Soy la mujer más afortunada del mundo. Mi marido es trabajador y, al contrario de lo que hacen otros hombres con sus mujeres, nunca me ha pegado, aunque nuestro matrimonio fue organizado por nuestros padres y el amor no formó parte de él.
También soy afortunada por haber parido tres preciosas criaturas, dos hijas y un hijo, que alegran mis días.

Vivimos en una casa construida con madera de buena calidad, y poseemos cuatro búfalos, dos cerdos y un gallinero muy poblado. Cultivamos un huerto que no deja de darnos sus frutos. Y nos han dicho que pronto vamos a tener electricidad.

Lo que se encarga realmente de alimentarnos y aportar algún dinero a la economía familiar son los arrozales, que nos dan un par de buenas cosechas todos los años. Podríamos sacar tres, pero, siendo que incluso nos damos el gusto de vender parte del arroz, preferimos dejar descansar un poco a la tierra.

Nosotros también necesitamos descansar, pues pasar las jornadas deslomándote bajo el sol mientras plantamos los brotes, es bastante agotador. A esa tarea la seguirá la de limpiar periódicamente la mala hierba y la de hacer guardia de noche para dar la alarma si salen de la jungla algunos animales que puedan destrozar los cultivos, ya sea para comérselos o simplemente porque les dé por cruzar a través de ellos.

Me siento afortunada al tener que llevar a cabo esos duros trabajos en provecho de nuestra familia, de su presente y de su futuro. Además, los hacemos en grupo, charlando, bromeando o cantando. No quiero ni imaginar lo que ha de ser no poseer tierras y tener que trabajar para otro a cambio de cuatro monedas y una mísera cantidad del mismo arroz que has regado con tu sudor.

Con todo, lo mejor de mi fortuna tiene que ver con el sitio en que vivimos: una tierra muy rica en la parte central de Vietnam, donde llueve con frecuencia y donde crecen frutos de toda clase.

Nos hallamos a bastante distancia de la carretera más cercana, y para transportar hasta ella lo que queramos vender en el mercado, alquilamos el tractor de un vecino. Con lo de vecino no pretendo decir que esté justo al lado, ya que su finca se encuentra a unos tres kilómetros de la nuestra.

Pero lo que convierte el sitio en que vivimos en una auténtica maravilla no son las tierras, sino el agua, la del río que las atraviesa y nos aporta más pescado del que podamos comer.

También nos sirve de refugio en tardes en las que aprieta realmente el calor. Entonces la familia al completo se refresca con un chapuzón que puede durar un buen rato. Para no correr riesgos, todos hemos aprendido a nadar de pequeños.

La mujer más afortunada del mundoNuestro método tradicional de transporte son las esbeltas barcas que posee cualquier familia que viva cerca del río. Con ellas, y como hago yo en la foto, llegamos al mercado sin tener que ir hasta la carretera. Además es un recorrido muy bonito entre la jungla donde no se oye el molesto ruido de los vehículos, sólo el que hacen los animales y los pájaros, que pocas veces se dejan ver.

¿Soy o no soy afortunada? ¡Sí! Nadie lo puede negar. Pero olvidaba mencionar lo que eliminaría la más mínima duda de que fuese afortunada: la salud. Ni siquiera recuerdo la última vez en que alguien de la familia enfermase, sin que ni una sola ocasión hubiese uno que fuese grave. Sabemos cómo extirpar el veneno de las picaduras, ya sean peligrosas o leves, de una serpiente o de un insecto. También somos hábiles curando las heridas y evitando que se infecten. Debido al entorno en que vivimos, los pequeños accidentes son inevitables; pero jamás hemos tenido que trasladar a alguien hasta el hospital.

También puedo felicitarme por dos razones más. Todos nosotros somos genéticamente sanos, a pesar de que haya muchas familias de los alrededores que siguen sufriendo los efectos del Agente Naranja que nos arrojó el ejército norteamericano durante la guerra. La primera víctima quizás hubiese sido el abuelo, o incluso el bisabuelo; pero sus nietos y tataranietos han nacido, en unos casos, sin ojos, y en otros sin cuerdas vocales o sin tímpanos. ¡Qué pena, ¿verdad?! ¡Y qué vergüenza! ¡¿En qué enfermiza cabeza cabe una barbaridad como ésta?!

La otra razón por la que he de felicitarme es asimismo vergonzosa y tiene que ver con las minas personales y las bombas que todavía hay ocultas en muchos lugares. ¡Ellas continúan provocando frecuentemente nuevas muertes, aún después de tantos años desde que terminó la maldita guerra! Afortunadamente, a nosotros nunca nos ha sucedido algo así.

¿Alguien duda todavía de que yo sea una mujer afortunada?

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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