba muy cerca y era frecuente que algunos refugiados birmanos llamaran a nuestras puertas en busca de empleo o un poco de ayuda. Creyendo que este sería el caso, le pedí a ella que les sirviesen un plato de comida caliente. Pero a los pocos minutos volvió a llamarme diciendo que insistían en hablar conmigo.

Me dirigí a la recepción refunfuñando. Al llegar allí me quedé atónito por doble razón al ver que eran Danilo y Rodolfo, quienes, ya fuese por sus macilentos rostros o las prendas deshilachadas que vestían, tenían un aspecto realmente deplorable. Nos abrazamos emocionados e incluso derramos alguna lágrima. Después de lavarse, vestirse decentemente y comer hasta hartarse, me contaron que habían llegado a Mae Hong Son pidiéndoles mi dirección a mis padres.

Las sanguinarias fuerzas policiales del presidente filipino Duterte, no solamente habían estado asesinando a cualquiera que tuviese un poco de maría en el bolsillo, sino también a los radicales de izquierdas que se oponían a sus dictatoriales e injustos mandatos. Una noche, mientras Rodolfo estaba reunido con otros sindicalistas, se vieron rodeados por agentes uniformados que empezaron a disparar sin molestarse en darles el alto. Rodolfo logró huir amparado por la noche. Sospechando que, aparte de su nombre, también sabrían dónde se domiciliaba; y no queriendo poner a sus padres en peligro, buscó refugió en la casa de Danilo.

A pesar de que éste le recibió con los brazos abiertos, su esposa, y sobre todo sus suegros, se negaron en redondo a dejarle entrar. Rodolfo no sabía que ellos siempre habían tratado Danilo como a un ciudadano de segunda porque seguía sin darles un nieto. Tampoco suponía que estuviese hasta el gorro de su familia política. Entonces estalló una ruidosa disputa familiar y Rodolfo, sintiéndose culpable, dijo que se iría cuanto antes. Danilo estuvo de acuerdo en que sería lo mejor así, pero cuando le acompañó de vuelta a la calle le susurró: “Espérame en la esquina”.

Formando de nuevo un buen equipo como en los viejos tiempos, Danilo aportando un fajo de billetes de banco y Rodolfo unos contactos políticos, consiguieron abandonar Filipinas en un barco vietnamita. No tenían pasaportes y desembarcaron ilegalmente en Vietnam, en la Bahía de Ha Long. Más tarde llegaron a Tailandia cruzando Laos; pero, al estar indocumentados, por el camino tuvieron que sobornar a unos policías que les dejaron con los bolsillos vacíos.

Desde el memorable día de nuestro reencuentro han transcurrido un par de años. Rodolfo se convirtió en mi cuñado al casarse con la hermana de mi mujer. Se ganan bien la vida con un restaurante especializado en la cocina filipina, que gusta mucho a los turistas occidentales.

Danilo, tras salir escaldado de su experiencia matrimonial, continúa felizmente soltero, cambiando de novia frecuentemente. En cuanto a la profesión, escogió la que dijo que era su vocación: taxista de un tuk tuk.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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