Relato divergente. Mi amigo Andrea es un trotamundos como yo

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Yo me reúno de vez en cuando con mi amigo Andrea para tomar unas copas, fumar unos porritos y jugar partidas de backgammon. Pero esto sucede en contadas ocasiones porque él es un trotamundos como yo y sólo nos encontramos cuando se cruzan nuestros caminos, como sucedió hace poco en la histórica ciudad malaya de Malaca.

Andrea es toscano, pero creo que en sus cuarenta años de vida ha pasado más tiempo viajando que en su tierra. Al decir que viaja no me refiero a que vaya de un lado a otro en autobuses o trenes como hace un servidor, sino que cruza junglas tropicales por su cuenta y riesgo, o infinitos desiertos montado en un camello.

Así que no me asombré demasiado cuando en Malaca, y mientras dábamos cuenta de unas cervezas Tiger, me contó:

-He pasado los últimos meses con los habitantes de una encantadora tribu de Nueva Guinea que hasta hace poco tiempo tenían la extraña costumbre de asesinar a los desconocidos con quienes, primero, habían hecho amistad y los habían agasajado de la mejor manera.

-¿Y dormías tranquilo entre ellos?.

-Sí, porque las nuevas generaciones, aparte de que se avergüenzan de las costumbres de sus antepasados, ya han sido contaminadas por el mundo moderno y les encanta la música de Cristina Aguilera y la de Nirvana.

-Curioso cóctel.

-Es que en aquella aldea sólo había un cedé de cada uno de ellos.

-¿Eso quiere decir que tenían electricidad?.

-Un occidental les había donado una placa de energía solar junto con un tocadiscos. Pero había olvidado darles también una batería y sólo podían usarlo durante el día.

-Y tú, tras haber ido hasta el fin del mundo, escuchabas a Cristina Aguilera en medio de la jungla.

-Exacto.

-¡Ja!

-¡Ja! Así es la vida. ¿Y tú que me cuentas? ¿Todavía sigues pasando la mayor parte del tiempo con los rinocerontes del Nepal y comiendo las setas mágicas que crecen en su mierda?.

-Sí, pero últimamente le he cogido mucho cariño a Malasia y otros países del Sudeste Asiático. ¿Y a que no adivinas a qué me he aficionado también?.

-Umm, cuenta.

-Me gusta averiguar, sin leer el texto, dónde han sido tomadas las fotos que aparecen en las revistas. Al haber estado en tantos países, casi siempre lo adivino, ya sea por la matrícula de un coche, la escritura o el anuncio de un cartel, por las caras de la gente o la ropa que visten, la arquitectura de las casas, etcétera.

-¡Ah, pues parece entretenido, y más si vas ciego perdido!.

-¿Quieres probarlo?.

-¿Tu puto jueguecito de las adivinanzas? De acuerdo.

-Bueno, tampoco creo que para ti sea un reto, pues estoy seguro que lo ligarás todo de entrada. Pero me gustaría que me dijeses qué detalles ves y si te trae algo a la memoria en la foto que te mostraré-, comenté cuando ya conectaba mi ordenador disponiéndome a seleccionar una foto que me había mandado recientemente el amigo valenciano.

Relato divergete. Mujeres jirafa etnia karenTal como yo había supuesto, Andrea sólo tardó unos segundos en exclamar:

-¡Caray, las mujeres jirafa de la Tribu Karen! Gentes que viven en el norte de Tailandia desde que huyeron de Myanmar tras hartarse de que los sangrientos militares de aquel país las puteasen, torturasen y en muchos casos fusilasen. Llevan esos aros en el cuello porque así sus hombres las consideran más atractivas. Qué locos estamos los machos humanos: en unos sitios les cortamos el clítoris a las hembras, o les rompemos y vendamos los pies. Y si no, las cubrimos de los pies a la cabeza y las esclavizamos. A veces me pregunto qué pensarán esas mujeres al ver la libertad que tienen las occidentales.

-Ya que mencionas a las occidentales”, le repliqué, “¿no te has planteado que los zapatos con tacón de aguja que calzan muchas de ellas se podrían comparar a otro tipo de tortura? Aunque en este caso sea por elección propia, para levantarles el trasero y marcar el pecho.

-Umm, eso es puro masoquismo. Quizá quien inventó esos sádicos tacones fuese la madame de un burdel, tratando de que sus chicas pareciesen más sexis.

-Vamos a dejar ese macabro tema y continúa contándome qué ves en esa foto.

-¡Ah!, y según ese cartel que hay por encima de las mujeres jirafa, la foto fue tomada en la muy norteña y también encantadora ciudad de Mae Hong Son, en la que yo pasé una temporada en el año 2013. En parte fui a parar allí huyendo del opio, y digo en parte, porque también hubo de por medio otra razón.

Oliéndome una nueva aventura de mi aventurero amigo, le escuché con atención.

-Yo estaba instalado en un pueblecito llamado Pai, que en aquel entonces era encantador. Tenía alquilada una moto y todas las tardes iba hasta una aldea de la jungla a fumar unas pipas de opio. Pero esa droga por antonomasia es la hostia de adictiva, y llegó un momento en que me quedé a vivir allí. Las gentes de aquella tribu eran muy hospitalarias, y unas semanas más tarde, el jefe, quiso regalarme a una de sus hijas para que me calentase la cama. A pesar de que soy un gran hijo de puta, me negué en redondo porque sabía que, cuando yo partiese, nadie se querría casar con ella y terminaría trabajando en un burdel de Bangkok. También adiviné que el jefe se lo tomaría como un insulto y decidí que había llegado el momento de cambiar de domicilio.

-¿Y te trasladaste a Mae Hong Son?.

Andrea no oyó mi pregunta porque tenía de nuevo la atención puesta en la foto, concretamente en la parte inferior izquierda de ésta, donde aparecía el nombre del fotógrafo que la había tomado, o sea el amigo valenciano; y exclamó:

-¡La hostia, ¿no me digas que quien te ha mandado esta foto ha sido Toni Ródenas?! ¡Ja, pero sí le conocí precisamente en Mae Hong Son, y creo que yo estaba junto a él cuando fotografió a esas mujeres jirafa!.

-¡Increíble!.

-El mundo es un pañuelo. No sé si se acordará de mí, pero podríamos mandarle un correo y contarle esta conexión cósmica que hemos tenido.

-De acuerdo. ¿Qué le diremos?.

-Escribe lo que se te ocurra sobre la marcha, que tú vas sobrado de imaginación.

Tras esperar unos instantes la llegada de las musas, escribí:

“Yo me reúno de vez en cuando con mi amigo Andrea para tomar unas copas, fumar unos porritos y jugar partidas de backgammon. Pero esto sucede en contadas ocasiones porque él es un trotamundos como yo y sólo nos encontramos cuando se cruzan nuestros caminos, como sucedió hace poco en la ciudad malaya de Malaca…”.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
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