Relato divergente. Mi vida sólo ha empezado realmente hoy

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Normalmente la gente viaja para ver mundo o simplemente para cambiar de aires durante las vacaciones, pero yo lo hice con el fin de salvar mi vida y terminé llegando a Bako, en la parte malaya de Borneo.

Yo era un tipo sedentario que jamás había deseado visitar otros países y eran contadas las ocasiones en que me hubiese alejado mucho de la ciudad rusa en que nací, Kostromá, que se halla a unos trescientos sesenta kilómetros de Moscú.

Con tan sólo veinte años monté una empresa dedicada a las apuestas que me rendía pingües beneficios. Valga aclarar que, en Rusia, aparte de conseguir los pertinentes permisos gubernamentales, pues era un negocio legal, se tenía que obtener el visto bueno del grupo mafioso que dominase una zona determinada. En mi caso podría decirse que aprobé el curso con un sobresaliente, pues forjé una buena amistad con el padrino local, quien, además de protegerme y aleccionarme, se portó conmigo como un segundo padre.

Mis problemas surgieron a causa de dos hechos que, al juntarse, llegaron a ser peliagudos. El primero tuvo que ver con la meteórica ascensión de mi empresa, que amplié durante la siguiente década hasta poseer varios locales con máquinas tragaperras. Hasta ahí todo bien, pues estaba forrado y podía despilfarrar viviendo como un rey. Sin embargo, mi inteligencia y mi cultura, que incluía un título universitario, no fueron óbice para que, por culpa de mi juventud y falta de experiencia, olvidase que mi privilegiada situación podría crear envidias.

Y aquí aparece el segundo hecho que me puso en aprietos al sumarse al anterior: entre las distintas organizaciones mafiosas que había en Rusia, la que en definitiva dominaba el cotarro, era la policial, cuyos líderes ocupaban desvergonzadamente los puestos más altos del gobierno. Sin que yo fuese consciente de ello, mis líos empezaron el día en que nombraron jefe de la policía de Kostromá a un ambicioso oficial que, de buenas a primeras, fue a por mí como si tuviésemos una deuda pendiente.

Me olí que ocurría algo raro cuando, a pesar de pagar unas buenas cuotas a la policía, empezaron a inspeccionar frecuentemente mis casinos, e incluso me detuvieron en algunos controles de tráfico en los que registraron metódicamente mi coche buscando algo ilegal.

Ese tipo de incidentes se fueron multiplicando y mis beneficios disminuyendo. Hasta que una mañana no salté por los aires por puro milagro. ¡Ese día me convertí en creyente! Salía de mi casa a toda prisa para asistir a una reunión de negocios a la que ya llegaba con retraso, y maldije mi suerte al ver que tenía una rueda del coche pinchada. De haber habido alguien por los alrededores, le habría pagado gustosamente unos rublos para no tener que ensuciarme las manos cambiándola. Al no ser así, me quité la americana, saqué el gato del maletero, y entonces, cuando me agaché para colocarlo, vi un bulto adherido bajo el chasis. Me quedé patitieso al comprobar que era una bomba preparada para estallar en cuanto pusiese en marcha el motor. ¡Aquel inesperado pinchazo me había salvado la vida y ahora ya no tenía la menor duda de que iban a por mí!

Regresé a mi ático y me dediqué a reflexionar acerca de la situación en que me hallaba. Pensé que la próxima vez no tendría tanta suerte y decidí que solamente podría hacer una cosa: huir y desaparecer del mapa. Durante el resto del día comprobé a través de las ventanas que frente a la entrada de mi edificio estaba aparcado en todo momento alguno de los típicos automóviles que usaba la policía cuando iba de incógnito.

No deseaba dejar mis asuntos colgados e hice varias llamadas telefónicas solucionando esto y aquello. Entre otras acciones otorgué poderes empresariales a colaboradores de confianza y cedí notarialmente a mi madre las tres viviendas que poseía. Los casinos se los traspasé a mi padrino, pidiéndole que mantuviese en sus puestos a mis fieles empleados. En cuanto al dinero, no tenía que preocuparme porque, sabiendo la crónica inestabilidad del rublo, siempre había invertido mis ahorros en diamantes que guardaba en un escondrijo secreto de mi ático y que eran fáciles de transportar.

Esperé la llegada de la noche y permanecí a oscuras sin encender ninguna lámpara. Un coche policial con dos hombres en su interior continuaba aparcado al otro lado de la calle. Por lo demás, no se veía un alma. Descendí sigilosamente las escaleras, abandoné el edificio por la parte trasera, salté una verja, crucé un descampado y al poco llegué a una calle transitada donde pude tomar un taxi con el que fui al aeropuerto.

Entre mis limitados conocimientos geográficos había un nombre que se escuchaba con frecuencia: Pattaya, la ciudad tailandesa especializada en las fiestas y la vida nocturna. Veinticuatro horas más tarde llegué a Pattaya. Aunque aparentemente era un buen lugar para pasar desapercibido entre miles de turistas y prostitutas, vi que había rusos por todas partes. Pensé que cualquiera de ellos podría ser un esbirro del policía mafioso que pretendía acabar conmigo. No eran simples paranoias, pues, tal como comprobaría posteriormente, los largos brazos de aquel enemigo, que no dejaría de ascender hasta ocupar el segundo puesto del Ministerio de Interior, podrían alcanzar cualquier parte del mundo.

Si quería sobrevivir sería mejor hallar un refugio más discreto. Pero, siempre debido a mi desconocimiento, y más al tratarse de aquel extraño país en el que todo me resultaba insólito, no tenía la menor idea dónde podría encontrarlo. Como prueba de mi candidez, añadiré que ni tan siquiera sabía que existiesen guías de viaje. Tampoco se me pasó por la cabeza preguntar en una agencia de viajes o en la Oficina de Turismo.

Hallé la solución en la cama. En Pattaya era más difícil acostarse a solas que acompañado, pues siempre había alguna prostituta preciosa dispuesta a follar a cambio de unos pocos bahts.
“¿Ya tienes chica para esta noche, tío sexy?”, era la pregunta habitual que me hacía alguna de ellas restregándome sus tetas mientras me metía mano descaradamente, aunque estuviésemos en medio de la calle.

Fue así, tras echar un satisfactorio polvo con una muñeca de unos veinte años llamada Mía que tenía cara de ángel travieso y fumaba un cigarrillo a mí lado, como escuché por primera vez el nombre de mi próximo refugio.

“¿De dónde eres?”, le pregunté por decir algo y sin que en realidad me importara saberlo.

“No soy tailandesa, sino malaya. Concretamente de un pueblo de Borneo llamado Bako”.

Igual que me había sucedido a mí, Mía era una sedentaria innata que se había visto obligada a emigrar debido a las circunstancias, en su caso la pobreza y la falta de oportunidades. Para mi asombro, dejándose llevar por la nostalgia y olvidándose de los posibles clientes que la esperasen en la calle, me detalló las maravillas de Bako hablándome de su exuberante naturaleza, de las cristalinas aguas del mar, de la arena blanca de sus playas y de las densas junglas del parque nacional que tenía el mismo nombre.

Relato divergente. Mi vida sólo ha empezado realmente hoyTambién me contó que, entre las tribus indígenas que habitaban en las costas de Borneo, llamadas genéricamente dayak, había más de cincuenta etnias distintas y que su familia pertenecía a la de los Sama. Esta información me abrió los ojos: efectivamente, el aspecto físico de Mía, a pesar de seguir siendo indudablemente asiático, era un poco distinto al de las tailandesas, y pensé que en su mirada destellaba algo que definí de indómito.

Una cosa llevó a la otra, como lo hicieron las cervezas Leo que estuvimos bebiendo sin dejar de charlar. Y cuando al fin Mía me dijo que tenía que irse, le hice una propuesta difícil de rechazar: si aceptaba ser mi guía turística particular durante un mes y me llevaba de la mano a Bako, le pagaría el doble de bahts que pudiese ganar en Pattaya abriéndose de piernas.

“Supongo que, aparte de guía, también sería tu putita, ¿verdad?”, me preguntó Mía sonriendo.

“Por supuesto”, le repliqué con el mismo tono, “pues sería incapaz de tenerte todo el tiempo al lado sin ponerme caliente”.

“Me parecería de maravilla “trabajar” para ti, pues me gustas, hueles bien y hasta ahora me has tratado con mucho respeto; pero hay un problema de difícil solución”.

“¿Cuál?”.

“Mis padres no saben que me dedico a este negocio y creen que estoy empleada en un centro comercial de Bangkok…”.

Mía dejó las palabras en el aire y adiviné lo que no había dicho: aunque sus padres no llegasen a saber que curraba de puta, si regresaba a casa amancebada con un extranjero, les daría tal disgusto que correría el riesgo de que la echasen a palos.

Mía añadió que su familia, a pesar de ser animista y, así, mucho más liberal que las de otras religiones, seguía siendo extremadamente tradicional.

“Mis padres y mis hermanos, aunque ahora vivan en Bako y se relacionen con turistas extranjeros, siguen anclados al pasado y, para poder venir a Pattaya, tuve que fugarme porque jamás me habrían dado permiso. Al principio me repudiaron y no respondían a mis cartas, o ni tan siquiera se ponían al teléfono si los llamaba. Pero cambiaron de opinión cuando empecé a mandarles mensualmente una cantidad de dinero que les permitió ascender de nivel social. Desde entonces todo fueron felicitaciones y elogios: “¡Mía tiene un buen empleo en Bangkok!”, “Mía es la mejor hija del mundo!”. Me he preguntado muchas veces cómo reaccionarían si supiesen cómo me gano esos bahts. ¿Se impondría la codicia a la dignidad? No me extrañaría porque, con los tiempos que corren, todo el mundo está dispuesto a venderse al mejor postor; y ellos, aunque quizás no volviesen a pronunciar mi nombre, no por ello dejarían de sacar provecho”.

Cualquiera con dos dedos de frente habría aceptado que no habría manera de enfrentarse a las tradicionales costumbres de su familia y que lo mejor sería que tratase de llegar a Bako por mi cuenta. Pero a mí siempre me había gustado hacer locuras, y ahora, contemplando la simpática cara de Mía y, digámoslo todo, su atrayente cuerpo desnudo, le dije:

“En Pattaya se puede conseguir de todo, pues a mí, en los pocos días que llevo aquí, ya me han ofrecido desde pasaportes a carnés de estudiante o de prensa; y supongo que no sería difícil agenciarnos un certificado de matrimonio falso”.

“¡Ja”, se rio Mía, “¿y nos presentaríamos en casa de mis padres como si fuésemos marido y mujer?! ¡Tú estás majara!”.

“¿Sabes que eres la hostia de simpática y divertida y que desprendes una alegría contagiosa?”, le solté de pronto.

“¡Uy, que dulce! Pero no cambies de tema. Pongamos por caso que a ti te gustase mucho Bako y decidieses pasar una temporada allí, ¿qué otra patraña les íbamos a contar a mis padres cuando yo regresara a Pattaya un mes después?”.

“Bueno, puestos a mentir, también podríamos aparentar una pelea de pareja y que tú, igual que hiciste al fugarte con anterioridad, te largases sin despedirte de mí”.

Mía continuaba sin verlo claro, pero, tal como me confesaría posteriormente, aceptó mi propuesta debido sobre todo a la nostalgia y a las ganas que tenía de abrazar a sus familiares.

Una semana más tarde, después de haber cogido dos vuelos y un transbordador, desembarcamos en Bako y me felicité por mi elección. No diré que me gustara el calor, que superaba incluso al de Pattaya, pero todo lo demás, desde la plácida atmósfera tropical al verdor exuberante, las flores, las mariposas o los pájaros exóticos, todo fue de mi gusto. Y eso sin mencionar la amabilidad de la población y las encantadoras casitas ajardinadas en que residían.

Pero lo que atrajo mi atención de forma insólita fueron las transparentes aguas del mar, que parecían llamarme, a pesar de que nunca había sido un buen nadador ni me sintiese especialmente cómodo dentro de ellas.

La serie de acontecimientos que vinieron a continuación hubiesen superado a la ficción de un relato extremadamente imaginativo. A mis supuestos suegros y cuñados les pareció de maravilla que Mía se hubiese casado con un rico occidental. El mismo día de nuestra llegada nos instalamos en una aislada casita de las afueras que tenía la playa enfrente y la jungla detrás.

Poco después conocí a un andorrano que se ganaba la vida con una escuela de submarinismo y, a pesar de mis recelos, me convenció de que hiciese un curso. Después de aprender todo lo necesario y practicar pacientemente sin apartarnos de la playa, fuimos en su barca hasta una parte de la costa en la que no había la mínima presencia humana.

La primera vez en que me hallé a diez metros de profundidad entre un sinfín de peces de colores y tortugas marinas teniendo como decorado un arrecife de coral, pensé:

“Mi vida sólo ha empezado realmente hoy”.

Aún no sospechaba que repetiría frecuentemente esa expresión. De pronto los lujos y el despilfarro de mí Kostromá natal me parecieron ridículos. Y lo mismo opinaba de cualquier ciudad y de todo lo referente al mundo moderno.

Como si fuese hecho a propósito, la mañana en que convencí al andorrano de que me diese la alternativa y al fin buceé a solas por aquel mar infinito, tuve la mejor experiencia hasta el momento cuando me encontré con el mayor pez de este mundo: un tiburón ballena que no mediría menos de diez metros de largo y pasó lentamente por encima de mí.

A los treinta años descubrí que el buceo era mi vocación y sería raro el día en que no lo practicase. La alegría que sentía nadando entre los peces no tenía parangón. Compré una barca para poder desplazarme hasta las partes más espectaculares de los arrecifes de coral.

Mi vida había ido dando un giro paulatino desde que saliese por piernas de Kostromá, pero sólo alcanzó los 180º el día en que, por supuesto bajo el agua, contemplaba una tortuga que picoteaba entre el coral como lo habría hecho una vaca por un prado. A pesar de que el ajetreo de peces era constante, un movimiento atrajo mi atención de reojo y, al volverme, tuve que luchar contra mi esfínter al ver venir un tiburón de unos tres metros. Aquel mar de aguas cálidas estaba muy poblado y con anterioridad había visto algunos tiburones, pero nunca había tenido uno cerca. Me inmovilicé deseando camuflarme entre el coral. Creí que iba a morir. Sin embargo, el bicho pasó a mi lado sin hacerme el menor daño. Pero no habíamos terminado y, sin darme tiempo a reaccionar, viró sobre sí mismo con una elasticidad digna de una serpiente y regresó hacia mí. Pensé que era el pez más hermoso, esbelto y espectacular de los mares, y lo comparé a un modelo de la casa Mercedes que tenía el mismo color plateado y participaba en las carreras internacionales de automovilismo en los años cincuenta.

“¡Ahora sí, ahora me pegará un mordisco con su colección de afilados colmillos!”. Esto me estaba diciendo cuando hizo igual que antes y siguió su camino sin dañarme.

No hay dos sin tres, y cuando de nuevo pasó por mi lado, me quedé tan atónito que, sin saber qué hacer, hice algo tan absurdo como acariciarle la cabeza. Se hubiese creído que mi mano derecha actuaba por su cuenta sin que yo pudiera evitarlo. ¡Y entonces sucedió lo más maravilloso que un submarinista pudiese soñar, pues el tiburón, al notar mi contacto, entrecerró los ojos mostrando el placer que sentía! ¡No podría haber nada mejor que aquella relación entre dos especies tan distintas y, digámoslo todo, tan agresivas! Tras repetir las caricias, nadamos un rato juntos y nos convertimos en buenos amigos.

Durante las siguientes semanas no faltamos nunca a la cita: el tiburón esperando que le rascase la cabeza y yo creyendo ser el hombre más feliz de la Tierra al poderlo hacer. Él también permitía que me agarrase de su aleta, que le distinguía de sus hermanos porque estaba ligeramente mellada, y me arrastraba a gran velocidad mientras los otros peces nos observaban asombrados pensando que formábamos una extraña pareja.

Una mañana mi querido tiburón no acudió a la cita. Pensé que quizás habría hallado un buen banco de pececillos y se estaría dando un atracón. Solamente empecé a preocuparme realmente al ver a lo lejos un yate de lujo en el que varios hombres se dedicaban a pescar peces espada con unas cañas especiales. Fui en busca de mi barca pensando en acercarme al yate y advertir a aquellos hombres que se hallaban en aguas del parque marítimo; pero, cuando regresé, el yate ya se había ido.

Mis temores se confirmaron al atardecer cuando estaba dando un paseo por el puerto de Bako y vi atracado el mismo yate. Mi olfato me dio la alarma antes de que lo hiciese la vista al oler el inconfundible aroma de pescado asado. Mis piernas me llevaron compulsivamente hacia la embarcación y mi mundo se vino abajo al ver como desmembraban, cocinaban y se disponían a comer a mi buen amigo el tiburón. Me desquicié y me lie a hostias con cuantos se me pusieron por delante.

Terminé en comisaría con los labios partidos y un moratón en el pómulo. El jefe de policía, al que conocía de sobra porque habíamos tomado alguna copa juntos, me dijo que podía estar contento de que el propietario del yate, que era un importante empresario de Singapur, no me hubiesen puesto una denuncia. En cuanto al hecho de que hubiesen estado pescando en aguas protegidas, me aclaró que en aquella parte del mundo la gente rica se pasaba las leyes por la entrepierna.
Ha transcurrido más de un año desde aquel dramático incidente. Yo continúo buceando por afición, pero en la actualidad también lo hago profesionalmente desde que me asocié con el andorrano, con quien, aparte de enseñar a bucear a los extranjeros, también les aleccionamos acerca del turismo responsable.

Me he hecho vegetariano y además colaboro activamente con la ONG Shark Savers que trata de proteger a mis amigos los tiburones.

Ah, por cierto, Mía no regresó a Pattaya y dice ser muy feliz interpretando el papel de amante esposa. Y con más razón desde que ha sabido que va a ser mamá.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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