Cuando alguien me pregunta por qué tengo esta foto enmarcada y colgada en un lugar preferente de mi despacho, respondo que es por su colorido, pero, sobre todo, porque la tomé con la primera cámara que compré a los catorce años al poco de entrar a trabajar como chico de los recados en este periódico que ahora dirijo: el Madagascar Tribune. Es sólo una verdad a medias, pues la razón principal de que conserve esta foto con cariño se debe a la mujer que aparece en ella, mi difunta abuela, que era la personificación del coraje y una guerrera de mucho cuidado.

Relato divergente. Mi difunta abuelaA pesar de ser analfabeta y hablar únicamente malgache, además de provenir de una familia campesina con pocos recursos, durante la adolescencia consiguió un empleo como sirvienta en la capital de nuestra isla: Antananarivo. Sus amos, que pertenecían a la clase alta y tenían en mucha estima la cultura, estuvieron de acuerdo cuando ella les pidió permiso para asistir al atardecer a unos cursos escolares para adultos. Así, tras trabajar todo el día desde que se levantaba de madrugada, aquella chiquilla que sería mi futura abuela, se dirigía trotando a la escuela que unas horas antes ocuparan unos niños a los que por poco superaba en edad.

Entre la treintena de alumnos que estudiaban en la misma aula, había un joven de veinte años del que se sintió prendada inmediatamente. Según me lo describiría ella muchos años después, aquel chico, que trabajaba en una imprenta y se convertiría en el amor de su vida, y también en mi abuelo, era guapote, simpático y bromista. Tenía el don de la palabra y, cuando exponía su criterio, incluso el maestro le escuchaba con atención.

A él también le atrajo aquella alumna que le sonreía compulsivamente, y no tardaron en fijar una cita: el domingo, día en que ambos libraban, se encontrarían en un popular parque al que iban a pasear y hacer manitas las parejas. Cuando se besaron por primera vez y se contaron confidencias, él le confesó que pertenecía a una organización política secreta que luchaba para expulsar a los franceses de Madagascar. Esta información la dejó turulata. Saber que era un idealista que arriesgaba, sino su vida, su libertad, detonó las hormonas del amor de mi futura abuela, ¡Boom!, y se enamoró perdidamente. Sin embargo, mientras regresaba más tarde hacia su casa, la excitación y la alegría del amor compartido se vieron empañadas por el temor al imaginar que él pudiese ser arrestado y apaleado por los odiados gendarmes.

Al principio, en las conversaciones que mantenía la nueva pareja, era él quien llevaba la voz cantante. Hablaba de unos temas sociales, políticos y filosóficos que a ella, de no haber estado enamorada, quizás la hubiesen aburrido; pero, al no ser así, le escuchaba embelesada y memorizaba cuanto oía. De esa forma fue ampliando su limitada cultura y, paulatinamente, fue aportando sus propias ideas en las charlas.

Un día él le propuso que le acompañase a una reunión secreta de la organización política a la que pertenecía. Era un reto que la entusiasmó y atemorizó a un tiempo; el entusiasmo se lo provocaba el hecho de unirse a su Romeo en aquella actividad que aún no compartían, y el temor, claro, a la posibilidad de terminar entre rejas y con algún hueso roto.

He leído algunos de los pasquines que se publicaron en esa época, aunque estaban terminantemente prohibidos por las autoridades francesas. En ellos se nombra a la aguerrida joven que, junto con su amado, y a pesar de ser incapaz de leer de corrido y tener una caligrafía de niña pequeña, llegaría a ser la lideresa de aquella organización revolucionaria antes de haber cumplido los veinte años.

Existe una famosa foto de mi futura abuela en la que viste como un hombre, se cubre con un gorro y empuña un fusil. Se la hizo su novio cuando la policía arrestó a varios miembros de su grupo y ella y el resto huyeron de Antananarivo para continuar la lucha desde la jungla. En aquella época se presentaron ella y su novio en la iglesia de un pueblecito y, a punta de pistola, conminaron al cura para que legalizara su relación casándolos.

La antigua campesina y sirvienta se transformó en una guerrillera capaz de andar treinta kilómetros en una noche. Dormían en el suelo, se achicharraban bajo el sol y comían cuando era posible. Era una vida muy dura, y eso sin mencionar que el ejército francés les pisaba continuamente los talones. Pero al fin llegó el gran día de la independencia: el 26 de junio de 1960. Los franceses, ahora convertidos en socios y amigos tras habernos estado amargando la vida, abandonaron nuestra isla con la cola entre las piernas, y nuestro país tomó el nombre de República Democrática de Madagascar.

Las fotos de mi futura abuela y las de los que ella llamaba “sus guerrilleros” mientras desfilaban por las calles de la capital y eran aclamados por la población, ocuparon las portadas de los periódicos. Luego entregaron sus armas a las nuevas autoridades.
Quienes logran regresar físicamente sanos de una guerra, acostumbran a traer consigo algún que otro descontrol emocional. El que sería mi abuelo no supo adaptarse a la vida civil. Se había acostumbrado a luchar y correr libremente por la selva y se sentía perdido en la ciudad. Se acostumbró a darle a la botella y perdió el empleo de funcionario administrativo que le habían conseguido. El licor, aparte de envejecerle y acabar con su atractivo juvenil, le amargó el carácter, transformándolo en un tipo huraño e iracundo que a veces regresaba a casa con un ojo a la funerala.

En mi abuela se dio el caso contrario y reaccionó debidamente ante su nueva situación. Consiguió permiso para construir una casita en un terreno público y la gente aportó la madera necesaria y también la mano de obra. Al ver que no recibiría ayuda económica por parte del borracho que tenía por pareja, se agenció un carretón y se dedicó a vender fruta y verdura. Ya fuese bajo el sol o la lluvia, ella se ganaba unas perras recorriendo distintos barrios de la ciudad. Gracias a su popularidad y al respeto que la gente le tenía, terminaba diariamente con la venta de sus productos. Tiempo más tarde, cuando ya había parido a la que sería mi madre y esperaba el siguiente hijo, adquirió un puesto en el mercado y montó la tienda que aparece en la foto, al frente de la que seguiría hasta el mismo día de su muerte.

Mi futuro abuelo no era bueno para nada, y la única puerta que no le cerraban en las narices era la de su casa porque su esposa, aparte de ser compasiva, seguía queriéndole como el primer día. En lo que sí continuaba funcionando bien aquel desgraciado alcoholizado era en la cama, y durante los próximos años dejó preñada repetidamente a su mujer, que llegó a parir en total cinco hijas y tres hijos.

Según me contó mi madre, la imagen habitual de la abuela era verla frente a su verdulería del mercado con una aparatosa barriga marcándose bajo el vestido, y con un bebé en brazos y otro pequeñajo agarrado a su falda.

La abuela todavía volvió a aparecer en la prensa una vez más. Fue cuando mató a su marido partiéndole la cabeza con un garrote. La guerrera que ella llevaba dentro despertó al entrar un atardecer en casa y ver que él, desquiciado y ebrio perdido, intentaba violar a la mayor de sus hijas, la que sería mi madre. No se lo pensó un sólo instante y lo mandó al otro barrio. Pero después de matarlo abrazó su cadáver y, sollozando, juró que le amaba con locura.

De no haber sido la heroína que luchara denodadamente contra el invasor francés, seguramente la habrían condenado como mínimo a cadena perpetua. Sin embargo, gracias a su fama y a las circunstancias que se habían dado en el suceso, se la juzgó a toda prisa y un jurado popular la declaró inocente.

Otra razón para tener la foto enmarcada de mi abuela es la de no olvidar su ejemplo, el de una mujer sobrada de coraje que siempre hizo lo correcto.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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