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“¿Hace mucho tiempo que vives en esta casa?”.

“Más o menos unos seis meses; pero fui el primero en llegar, así que aquí mando yo, perro pulgoso”.

“Umm, parece que vas de prepotente”.

“En cambio yo opino que, al pertenecer a la aristocrática familia de las panteras, estoy demostrando tolerancia y afabilidad por el simple hecho de relacionarme con alguien de casta baja como tú”.

“¡¿Yo de casta baja?!”.

“Todos los perros los sois, y eso sin mencionar que babeáis como camellos encelados y hedéis como la carroña que tanto os gusta comer. ¿O acaso has olvidado que eres un carroñero y si no te pusiesen un plato de rancho delante serías capaz de tragarte el cadáver putrefacto de una rata?”.

“Lo dicho: vas de un prepotente subido. Además, no creo que exista peor hedor que el de la mierda y la orina gatunas”.

“Por lo menos los gatos nos tomamos la higiénica molestia de enterrar lo que cagamos; mientras que los perros, aparte de hacer el paripé lanzando patosamente un poco de tierra hacia atrás sin mirar adónde va a parar, dejáis vuestras asquerosas boñigas en medio de cualquier camino para que los demás sepamos que por ahí ha pasado un animal parecido a un chacal, pero que cagaba como un cerdo”.

“¿Sabes?, empiezas a caerme bien. Me gustan los animales con coraje”.

“¡Maldita sea, ya sólo me faltaba caerle simpático a un puto perro! ¡Pero ¿qué he hecho yo para merecer esto?!”.

“He dicho coraje en vez de cojones porque ya veo que te han castrado como a mí. Es el problema que tiene ser lo que lo humanos denominan animales de compañía, porque, a pesar de que nos lo dan casi todo, nos quitan lo más importante”.

“¿Adónde habrán ido a parar mis cojoncitos de terciopelo?”.

“Oye, tú no eres de aquí, de Valencia, ¿verdad?”.

“¿En qué lo notas?”.

“Para empezar, nunca había visto un gato valenciano que tuviese una cola tan ridícula como la tuya, que al final parece un signo de interrogación, o quizás un anzuelo enroscado o la empuñadura de un paraguas”.

“¡Qué mi cola es ridícula, ¿cómo te atreves?!”.

“Y para continuar, los gatos machos de esta tierra tienen la cabeza grande, mientras que tu linda cabecita estaría más acorde con el cuerpo de una gata”.

“¿Sabes?, perro apestoso, tú también empiezas a caerme bien; y te lo demostraré controlando las ganas que tengo de arrancarte los ojos de un zarpazo. ¡Qué cojones tienes al vejar de esa forma al que, por si lo has olvidado, es el jefe de este cotarro!”.

“¡Oh, perdón, mi señor, no quería ofenderos con mi sinceridad!”.

“¡Ja, si serás hijoputa!”.

“Anda, suéltalo. ¿A qué se deben esas peculiaridades físicas tuyas? ¿Naciste tarado? Umm, perdón, pero ya ves que soy un guasón compulsivo. ¿O es que acaso perteneces a una raza de gatos en la que todos son como tú?”.

“Felicidades, porque tras tan arduos e infructuosos esfuerzos, al fin has dicho algo inteligente; y te premiaré contándote que soy un gato malayo…”.

“¿De Malasia?”.

“¡Ja, no va a ser de Tombuctú! Y en Malasia, que es el paraíso de los gatos y, al contrario que los perros, los hay a millones, casi todos tienen la cola como la mía o ni siquiera pasan de tener un diminuto garfio. Te confieso que a mí también me parece ridícula y me tiene un poco acomplejado; además, debido a esa absurda forma, si me arrimo, pongamos por caso, a un mantel que cuelgue de una mesa, puede engancharse y arrastrarlo con toda la cubertería que esté encima. En cuanto a la cabeza, también es normal que la tengamos de ese tamaño, y los gatos de aquí me parecen grotescamente cabezudos”.

“Si no es indiscreción, ¿se puede saber cómo se las arregló un gato malayo para terminar residiendo en el País Valenciano? Porque supongo que, aparte de esas peculiaridades físicas, no tendréis también la de hacer migraciones y cruzar medio mundo como los patos”.

“No, no es así. Pero no pretenderás que te cuente mi vida, ¿verdad?”.

“Qué mejor manera pasar el rato hasta que nos den de comer”.

“De acuerdo, te haré una sinopsis de mi espectacular currículo”.

“El mío también lo es”.

Relato divergente. ¿Sabes?, empiezas a caerme bien
Relato divergente. ¿Sabes?, empiezas a caerme bien

“Bueno, después comparamos. Te confieso que me gusta mucho hablar de mí. Vamos allá. Mi santa madre nos parió a mí y a mis dos hermanitos en el granero de una granja de la que entonces no sabía que estuviese en una isla malaya llamada Pinang. A pesar de las precauciones que tomó mamá escondiéndonos en un rincón olvidado que había en el desván, el hijo del granjero nos descubrió cuando ya teníamos tres semanas y aquella noche vinieron a por nosotros: los granjeros son así. Solamente sobreviví yo. Lo logré saltando al vacío por una abertura del muro. Tras una caída de varios metros aterricé sobre un montón de escombros en los que pude esconderme.

A partir de ese día, al disponer de toda la leche de mamá para mí, me desarrollé rápidamente. Tenía prisa en crecer porque, desde la trágica noche en que mis hermanitos fuesen ejecutados, había decidido que abandonaría aquella granja en cuanto me fuera posible. Era un simple deseo, y tras él no había más planes ni, por supuesto, la menor idea de lo que iba a encontrar. ¿Quién hubiese podido imaginar, y menos un cachorro de campo como yo, que en cuanto empezase a andar ya no dejaría de viajar durante varios años y mi fina cabecita de gato malayo se llenaría de cultura mientras vivía un sinfín de experiencias?”.

“Me tienes intrigado”.

“Te lo contaré como si avanzase por el tablero de uno de esos juegos de salón que tanto gustan a los humanos, como el de “La Oca”. En la primera casilla, y cruzando una pradera de noche, tengo que trepar a toda prisa hasta las ramas de un árbol para escapar de una serpiente pitón que se me quiere zampar. En la segunda casilla ya me tienes lazándome desde las alturas del árbol al ver que la serpiente sube por el tronco con una facilidad asombrosa.

Tercera casilla: me acerco a un arroyo para refrescarme la boca y tengo el mayor susto de mi corta vida cuando un lagarto monitor, que no mediría menos de tres metros, se me viene encima con unas intenciones similares a las de la serpiente. Aunque el muy cabrón parecía patoso, en realidad era muy rápido; de todos modos, no pudo competir con la velocidad de un gatito cagado de miedo y me largué sin despedirme. En la cuarta casilla llego a la playa de una aldea: está amaneciendo y hay docenas de gatos por la arena que esperan la salida del sol tras el horizonte. Me trataron bien y me invitaron a comer pescado, del que tenían a montones porque la gente de aquel sitio se dedicaba sobre todo a la pesca.

La quinta casilla entraña otro tipo de peligro, pero como lo desconozco, caigo en la trampa al dejarme seducir por las caricias de una niñita muy dulce. Era la primera vez que me tocaba un ser humano y el contacto de sus dedos me hechizó. ¡Qué placer sentí, y también envidia al pensar en la suerte que tenían al disponer de aquellas extremidades tan útiles! Lógicamente, la niñita en sí no representa riesgo alguno, ni tampoco su madre cuando, en la sexta casilla, decide adoptarme porque así se lo suplicaba la pequeña. Pero sí es peliaguda y chocante para un lindo gatito de campo la serie de hechos que encuentro en las siguientes casillas. ¡Me meten en un coche! ¡Ah! ¡Luego me meten en el bullicioso tráfico rodado de la populosa capital de la isla, Georgetown! “¡Ah! Seguidamente me meten en un ascensor de cristal y subimos hasta el décimo piso. ¡Ah! Para terminar, me meten un apartamento que tiene el tamaño de una caja de zapatos y, desde las horripilantes alturas que veo a través de las ventanas, parece un nido de águila.

¡Ah! Pero lo peor de todo me espera en la doceava casilla y tiene la forma del dictatorial padre y cabeza familia: hombre iracundo que, cuando regresa por la tarde, se sube por las paredes en cuanto me descubre en su aséptica vivienda. La mala suerte me había juntado con el que quizás fuese el único malayo al que le asqueasen los gatos. Terminé el día en lo que era supuestamente la protectora de animales. En la casilla número trece, la recepcionista de aquel centro se hace cargo de mí y, mientras me engaña con unas hipócritas carantoñas, “¡Uy, que minino más majo!”, me lleva hasta una jaula que hay junto a la entrada del vestíbulo en la que se aburren una decena de gatitos parecidos a mí. Yo no veía claro de qué iba todo aquello y hubiese dado lo que fuese para encontrarme de regreso en la playa de los gatos.

En la casilla número catorce me entero de mi dramática situación cuando un hombre se lo pregunta a la recepcionista y ésta responde tranquilamente que, si no nos adopta alguien, al anochecer, o sea poco rato después, seremos sacrificados. ¡Maldita sea, aquella supuesta protectora de animales era en realidad un despiadado centro de exterminio! ¡Era injusto que me condenaran a muerte antes de empezar a vivir! Viendo como atardecía, le supliqué al Cosmos que detuviese el paso del tiempo; y aunque no hizo tal milagro, me salvó mandando dos ángeles en mi ayuda. Aparecen en la casilla número quince: se trata de un hombre y una mujer occidentales. Y por si no lo has intuido, te aclararé que son los mismos que nos llenan cada día el plato a ti y a mí”.

“¡Ah, eran ellos!”.

“Sí, eran mis futuros amos, suponiendo que los gatos tengamos amos. Entraron en el vestíbulo de la protectora de animales para preguntarle una dirección a la recepcionista. Entonces se fijaron en nosotros y quisieron saber qué hacíamos allí. Como bien sabes, chucho, son unos excelentes amantes de los animales, y se alarmaron al escuchar que nos mandarían al otro barrio en un santiamén. Ambos se acercaron a la jaula y todos los gatitos les dedicamos la danza de la seducción: “¡Mira que gracioso soy! ¡Por favor, sácame de esta mazmorra!”. Viendo que estoy aquí, ya habrás adivinado que me llevé el premio y que unos minutos más tarde abandonaba aquel maldito centro de exterminio gatuno.

Lo que no sabía, y jamás habría imaginado, era que mis salvadores, al contrario que la gente normal, estaban viajando continuamente de un país a otro y que yo iba a hacerlo con ellos. Tuve que aprender a controlar mi esfínter, pues desde ese mismo día hubo docenas de situaciones en las que me habría cagado de miedo. Por ejemplo, la primera ocasión en que navegué en una barquita por un mar embravecido, o cuando despegó el avión en que iba a cruzar medio mundo. ¡Qué miedo pasé! Sin embargo, el mayor terror lo sufrí yendo desde Francia a Inglaterra en coche, pues lo hicimos circulando por una absurdidad llamada “Eurotúnel” que cruza el Canal de la Mancha por debajo. Me puse tan histérico que tuvieron que sedarme, y lo mismo sucedió unos meses más tarde en el trayecto de regreso”.

“Supongo que habrá pocos gatos que hayan ido en barca y volado en avión”.

“Y también he viajado en tren, en barco, en autocar, y en una moto con la que recorrimos Laos de arriba abajo. Tras esos primeros sustos del principio, me acostumbré a todas esas formas de viaje. Me gustaba mucho contemplar el paisaje; pero, de todos modos, te confieso que suspiré aliviado cuando mis salvadores me trajeron a esta casa en medio del campo y supe que íbamos a permanecer en ella una buena temporada. Es el sitio perfecto para un lindo gatito, sin serpientes ni lagartos que traten de zampárseme mientras doy un paseo por los alrededores. Sí, me felicito por estar aquí”.

“Pues si tú te felicitas de encontrarte aquí después de haber visitado cincuenta lugares maravillosos, imagina cómo se ha de sentir un perro como yo que las ha pasado canutas”.

“Creía que nuestros salvadores simplemente te habían adoptado como a mí, y punto”.

“Sí, y también me sacaron de una jaula; pero fue después de haber padecido un sinfín de infortunios”.

“Cuenta”.

“Nací en una casa de Valencia que tenía un gran jardín por el que estuve jugando felizmente con mis hermanitos hasta que, como te ocurrió a ti, se encaprichó de mí una niñita y terminé residiendo en un piso ruidoso y hediendo, con unas gentes que no entendían nada de perros: muchas veces se les pasaba por alto sacarme a la calle para que mease y cagase y me daban de palos cuando lo hacía inevitablemente dentro del piso. Durante una temporada la niñita estuvo obsesionada conmigo y me mareó con sus arrullos; pero luego se olvidó paulatinamente de mí y, con el transcurso de los meses, pasé a formar parte de la decoración. ¡Era un cachorro que no tenía oportunidad de correr libremente!

Si la madre de la niña ordenaba a su marido que me llevase a dar una vuelta por el barrio, él, que me odiaba, me arrastraba tirando de la correa sin darme opción a olisquear un poco. Nunca recibía cariño de ninguno de ellos y esperaba ansioso las visitas de un pariente más sensible que siempre me rascaba la cabeza. Lo que sí me daban era palos, pues, con razón o sin ella, lo solucionaban todo a lo bestia. A pesar de que no me hablaban ni trataban de enseñarme el mínimo vocabulario, pretendían que entendiese sus órdenes y me calentaban si no las cumplía. En fin, que mi domicilio, mis amos, mi vida, y también el miserable rancho que comía, era todo la misma mierda.

No obstante, al ser un perro con carácter de perro, me alegraba tener un sitio, un techo, un territorio, llámalo como quieras, en el que vivir, pues no puede haber nada peor para los de mi especie que ir perdido por el mundo. Y esto fue precisamente lo que me sucedió cuando mis “amables y compasivos” amos se cansaron definitivamente de mí. Una tarde el marido me sacó de casa. Pensé que todo era normal hasta que, en vez del recorrido habitual, me llevó a un garaje y me metió en su coche. Aunque mis días fuesen terriblemente soporíferos, aquel cambio de rutina me acojonó. Salimos de la ciudad, tomamos una carreterita que pasaba entre unos trigales salteados de naranjos, y al poco nos detuvimos. De entrada, aquel desagradable hombre convirtió en realidad mis dos sueños dorados al quitarme el collar y permitir que corriese libremente; pero luego también convirtió en realidad la peor de las pesadillas perrunas cuando arrancó de pronto el coche y se largó sin decir adiós.

Más que asustarme, en el primer momento me quedé bloqueado porque me resultaba incomprensible que me hubiese abandonado. ¡Una cosa era que me tratase mal y me alimentase peor, y otra muy distinta que se librase de mí por las buenas, condenándome a un suplicio inimaginable! Contemplé como el coche se alejaba y esperé inútilmente que girase para regresar. Pero se perdió de vista y continué plantado en el mismo sitio, aunque me aparté un poco de la carretera cuando estuvo a punto de atropellarme un camión que pasó atronando.

¿Qué iba a hacer un perro que no sabía nada de la vida y aún era demasiado joven para defenderse? Umm, ¿sabes qué?, haré como tú y te contaré el resto de mi currículo como si jugase a “La Oca”. En la primera casilla me tienes a mí de noche acurrucado y temblando de miedo dónde me había dejado mi amo. En las dos siguientes casillas puedes comprobar que, aconsejado por el temor y la desorientación, permanezco dos días más en el mismo sitio. Umm, te advierto que los siguientes eventos de mi desafortunada vida podrían herir la sensibilidad de un lindo gatito”.

“Anda, no te cortes, que yo he visto de todo y no me asusto de nada; bueno, de casi nada…”.

“En la cuarta casilla estoy galopando con la cola entre las piernas mientras cae sobre mis espaldas la lluvia de piedras que me arrojan unos chavales. En la quinta casilla recibo una tanda de mordiscos por parte de un par de rottweilers, de los que me salva un tipo que los aleja a palos. Pero, ¡ay Dios!, en la sexta casilla este mismo hombre me coloca un collar y lo ata a una cadena de un metro que está adherida al muro de una granja aislada en medio del campo. En la séptima casilla puedes ver cómo me aburro mortalmente durante días y más días, que paso en absoluta soledad, pues mi nuevo amo sólo hace acto de presencia una vez a la semana para llenarme la perola de rancho y el tanque de agua.

Si estás creyendo que mi situación no podría haber sido peor, te equivocas: fue así cuando aquel tipo insensible dejó de venir. En la octava casilla ya estoy en los huesos y esperando la muerte mientras lamo las últimas gotas de agua. En la novena casilla recobro la esperanza gracias a la aparición de un joven excursionista que se apiada de mí y me libera. Pero en la décima estoy de vuelta en el infierno, y más concretamente en una de las jaulas de la protectora de animales, donde, igual que te ocurrió a ti en Georgetown, acabo de enterarme de que, a menos que sea adoptado rápidamente, mis días estarán contados. Sí, amigo gatuno, aquel sitio también era un centro de exterminio encubierto en el que, como me contaron los otros entristecidos perros, que habían padecido unos infortunios parecidos a los míos, ninguno sobrevivía más de una semana.

En la onceava casilla me hallo en el quinto día de mi estancia allí: sé que no veré ponerse el sol y sufro una depresión colosal. Para terminar, en la casilla número doce, pego brincos de alegría mientras nuestros salvadores me sacan de la jaula. Cuando los vi entrar me fijé en sus destellantes áureas y adiviné que mis penas habían terminado. Sí, gatito malayo, tú llegaste a esta finca después de pasearte por el Paraíso, pero yo lo hice tras haber permanecido en el infierno español, país en el que mucha gente destaca por su insensibilidad y falta de empatía hacia los animales. Y si nuestros salvadores te parecen angelicales y esta casa, maravillosa, imagina cómo me he de sentir yo…”.

“¡Songkran, Bambú! ¡A comer!”.

“¡Hostia, nuestra salvadora ya tiene la cena a punto!”.

“¡Vámonos, que nos vamos!”.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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