Relato divergente. Extraños en el paraíso

Garu.

Una tenue claridad se coló bajo el techo verde anunciando el nuevo día a la compacta masa de árboles que se hallaban en permanente competición intentando alcanzar los rayos solares. Allí todo era verde, incluso la luz. Las criaturas de la noche guardaron silencio unos instantes antes de que las diurnas empezaran con su serenata.

Garu se descolgó ágilmente de las ramas bajas. Había nacido y vivido en aquella selva como lo hicieran sus antepasados e iba completamente desnudo. Una larga cabellera le cubría la espalda hasta llegar a las nalgas; sobre su cara no crecía pelo alguno, y la piel, que sería de color dorado si se encontrase bajo el Sol, tenía un tono verdoso como todo lo demás. No sabía lo que podría haber fuera del bosque, en realidad ni tan siquiera sospechaba que éste terminara en algún lugar.

Una lanza de bambú y una pequeña y ligera hamaca eran sus únicas posesiones. Había regalado lo demás a su esposa e hijos antes de despedirse de la tribu; era una opción a la que cualquiera tenía derecho a tomar al llegar a la vejez: partir en busca de un buen lugar donde meditar y morir. Los pájaros le habían dicho que este lugar se hallaba en la parte más profunda de la selva, donde los hombres no iban, e incluso la mayoría de animales evitaban.

Garu había visto cual debía ser su destino bajo los efectos alucinógenos de la ayahuasca y, después de gozar una vida feliz y llena de satisfacciones, deseaba tener esta última experiencia. No obstante, para lograrlo tenía que superar el miedo de adentrarse en lo que su gente denominaba el bosque oscuro, al que iba a enfrentarse en total soledad, sin la compañía de sus familiares y amigos. Prefería tal camino a la muerte anunciada, festivo y tradicional, en el que los ancianos cansados de la vida tomaban plantas que les ayudaran a separarse del cuerpo, que sería devorado rápidamente por la naturaleza.

Su ruta no tenía pérdida: caminar hacia oriente y, después de varios días, encontraría unas montañas tan altas como infranqueables, mientras que por el sur y poniente se hallaba un gran río parecido a una insalvable barrera de agua. Había empezado su trayecto marchando hacia el norte.

“Sólo llevo dos días en esta nueva vida y soy realmente como un niño”, se había dicho antes de empezar a reír con grandes carcajadas ante tal pensamiento.

Garu se tomaba la vida como algo muy serio y había alcanzado la sabiduría aprendiendo de ella. Creía en la importancia de las experiencias propias de cada edad, a pesar de que muchas de ellas fuesen pura locura, y hoy aceptaba las tonterías de los jóvenes sabiendo que podían llevarlos al conocimiento.

Garu era sabio porque sabía gozar sin reprimirse de la parte infantil que todavía quedaba viva en su interior. Era sabio porque podía apreciar la belleza de las chicas jóvenes de la tribu sin olvidar que ahora era un viejo reviejo. Y era sabio porque su mente todavía pensaba y recordaba perfectamente algo que, además, quizás hiciese mejor que nunca. Gracias a todo esto sus pasos por la vejez eran los de un hombre tranquilo y satisfecho.

Celia.

La avioneta Cessna había despegado del aeropuerto de Iquitos y se dirigía a Manaos sobrevolando la carpa verde del Amazonas. En el asiento del acompañante iba doña Celia, una rica viuda de Bogotá que había ido de vacaciones a Cusco dispuesta a subir al Machu Picchu, donde se había enamorado locamente del Don Juan que ahora le servía de piloto mientras realizaban un romántico viaje para celebrar su Luna de Miel.

Él, don Pedro Rodrigo de Galatea, de aristocrático pasado y ruinoso presente, se especializaba en la caza y captura de turistas de edad madura a las que sacar algún regalo final, cuando partían de vuelta a Miami, Caracas o Madrid. Pero su sueño siempre había sido encontrar una perla como doña Celia, con cincuenta años de tontería, sola y cargada de dólares y diamantes como para parar un tren. Tras adivinar que Celia sería la víctima perfecta, decidió jugárselo todo a una sola carta.

El cinturón de seguridad que sujetaba las redondeces de doña Celia estaba sujeto por un hilo que no aguantaría el primer tirón. Pedro Rodrigo también había preparado la puerta, parecida a la de un automóvil utilitario, para que se abriera con el primer empujón. Las bolsas conteniendo el dinero y las joyas de Celia se encontraban aseguradas en la parte posterior.

En su meticuloso plan para deshacerse de doña Celia, todo se hallaba perfectamente estudiado: la selva se la tragaría sin que ninguna identificación señalara su rastro.

“Sin remitente”, se dijo Pedro Rodrigo sin poder evitar una sonrisa, que doña Celia descubrió y correspondió con todo el amor.

“Sí, sí, sonríe, mamona, que vas a ver tú…”, pensó Pedro al preguntarse:

“¿Y por qué no ahora mismo?”.

Dándole un manotazo a los mandos colocó la avioneta de lado quedando él debidamente sujeto en la parte superior. doña Celia vio como su cinturón se desprendía bajo el peso de sus setenta y dos kilos y, casi al mismo tiempo, la puerta se abrió enfrentándola a la masa verde de la selva que la llamaba dispuesta a devorarla.

Sin embargo, en los planes del Don Juan que pretendía convertirse en asesino, no entraban los reflejos de doña Celia. Éstos, que eran rápidos a pesar de los años y su corpulencia, dispararon su brazo izquierdo y una mano parecida a una zarpa se agarró a la pierna derecha de don Pedro Rodrigo de Galatea, obligándole a soltar un alarido que competía con el de ella.

“¡AAAAHHH!”, gritaron ambos a coro, con doña Celia colgando en el vacío y su criminal amante sufriendo los tirones dentro del avión mientras el aparato perdía altura por momentos.

Al fin, olvidándose de los mandos, don Pedro Rodrigo usó sus manos para obligar a doña Celia a soltar su asidero a la vida y, logrado esto, la vio caer y caer.

“Ve en busca de tu destino, vieja loca”, dijo él riéndose a carcajadas.¡Se había salido con la suya! ¡Había jugado y había ganado! Pero vamos a olvidarnos de don Pedro Rodrigo, pues es un ser sin relevancia y con poca vida por delante, tanto para él como para la avioneta que se estrellaría poco después, incendiándose por una avería, y volvamos con doña Celia mientras cae en picado.

Su falda y el gran chaquetón evitaron que ganase velocidad durante el corto pero terrorífico descenso hasta las ramas más altas de unos árboles gigantescos que parecían esperarla. Para evitar que terminase con todos los huesos partidos, el frondoso follaje detuvo el descenso ensartando sus prendas y la dejaron allí colgada como un pez puesto a secar.

Aunque pueda parecer difícil, la vegetación lo hizo mimándola como a una princesa. Al recobrar los sentidos, doña Celia comprobó asombrada que, a pesar de su precaria situación, no había sufrido más heridas que unos pocos rasguños.

“De todas maneras, si ahora me cayese de este rascacielos vegetal, seguro que no lo contaría”, se decía mientras calculaba que el suelo no quedaba a menos de cincuenta metros por debajo de ella.

“¡La selva! ¡Dios mío, Celia, ¿qué haces aquí a tus años?!”.

Unos monos, a los que Dios olvidó ponerles piel y pelo en la cabeza, pues tenían la cabeza roja como si estuviese ensangrentada, se sintieron atraídos por las desgarradas vestiduras rojas de doña Celia y la ayudaron a descender, creyendo quizás que se trataba de algún pariente.

La buena mujer, que había cerrado con fuerza los ojos intentando evitar el vértigo, los abrió al notar que la manoseaban. Al descubrir frente a ella a las criaturas más feas del planeta, chilló con toda la fuerza de sus grandes pulmones, logrando una desbandada de monos y un movimiento general de ramas que iba a dejarla aun en peor situación.

Aprovechando el desplazamiento hacia un lado que le provocaron las primeras ramas al balancearse, los reflejos de doña Celia dispararon de nuevo sus manos hacia otras ramas de más tamaño, y ella continuó avanzando de esa forma. Así, pasando de unas a otras antes que cedieran bajo su peso, usó el mismo sistema que los orangutanes de doscientos kilos que habitaban a tales alturas en algunas selvas asiáticas, y movían su pesada envergadura sin problemas mientras no se detuviesen.

Doña Celia, siguiendo algún instinto de supervivencia escondido en su memoria, quizá por algún vínculo con lejanos antepasados que habitaban en los árboles, logró descender una treintena de metros y acabó sentada sobre una gran rama horizontal, con la espalda apoyada en el tronco.

Allí se despojó del chaquetón y reflexionó acerca de su estado. Sus zapatos de tacón se habían perdido en el espacio, tanto del vestido como de las medias sólo quedaban harapos y tenía todas las uñas partidas. Afortunadamente no había perdido el brazalete ni el anillo, ambos de oro.

En cuanto a don Pedro Rodrigo de Galatea, mejor ni pensar en él; tan desmesurada y rastrera le parecía su acción como su propia estupidez.

“Sí, cuando el presente está liado, mejor no pensar en el pasado”, se dijo mirando alrededor. “Primero he de lograr descender hasta el suelo. Luego buscaré un camino en medio de la selva tratando de olvidar que incluso me atemorizaban los bichos que encontraba en los parques de Bogotá”.

Stomoh.

Stomoh era japonés, y gracias a su vocacional profesión de cómico podía sentirse como en casa dentro de una gran variedad de espectáculos, tanto en vivo como en el cine o la televisión. Fue ésta, la televisión nipona, la que le propuso un contrato cuya remuneración era demasiado tentadora como para rechazarlo. Claro que iba a correr unos riesgos que habían desanimado a profesionales más famosos y mejor cualificados. Se trataba de rodar un film dentro de las selvas amazónicas siguiendo el recorrido que realizarían tres hombres públicos. Uno de ellos sería un locutor de mucho renombre, el otro, un actor que ganara varios premios, y el tercero, él, Stomoh. Los tres intentarían cruzar la selva por sus propios medios, enfrentándose a los animales, los insectos, las enfermedades y las plantas agresivas. Pero lo harían teniendo un equipo de filmación siempre a pocos pasos. Podría sucederles todo lo imaginable y, con suerte, la película sería un éxito.

Durante las semanas anteriores a la partida, Stomoh trató de informarse acerca del Amazonas. Como buen ciudadano, buscó en libros y videos las enseñanzas que solamente la experiencia ajena podría aportarle.

El equipo en pleno, con una organización exagerada y con cada objeto numerado, partió en un vuelo directo desde Tokio a Manaos. Allí pasaron quince días de aclimatación en una lujosa hacienda escondida en la naturaleza.

Después empezó la odisea, adentrándose en la selva para vivirla, para sufrirla realmente, para permanecer solos en ella, aunque a unos pasos se hallara el equipo de filmación, para pasar sed aunque frente a ellos tuviesen cervezas frescas, y para alimentarse de los animales que lograsen cazar y asar mientras a su olfato llegaba el aroma de los espaguetis a la boloñesa aderezados con parmesano que preparaba el cocinero del equipo de filmación.

Era un contrato muy difícil de cumplir, especialmente para la mente, y una noche Stomoh enloqueció. O quizás simplemente se hartó de tanta tontería televisiva. Igual que si hubiese recibido la Iluminación, decidió que sobreviviría más fácilmente por su cuenta, sin la compañía de sus dos inútiles compañeros de infortunio. Uno de ellos ya se las había apañado para pincharse con una planta de aspecto inocente y su pierna derecha parecía sufrir “elefantitis”, mientras que el otro tenía una disentería tan horrorosa como apestosa y corría el riesgo de terminar criando malvas.

Stomoh saltó silenciosamente de la hamaca y desapareció en la oscuridad convencido de saber encontrar el camino hacia su casa.

Extraños en el Paraíso.

Garu había entrado ya en las tierras deshabitadas y, durante los últimos días, no había hallado ninguna de las señales que dejaba habitualmente la gente de la selva. Aunque se veían menos animales, no le representaba ningún inconveniente porque generalmente se alimentaba de raíces y frutas. Sólo de vez en cuando incluía pescado en su dieta, y éste era fácil de conseguir ya que la zona selvática la cruzaban constantemente ríos y arroyos llenos de vida.

Relato divergente. Extraños en el paraíso

Se despertó con la primera luz del día. Había dormido al lado de una pequeña laguna que en aquel momento se hallaba delicadamente cubierta por la neblina del alba. Ningún pájaro rompía el silencio con su canto. Ni un solo mono chillaba buscando compañía. Era un silencio mágico que resultaba increíble por darse en la selva. Un soplo de aire removió la niebla despejándola y obligándola a levantar el vuelo.

Garu gozaba del momento sentado en su hamaca. A su derecha fue apareciendo el contorno de la laguna y el bosque. Al mismo tiempo que se ampliaba la visibilidad, frente a él se formó un punto rojizo que se convirtió en rojo eléctrico al ganar intensidad. Mientras el punto aumentaba de tamaño, los ojos del viejo Garu aumentaban su asombro. A su edad pesaba que lo visto todo, pero nunca había encontrado algo así dentro de la selva. Un nuevo soplo de aire descubrió totalmente a doña Celia sentada sobre una roca, dándole la espalda a Garu, refrescando los pies en las aguas de la laguna.

Silencio. Ni un ruido. Ni un movimiento. Un nuevo soplo del hermano viento se llevó hacia la cúpula verde los últimos restos de neblina, permitiendo que la laguna mostrase todas sus maravillas.

De pronto, la mirada de Garu se dirigió hacia un peñasco que se levantaba en la orilla contraria atraída por una criatura tan sorprendente como doña Celia. Era Stomoh, que sentado a quince metros por encima del agua, hacía meditación y saludaba la salida del Sol, que el techo verde no le permitía ver.

“Los tres hemos pasado la noche junto a esta laguna en la que no tendría que haber nadie”, pensó Garu maravillado.

Entonces, en unos rápidos y electrizantes instantes, doña Celia advirtió la presencia de Garu y Stomoh, al mismo tiempo que el japonés los veía a ellos. Un segundo después, los tres estaban tan inmóviles como atónitos.

Doña Celia lo tuvo claro inmediatamente: “El joven japonés es una persona educada, aunque la selva parece haberle trastocado un poco; pero de este viejo salvaje y desnudo, aunque no parece una mala persona, no me fiaría un pelo”.

Para Stomoh tampoco hubo dudas. Animado por sus alucinaciones, creyó que Garu era el gurú de la selva, el chamán que venía a guiarlo en el más amplio sentido de la palabra, y supo inmediatamente que aceptaría su palabra como si fuese ley. Además le deslumbraron su atractivo cuerpo y su larga cabellera, y lo suyo fue un amor a primera vista. Sin embargo, doña Celia no le gustó mucho porque, aparte de doblarle en corpulencia e ir vestida con unos andrajos rojos, le recordaba a la suegra de su hermano, y nunca confiaría de ella.

Lo más increíble le estaba sucediendo al viejo Garu, quien casi babeaba mientras sonreía como un niño mirando y admirando a doña Celia, de la que se estaba enamorando a marchas forzadas. “¡Cuánta belleza! ¡Qué delicadeza de formas! ¡Y qué tamaño!”, pensaba recorriéndola con la mirada.

La reacción que le provocó el japonés fue muy distinta: “¿De qué tribu será este tío tan raro? No me gusta porque sonríe demasiado”.

Salvadas las dudas iniciales, los tres se reunieron y se saludaron de las formas más variadas, descubriendo que no hablaban ninguna lengua en común: Garu dominaba varias de las que se usaban en la selva, doña Celia se expresaba en un perfecto y educado castellano, y Stomoh, aparte del japonés y un poco de inglés, sabía decir “Bom dia senhor” en portugués.

Por todo ello sus conversaciones en aquellos primeros momentos no pasaron de:

“Hola”. “Umm”. “Ojaio”.

Entonces, Garu, impulsado por sus emociones amorosas, acercó una mano hasta coger la de doña Celia. Ella, atemorizada, se apresuró a coger la de Stomoh que le quedaba libre. Y éste, creyendo que hacía lo debido, cogió la de Garu que le quedaba más cerca.

Y los tres sonrieron.

Y fueron felices y comieron… arándanos.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.