Relato divergente. La casa del pozo seco

Aquel fue un verano suave en el que pude gozar de las vacaciones dedicándome a la afición predilecta de mis años adultos: el excursionismo. Con la única compañía de mi perro Bambú, un podenco de color canela, y cargando sobre la espalda una pequeña mochila con lo mínimo, me orienté con un mapa de caminos forestales y, siempre rodeado de parajes increíbles, recorrí una de las comarcas más bellas de la Selva Negra alemana. Crucé bosques de abetos, de robles y de hayas, y pasé por aldeas de ensueño cercadas de prados por los que pastaban vacas, ovejas y caballos mientras por todos lados recibía el saludo amable y sonriente de los campesinos.

Una mañana, al alejarme del pueblo donde había pasado la última noche, me pareció ver entre los árboles las formas de un tejado y, sin ningún propósito determinado, me aparté del camino siguiendo un sendero que, zigzagueando bajo un techo de verdor, me llevó hasta un vasto prado aislado entre dos colinas en el que reinaba una casa en total soledad. Si me quedé maravillado, observándola como hipnotizado durante varios minutos, no fue tanto por la belleza de aquel lugar ni la energía palpable que emanaba, sino porque tanto la vivienda como cada árbol de los alrededores eran idénticos a los que habían aparecido en mis sueños nocturnos durante años.

Me había acostumbrado de tal manera a ellos como para que, al acostarme, me preguntase: “Vamos a ver qué pasará hoy en la casa del valle”.

Lo hacía así a pesar de que nunca sucedía nada, ni aparecía nadie, y de que siempre tenía la sensación de estar contemplando una postal.

Y ahí estaba la escena, pareciéndome todavía más atractiva en la realidad, con los bajos de piedra labrada y el piso de madera, ni nueva ni vieja, con un buen porche y un gran balcón cubierto mirando al sur, y con la pintura parda de puertas y ventanas, un poco desconchada. Bambú me dijo con una mirada que aquel lugar también era de su gusto. Al acercarme pude comprobar que, aunque se hallase deshabitada, estaba cuidada.

Junto a la puerta de entrada había un cartel pegado en el que se podía leer: “Casa en venta – Para más información: preguntar en la panadería del pueblo”.

La casa del pozo seco

Parecía cerrada a cal y canto, pero no pude evitar el gesto automático de comprobarlo, y la puerta se abrió como si hubiese estado esperándome.

Gozando como lo haría un niño recorriendo un castillo encantado, descubrí que en la planta baja había un salón, una cocina-comedor con una calefacción de leña que, aparte de poder calentar varios radiadores, servía para cocinar, un trastero y una despensa. En el piso, al que se accedía por una estrecha escalera de madera, había cuatro dormitorios de diferentes tamaños, y un cuarto de baño completo. Como si hubiesen sido menospreciados por el antiguo habitante del lugar, había algunos muebles que restaban dispersos sin ton ni son: un banco de madera en la cocina, un vetusto sofá de cuero en el salón, y una cama y un armario grande y feo en la que sería la habitación de matrimonio.

Mis pasos eran acompañados por el concierto de chirridos y crujidos ocasionados por la madera del suelo, la misma con que estaban hechos los tabiques, el techo, las puertas y las ventanas, de las que había bastantes prometiendo mucha luz una vez estuvieran abiertos los postigos. Habían cortado el servicio eléctrico y el agua se obtenía de un pozo que había tras la casa. Un poco más apartados, y cayéndose a pedazos, pude ver el corral y el gallinero.

Estaba tan emocionado, tan abrumado por hallarme claramente enfrentado a mi destino, que pasé varias horas metiendo la nariz en cada rincón, enamorándome más y más de aquel lugar, mientras me iba convenciendo de que me encontraba atrapado, pues estaba haciendo lo que nunca había hecho: ¡Planear el futuro!

Habían puesto la casa en venta, y yo, cercano al retiro, podría comprarla haciendo uso de mis ahorros y vendiendo el piso que ocupaba en la ciudad. Intentaría que mi jefe y amigo me incluyese en la próxima remodelación de empresa. Sin darme cuenta estaba destinando un pedazo de terreno para cultivar un huerto, y veía un caballo galopando por el prado, a una docena de palomas blancas cruzando el cielo, y a un par de ovejas aportándome la leche necesaria para elaborar el queso que más me gustaba.

Al inspeccionar por enésima vez el interior de la casa atrajo mi atención un pedazo de cartulina blanca que sobresalía por debajo del armario. Al agacharme para recogerla comprobé que era una fotografía tamaño postal vuelta de cara al suelo. La llevé conmigo hasta la puerta de entrada para verla con mejor luz, y ante mí apareció la más típica de las familias. El padre, calvo y obeso, con cara de oficinista satisfecho a sus cuarenta y pico años. La madre, pequeñita, dulce y con gafas. Un chico y una chica, rubios y evidentemente gemelos, de unos trece años, ambos sonriéndole a la cámara. Otra niña, ésta muy seria y con el pelo castaño, de unos diez años. Y una última niña, la más pequeña, de unos cinco, con todo el aspecto de ser la muñeca de la familia.

Aunque ni la psicología ni la observación hubiesen sido jamás parte de mis talentos, pensé que formaban una familia tradicional que se había inmortalizado en aquella instantánea en la cual estaba impresa una fecha de cuarenta años antes. ¿Qué habría sido de ellos? ¿Vivirían todavía los padres? ¿Estarían en una residencia de ancianos unidos hasta que la muerte les separase? ¿Habría el muchacho acabado la carrera de derecho en su camino a la presidencia del Tribunal Supremo? ¿Se habría casado su hermana gemela con un campesino del pueblo y parido una docena de hijos? Y la mediana y seria hermana, ¿habría entrado de por vida en un convento de clausura? En cuanto a la pequeña no había duda: sería bailarina o presentadora de algún programa de televisión.

Riéndome de aquellas absurdas deducciones auspiciadas por mi compulsiva curiosidad, salí de la casa y cerré la puerta sin apercibirme que guardaba inconscientemente la fotografía en el bolsillo de la chaqueta.

Después de pasar el resto del día entre la soledad de los bosques, al atardecer descendí hasta un pueblo que no quedaba en línea recta a más de cinco kilómetros del anterior. En la única tienda del lugar me informaron acerca de cuál era la casa en la que me alquilarían una habitación para pasar la noche.

Una vez instalado convenientemente, fui al comedor para llenar tanto mi estómago como el de mi perro. La viuda y propietaria de la casa, una simpática mujer con más bigote que mi abuelo, se encargó de espolear mi curiosidad cuando le hablé de la casa que había visto en venta.

“Sí, aquella era una buena familia, de ciudad, pero buena gente, al fin y al cabo. Vinieron a vivir al campo tratando de subir a los hijos en un ambiente más sano. Y casi tuvieron éxito, pues solamente les salió rarita la hija mediana. Pero ya se sabe que en todas las familias hay una oveja negra, ¿verdad?”.

“Verdad, verdad. Pero, dígame, ¿a qué se refiere usted con lo de rarita?”, le pregunté animándola a continuar como ella esperaba.

“Pues, verá usted, no se casó y divorció menos de tres veces, abandonando a cada marido por el siguiente. También tuvo una buena colección de amantes, cambiando de uno a otro como si ninguno la dejara lo bastante satisfecha, usted ya sabe. Después la metieron en la cárcel por un asunto de drogas, aunque estuvo poco tiempo gracias a sus buenas amistades. Y, al fin, ya tocando fondo, se fue a un país del Tercer Mundo con un amante latino. ¡Dios mío, qué desengaño para sus padres; tantos sufrimientos para eso! Creo que fue este disgusto el que llevó a la madre a la tumba”.

Para entonces yo ya había acabado con el plato de salchichas acompañadas de verduras y mi cuerpo empezaba a pedirme la posición horizontal; así que me despedí de la hostelera, subí a mi habitación y me acosté para caer en el mundo de los sueños pensando en la casi buena, casi típica familia de la casa que se hallaba en venta, mientras ya oía roncar a Bambú.

Desperté con la primera luz del día en medio de un sueño alarmante en el que un millonario tejano compraba la casa con el propósito de construir en ella un hotel de lujo para amantes del golf. Tal sueño, que se colocó entre mis cejas durante el desayuno y seguía allí cuando empaquetaba mis cosas para partir hacia otros montes y pueblos, al fin me obligó a cambiar de ruta y regresar al pueblo del día anterior. Pensaba que alguien podría comprar hoy la finca que estaba en venta ayer, y que por lo menos debería informarme de cuál era el precio de la casa con la que había soñado durante años.

Caminando en soledad, escuchando el canto de los pájaros y a Bambú ladrándoles a las ardillas para que bajaran a jugar con él, pude pensar y reflexionar relajadamente acerca de muchas cosas; y en mi mente, al mismo tiempo que el sueño terrorífico iba difuminándose a medida que volvía en dirección a la casa, la imagen de la hija mediana iba imponiéndose y tomando forma.

Tuve que sacar varias veces la fotografía de mi bolsillo para observar su seria mirada, e intenté descubrir en ella algún rasgo que señalase cómo habría sido el futuro que en aquel momento ya era pasado. ¿Por qué necesitó cambiar tanto de pareja? ¿Acaso no fue feliz en sus amores? La opinión de la hostelera seguramente sería así, pues para ella, viuda de su primer y único amor, y habiendo vivido siempre en la casa que la vio nacer, la vida de aquella muchacha tenía que ser algo parecido a Sodoma y Gomorra, o sea vicio y perdición en gran concentración. Sin embargo, al ser yo un romántico nato no podía imaginar nada malo viniendo de aquella cara que parecía ser la de alguien que amaba la verdad, alguien que debía tener un corazón puro.

Llegué al pueblo y a la panadería cuando ya era mediodía y se acercaba la hora de comer. El amigable panadero me invitó a compartir el almuerzo con él y con su mujer, señora con el doble de dimensiones que su marido, que comentó desde la cocina que donde comían dos, comían tres. Para más armonía, había una perrita, toda dulzura, que se encargó de encantar y volver loco a Bambú con los movimientos de su cola.
Mientras degustábamos un suculento guiso de jabalí acompañado de verduras y puré de patatas, los panaderos me informaron del precio de la casa, que resultó ser asequible a mi bolsillo.

“No piden mucho porque tienen ganas de tocar dinero”, me confesó el marido.

“¿Qué sucedió con la madre?”, les pregunté, ansioso de conocer los pormenores familiares.

“Ella murió de una larga enfermedad hace ya quince años”, tomó la palabra la mujer, “y el pobre marido, que era incapaz de hacerse una tortilla, se quedó más solo que la una. Sus hijos vivían cada uno en ciudades distintas, todos con sus propias preocupaciones, y pocas veces se acercaban por aquí para hacerle compañía al viudo, quien, además, se quedó muy hundido porque amaba a su mujer con locura”.

En este momento el panadero exclamó con sarcasmo: “¡Anda, anda, que ya será menos!”.

“Dice esto porque hubo muchas habladurías”, me aclaró la mujer, “pues se aseguraba que el buen hombre tenía una amante, algo que nunca se demostró”.

Partí de la panadería con el número de teléfono de un abogado de la capital que se encargaba de los asuntos legales de la familia. Tomé habitación en la pensión que ya conocía, llamé al abogado, quien me dio cita para dos días después en su despacho, y seguidamente salí del pueblo paseando hasta la casa de mis sueños.

Abrí todas las puertas y ventanas para que corriese el aire, y también para poder verla mejor. Me fijé con más atención en su estado de conservación haciendo cálculos sobre las reparaciones y los cambios necesarios: que si una viga, que si unas tejas, etcétera. Luego probé el agua del pozo, que resultó ser fresca y sabrosa.

Sentándome en el porche, saqué de mi bolsillo la fotografía familiar para observarla intentando visualizar a aquellas personas en el sitio que fue su entorno por tantos años.

Mirando la cara plácida y digna del marido, le pregunté: “¿Tuviste una amante?”. Y mirando a la mujer: “¿Y tú lo supiste?”.

Sí, él podría haber tenido una amante por algo que había en su cara, pero supuse que habría sido suficientemente inteligente como para que no le descubrieran el juego; con lo que era fácil concluir que su esposa tampoco lo llegase a saber. Con la información que me habían dado, las caras del padre y de la hija mediana aparecían para mí en la fotografía con más claridad, con más rasgos, con más vida.

Cuando la secretaria me introdujo en el despacho del abogado, me llevé la agradable sorpresa de reconocer en él a un antiguo compañero de escuela y la que iba a ser una reunión de negocios se convirtió en una entrañable charla entre amigos que discurrió mientras tomábamos unas cervezas en un bar tranquilo.

Él me informó del precio mínimo por el que creía que podría conseguir la casa, y también me confesó no conocer personalmente a los vendedores.

“Me mandaron por correo las copias de las escrituras de propiedad, los poderes notariales dándome la exclusiva por el plazo de un año, y también los números de las cuentas bancarias de los cuatro hermanos donde debería ingresar cuatro partes iguales del importe de la venta, una vez descontados los gastos e impuestos. Esto es todo si exceptuamos la conversación telefónica que mantuve con la que debe de ser la hermana mayor, quien me había llamado con antelación para preguntarme si aceptaría encargarme del asunto. Por lo que dijo, deduje que el padre habría muerto poco tiempo antes, que la valoración la había hecho un agente del estado, y que ninguno de los ahora propietarios estaba interesado en conservar la casa.

¡Ah, sí! Hubo otra llamada un poco extraña que, por la mala calidad de la línea, supuse que telefoneaba desde algún país lejano. Una mujer, que dijo ser una de las hermanas, me preguntó si ella podría adquirir la casa; respondí que por supuesto, pero pareció desanimarse al enterarse del precio. Y eso fue todo hasta hace dos días, cuando tú me llamaste hablándome de la dichosa casa que nunca he visto, cercana a un pueblo del que ni recuerdo el nombre”.

Nuestro encuentro terminó pasándole yo una oferta en firme que incluía un pago inicial. Para abonar el resto pedía un año de plazo, calculando que doce meses serían suficiente para encontrarle un comprador a mi piso; algo en lo que mi amigo prometió interesarse.

Y el sueño se hizo realidad. Noventa días después, habiendo vendido mi antiguo domicilio urbano al contado y conseguido además el retiro con cinco años de antelación, llegué al pueblecito con mi coche seguido por un camión de mudanzas que cargaba todas mis pertenencias. Me dirigía a la casa que ahora ya era de mi propiedad.

El panadero, que ya había recibido su comisión por la venta y estuvo encantado de verme, se ofreció para ayudarme a instalarme y para lo que hiciese falta. Las únicas modernidades que introduje en la vivienda fueron unas placas solares que me ayudaran a ahorrar energía. El resto ya estaba bien como se encontraba. Las ventanas tenían cristales dobles, la calefacción de leña era ideal para aquella tierra rica en madera y las gruesas paredes acababan de contribuir a que el frío no me diese miedo. Por cierto, que éste, el frío, no tardaría en llegar, pues el otoño estaba ya bastante avanzado.

El cambio de domicilio, el aire del campo y el agua del pozo obraron maravillas en mi cuerpo, y en pocas semanas me sentí rejuvenecido y feliz de que llegase cada nuevo día. Pero mayor fue la transformación de Bambú, que pareció convertirse de nuevo en un cachorro, tan alegre estaba de haber abandonado la vida de ciudad.

Ambos pasábamos la mayor parte del tiempo descubriendo nuevos bosques y caminos. En las horas de oscuridad me dedicaba a escribir o a leer. Pero también jugaba a observar la foto de la familia que antes había vivido allí, imaginándoles entre aquellas mismas paredes, riendo, cocinando o discutiendo por tonterías domésticas, quién ocupaba demasiado el baño o quién descuidaba sus tareas. Seguro que habían sido felices allí. ¿Quién no lo sería?

La siguiente información acerca de ellos no me llegó a través de una persona, sino caída literalmente del cielo. Fue al cambiar unos tabiques de madera en mal estado cuando una postal, que se habría deslizado allí por accidente, salió volando hasta posarse sobre mis pies. En la fotografía se veía la imponente Santa Sofía de Estambul.

El escrito, sin firma y sin fecha, y dirigido a la familia, decía: “El que no sabe y no sabe que no sabe, es un tonto, evítalo. El que no sabe y sabe que no sabe, es un niño, enséñale. El que sabe y no sabe que sabe, está dormido, despiértale. Pero el que sabe y sabe que sabe, es un maestro, síguele”.

En mi tranquila y reflexiva vida, aquellas proverbiales cuatro frases me mantuvieron pensando durante varios días; por un lado, era así debido a su sabia y práctica filosofía, y por el otro, el que más me sorprendía, por encontrarse allí, en aquella casa europea, siendo un mensaje de sabor tan oriental.
Traté de imaginar cuál habría sido la reacción de cada uno de los componentes de la familia frente al mensaje de tan extraña postal. De la cara del padre deduje que la habría entendido. A la madre pensé que no le habría gustado, pues la buena mujer me daba la impresión de creer más en los valores prácticos que no en filosofías. La hermana mayor, con su cara de sabelotodo, se habría reído cínicamente para ocultar su desconcierto. Su hermano gemelo solamente le habría echado una rápida mirada, incapaz de creer que nada bueno pudiese llegar del extranjero. La mediana de las hermanas, tan seria, tan enigmática, sería la que habría querido conservar la postal. De la pequeña, tan infantil en la fotografía, tan parecida a un polluelo huérfano, supuse que la postal no habría pasado por sus manos.

En el campo el tiempo corre a un ritmo que no tiene nada que ver con el de los relojes o de la ciudad; allí no existe aquella sensación del tictac constante, sino un suave fluir como el del aire. Es algo parecido a lo que sucede con las formas, las cuales, en las poblaciones, son mayoritariamente angulares, mientras que, en el campo, en la naturaleza, se imponen las curvas. El resultado fue que en mi nueva vida, sin televisión, ni cines, ni teléfono, ni reuniones sociales para distraerme, los meses volaron hasta parecerme semanas, las semanas, días, y los días, un par de momentos. Esta sensación me gustó porque creía que el tiempo placentero siempre transcurría deprisa; mientras que no había nada más largo, por ejemplo, que una fiesta aburrida. Así, casi sin darme cuenta, marzo ya terminaba y la primavera empezaba su maravilloso espectáculo.

En un paseo matinal me encontré con un campesino que luchaba contra unos zarzales; le deseé los buenos días, y me dispuse a seguir mi camino, cuando el hombre me preguntó: “Usted debe de ser el que vive en “La Casa del Pozo Seco”, ¿verdad?”.

Yo respondí que no, que el pozo de mi casa estaba siempre lleno de la mejor agua. Ante mi respuesta, y como si fuese el mejor de los chistes, él empezó a reírse a carcajadas hasta contagiarme y llevarme a reír de la misma manera, aunque no supiese de qué, mientras era observado seriamente por Bambú. Solamente después de un rato pude preguntarle dónde estaba la gracia.

“A la casa la llamamos así desde que el primer propietario hizo construir el pozo antes que la vivienda para asegurarse de que nunca le faltara agua. La casa solamente se edificó una vez comprobado que allí había agua y que aquella era buena. Pero entonces, el mismo día que el buen hombre y su familia se instalaron, el pozo se secó negándose a dar una gota de agua. En el campo y sin agua…, ya me dirá usted. Al fin los propietarios regresaron a su anterior domicilio y pusieron en venta la que ya se llamaba “La Casa del Pozo Seco”. Unos meses después llegaron aquellas gentes de la ciudad buscando una vivienda, se enamoraron de la finca y la compraron sin que nadie les dijese una palabra acerca del agua. Y ahí viene lo bueno, porque cuando se instalaron en la vivienda y todo el vecindario estaba pendiente de lo que ocurriría, pendientes de ver a la familia de la ciudad entrando en el pueblo buscando agua, no pasó nada, sólo los días, mientras los nuevos propietarios y sus hijos parecían la mar de contentos.

Tal fue la curiosidad que la panadera no pudo aguantarse las ganas de preguntarle a la madre, “¿Y el agua, bien?”. A lo que la otra respondió, “Bien, es poco. ¡Qué maravilla, qué fresca, y qué cantidad!”. Así fue, tal como se lo cuento, y desde entonces el pozo no se ha secado jamás, ni tan siquiera en los veranos más secos y calurosos, aunque nadie lograse cambiarle el nombre de “La Casa del Pozo Seco””.

El simpático y parlanchín campesino resultó que vivía en una granja no muy apartada de mi casa y sólo la casualidad había hecho que mis paseos no me llevasen por aquel lado o que él no viniese por el mío. Siguiendo las normas de buena vecindad, le invité a visitarme para probar el vino y el jamón ahumado que tenía, algo que él aceptó encantado y de inmediato.

Sentados en el porche con los vasos en la mano, le pregunté: “¿Conoció y trató usted a la familia de la ciudad?”.

“Bueno, sí y no”, respondió él; “los traté, pero solamente por encima; algunas veces me compraron hortalizas, otras les ayudé a reparar el tejado”.

“¿El padre en qué trabajaba?”.

“Él estaba empleado en una sucursal bancaria a menos de diez kilómetros de aquí; fue al conseguir este traslado cuando la familia decidió venirse de la ciudad. Era un buen hombre, y los hijos tendrían que avergonzarse de haberlo dejado aquí, tan solo, en sus últimos años. Bueno, más que hijos, hijastros…”.
Intuyendo mi curiosidad, el astuto campesino la espoleó dejando las palabras en el aire, y no pude resistirme a picar el anzuelo preguntando: “¿Hijastros?”.

“Exacto. El pobre me confesó un día que su esposa había estado casada antes con otro hombre, matrimonio del que habían nacido los gemelos y la chica mediana. Después ella se divorció y se casó con el banquero, quien tuvo que apechugar con los tres críos a pesar de no ser suyos. De este segundo matrimonio nació la pequeña, la más dulce de los cuatro, un encanto de niña. Yo siempre le llamo a él “el pobre” porque era el que menos pintaba en casa, pues no sólo mandaba su mujer, sino también las hijas, especialmente la mayor, que era una lista y una aprovechada de mucho cuidado”.

Sus palabras, poco educadas, pero claras y transparentes, llenaron de datos y colores la acuarela mental que tenía de la familia, y, como pidiendo más aire, pregunté: “¿Y del hermano gemelo qué me dice?”.

“Bueno, aquél era un poco cortito, como si la mejor parte del reparto se la hubiese llevado su hermana, la cual también lo usaba a su capricho y antojo. El pobre daba para tan poco que incluso le rechazaron cuando intentó alistarse en la policía”.

Con esa charla, mi mente recogió suficientes datos para alimentarse durante meses. Aquella señora, tan bien puesta y proveniente seguramente de alguna buena familia, se había casado y divorciado en una época en que muy pocos lo hacían. Y acerca de él, ¿quién hubiese esperado que pudiese ser tan calzonazos y tan romántico como para apechugar con una familia matriarcal? En cuanto a la hija mayor, parecía tener más cerebro y ambiciones que todos los demás juntos, mientras que su hermano iría a remolque de ella.

¿Seguirían siendo iguales hoy en día, con ella señalándole dónde mirar y qué pensar? ¿Y cómo serían en sus matrimonios? ¿Ella una jefa dura como su madre y él pecando de blando y obediente como el padrastro que hizo las funciones de padre? ¿Y el verdadero padre? ¿Se habría divorciado, quizás, para no aguantar a un sargento como esposa? ¡Rediós, mi curiosidad se había desbocado al llegar a este punto de la historia, pidiendo más y más, y yo no podría descansar hasta haber completado el culebrón!

Fue raro que no se me ocurriese antes cuál era el sitio ideal para los chismorreos: la barbería del pueblo. Sucedió por casualidad que me dejase caer por allí para recortarme el pelo demasiado largo en el mismo momento en que también lo hacían el médico y el farmacéutico, y que los tres, inspirados por mi presencia, charlaran acerca de los antiguos ocupantes de “La Casa del Pozo Seco”.

Como sería de esperar, el barbero fue el primero en hablar de ellos explicando: “Al padre le cogí respeto durante estos últimos años, cuando demostró tener los cojones de vivir solo en aquella casa aislada negándose de todas las maneras a encerrarse en una residencia para ancianos”.

El siguiente fue el farmacéutico: “Yo perdí cualquier simpatía por los hijos debido a su arrogancia y a que siempre soñaron con ser unos marqueses”.

Le siguió el médico: “Yo excluyo de tal categoría a la hija mediana, quien, a pesar de tener un carácter de cuidado, se juntó a gusto con la chiquillería del pueblo ganándose el aprecio del vecindario; y creo que si se marchó de aquí lo hizo para alejarse del ambiente familiar, donde, por decirlo claro, nunca fue la preferida”.

El barbero retomó la palabra para añadir: “Acerca de eso nunca hubo dudas, pues la princesita mimada fue la mayor, que lograba ir vestida siempre a la última moda, mientras los demás recibían las sobras”.

“¿Y qué se hizo de ellos?”, les pregunté.

El que respondió fue también el barbero: “La mayor logró lo que buscaba, casándose por dinero cuando era todavía muy joven, y vive en la capital como una ricachona. ¿No viste el coche con el que vino cuando murió el padre? ¿Y el abrigo y las joyas que llevaba? Sí, toda una señora. En cuanto al hijo, aquí el farmacéutico te puede informar mejor, pues se casó con la hija de su hermana”.

“Sí, se casó con una de mis sobrinas, que se creía muy lista, y pensó que el muchacho con aires de señorito llegaría lejos. ¡Ja, tan lejos como a una triste oficina de seguros donde trabaja de contable! Lo bueno del caso es que los lio y casó su hermana gemela. Esa siempre fue de cuidado, y os confesaré que era un tipo de persona que hasta a mí me daba miedo de pequeña”.

Ahí retomó la palabra el barbero: “De la mediana mejor no hablar; que si con uno, que si con otro, y al final ni se sabe, ya que vive lejos, creo que en el extranjero, y se enteró de la muerte de su padre con bastantes meses de retraso. De la pequeña sólo puedo decir que se lo montó bien; con su posado de mosquita muerta dejaba claro que necesitaba protección y buenos cuidados, así que se casó encantada con un muchacho de buena posición que le encontró su madre; y es que la madre venía de una familia rica que, según dicen, la desheredó al no ver con buenos ojos que se divorciase del primer marido y que, además, se casara luego con un triste empleado de banca”.

Llegados a este punto, el farmacéutico le preguntó al médico: “Tú pasaste con el padre sus últimos momentos; ¿dijo entonces algo acerca de lo que siempre se ha hablado de si tenía una amante secreta?”.

“Pues mira, sí que dijo algo, pero yo no logré entender a quién se refería. De pronto abrió los ojos, y susurró, “Dios sabe que la he amado siempre con locura”. Creyendo que se refría a su difunta esposa, le pregunté, “¿Todavía sufres por ella?”. Y él respondió, “¿Que si sufro? Sufro y vivo, y me pongo a temblar cada vez que la veo”. Y eso fue todo, ya que pocos minutos después expiraba”.

“¡Coño, entonces sí que había alguien más en su vida!”, exclamó el barbero.

En aquel momento entraron varios clientes en la barbería y se pasó a charlar de otras cosas.

Tal como sería de esperar, aquella noche, sentado frente al fuego, tuve tema para rato. Un padre serio que mantuvo relación con una amante de toda la vida. Una esposa de alta alcurnia que acabó en aquella casa en el fin del mundo. La hija que desde pequeña ya quiso vivir como una marquesa y lo logró. El hijo que sólo valía para señorito, pero que nunca lo fue. La mediana, que era el patito feo y rebelde, pero a quien la gente quería. Y la pequeña, que nació para ser consentida y seguía siéndolo.

La acuarela que estaba pintando dentro de mi mente había pasado de estar compuesta exclusivamente de cuatro esbozos a tener todos los colores con los espíritus de la familia moviéndose a mí alrededor entre aquellas paredes de madera. Pero todavía sentía, o, mejor dicho, presentía que me faltaban más componentes de aquella historia.

Mientras, la primavera iba transcurriendo, los árboles se llenaban primero de verdor y después de fruta, y los prados se cubrían de flores sobre las que pululaban miles de insectos que eran perseguidos por cientos de golondrinas que surcaban el cielo.

En mi mundo particular, en “La Casa del Pozo Seco”, el número de habitantes había aumentado considerablemente en los últimos seis meses. Primero fue una pareja de ardillas que decidió instalarse en el desván colándose por un agujero que había en una pared; para ellas, para su tranquilidad y la mía, coloqué una caja de madera que aislase aquel rincón del resto de la casa. Después llegó una gata, que se refugió en el trastero y me adoptó en cuanto le di comida y caricias, a la que bauticé con el nombre de Ladakhi inspirándome en el reportaje que estaba leyendo acerca de un sitio del Himalaya llamado Ladakh. Más tarde, en un paseo por el bosque, me encontré con un conejito huérfano al que traje a casa después de que mi perro lo aceptase. Y un mes después, mi vecino granjero me vendió una jaca, una oca y un par de ovejas.

Tal personal tenía libertad de movimientos, como las gallinas y las palomas, hasta que oscurecía, momento en el que cada uno iba a parar a su establo hasta el día siguiente. Casi todos ellos ayudaban a dar alegría y color a mi aislada y solitaria vida, aunque, por lo demás, eran más una molestia que una ayuda. El caso de la jaca fue distinto, pues era obediente e iba con ella al mercado dando la estampa más típica; fue así como empecé a pensar en vender el coche que, total, se pasaba los días aparcado en el camino cubriéndose de hojas secas.

Fue en una mañana de mercado, con la Calle Mayor del pueblo llena de tenderetes en los que los campesinos venidos de diferentes partes de la comarca vendían todo lo imaginable, cuando el chófer de un gran coche negro se dirigió a mí y me pidió si tendría un momento para hablar con su señora.

Al acerarme al vehículo, ella se limitó a bajar el cristal de la ventanilla del vehículo para preguntarme: “Me han dicho que reside usted en “La Casa del Pozo Seco”, ¿no es así?”.

“Sí, así es”, respondí.

“Vera usted, yo soy la hermana de la mujer que vivió anteriormente allí con su familia. Aunque estuvimos muy unidas de jóvenes, nos vimos poco o nada desde que vino aquí, y yo jamás he estado en la casa; por eso, si no le parece a usted mal, me gustaría visitarla para tener una idea de dónde pasó los últimos años de su vida”.

“Señora”, respondí, “será un placer invitarla a una taza de té con tan sólo que me dé media hora para acabar mis compras y regresar a casa al ritmo que marca mi jaca”.

Y allí me esperaban, después de seguir el camino que les había indicado, cuando llegué a la cita. El chofer se quedó junto al coche mientras la señora me seguía por el sendero que llevaba hasta la casa.

A pesar de ser una persona menuda, su presencia impresionaba; quizás fuese así debido a su alta alcurnia y al don de quien está acostumbrado a mandar, aparte de la buena calidad de sus ropas y joyas, y la delicadeza de sus modales. Tenía unos setenta años y pico, el pelo blanco y los ojos de un azul intenso.

Mientras yo abría las puertas y las ventanas, ponía a calentar la tetera y colocaba las compras, ella se dedicó a observar tanto los alrededores como cada rincón de la vivienda sin asustarse de los extraños inquilinos. Añadiré que hizo esa inspección seguida en todo momento por Bambú, que no veía claro tanto fisgoneo.

Aprovechando que el día era soleado, le ofrecí sentarnos a tomar el té en el porche, y ella aceptó encantada.

Cuando tuvimos las tazas en la mano, me preguntó sin ninguna vergüenza y mostrando autoridad: “Usted no parece ser de nuestro país, ¿verdad?”.

“Sí y no, señora”, respondí; “sí que nací aquí, y que mi padre era de la capital; pero, en cambio, mi madre era latina, de ahí el color de mi piel y de mis ojos. Ella provenía de en un entorno parecido a éste, adonde al fin he venido a parar después de residir toda mi vida en la ciudad”.

Que yo le abriese fácilmente mi intimidad la animó a hacer lo mismo, y me contó: “Yo pertenezco a una antigua familia de otro estado. Soy la más joven y única superviviente de varias hermanas. La que vivió aquí era la mayor y la predilecta de nuestros padres y abuelos, quienes tenían puestas en ella las más grandes esperanzas; ya sabe usted cómo son estas familias. También fue mi heroína, la más bella, la más inteligente. Sin embargo, cuando cumplió los dieciocho años empezó a discutir continuamente con nuestros padres; sus ideas cambiaron paulatinamente, y también sus peinados y vestidos. Un día se marchó de casa para unirse a los nazis. Durante años, poco supimos de ella. Eran los tiempos de las deportaciones, de las guerras, del dolor y la muerte. Gracias a Dios, un día todo aquello acabó. Entonces ella volvió a casa, quemó su uniforme y el carné del Partido e intentó continuar con su vida como si no hubiese sucedido nada. Pero estaba claro que no era así, que había pasado de todo y mucho.

Para empezar, nuestro padre, quien siempre se opuso a los nazis, no le perdonó sus actos. A continuación, y esto solamente lo he sabido yo hasta este mismo momento, ella descubrió que estaba embarazada de un amante y compañero nazi; embarazo del que unos meses más tarde iban a nacer los gemelos. Así que, expresándolo de una manera un tanto vulgar, diré que salió a la calle dispuesta a encontrar un marido cuanto antes, ya que, en aquellos años, y especialmente en nuestra sociedad, una madre soltera era lo más bajo a que se podía llegar. Y tuvo suerte, pues un muchacho de la capital, guapo, educado e inteligente, se enamoró y le pidió casarse con ella sin tener la menor idea de que estuviese embarazada. La precipitación de la boda tampoco gustó a nuestros padres, que ya empezaban a desconfiar de cada uno de los actos de mi hermana”.

La anciana hablaba con la mirada puesta en el bosque. Parecía tan ensimismada como para dar la impresión de que estuviese confesando aquellas vergüenzas familiares y se hubiese olvidado de mi presencia.

“Y nacieron el niño y la niña supuestamente sietemesinos, y el matrimonio pareció ir bien hasta que, casi tres años después, cuando mi hermana volvía a estar embarazada, su antiguo amante, perdido y perseguido como todos los del Partido en aquellos momentos, apareció buscando refugio, y ella cayó otra vez en sus brazos loca de amor. De nuevo yo fui el único testigo de lo que sucedió cuando el marido regresó a casa descubriendo al amante, y cuando mi hermana, en la discusión que se desató, le confesó que él no era el padre de los gemelos, sino aquel desconocido. Mi cuñado sólo se tomó el tiempo necesario para recoger sus documentos y unas pocas prendas, que metió en una maleta. Después salió por la puerta, fue a la estación de los ferrocarriles, y partió para no regresar jamás, sin llegar a enterarse de que mi hermana esperaba una hija suya, la que sería la mediana, tan diferente a los demás. Pero no habían terminado las deserciones, ya que, aquella misma noche, el nazi también desapareció tras haberse embolsado unas joyas y el dinero necesario para cruzar la frontera.

Así que ya tiene usted a mi hermana con dos hijos a cuestas, embarazada, y sola. No obstante, la suerte también salió en su ayuda en esta ocasión, y pocos días después se cruzó por la calle con un antiguo amor platónico. Éste, que acababa de regresar de los campos de concentración soviéticos y había estado siempre enamorado de ella, era un romántico patológico que aceptó encantado casarse y hacer de padre de toda su prole. El pobre papanatas trabajó el resto de su vida en un banco para subir a aquella familia que tan poco le pertenecía, pues creo que mi hermana, aunque al fin le diese una hija, nunca le amó. Mi padre jamás le respetó o aceptó; igual que a mi hermana, a quien apartó y desheredó. Enfrentada a esas circunstancias, la pareja aprovechó la posibilidad de que él consiguiese un traslado laboral a otra ciudad de un estado diferente y partió para no volver nunca”.

A tan larga y profunda confesión la siguieron unos minutos de silencio que no me atreví a romper, aunque me hubiese gustado hacerle algunas preguntas que llenaran las pequeñas lagunas que todavía quedaban en mi mente, por ejemplo, si él había tenido alguna amante.

Poco después, ella dijo: “Espero que no le haya abrumado con tanta charla sobre un tema que a usted ni le va ni le viene; pero supongo que yo necesitaba contar a alguien esos secretos que, tras haberlos guardado durante tantos años, ahora ya no importan porque sus actores principales han fallecido. Y qué mejor sitio que éste, tan apartado del mundanal ruido y de mi provinciana ciudad, donde mi hermana vivió la segunda mitad de su vida, donde su espíritu descansa”.

La anciana parecía avergonzada de haberme abierto tanta intimidad. Sin más palabras, se levantó, me dio la mano, y se alejó hacia su coche.

Transcurrió el resto del día, el Sol se escondió tras las montañas y yo continuaba sentado en el porche pensando en la vida de aquella mujer con gafas que aparecía en la vieja fotografía. La madre de cuatro hijos que tenían tres padres distintos, que se entregó a uno por pasión, su único amor verdadero; al otro por necesidad y al tercero como única solución. Una mujer que se enfrentó al poder paterno, que creyó y luchó por una revolución, que resultó ser mentira y el crimen más atroz de la historia, y que aceptó la derrota, aislándose, desterrada en el fin del mundo.

“Era una mujer contradictoria”, me dije, “llena de fuerza y valor, que apechugó con el desprecio de su importante familia”.

Sin embargo, todavía me quedaban preguntas. ¿La amaron sus hijos? Pues yo no podía pasar por alto que ellos también sufrieron el destierro. ¿Comprendieron los actos de su madre? ¿Cómo crecieron sin sus verdaderos padres? Porque los gemelos, de pequeños, creyeron haber conocido a un padre, aunque al fin no lo fuese, con el que, quizás, intentaron alguna vez identificarse, mientras que la mediana sí supo quién fue su padre, a pesar de no haberlo visto jamás.

¡Dios mío, qué historia! ¿Y qué decir de aquel hombre que se había enamorado platónicamente de una muchacha de una familia de alcurnia, pero que se casó con ella cuando ya no era una muchacha y había perdido la posición y el apoyo familiar? ¿Habría encontrado en ella algo del sueño de juventud? Y, si era así, ¿quién era el amor por el que siguió temblando en el momento de su muerte? Cuanto más avanzaba en aquella historia, más incógnitas hallaba yo en ella y más intrigante se volvía.

La primavera dejó paso al verano. En mis paseos por campos y bosques, además del perro, tenía también la compañía de la jaca y de las dos ovejas que se habían unido a la familia. El vecindario de campesinos, y el pueblo en general, me había ido aceptando poco a poco, algo siempre difícil de lograr en el mundo rural. El aniversario de mi descubrimiento de “La Casa del Pozo Seco” lo celebré invitando a tapas y vino a todo el que quisiera apuntarse.

Ya a medianos de agosto, una mañana oí ladrar a Bambú. Al mirar por la ventana descubrí que movía la cola frente a una mujer con mochila que observaba la casa. Saliendo, le di los buenos días y la invité a sentarse en el porche. Después de presentarnos me dijo que estaba de vacaciones por aquellos alrededores y me pidió permiso para instalar su tienda de campaña en el prado, donde pensaba pasar unos días. Respondí afirmativamente, encantado de echarle una mano a una colega de afición al excursionismo. Mientras charlábamos le conté detalladamente cómo había llegado un año antes hasta aquella casa de la misma forma que ella.

Era esbelta, tenía el pelo castaño salteado de canas y los ojos, verdes. Le calculé unos cincuenta años. Sus movimientos eran suaves y femeninos, aunque nada amanerados. Sobre su cara y sus uñas no había muestra alguna de cosméticos, y su vestimenta era de batalla, nada de sofisticación. Todo ello ayudó a que me cayese simpática; sentimiento que supuse recíproco porque nos pasamos varias horas charlando, después cocinando juntos el almuerzo y, al fin, yo ayudándola a montar su tienda, frente a la que Bambú se instaló inmediatamente para hacer guardia. Durante los días siguientes dimos juntos algunos paseos en los que le mostré mis rincones predilectos, con lo que entre nosotros se creó una clara afinidad.

Una mañana en que yo tenía que ir a la ciudad para solucionar unos asuntos burocráticos, le pedí que se quedara al cuidado de la casa y del ganado. Subí al coche, partí en mi viaje de unos diez kilómetros y, a las tres horas, regresé en un taxi hecho una piltrafa. Mi coche había patinado en una curva y, tras salirse de la carretera, cayó por un desnivel de varios metros dando vueltas de campana. El resultado fue de siniestro total para el vehículo, así como de un brazo y varias costillas rotas para mí, que me dejarían inútil una temporada. Ante mis aparatosos vendajes, la mujer puso una cara tan compungida que me provocó una risa que se contagió al taxista y después a ella.

Mientras me curaban y vendaban en el hospital tuve suficiente tiempo para plantearme el futuro inmediato. En cuanto estuve instalado en mi cama, donde tendría que descansar como mínimo durante una semana, le propuse a ella: “Mira, aunque tampoco sería tan difícil sobrevivir solo, al estar tú aquí he pensado que, si te parece bien y quisieras quedarte durante el mes que voy a necesitar para recuperarme totalmente, podrías encargarte de hacerme la compra, cocinar y cuidar de los animales. Te pagaría el sueldo adecuado y todos tan contentos. Podrías instalarte en la habitación que más te guste y…”.

Supongo que su rápida mente ya había tomado una decisión en el momento en que me vio llegar, porque, sin tiempo para pensárselo, respondió: “Acepto. Me encanta este lugar y el Arca de Noé que tienes montada, pero, a) seguiré en mi tienda, y b) no te voy a cobrar nada si me alimentas y me pagas los cigarrillos”.

Me gustó lo que dijo y cómo lo dijo, y sonreí sintiéndome feliz de tenerla allí. Me atraía su carácter fuerte, pues siempre me gustaron las mujeres independientes y poco sumisas, y, aunque yo no supiese nada de su vida, se notaba que no había dudado nunca ante el miedo.

Ella se hizo cargo de todo demostrando ser eficiente, amante del orden y la limpieza, y también una buena cocinera.

Una noche, con una botella de vino entre los dos, me lancé a contarle mi sosa vida, los orígenes de mis padres, la ausencia de hermanos, mis pocos estudios, la temprana boda y el rápido divorcio sin dejar hijos de por medio, siempre el mismo empleo, y poco a poco, tal como me iba haciendo viejo, la llegada de la afición por el campo que me llamaba cada vez más, hasta el año anterior en que había caído en “las redes” de “La Casa del Pozo Seco”.

Entonces se me ocurrió mostrarle la foto familiar que había encontrado allí y, casi sin darme cuenta, le detallé cuanto había ido averiguando de aquella gente paso a paso.
Cuando terminé con mi monólogo, ella bostezó, se levantó, me aseguró que en otra ocasión me haría sufrir un poco contándome su vida, y se fue a dormir a la tienda.

A los pocos días me trasladé al porche para poder gozar del verano en todo su esplendor durante mi convalecencia. A pesar de mi ridículo estado, me sentía más satisfecho de lo que hubiese estado en toda mi vida. Esta satisfacción la incluía a ella, aquella mujer de la que me estaba enamorando con el suave amor de los viejos, y con la que me gustaría compartir la casa y los prados de alrededor. Era un sueño absurdo, pues, por no saber, no sabía tan siquiera si ella tenía un marido y unos hijos que la esperasen, y también un empleo o un negocio adonde regresar al terminar agosto.

Debido a que mi atracción hacia ella iba aumentando día a día, al fin mis sentimientos pudieron más que mi timidez, y en un momento en que la tuve cerca, la cogí de la mano, la atraje hacia mí y la besé sin que se resistiese. Luego estuvo mirándome seriamente durante unos momentos y, sin decir una palabra, dio media vuelta y se alejó lentamente camino del bosque.

Solamente regresó cuando ya anochecía. Fue a encerrar a los animales, puso a calentar unas verduras, y después se sentó frente a mí diciendo: “Supongo que, a nuestra edad, el hecho de que me besases de esa manera quiere decir que te gusto, y no solamente que desearas echarme un polvo”.

Yo asentí en silencio; ella me dio un beso dulce y largo, y continuó explicando: “Y ahora, antes de que acabemos entre las sábanas y nos enamoremos, te voy a contar mi vida para que, al menos, sepas dónde te metes”.

Entonces me dejó atónito al sacar del bolsillo una foto tamaño postal exactamente igual y mostrando a la misma familia que la que yo tenía.

Ante mi cara de sorpresa, ella sonrió, y me aclaró: “Yo soy esta, la mediana, la coleccionista de maridos y amantes que ha pasado los últimos cinco años viviendo en las selvas de los trópicos, la que fue separada de unos abuelos a los que adoraba, la que sufrió una madre que poco la quiso y nunca la entendió, la que nunca conoció a un padre que no sabe que ella existe, la que, gracias a ti, supo que sus hermanos mayores eran en realidad sus hermanastros, la que creció con un padrastro enamorado de la versión joven de su esposa, su hijastra, mi hermanastra, quien se dedicó toda la vida a mover el culo para sacarle a él desde joyas a vestidos y fiestas que el resto de la familia no podíamos tan siquiera soñar.

Yo soy la que se vio obligada a soportar en silencio las visitas nocturnas que él hacía a nuestra habitación, sentir como la cama que yo compartía con ella temblaba mientras se la pelaba, la que tuvo que oír los murmullos suspirando, “Mon amour” dedicados a la niña puta.

Yo soy también la que se fue de esta casa, que tanto amaba, harta de que ella, mi hermanastra, condujese la vida de todos a su antojo y capricho; y te juro que hubiese estado aquí acompañando a mi padrastro en sus solitarios últimos años si él hubiese sido capaz una sola vez de decirme que me quería, si hubiese dejado de suspirar hasta el fin, “Mon amour”. Sí, yo soy la mediana de tu misteriosa familia. Como puedes ver, no éramos una familia convencional. ¿Y ahora qué me dices? ¿Te quieres liar con una menopáusica de mi calibre?”.

A lo que yo respondí románticamente susurrando: “Te voy a comer las bragas”.

Por la noche, acostado junto a ella, sintiendo el calor de su cuerpo sobre mi piel, me dormí preguntándome:
“¿Llegó la madre a saber que su hija mayor era la amante de su marido? Y, de ser así, ¿cómo pudo aguantarlo? ¿O es que ella no se entregó realmente nunca a él y estuvo encantada de que fuese su hija quien se encargase de tal papeleta? ¿Se casó la hija mayor guiándose por los mismos valores egoístas? ¿Habrá vivido siempre sin conocer el verdadero amor? ¿Me abandonará esta mujer maravillosa que tengo al lado como abandonó a sus otros amores?”.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.