Relato divergente. Siempre llevaba con ella una foto

Esta es una historia de amor y de odio, la de una mujer de Madagascar que jamás creyó que su parte emocional estuviese dominando a la racional, o que los actos de su vida fuesen solamente un cúmulo de reacciones sin sentido. Es, en fin, el relato de una persona bastante normal, aunque su historia no lo sea.

Ella había sido en un tiempo una joven alegre que tenía muchos sueños, pero perdió la juventud, la alegría y los sueños al convertirse en la resignada esposa de un hombre que jamás supo lo que era amar. Un hombre que aburrido de la vida familiar la abandonó después de tres años de matrimonio, dejándole como regalo dos hijos, una vieja camioneta ranchera, y una hipoteca a pagar en veinte años por una casa que se hallaba a las afueras de su pueblo y quizás no sobreviviría tanto tiempo.

Entonces la mujer pasó de amar con locura al que había sido el único hombre de su vida, a odiarlo igualmente sin límite. Encontró en ello una razón para sobrevivir, y los deseos de venganza le dieron fuerzas para sacar adelante su casa y sus hijos.

Los dos niños, que se llevaban tres años, daban sentido a la vida de la mujer. El mayor era guapo, seductor, fuerte y sano. El pequeño, como sucede habitualmente, había sido su preferido desde el mismo día en que nació y, tocada por su vulnerabilidad, humanidad y delicada pureza, le entregó todo el cariño y amor.

Siempre llevaba con ella una foto en la que el niño tenía en las manos una guitarra, que no sabía tocar, y sonreía a la cámara de una forma encantadora.

Relato divergente

Debido a que los hijos crecieron en una época de grandes dificultades económicas para su país, la mujer tuvo que lavar, coser, plantar y cosechar para juntar unas monedas con que pagar las necesidades familiares, como la ropa, los zapatos o los libros cuando sus hijos empezaron a ir a la escuela.

Fueron diez años de vacas flacas, pero, como todo, acabaron pasando, y la mujer madre empezó a mirar hacia el futuro con más confianza pensando filosóficamente: “Podría haber sido peor”. La pobre no sospechaba que lo peor todavía estaba por llegar.

Sucedió en una calurosa tarde de verano, silenciosa si nos olvidamos del canto subido de tono de las cigarras. En aquella estación, la mitad de los habitantes de los alrededores se daban cita diariamente en un lago que había cerca del pueblo. Sentados bajo las sombras protectoras de los árboles, los hombres jugaban a las cartas, las mujeres charlaban haciendo calceta, y los jóvenes nadaban o inventaban grandes aventuras persiguiéndose por los bosques de los alrededores.

La mujer madre mantenía sistemáticamente la mirada en sus hijos sin perderse la cháchara del grupo de mujeres. Como tantas veces, los dos muchachos se mantenían apartados del resto, dedicándose a sus juegos particulares dentro del lago. El mayor, ya de quince años, salía en aquellos momentos del agua mientras el pequeño seguía nadando a unos veinte metros de la orilla.

“Ahora le entrarán ganas de mear”, pensó ella conocedora de las costumbres de sus chicos, y contempló sonriendo como él se encaminaba hacia las matas más próximas buscando intimidad. Entonces miró de nuevo al pequeño e, inmediatamente, se alarmó al advertir que su chapoteo había cambiado de ritmo, ahora era descontrolado y resultaba evidente que el chico sufría alguna dificultad.

Ella se levantó de un salto desparramando por el suelo cuanto tenía en las manos, dio unos pasos y se detuvo al ver que se hallaba demasiado lejos como para hacer algo; así que se volvió hacia su hijo mayor, al que vio regresar satisfecho después de mear, y le gritó: “¡Corre, ayuda a tu hermano!”.

Sus voces lograron atraer la atención de todos los presentes, quienes, propulsados al unísono, se levantaron mirando hacia el lago, donde el agua arrastraba al chico apartándole de la orilla.

El mayor miró primero a su madre, luego a su hermano, y, tras comprender lo que pasaba, se dirigió rápidamente hacia el lago. Pero entonces, como si una visión estallara dentro de su mente, se detuvo paralizado a pocos metros del agua contemplando como su hermano pequeño era succionado por las aguas, y levantaba desesperadamente los brazos antes de desaparecer definitivamente bajo ellas, mientras su madre gritaba histérica: “¡Sálvalo! ¡Sálvalo imbécil!”.

La mujer echó a correr con los ojos llenos de lágrimas. Debido a las prisas, olvidó lo empinado que era el camino. Tropezó y terminó por los suelos lastimándose y perdiendo el conocimiento por unos momentos.
Cuando volvió en sí vio que los hombres rastreaban inútilmente con una lancha el lugar donde se había hundido su hijo: el pequeño cuerpo había desaparecido tragado por el lago, que no iba a devolvérselo.
Andando como hipnotizada, ayudada por varias amigas, se acercó hasta que sus pies estuvieron dentro del agua. Desde la barca le llegaron silenciosas y desesperadas miradas.

“¡Dios mío!”, gritaba la mente de la mujer. “¿Por qué él?! ¡¿Por qué mi único amor?!”.

En aquel momento vio a su hijo mayor, todavía inmóvil, temblando y con el rostro cubierto de lágrimas. Cuando las de la mujer se secaron, se acercó a él y, cogiéndole por los hombros, le sacudió con la cara muy cerca de la suya, y le espetó:

“¡Imbécil de mierda, cobarde asqueroso, inútil; él valía el doble que tú!”.

De todos modos, el venenoso mensaje no llegó a los oídos del chico porque se había quedado sin aliento, sin sangre y con la mente bloqueada al ver la terrible mirada de odio que ante sí tenía. El muchacho, que no había sabido del odio más que por el diccionario, y que hasta entonces sólo había recibido de su madre amor y cariño, ahora estaba enfrentado a él, al odio, y a ella, su madre, de una forma tan terrorífica como para sufrir con ello, y en el mismo día, el segundo choque más fuerte de una vida, que solamente empezaba.

Aunque la mujer y su hijo jamás olvidaron aquel terrible día de verano, nunca hablaron acerca de lo ocurrido, a pesar de que inconscientemente fuese a guiar sus vidas. La trastocada madre odiaba al joven, pero nunca volvió a insultarle. Él se culpaba silenciosamente y evitaba mirar la foto enmarcada de su difunto hermano con la guitarra en las manos, que su madre había colgado en el comedor. Ambos vivían con el fantasma del pequeño flotando sobre sus cabezas.

Al ver a su hijo, ella se engañaba diciéndose: “Simplemente no le amo, eso es todo”. Como madre era incapaz aceptar que le odiara con desesperación, y jamás fue consciente de que, a través de los años, se dedicaba a amargarle la vida de las maneras más sutiles, sin darle opción a una queja y evitando que una chispa de alegría o agradecimiento llegasen a él a través de ella.

Excusándose en las necesidades económicas, se negó a que el muchacho continuase con sus estudios y le encontró empleo en una gasolinera que no se hallaba lejos de su aislada casa. Además, haciéndole responsable de todas las tareas domésticas, logró tenerle ocupado en cada momento mientras ella descubría más y más dolencias por culpa de las cuales no podía moverse de su mecedora.

Con tales aderezos, el muchacho se hizo hombre sin tener amigos ni tiempo para pensar o soñar. Como únicas y secretas aficiones, encontró la observación de los pájaros y la creación de simplonas poesías. No dudó ni por un momento que su soltería y la plena dedicación a su madre fuesen un deber, una culpa a pagar, que equivalía a una cadena perpetua, a pesar de que no hubiese habido un juicio ni un veredicto.

Al no recibir amor, el muchacho no aprendió a amar. De todas formas, y afortunadamente, tampoco aprendió a odiar a la que hubiese sido la única posible destinataria de su odio, la mujer, su madre.

Nunca recibió de ella una sonrisa o un respaldo animoso. Nada parecía satisfactorio a los ojos de la mujer, por mucho que él se esforzase o mejorase; ni tan siquiera admitió que las muchas horas de trabajo diario de su hijo habían aportado al fin un cierto confort económico que desconocían desde hacía años.

La mujer envejeció viendo encanecer prematuramente a su hijo, y se regocijó en su amargura. Él se convirtió en un adulto triste, sin vida y sin recuerdos.

Ella seguía haciendo uso de la eterna camioneta familiar, que todavía se hallaba a nombre del marido desaparecido, y obligaba a su hijo a desplazarse en bicicleta. Una tarde lluviosa en que se dirigía al pueblo para hacer unas compras, al tomar una curva se encontró de pronto con un anciano de largas barbas que la saludaba desde el centro de la calzada, pero levitando a un metro del suelo. La mujer dio un giró brusco al volante mientras clavaba los frenos, la camioneta salió despedida de la calzada, descendió por un terraplén de pocos metros dando un par de vueltas de campana y terminó su alocada carrera chocando contra un gran árbol.

La mujer yacía sin sentido con parte de su cuerpo colgando de una ventanilla; la sangre corría por su cuero cabelludo y le cubría la cara; también las piernas sangraban y estaban llenas de cristales rotos. De pronto se sintió liberada de su cuerpo y creyó flotar. En realidad, sintió que no sentía. Luego se vio a sí misma desde arriba, como si se hubiese transformado en un pájaro que se hallara sentado en una rama plenamente dedicado a observar los resultados de un accidente de tráfico. No se preocupó o sufrió mínimamente, pues estaba demasiado extasiada por haberse liberado de tantas dependencias físicas, especialmente de aquel pesado odio. ¡Qué carga!

Estaba mirando una rueda que todavía daba vueltas cuando vio de nuevo al viejo barbudo. Éste, que continuaba levitando, se había acercado al vehículo y le hacía señas con una mano. ¡Pero no se dirigía a su cuerpo roto y tirado en la camioneta, sino a ella, a su yo que gozaba del espectáculo subido en una rama!

“¿Que vaya?”, se preguntó ella. “Sí”, respondió el viejo sin palabras. “Sígueme”.

Sin dudarlo, ella se olvidó de su cuerpo necesitado de ayuda y fue con él. Cruzaron un mundo sin gente y llegaron al lago que ella tanto conocía, adonde jamás había regresado. Allí vio reunidos a todos sus amigos y vecinos de mucho tiempo antes.

“¡Pero si hay gente que murió hace un montón de años!”, pensó asombrada sin asustarse.

“Nos hallamos en el día más amargo de tu vida”, le dijo el viejo mirándola en silencio. “Te voy a mostrar que la vida es un laberinto de circunstancias y cruces de caminos de los que no entendemos nada, y por los que nos movemos perdidos y a ciegas. Te voy a mostrar otra posibilidad de tu vida, la que tú crees haber deseado siempre”.

Siguiéndole, pasaron entre diferentes amigos que no se apercibían de su presencia. Entonces se vio a sí misma treinta años más joven, y a sus hijos nadando. Cuando el mayor fue a mear, las aguas decidieron tragarse al pequeño, formando para ello un remolino que le succionara. La mujer se vio gritando a su hijo mayor: “¡Corre, ayuda a tu hermano!”. Aunque el chico avanzó un trecho, se detuvo instintivamente al oler el peligro. Sin embargo, ahora, en una versión distinta de los hechos, la mujer vio que echaba de nuevo a correr al oír los gritos de su madre y sus piernas se hundían en el agua salpicando. Se puso a nadar inmediatamente con fuerza y estilo, pero cuando llegó allí, su hermano ya había desaparecido de la vista.

Entonces se sumergió con la seguridad del experto nadador. Transcurrieron unos instantes de silencio absoluto en los que los amigos y los vecinos no se atrevieron a respirar hasta que, al comprobar que los segundos sumaban ya un minuto, todos empezaron a correr, muchos de ellos gritando al unísono, mientras ella, la mujer madre, se ponía más histérica con el paso del tiempo.

El viejo se alejó del lago y del drama, y ella le siguió sin sentirlo. Poco después se acercaron a la casa familiar, y la mujer vio que se hallaba mejor cuidada y pintada que nunca, que el jardín era una joya y que todo parecía más rico de cómo ella lo hubiese conocido. De la casa salieron corriendo tres niños, y tras ellos una mujer joven tan desconocida como los pequeños. Todos reían llenos de alegría, y ella, la mujer madre, los observó sin envidia, aunque sí con cierta melancolía.

Olvidándose de la casa, el viejo siguió por la parte trasera del jardín y cruzó unos huertos. La mujer vio una cabaña que no recordaba y se preguntó si sería un refugio para los pastores de paso. Se veía extremadamente sucia, dejada y apedazada con chapas y plásticos. Frente a la puerta relucía un montón de botellas vacías, orgulloso trofeo de muchas borracheras.

Por la desvencijada puerta salió una vieja que parecía una bruja, pues vestía unos harapos, usaba como calzado unos pedazos de saco atados con cordeles y su pelo blanco parecía un matojo seco. Sin cerrar la puerta, que el viento movía como un abanico, la vieja marchó decidida hacia el pueblo sin molestarse en tomar el camino, simplemente tirando campo a través.

Solamente vieron disminuir el ritmo de sus pasos al acercarse a la tienda de comestibles, como si dudase. Al fin se decidió y, después de trepar los dos escalones, entró haciendo repicar la campanilla. Quien apareció en la calle unos momentos después fue el tendero, al que la mujer tenía por amigo de toda la vida, y llevando a la vieja por el brazo, tirando de ella con brusquedad, la plantó en medio de la calle antes de gritarle: “¡Vieja borracha! ¡Durante años he hecho la vista gorda a tus raterías y jamás me has pagado una factura! ¡Y todo por la pena de tus hijos muertos! ¡Basta! ¿¡Lo entiendes!? ¡Basta! ¡No somos responsables de tus desgracias ni tenemos porqué pagarte tu borrachera sin fin!”.

Dando la vuelta, el hombre entró en la tienda cerrando de un portazo.

Entonces la mujer empezó a comprender que la vieja andrajosa era ella misma. Al observar inquisitivamente al viejo barbudo que la acompañaba, éste se lo confirmó con una mirada. Efectivamente, la mujer madre hubiese sido aquella vieja de haber seguido su vida un rumbo distinto y haber perdido a ambos hijos; una mujer que se hubiera hundido en el alcoholismo como respuesta a su soledad y amargura.

Circunstancias por las que habría sido despedida de un empleo tras otro y acabado sin una forma de sustento. Que al final del descenso, incluso se habría quedado sin amigos. Y que, al no pagar la hipoteca, el banco le hubiese quitado la casa y ella se habría tenido que refugiar en aquellas tierras que no pertenecían a nadie, donde construiría su hogar a base de buscar en los vertederos y en casas abandonadas.

El viejo la guio de vuelta al lugar del accidente y la mujer vio que acababa de llegar una ambulancia. Los enfermeros habían colocado su cuerpo en una camilla y le estaban inyectando algo. El viejo volvía a hacerle señas, pero ahora eran de despedida. Entonces la oscuridad cayó sobre ella.

La mujer recobró el conocimiento en una cama del hospital comarcal. Su hijo, que estaba sentado en una silla junto a ella, dormía con la cabeza colgando y unas grandes ojeras recorrían su rostro. Lentamente empezó a notar el dolor que la dominaba; era un dolor atroz y desconocido para aquel cuerpo que se hallaba inmovilizado y cubierto de agujas y tubos. ¡Ah, como sufría!

Apenas removerse, unas botellas golpearon contra el metal del que colgaban y el ruido despertó a su hijo. Los ojos de la mujer madre se encontraron con los del hijo hombre, ambos sin amor, ambos agotados. Ella, sin fuerzas, pero odiando más que nunca al haber descubierto que su amarga vida no había sido la peor y que debería alegrarse por la fortuna de tener a este hijo, al que odiaba tanto como a ella misma por ser la prueba de su incapacidad.

La mujer fue dada de alta unas semanas después y la llevaron a casa en una ambulancia. Aunque recuperó paulatinamente la salud de su cuerpo, no ocurrió así con la fuerza, y se vio incapacitada para luchar, para transmitir su odio, el cual la fue dominando más y más al concentrarse en su interior.

La falta de oponente dejó más tiempo libre a su hijo, quien, aun cumpliendo con las tareas de siempre, pudo descubrir un poco la vida que hasta entonces le había sido negada. Se aficionó a leer novelas del Siglo XIX, en los desplazamientos hasta la biblioteca halló el cine, y su imaginación se desbordó gracias a esas nuevas ocupaciones.

La vida había cambiado para el hijo hombre y por primera vez se descubrió sonriendo ante la vida; era una sonrisa interna que acabó floreciendo en sus labios y lo acompañaba a todos lados para evaporarse solamente al cruzar el umbral de su casa.

Unos meses de esta nueva situación fueron suficientes para la mujer: había tenido tiempo para meditarlo y tomó una decisión que no quería retrasar. Una mañana se levantó, duchó y arregló; después se vistió con sus mejores prendas y, cuando su hijo partió hacia la gasolinera en que continuaba trabajando, bajó a la cocina, cerró puertas y ventanas, abrió los grifos del gas y, sentándose satisfecha en la mecedora, miró por última vez la foto de su difunto hijo pequeño, Luego entonó una cancioncilla que recordaba desde su niñez y se hundió en la nada.

En cuanto la mujer abandonó su cuerpo, se apartó asqueada sin volverse ni una vez y se dirigió encantada hacia al mundo de los muertos, donde fue recibida y admitida. A continuación, se vio rodeada de desconocidos, porque allí no se reconoce a nadie del mundo de los vivos.

Mucho tiempo después en aquel lugar sin tiempo, le pareció ver entre la multitud de difuntos al anciano de largas barbas que provocara su accidente de tráfico; apresurándose, logró alcanzarle, y lo detuvo cruzándose en su camino.

Ambos se miraron a los ojos durante un buen rato. En los de él brillaba una chispa juguetona. En los de ella todo eran preguntas.

Al fin la mujer rompió el silencio: “¿Quién eres tú? ¿Cómo te atreviste a alterar mi vida? ¿Quién te dio permiso para hacerlo?”.

El anciano, sonriendo, respondió: “Se me permitió saltar muchas normas, incluso las del tiempo, pero no fue para alterar tu vida, sino la mía, mamá”.

Fin.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.