Relato divergente. Lágrimas de alegría

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Quizás sea difícil apreciar en esta entrañable fotografía tomada en una aldea de Madagascar, que yo y Rado, el niño al que abrazo, estábamos sollozando. Sin embargo, nuestras lágrimas no eran de tristeza, sino de alegría.

Relato divergente. Lágrimas de alegríaPara que comprendáis debidamente lo que os voy a contar será mejor que retrocedamos en el tiempo, concretamente a dos años y medio antes, cuando yo todavía vivía en Mombasa, la ciudad de Kenia en que había nacido y residido hasta ese momento. Si me limitase a decir que yo era fisioterapeuta, sería una verdad a medias, pues dirigía con éxito mi propio consultorio en esa especialidad y tenía a seis empleados. El caso de mi marido era similar: presidía un renombrado bufete de abogados con cuatro socios, que también eran unos buenos amigos. La familia se completaba con nuestro hijo de cinco años, Abuya, nombre que en swahili significa “nacido cuando el jardín ha florecido”.

Nos hallábamos en un nivel social alto, que en Europa se habría considerado medio. Teníamos nuestra casa en un tranquilo barrio residencial ajardinado al que unos altos muros y unos guardas de seguridad aislaban del resto de la población. Mi marido y yo conducíamos coches europeos. Abuya había empezado a estudiar en un colegio privado inglés. No pasábamos privación alguna porque no derrochábamos. Incluso ahorrábamos pensando en el siempre incierto futuro de nuestro país y, así, en el de nuestro hijo.

No obstante, de tarde en tarde nos dábamos algún capricho, como cuando le propuse a mi marido ir a pasar una semana en el lujoso hotel Hosteltur de Nairobi, que, según decían, era el predilecto de los turistas occidentales. ¡Qué tonta era al querer relacionarme con unos europeos que casi siempre me parecían feos como unos monos albinos y antipáticos como las hienas!

Hicimos el corto viaje de una hora y media hasta Nairobi en un pequeño avión de hélices, en el que íbamos solamente una docena de pasajeros. El hotel y su servicio rozaban la perfección, y lo mismo se podría decir de la comida. Cuando no estuvimos haciendo turismo por la ciudad, pasamos las horas en la piscina.

En los alrededores de Nairobi había varios parques nacionales, pero a nosotros, a excepción de la visita que hicimos al orfanato para elefantes “David Sheldrick Wildlife Trust”, donde nos emocionamos y reímos viendo como los pequeños paquidermos bebían una mezcla especial de leche en unos biberones gigantes que agarraban con la trompa, nos interesaban sobre todo las modernidades que pudiésemos ver en la capital, como los grandes centros comerciales, los multicines o el parque de atracciones.

Ya llevábamos cuatro días en Nairobi cuando mi vida cambió y mi mundo se vino abajo. Ocurrió por la tarde estando junto a la piscina. Mi marido leía el periódico “Kenya Times” sentado en una silla y bebía una cerveza “Tusker”. Yo dormitaba acostada en una tumbona bajo la sombra de un tamarindo. Abrí los ojos al oír la voz de Abuya. Mi hijo había estado jugando con otros niños y ahora, acercando su carita a la mía, me preguntaba si podría comer un helado. Y entonces, en el momento en que él decía, “Mamá, por fa”, su cabeza estalló literalmente al recibir una bala de gran calibre que entró por su nuca y le salió por la frente. A mí me rozó el lóbulo de la oreja derecha.

En realidad, en el primer instante, aparte de oír el ensordecedor estruendo del disparo, que fue seguido por el de otras armas, no vi nada ni supe qué había sucedido porque la sangre y restos de sesos de mi hijo me cubrían los ojos cegándome. Fue luego, al limpiármelos con la mano, cuando descubrí lo que había ocurrido: Abuya se había desplomado encima de mis piernas. En su frente había un agujero horripilante por el que brotaba un río de sangre. ¡Sangre, y más sangre y más sangre con la que me tizné al abrazar su cadáver! ¡Restos de cerebro y carne! ¡Incomprensión! ¡Pena!

Chillé desesperadamente, “¡No!”, y conseguí atraer la atención del asesino cuando ya estaba ametrallando a otra gente que corría chillando histéricamente por el jardín. Me observó sonriendo con mirada diabólica. No tendría más de veinte años. Era un yihadista somalí del grupo terrorista “Al Shabab”. Había atacado el hotel junto con cinco criminales más que también disparaban a diestro y siniestro por los alrededores.

La muerte de mi hijo me había dejado bloqueada y fui incapaz de reaccionar cuando su asesino me apuntó con el rifle automático. Supe que iba a morir y deseé que aquel desalmado apretase el gatillo. ¡No quería vivir un segundo más! Sin embargo, en el último instante se cruzó de por medio mi ángel de la guarda, mi marido, que, salido de la nada y a la velocidad del rayo, se arrojó encima del somalí. Al tratar de desarmarlo provocó que el arma se disparase, dándole a él de lleno en el pecho. Murió antes de caer al suelo.

El dolor físico o emocional que podemos soportar tiene un límite, y yo, aunque exteriormente sólo tuviese el rasguño de la oreja, me desquicié al ver los cadáveres de mis seres queridos. Me levanté de un salto y corrí hacia su verdugo para, por lo menos, arrancarle los ojos antes de morir. En mi enloquecida carrera tropecé con una manguera y, al caer, me golpeé la frente contra un tiesto. Después, la nada. La oscuridad me evitó ser testigo de la mortandad que organizaron aquellos terroristas somalíes. Supongo que ese accidente me salvó la vida, porque me dejó cubierta de sangre y parecería que estuviese muerta.

Desperté en la cama de un hospital. Me encontraba en una amplia habitación individual digna de un hotel de lujo. Había sufrido un trauma craneal, tenía la cabeza vendada y me habían mantenido sedada e inconsciente un par de días. Estaba atontada y durante unos instantes tardé de recordar los sucesos que me habían llevado allí.

Bruscamente la habitación del hospital se desvaneció y ante mí apareció la carita ensangrentada de Abuya. Podía verle tal que si estuviese allí, como también creí oír, igual que un eco, la ráfaga que acabó con la vida de mi marido. Sentí que me estrujaban el corazón y chillé de nuevo, “¡No! Se me cruzaron definitivamente los cables.

Entraron corriendo un médico y una enfermera, pero yo vi a dos asesinos somalíes y me lancé contra ellos. Lógicamente, debido a mi estado y a que tenía media docena de tubitos y cables conectados a mi cuerpo, hubiese terminado por los suelos si ellos no me hubiesen sujetado. Se lo agradecí tratando de arañarles y tuvieron que pedir ayuda para poder sedarme.

Cuando abrí de nuevo los ojos ya me habían trasladado a una clínica psiquiátrica especializada en problemas nerviosos y mentales. Después de no demasiadas pruebas me diagnosticaron esto y aquello. Voluntariamente acepté que me trataran hasta que hubiese mejorado.

Quienes cuidaron de mis asuntos mientras estuve internada y sedada no fueron mis familiares ni los de mi marido, sino los abogados que habían sido sus socios y amigos. Dos de ellos se personaron en Nairobi en cuanto se enteraron de la desgracia. Uno se encargó de ingresarme en aquellos dos reputados hospitales y se aseguró de que recibiese el mejor servicio sin mirar el coste. El otro colega de mi difunto marido organizó los trámites funerarios. Transportaron los dos ataúdes a Mombasa en un pequeño avión privado y los enterraron en el cementerio cristiano en el que descansaban nuestros ancestros.

Tres meses más tarde, aunque yo seguía siendo la personificación de la tristeza, conseguí convencer a los siquiatras y sicólogos que cuidaban de mí de que ya estaba bien y podría hacer vida normal. Sólo era una verdad a medias. Lo cierto es que me había hartado de aquella clínica que parecía una cárcel de lujo, pero cárcel al fin y al cabo. También tenía ganas de pasear o hacer algo más que permanecer todo el día rascándome la barriga.

Cuando me aconsejaron que redujese paulatinamente los adictivos fármacos a los que me había acostumbrado, decidí que lo haría a lo bestia y cortaría con ellos inmediatamente. Siempre había tenido mucha fuerza de voluntad y estaba segura que lo lograría. Así fue en lo referente a las quejas o súplicas de mi cuerpo, al que mantuve bajo control o simplemente hice oídos sordos. Lo malo vendría por la noche.

Regresé a Mombasa y, al entrar en casa, me esforcé en controlar mis emociones al ver las cosas y las fotos de mis seres queridos, ahora difuntos. Para evitar entristecerme más, celebré mi liberación hospitalaria tomando mi primera copa en tres meses. Luego cené a gusto, me acosté temprano y me dormí en un santiamén. Hasta aquí todo bien. Tal como he mencionado, lo malo vino después, y tuvo la forma de una terrible pesadilla en la que se iban repitiendo como en un disco de vinilo rayado las imágenes en que morían mi hijo y mi marido: el primero me miraba con un agujero en la frente y el otro, con cuatro balazos en el pecho. Tras ellos, y enarbolando la metralleta, estaba su asesino sonriendo con maldad.

Desperté sudorosa y con la respiración acelerada, y fui incapaz de volver a dormirme. Por la mañana acudí de mal humor al antiguo bufete de abogados de mi marido y me reuní con sus amables socios. Aquellos buenos amigos, que habían cuidado maravillosamente de todos mis asuntos, me dieron unas noticias que acabaron un poco con mi desánimo y me alegraron el día.

Mi marido, igual que ellos, tenía una póliza de seguro que cubriría mis abultados gastos hospitalarios. Pero, además, y asimismo como ellos, también se había hecho un seguro de vida del que yo cobraría una prima suficientemente grande como para no tener que preocuparme de mi economía en mucho tiempo. Sin embargo, aún faltaba algo más, y ahora me tocaron definitivamente el corazón al comunicarme que yo continuaría recibiendo periódicamente una parte de los beneficios de aquel bufete del que mi marido había sido socio y propietario.

Por la noche tuve otra pesadilla horripilante y, rindiéndome ante lo inevitable, abrí el botiquín y tomé la medicación que me recetase el psiquiatra. Quizás hubiese sido mejor resistir un poco más, pero no quería ver de nuevo la sangre y los sesos de mi hijo. Diciéndome que sólo sería una vez más, me convertí en una adicta a aquellos fármacos que cubrían mis noches con una densa oscuridad libre de sueños.

La última pesadilla trajo consigo otras repercusiones. Decidí que no pasaría una noche más en aquella casa por la que corrían los fantasmas de mi hijo y mi marido; se la cedería gratuitamente a mi hermana a cambio de que la cuidase. Pero tampoco quería vivir más en la sucia y ruidosa Mombasa.

Por la mañana empaqueté las cuatro cosas que consideré imprescindibles, las metí en mi coche y conduje los veintiséis kilómetros que me separaban de “Diani Beach”, la playa más popular de la provincia. Había estado allí con anterioridad y sabía exactamente adonde me dirigía: un resort ajardinado en el que alquilaban cabañas frente al mar. Viviría como una reina y ya pensaría posteriormente qué quería hacer en el futuro.

Mi centro de fisioterapia había seguido funcionando bajo la dirección de mi responsable segunda de a bordo. Al día siguiente me presenté allí para proponerle que siguiese ocupando este puesto y se limitase a pagarme una parte de los beneficios. Aceptó encantada y encargamos a “mis” abogados que redactaran el correspondiente contrato.

El último asunto que solucioné antes de retirarme a Diani tuvo que ver con los fármacos: yo iba a ser una drogadicta legal y necesitaría un psiquiatra que cumpliese con las funciones de “camello” sin hacer preguntas. Adiviné a qué puerta debería llamar al ir a saludar a una tía mía hipocondríaca y medio esquizofrénica que había estado abonada a la consulta del mismo siquiatra desde hacía una eternidad. Aparte de esa carta de presentación familiar, para convencer a éste de mis necesidades farmacológicas sólo tuve que mostrarle mi historial médico de Nairobi.

Valga aclarar que, tras tantas bondades, con los bolsillos llenos a rebosar, un domicilio paradisíaco y todas las drogas de la felicidad a mi alcance, se escondía una mujer que se había quedado sin ganas de vivir. Si aún no me había tomado una sobredosis de sedantes, era porque en este mundo hay dos clases de suicidas: los que tienen prisa y los que, como yo, planean matarse lentamente.

He usado con acierto el verbo planear, pues planeé meticulosamente los pasos que seguiría para acabar conmigo de la forma más agradable posible. Iba matarme con placeres decadentes, y el desenfreno formaría parte de mi día a día. Suponía que, de esa forma, mantendría mis emociones bajo control, pues me hallaba en el borde de un precipicio depresivo que me llamaba, ven, ven, pidiéndome que acabase con todo.

Me salí con la mía, y el tiempo sin días, sólo con noches, empezó a transcurrir deprisa, muy deprisa. Todo el mundo ha estado alguna vez en una de esas fiestas maratonianas en las que, gracias al alcohol y demás drogas, es difícil calcular cuantos días han durado. En mi caso se podría decir que la fiesta que me organicé continuó imparablemente muchos meses. Aunque el psiquiatra de Mombasa me había prescrito un cóctel de fármacos que cubrían mis necesidades a la perfección, pronto les añadí otros narcóticos ilegales que se importaban de Colombia y Myanmar. Para que no faltase nada, bebía licor a todas horas.

A veces despertaba en camas desconocidas sin recordar cómo había llegado allí. En una ocasión permanecí varias semanas en una cabaña aislada en la jungla; la compartí con un hombre que nunca me hablaba; se limitaba a indicarme por señas lo que quería que hiciese, y yo cumplía sus órdenes sin rechistar. Yo sólo estaba allí en parte, pues me sentía como un zombi. Prácticamente no comíamos, pero íbamos sobrados de narcóticos y whisky.

Mi decadente descenso me llevó en algún momento al limbo de los adictos. Ahora en mi memoria hay un agujero negro del que no puedo decir cuánto duró ni lo que sucedió en ese tiempo. No es algo insólito, pues le ha ocurrido lo mismo a otra gente que, pongamos por caso, empezó una fiesta el 20 de marzo en Londres y la terminó el 30 de noviembre en Barcelona sin poder recordar qué ocurrió entre ambas fechas.

En mi caso la amnesia acabó en una playa de arena blanca y aguas plácidas. Era temprano por la mañana y no había nadie por los alrededores. Tampoco se veían edificios. Un par de barcas de pesca faenaban mar adentro. No sabía dónde estaba ni, por supuesto, tenía la menor idea de cómo habría ido hasta allí. El vestido amarillo que llevaba lucía un largo desgarrón y dejaba al descubierto mis nalgas. Por lo demás, ni rastro de las bragas, los sostenes o los zapatos. Y lo mismo en cuanto a otras posesiones, pues no tenía un bolso o un monedero. O sea que tampoco tenía dinero ni documentación. Como buena drogadicta, pensé inmediatamente en mis narcóticos predilectos. También me habría tomado un trago y fumado un cigarrillo.

Me olvidé de mis preocupaciones personales al ver venir hacia mí a un grupo de niños. Eran una docena y sus edades rondarían entre los siete y los doce años de edad. Su piel era de color castaño como la mía, pero sus perfiles no se parecían a los de las etnias que había en Kenia. Cuando se acercaron más advertí sorprendida que todos llevaban unas piezas de metal en las piernas como si hubiesen padecido la polio. Se detuvieron y me saludaron en una lengua que no entendí. Entonces llegó trotando una mujer que, tras adivinar que yo no era de por allí, me lo aclaró todo hablando en inglés. Me quedé boquiabierta cuando me explicó que estábamos en Madagascar. ¡¿Madagascar?! ¡¿Qué hacía yo en Madagascar?! ¡¿Y cuánto tiempo llevaría allí?!

Estaba pasmada y aún no sospechaba que jamás hallaría la respuesta a esas preguntas. Tampoco imaginaba que mi vida estuviese a punto de dar un nuevo giro, aunque, afortunadamente, en esta ocasión sería positivo. La mujer se presentó diciendo que se llamaba Anja y trabajaba para una ONG que cuidaba de aquellos niños que nos observaban sonriendo. El problema de sus piernas no era la polio, sino la desnutrición. También me aclaró que algunos eran huérfanos. La fisioterapeuta vocacional que yo llevaba dentro entró en escena sin pedirme permiso y mis ojos y mis manos se fueron automáticamente hacia las piernas del niño que tenía más cerca, pensando ya en los ejercicios que pudiesen fortalecerlas.

Llegados aquí, supongo que habréis adivinado qué sucedió a continuación, ¿verdad? Anja dijo que yo era una enviada de sus dioses ancestrales, pues el problema que tenía su centro no era precisamente económico, sino la falta de personal, sobre todo de una fisioterapeuta experimentada como yo. Me ofreció trabajo y, cuando acepté, dijo que le había salvado la vida. Aquella buena mujer no imaginaba que, precisamente, fuese ella la que estuviese salvándome la mía.

Pero no creáis que todos mis problemas se solucionasen en un plis plas como en un culebrón hollywoodense, porque, a pesar de que me enfrenté con éxito a mis adicciones y me desenganché totalmente, al hacerlo regresaron las pesadillas que me amargaban las noches. Mis días con los niños de aquella aldea eran una maravilla, pero todo cambiaba en cuanto oscurecía, y yo trataba de retrasar el momento de irme a la cama para no tener que ver repetidos por enésima vez los asesinatos de mi hijo y mi marido. Cuando Anja me aconsejó que tomase somníferos, me negué en redondo: no volvería a relacionarme con los fármacos el resto de mi vida.

Solamente logré librarme de esas malditas pesadilla el día en que Anja nos tomó a Rado y a mí la foto que encabeza este relato. Estábamos en el dormitorio de los niños y él, que era huérfano, me hizo la pregunta que más habría deseado yo.

“¿Puedo llamarte mamá?”.

Se comprende que nos abrazásemos sollozando de alegría cuando le respondí afirmativamente, ¿verdad?

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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