Los seres humanos tendemos a creer que todos somos más o menos iguales a pesar de que en realidad seamos tan distintos como lo son los animales de diferentes especies, hecho que se da incluso dentro de una misma familia.

Yo soy una chica bastante inteligente y, gracias a que obtengo buenos resultados escolares en el instituto, tengo la esperanza de obtener una beca que me permita estudiar botánica en la universidad de Siem Reap, la ciudad camboyana en que vivo.

De todos modos, no soy la única de mi familia que esté interesada en la cultura, pues mi madre es farmacéutica y mi padre, médico. Ambos se conocieron cuando estudiaban en la universidad de Hanoi poco después de que el ejército de Vietnam invadiese nuestro país y expulsase a Pol Pot y sus secuaces del poder. Completando ese elenco de diplomados, mis dos tías maternas y un tío paterno también pasaron por la universidad y actualmente triunfan en las profesiones que ejercen.

La cultura siempre ha ocupado un lugar destacado en nuestra inteligente familia, pero, tal como estamos comprobando a diario, ninguno de nosotros alcanza el nivel necesario para lidiar con un genio. Antes mencionaba que los seres humanos podemos ser tan distintos como ciertas especies de animales, y en cuanto a los genios creo que son unos mutantes. Einstein confesó que las ideas geniales le caían del cielo sin el mínimo esfuerzo: de pronto estaban allí, entre sus cejas, y punto.

El encantador genio al que nos enfrentamos diariamente es mi hermanita, una muñeca con cara de ángel y ojos traviesos a la que mi madre parió con el don de investigar y aprender lo que fuese con la misma facilidad que otros, pongamos por caso, juegan al fútbol. Lo definiré con pocas palabras diciendo que siempre lo sabe todo. Y si hay algo que la sobrepase debido a su corta edad, de todos modos, te rebatirá acertadamente usando la lógica.

Relato divergente. Una niña muy inteligenteCon menos de tres años me pidió que le enseñase el abecedario. Solamente necesitó un par de horas para memorizar todas letras. Mientras yo se las señalaba en un libro, esta es la a y esta la b, ella ya las iba escribiendo en un cuaderno. Luego me agradeció la ayuda diciendo que a partir de ese momento se las apañaría sola. Y así lo hizo, pues aprendió a escribir y leer por su cuenta.

Con los números ocurrió lo mismo, pero, aparte de que ya estuvo sumando, restando, dividiendo y multiplicando en un santiamén, después se dedicó a hacerlo mentalmente. Sus juegos han tenido siempre dos facetas: la física y la mental. La verás arrullando una muñeca como hacen todas las niñas, y no imaginarás que, al mismo tiempo, esté sumando columnas de cifras con cinco dígitos.

Sin embargo, lo más extraordinario de ella es precisamente que en los otros aspectos sea una niña la mar de normal, alegre y simpática, que no sufre complejo alguno, como lo sería sentirse superior a los demás.

En su primer día de escuela a los cinco años, la maestra adivinó que aquella niñita le acarrearía problemas. Cada vez que hacía una pregunta a sus alumnas, mi hermanita levantaba inmediatamente la mano diciendo que sabía la respuesta. ¡Ja, a solas y en casa, había hojeado la extensa biblioteca de nuestros padres, sobre todo la enciclopedia general, y ahora almacenaba en su tierna cabecita tanta o más cultura que aquella pobre maestra que únicamente estaba capacitada para enseñar a los niños pequeños!
El director de la escuela tomó la sensata decisión de cambiar a mi hermana de aula y la puso con niños que eran dos años mayores que ella. Pero la nueva maestra se encontró con el mismo dilema: aquella dulce niñita tenía demasiados conocimientos y la ponía continuamente en aprietos.

Esa tarde el director citó a nuestros padres y, como si se lo recriminase, les preguntó si eran responsables de que su hija supiese tantas cosas y, además, las expusiese igual que una persona adulta. Mis padres sonrieron comprensivamente y le dejaron atónito al explicarle que ella había aprendido todo lo que sabía por su cuenta y riesgo.

El consejo de maestros acordó que lo mejor sería hacerle un examen evaluativo a mi hermana para determinar en qué nivel se hallaba. El resultado sorprendió a unos y otros, y ella terminó compartiendo el aula con alumnos de once años.

Otra niña que se encontrase en la misma situación, siendo la nueva entre niños y niñas mayores que no eran precisamente compasivos, quizás habría tenido problemas para salir adelante. Pero, claro, ése no sería el caso de mi hermana, que se ganó rápidamente el aprecio general. A pesar de que ahora ya no sobresaliese tanto, seguía siendo la que levantaba la mano con más frecuencia e incluso a veces rebatía al asombrado maestro. Esto podría haberle granjeado antipatías, o provocado que le diesen el apodo de sabionda, de no ser porque su encanto y simpatía arrasaban sin asomo de antagonismos hacia ella.

Hoy mi hermana ha cumplido los nueve años y ya se prepara para estudiar en el instituto. Hemos ido con el resto de la familia a quemar unas varillas de incienso en el templo budista que hay cerca de casa. Después, mientras charlaba con ella en el jardín del templo, me ha confesado sus planes futuros. Calcula que poco antes de los once años ya podrá empezar a estudiar en la universidad; pero no creáis que piense hacer una sola carrera, pues serán varias, y además compaginará esos estudios con los de yoga, música y danza.

¡Ah, sí, y también quiere ver mundo! Le he advertido que para estudiar y además viajar hacia falta mucho dinero. Me ha replicado que, como podía comprobar, hacerse rico dentro del sistema capitalista era bastante fácil. Y si lo habían logrado, por ejemplo, varios parientes nuestros que eran unos auténticos papanatas, para una chiquilla tan lista como ella sería pan chupado.

La fama de mi hermanita incluso ha cruzado las fronteras, y hoy esperamos la visita de unos psicólogos de Cambridge que desean conocerla porque nunca se había dado un caso parecido en alguien que padeciese el Síndrome de Down.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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