Relato divergente. No estás en el cielo, sino en la isla de Negros

Érase una vez un joven español al que las circunstancias se empeñaron en complicarle la vida. Había nacido en la segunda mitad del Siglo XIX en un pequeño pueblo valenciano llamado Aielo de Malferit, y sus padres, gentes tradicionales y católicas, le bautizaron con el nombre del santo correspondiente al día en que su santa madre le parió: Aquilino. Afortunadamente, un avispado tío suyo que adivinó las penurias que podría acarrearle ese ridículo apelativo, se apiadó de él y lo acortó dejándolo en Quino, forma con la que sería conocido desde pequeño.

Aunque Quino no lo sospechase, las circunstancias empezaron a liarle la existencia desde el momento en que llegó al mundo, pues lo hizo en una familia pobre y en una tierra que formaba parte de un imperio corrupto y decadente, que se venía abajo, cuyos dirigentes reclutaban mozos a mansalva, los vestían con el uniforme azul celeste de su ejército, y, dándoles un mínimo entrenamiento y armándolos con unos vetustos fusiles, los enviaban al fin del mundo para que defendiesen sus últimas colonias, donde la población trataba de independizarse y acabar con la tiranía que habían sufrido durante demasiados años.

Como si Quino hubiese adquirido todos los números de la lotería de la mala suerte, cuando ya se había convertido en un joven de estatura media, rostro semítico, ojos castaños y pelo negro, le tocó dos veces el premio gordo. El primero lo ganó poco antes de cumplir los diecisiete años, e incluyó un viaje en un abarrotado barco de la armada que le llevó de Cádiz a Cuba, isla en la que estuvo pegando tiros, matando mosquitos, evitando la picadura de las serpientes venenosas, sufriendo penosas disenterías y sobreviviendo día a día.

El segundo premio gordo de la adversidad le tocó a Quino poco antes de ser licenciado, porque apaleó de lo lindo a dos suboficiales que estaban borrachos y abusaban de una chiquilla cubana. Como castigo, en vez de mandarlo de vuelta a casa, le metieron en otro barco e hizo un penoso crucero marítimo con el que fue desde Cuba a Filipinas, colonia en la que se daban unas circunstancias parecidas a las de Cuba, con los nativos revelándose contra la tiranía del gobierno español.

A pesar de haber terminado harto de Cuba y alegrarse de haber partido, Quino no tardó en añorar el Mar del Caribe y sus plácidas playas, porque todos los inconvenientes que hallase allí le parecieron puras nimiedades si los comparaba a los de las Islas Filipinas, con sus larguísimos monzones y sus frecuentes tifones.

Pero su mala suerte no se limitó a aquel desafortunado destino asiático en el que el odio hacia los imperialistas españoles estaba tan extendido como la malaria, sino, sobre todo, al hecho de pertenecer a una compañía en la que se encontraba cierto teniente llamado Martín Cerezo, oficial que, incluso entre los miembros del ejército, destacaba por ser muy obtuso y corto de miras.

Empeorando las cosas, de buenas a primeras el teniente Martín Cerezo le cogió una exagerada ojeriza a Quino por el simple hecho de ser valenciano, nacionalidad a la que casi despreciaba tanto como a la catalana, y no dejó de amargarle la vida, ya fuese ordenándole hacer guardias nocturnas, cavar trincheras o limpiar las letrinas. No le daba un minuto de descanso y le castigaba al mínimo desaguisado obligándole, pongamos por caso, a transportar piedras de un lado a otro o cargar en la mochila el doble de peso que sus compañeros cuando hacían largas marchas a través de las sofocantes junglas de Luzón.

Quino, que no destacaba precisamente por su docilidad ni su sagacidad, hubiese corrido el riesgo de perder los estribos y tratar de estrangular al teniente Martín Cerezo de no haber sido porque, afortunadamente, entre los otros soldados de su pelotón se hallaba Jon, un navarro que iba sobrado de cultura e inteligencia y, compadeciéndose empáticamente de él, le aconsejó y calmó en los momentos más difíciles, aunque con ello consiguiese que el teniente también le pusiese en su punto de mira y le llamase maricón frente al resto de la tropa diciendo que enculaba a Quino.

Durante los meses siguientes, mientras Quino daba por sentado que Luzón era un infierno, no imaginó jamás que las cosas pudiesen ir a peor. Pero fue así cuando de nuevo las circunstancias se confabularon para que su compañía fuese destinada a un pueblo llamado Baler, que se encontraba en un lugar perdido de Dios al que era más fácil llegar en barco que por tierra y a través de la jungla porque no quedaba lejos de la costa. Esto sucedió poco antes de que la guerrilla filipina lograse al fin expulsar al ejército español y que los mandos de éste dejasen abandonados a los soldados que se hallaban en Baler, de los que, después de permanecer sitiados en la iglesia del pueblo durante trescientos treinta y siete días, solamente sobrevivirían treinta y dos.

El responsable de aquel larguísimo confinamiento fue el teniente Martín Cerezo, quien, tras haberse convertido en el comandante de la compañía cuando sus oficiales superiores fallecieron paulatinamente debido a las enfermedades, y no a las armas de fuego, se negó repetidamente a aceptar que el ejército español hubiese capitulado. Como si compitiese en un campeonato de cabezonería, el teniente ni tan siquiera cambió de opinión el día en que los sitiadores filipinos le hicieron llegar algunos periódicos en los que aparecía esa noticia, pues solamente les echó una rápida mirada por encima antes de decidir que cuanto publicaban era falso.

Al hallarse encerrados en tan limitado espacio, la mala relación de Quino y el teniente se transformó en auténtico odio. De todos modos, la aversión hacia este último era generalizada entre sus hombres, y se multiplicó cuando ejecutó a dos de ellos que habían tratado de desertar.

Quino no se vio metido en ese fregado por pura casualidad, pues había planeado asimismo rendirse al que ya era el ejército de la recién creada República Filipina; pero, afortunadamente para él, la tarde anterior el teniente Martín Cerezo le castigó por enésima vez a pasar la noche en el calabozo que habían improvisado en la bodega de la iglesia por una falta que ni tan siquiera había cometido.

Tras permanecer diez meses sitiados en la iglesia de Baler, los ánimos de los soldados estaban por los suelos, e igual sucedía con su deteriorado estado físico. Una semana antes habían recibido la visita del teniente coronel Aguilar del ejército español, que se había desplazado especialmente hasta allí para tratar de convencer a Martín Cerezo mostrándole unos periódicos españoles en los que constaba que el gobierno de Madrid y el de Manila habían establecido relaciones diplomáticas. Pero Martín Cerezo había continuado impertérrito en sus trece, considerando que el emisario era un impostor disfrazado de teniente coronel.

La mala relación entre Quino y Martín Cerezo llegó al punto límite cero un día monzónico en que no había dejado de diluviar durante más de veinticuatro horas. Al atardecer el teniente les ordenó a él y a Jon que permaneciesen de guardia toda la noche en el murete exterior de la iglesia. Ambos sabían que sería una pérdida de tiempo porque los soldados filipinos, igual que todo el mundo, estarían a buen recaudo protegiéndose del continuado diluvio; pero se mordieron la lengua para evitar mayores males. De todos modos, con el transcurso de las horas terminaron hartos de estar empapados y, tras comprobar que no había nadie por los alrededores, se cobijaron bajo el alero del portal, se sentaron en el suelo y no tardaron en quedarse dormidos. Pero entonces, cuando Quino estaba teniendo un sueño muy agradable en el que aparecía una mulatita que conociese en Cuba, le despertó el teniente Martín Cerezo pegándole una dolorosa patada en el pecho, a la que siguieron una sarta de insultos en los que se mencionaba a su madre.

El joven valenciano no había sido plenamente consciente de la paulatina metamorfosis personal que había experimentado desde que le reclutaran, y fue el primer sorprendido cuando, sin pensar en lo que hacía, se levantó de un salto sin dar tiempo a que Jon intentase detenerle y noqueó al teniente con un par de puñetazos. Solamente se planteó las consecuencias de sus actos al ver como el otro se venía abajo con la cara ensangrentada, pues adivinó que el maldito teniente le haría un rápido consejo de guerra y, sin darle opción a tener un abogado defensor, le fusilaría como había hecho anteriormente con los frustrados desertores.

Durante unos cortos instantes, Quino se quedó bloqueado mientras su mente daba vueltas en un círculo vicioso sin saber cómo salir de él. Únicamente reaccionó cuando Jon le puso una mano en el hombro y le susurró:

“Me parece que ha llegado el momento de salir por piernas de esta puta iglesia”.

“¿Vendrás conmigo?”, le preguntó Quino esperanzado.

“Claro, pues para esto estamos los amigos, ¿no? Pero es que, además, también estoy hasta los santos cojones de este puto lugar en el que, si no nos matan los filipinos o el maldito teniente, acabaremos muriendo de asco”.

Gracias a conocer de sobra el recinto de la iglesia, Quino y Jon sabían dónde podría haber alguien de guardia, suponiendo que no estuviese durmiendo, y optaron por saltar el murete por la parte frontal en que se encontraban, a pesar de correr el riesgo de ser vistos por algún soldado filipino. Lo hicieron justo a tiempo porque, en cuanto se desviaron hacia la derecha apartándose de la población y se adentraron corriendo en la jungla, empezaron a oír a sus espaldas los gritos con los que el teniente Martín Cerezo daba la alarma y despertaba tanto a los soldados españoles como a los filipinos.

Al contrario que los meses anteriores en que habían aprendido a moverse incluso a oscuras por el sitio en que permanecían confinados, ahora corrían literalmente a ciegas a través de un bosque en el que no habían puesto jamás los pies, donde la penumbra era absoluta. Esta situación habría podido provocar que diesen vueltas en círculo mientras tropezaban, caían, recibían arañazos y reemprendían su alocada carrera; pero, debido precisamente a los berridos del teniente, se había desatado un tiroteo entre los españoles y los filipinos que sirvió para orientarles hacia la dirección contraria.

Siempre bajo aquel imparable diluvio, la noche pareció alargarse infinitamente, y Quino, que se estaba quedando sin fuerzas, maldijo a Jon, que abría incansablemente la marcha. Al fin dijo basta y se dejó caer en el suelo resoplando. Aunque por unos minutos permaneció allí a solas, dando por sentado que no volvería a ver a su amigo navarro, al poco oyó que éste le llamaba y, tras responder, Jon regresó junto a él trayendo una esperanzadora noticia: a corta distancia se encontraba una playa en la que, como si les hubiese estado esperando, había una barca en la que, dándole a los remos, podrían huir de Luzón.

Quino, que había terminado harto de los dos viajes que hiciese en los barcos de la armada, dijo acaloradamente a su amigo que el mar no era lo suyo y no se embarcaría ni loco. Pero, como tantas otras veces, Jon le calmó y también le aclaró como estaban las cosas:

“Has de ser consecuente con tus actos, y después de partirle la nariz al hijo de puta del teniente y desertar, ¿no te parece que lo que nos pueda aguardar mar adentro será un juego de niños si lo comparas con lo que nos ocurriría si nos quedásemos aquí, en estas junglas plagadas de bichos peligrosos, o termináramos frente a un pelotón de fusilamiento y lo último que escuchásemos fuera la aflautada voz del teniente ordenando: “¡Apunten! ¡Fuego!”? Tú verás lo que haces, pero yo, en cuanto amanezca, voy a largarme en esa barca que parece haberme dejado a punto el ángel de la guarda”.

A pesar de que en un principio Quino aceptó el punto de vista de su amigo, sus ánimos se vinieron de nuevo abajo al llegar a la playa y comprobar que la supuesta barca no pasaba de ser una frágil barquichuela a la que la lluvia había llenado de agua y tenía el aspecto de una bañera. Además, el mar mostraba su peor faceta con unas olas terroríficas, que lo parecían más para alguien como él que no sabía nadar.

Dominado por el temor, Quino se negó a embarcar y, sentándose sobre la arena, pidió al navarro que siguiese adelante a solas con sus planes. Reafirmándose en tal decisión, se cubrió la cara con las manos como lo haría un crío haciendo un berrinche y murmuró que prefería morir frente a un pelotón de fusilamiento antes que ahogarse en aquel infierno acuático.

Jon, que era la personificación de la dignidad y opinaba que la amistad era el mejor sentimiento de los seres humanos, no se planteó ni por un momento abandonar a Quino y, aposentándose a su lado, aguardó pacientemente hasta que, al rato, ocurrió un milagro que él denominó conexión cósmica. Primero, con la llegada del alba dejó de llover y el cielo se abrió paulatinamente preparándose para darle la bienvenida al Sol; y después, cuando sus primeros rayos cayeron sobre ellos, el enfurecido mar se calmó tomando la forma de una apacible balsa en la que el único movimiento era el de la marea al bajar.

Jon, sin decir nada a Quino, se levantó, dio la vuelta a la barca para vaciar el agua que había acumulado, luego la arrastró hasta el mar y, tras comprobar que flotaba, le preguntó a Quino:

“¿Qué, papanatas, vas a venir conmigo o te quedarás aquí hasta que aparezca algún soldado filipino que te lleve de vuelta a Baler?”.

En ese instante se oyó el estruendo de un cañonazo, al que siguió una nueva tanda de disparos. Entonces Quino recordó que Baler se hallaba a corta distancia y que la absurda lucha del teniente Martín Cerezo todavía no había terminado.

“De acuerdo”, dijo poniéndose en pie.

“¡Aleluya!”, exclamó Jon riendo.

“¿Sabes que eres el mejor amigo que haya tenido en mi vida?”, comentó Quino cuando ya embarcaba.

Afortunadamente, la marea los llevó rápidamente mar adentro, pues, de otra manera, sus esfuerzos con los pesados remos de bambú habrían dado poco de sí, y, como comprobaron al rato al oír las voces de unos soldados filipinos desde la playa, habrían corrido el riesgo de ser apresados.

Al poco advirtieron que, con las prisas, no habían pensado en llevar agua y tampoco tenían comida. Durante los diez meses de confinamiento en Baler se habían habituado a pasar hambre, pero lo de la sed ya era otro cantar, pues la iglesia tenía su propio pozo y nunca habían estado faltados de agua.

Con el transcurso de la mañana, el tiempo no cambió y, mientras se achicharraban bajo el tórrido sol tropical, empezaron a temer que hubiesen saltado de la sartén al fuego. Cuando sus limitadas fuerzas físicas se agotaron, soltaron los remos y se dejaron llevar por la corriente. Hacia el oeste, la costa de Luzón no llegó a desaparecer completamente tras el horizonte, pero ahora sólo veían de ella las cumbres de algunas montañas.

Pasado el mediodía aparecieron otras costas hacia el sur. A media tarde regresaron las nubes monzónicas trayendo lluvia, y ellos se alegraron, hasta que los envolvió una fuerte marejada, que fue aumentando hasta hacerles temer que la barca terminase volcando. Parecía que alguien les estuviese arrojando cubos de agua y, usando solamente las manos, estuvieron achicándola continuamente. Quino llevaba a cabo esa frenética actividad con la seguridad de que le iba en ello la vida. Le aterraba ahogarse porque no sabía que fuese una de las muertes más rápidas y menos dolorosas.

Fue una noche infernal en la que no tuvieron un minuto de sosiego. Si el mar se hubiese calmado un poco habrían podido saciar la sed con el agua de la lluvia que inundaba la barca, pero, al no ser posible porque se mezclaba con la salada, la única solución que se les ocurrió fue desnudarse y escurrir los chorreantes uniformes sobre sus bocas. Como si las fuerzas de la naturaleza hubiesen esperado esa oportunidad, en este momento les cayó encima una ola gigantesca y, al tratar de salvar la vida sujetándose, soltaron la ropa y vieron como el mar y el viento huracanado se la llevaban dejándoles en calzoncillos. Sin embargo, no fue la única pérdida, pues al poco descubrieron que también habían desaparecido los remos.

Igual que el día anterior, la tormenta amainó y las nubes se abrieron con la llegada del alba. Al poco, el Sol apareció tras el horizonte dispuesto a tostarles de nuevo los sesos, pero en esta ocasión también lo haría con la piel, que ahora estaba desprotegida. Durante aquella segunda mañana, aparte de padecer retorcijones en sus vacíos estómagos, empezaron a sufrir las dolorosas molestias que les provocaba la deshidratación, la más desagradable de las cuales tenía que ver con sus lenguas, que se estaban hinchando y les impedían respirar con normalidad.

Hacia el sur y el oeste divisaron las costas de distintas islas que se encontraban demasiado lejos para intentar llegar a ellas, e igual sucedió con algunos barcos a los que hicieron señas pegando brincos y tratando inútilmente de atraer su atención con la esperanza de ser rescatados.

Mientras sus fuerzas se venían definitivamente abajo, también lo hizo el humor, y Quino empeoró las cosas acusando a Jon de haberle metido en aquel fregado. Si se hubiesen hallado en una situación distinta, el navarro quizás habría mantenido la calma e intentado tranquilizar a su amigo; pero ahora le replicó de mala manera y ambos terminaron enfurruñados dándose la espalda para no verse.

Entre Quino y Jon reinó un tenso y absurdo silencio que solamente rompieron cuando, también como el día anterior, las nubes monzónicas reaparecieron a media tarde.

“Chaval, parece que nos va a caer encima una nueva tormenta”, comentó el navarro dando pie a que Quino, tras haberlo reflexionado, le pidiese perdón por lo que había dicho por la mañana:

“Siento haberme ido de la lengua”.

“Tranquilo, tío, que esa trifulca no va a empañar nuestra amistad”, dijo Jon.

“¿Crees que sobreviviremos?”.

“Umm, yo diría que tenemos muchas posibilidades de palmarla; pero no olvides que en Filipinas hay miles de islas y también podría ser que la corriente marina nos llevase a alguna de ellas”.

“Con nuestra mala suerte, seguro que sería una isla que estuviese deshabitada”.

“Como Robinsón Crusoe y Viernes”.

“¿Quiénes?”, preguntó Quino dejando clara su limitada cultura y con ello dando pie a que Jon le hablase de la novela “Robinson Crusoe” y de su autor, el inglés Daniel Defoe, hasta que se armó la de Dios.

El amenazador preámbulo fueron unas nubes negruzcas que cubrieron de tal forma el cielo como para hacerles creer que el día hubiese terminado con antelación. Luego arreció un viento huracanado al que se juntaron inmediatamente unas olas terroríficas. Al mismo tiempo empezaron a caer rayos a mansalva acompañados de unos truenos ensordecedores.

“¡Joder, de esta sí que no vamos a salir!”, murmuró Quino santiguándose.

Cuanto sucediese la noche anterior se quedó en nada si se lo comparaba con lo que fue en realidad un terrible tifón como no habían visto nunca. Hora tras hora Quino y Jon estuvieron luchando por sus vidas. Hora tras hora dieron por sentado que iban a morir. Hora tras hora, mientras achicaban el agua que entraba en la barca, creyeron que aquella noche infernal no tendría fin. Hora tras hora se agotaron sus postreras energías.

La debacle llegó cuando les arrolló una ola monstruosa que lanzó a Quino de cabeza contra la borda dejándole inconsciente.

Al volver en sí y abrir los ojos, Quino vio la preocupada cara de quien creyó que era un ángel y, dando por sentado que había muerto, murmuró:

“Vaya, parece que estoy en el Cielo”.

El ángel, que era en realidad una encantadora chica filipina, sonrió y le aclaró: “No estás en el cielo, sino en la isla de Negros”.

No estás en el cielo, sino en la isla de Negros

Quino, que se encontraba todavía en la barca y tenía parte del cuerpo y las piernas hundidos en el agua que se había acumulado en el fondo de aquella, se incorporó y comprobó asombrado que su frágil embarcación había encallado en una playa de arena blanca cuyas plácidas aguas de color esmeralda resplandecían bajo los primeros rayos de un sol radiante que acababa de aparecer tras el horizonte. A corta distancia había un ligero catamarán junto al que chapoteaban varios niños. Donde terminaba la playa, había unas cabañas de bambú y, tras ellas, empezaba una densa jungla.

Durante unos momentos Quino contempló ensimismado y boquiabierto aquel maravilloso entorno, pasando la mirada de los niños a la playa y de ésta a las cabañas, pero retornándola siempre a la chica que seguía observándole sin dejar de sonreír como si le pareciese gracioso su asombro; así que su mente tardó un poco en dar la alarma al plantearse dónde estaría Jon.

“¿Has visto a mi amigo?”, le preguntó entonces a la chica, pero ella le descorazonó al responder con otra pregunta:

“¿Qué amigo?”.

“¡Mi amigo Jon!”.

“Lo siento, pero, aparte de ti, en esta barca no había nadie más”, dijo la chica dejando de sonreír al empezar a intuir lo que podría haber sucedido, pues sabía que el tifón de la noche anterior incluso había superado con su fuerza a los que asolaban frecuentemente aquellos mares.

Quino se vino abajo sollozando al adivinar que alguna ola habría arrastrado a Jon, y la chica, conmovida, le abrazó tratando de consolarle. Esta fue la primera vez que entrasen en contacto físico, pero no sería la última, porque Quino pasó el resto de su vida junto a ella y no abandonó jamás la isla de Negros. Entre los hijos que tuvieron se hallaba mi abuela, quien, cuando yo y mis hermanos éramos pequeños, siempre nos contaba las aventuras de aquel valenciano al que las circunstancias habían traído hasta aquí.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.