Relato divergente. Vestía un sari rojo

Éranse una vez dos hermanos gemelos que no parecían ni primos. Bueno, cuando nacieron sí que se parecían, por lo menos físicamente, pues eran idénticos; pero en cuanto abrieron la boca quedó claro que ahí habían acabado los parecidos, porque si a uno la teta materna le sabía a poco, al otro le sobraba con media.

Al que llamaron Juan le encantaba ser manoseado y besuqueado por tías y abuelas, mientras que el otro, Pedro, prefería aprender y jugar por su cuenta. Los padres hallarían a Pedro sentado en la cuna observando a su alrededor al mismo tiempo que Juan dormía plácidamente.

Cuando empezaron a gatear, Juan se movería encantado entre las piernas de los familiares, y a Pedro lo tendrían que buscar para encontrarlo investigando en el rincón más olvidado de la casa. Evidentemente, Juan era extrovertido, y Pedro, todo lo contrario. Juan deslumbraba con sus sonrisas y Pedro era la personificación de la seriedad llevando siempre algún asunto entre ceja y ceja.

Al año su semejanza física se había reducido a un, “Parecen hermanos, ¿no?”, porque Juan ya le llevaba unos kilos y unos centímetros de ventaja a Pedro, quien en general daba la impresión de ser menor.

Siguiendo tal camino, treinta años después Juan y Pedro parecían, como mucho, dos buenos amigos, que es lo que eran, porque sus diferentes caracteres y la vida que habían llevado les dieron unos físicos absolutamente distintos.

Nuestra historia empieza el día en que Pedro, delgado, atlético y con la cara de adolescente de los vegetarianos, regresaba al pueblo familiar en el autocar que venía de la capital y, descendiendo de éste, entraba con cuatro saltos en una tienda al otro lado de la calle en la que se encontraban, como todos los días, su padre, controlando la caja, y su hermano Juan sudando sus kilos de más mientras atendía los pedidos.

En cuanto Juan vio la cara seria de Pedro en la puerta, saltó ágilmente sobre el mostrador, dejando plantada a la señora del boticario, y abrazó al hermano que no había visto desde hacía quince meses.

En realidad ni habían sabido nada de él durante todo aquel tiempo; costumbre que se había convertido en algo habitual desde que Pedro desapareció de casa por primera vez cuando tenía solamente quince años. En aquella ocasión, cuando regresó tres años más tarde, solamente lograron sonsacarle que había estado “dando una vuelta por África”.

No sabían de qué vivía ni qué hacía, pero, de todas maneras, les tranquilizaba verle sano y cuerdo. Además, lo poco que contaba denotaba seriedad y unos conocimientos que superaban a los universitarios de Juan.

Una vez en casa y sentados ante el mejor guiso de su madre, Pedro dejó atónita al resto de la familia al comunicarles: “He conocido a la mujer de mi vida”.

La palabra que quizás definiera mejor la reacción que provocó tal noticia sería “inesperado”, pues tanto Juan como sus padres no le habrían imaginado nunca formando parte de una pareja. En realidad, por no imaginar, jamás habrían imaginado a Pedro con una mujer, porque para ellos era como si su vida de trotamundos incluyera algo parecido al celibato.

Sin embargo, la vida de Pedro había incluido de todo: un todo del que su pueblerina familia no tenía la menor idea y del que no entendería nada, aunque se lo pintasen. Las repetidas violaciones cuando viajaba como marinero por el Atlántico africano. La sangrienta revolución en el Congo. Los mercados de esclavos muy parecidos al de los camellos. Los años en Bangkok haciendo de macarra de dos dulces prostitutas. Y el Himalaya: ¿qué podría decirles a Juan y a sus padres la palabra Himalaya? ¿Cómo imaginar qué se sentía al andar a cinco mil metros de altitud con poco oxígeno? ¿Cómo imaginar la libertad en que se vivía en aquellas soledades? La dureza de la vida diaria, los baños con agua helada, el leopardo de las nieves persiguiendo a un ciervo, los santones meditando medio desnudos sobre la nieve, los torrenciales monzones, una avalancha de tierra que se llevó todo un pueblo y de la que él se salvó de milagro. Aunque lo intentasen, no podrían visualizar Aleppo, Varanasi o el Cairo, porque para ellos serían nombres tan abstractos como los de un médico dándonos unos datos técnicos acerca de la enfermedad sufrimos.

Tras la comida, y cuando llegaron a los postres, Juan se atrevió a romper el silencio, preguntando: “¿Nos la presentarás? ¿Cómo se llama?”.

“Se llama Vina y llegará mañana”, respondió Pedro.

La madre exclamó: “¡Qué nombres más raros le ponen a la gente hoy en día!”.

“Será un mote, mujer”, dijo el padre; “como el de tu prima Paqui, de la que nadie sabe que en realidad se llama María Francisca”.

“¿Es guapa?”, le preguntó Juan el solterón.

Pedro le sonrió por una vez y aseguró: “Sí, es muy guapa. Y Vina es su nombre real, y no un mote”.

“¿Es rubia o morena?”, quiso saber Juan.

“Morena, muy morena. Su pelo es totalmente negro, y lo lleva muy largo. Su piel es oscura, como la de todo el mundo en el sur de la India, más exactamente en Kerala, de donde ella es”.

La madre se quedó con la boca abierta. El padre se paralizó con un pedazo de melón en la mano. Juan disimuló su asombro centrando su atención en la manzana que pelaba y cortaba.

A pesar de la seriedad que Pedro mostraba exteriormente, sonreía por dentro al recordar los parecidos semblantes entre la familia de Vina cuando les hablaron del mismo tema.

“¡La hija de un brahmán casada con un cristiano occidental!”, había exclamado su futura suegra.

También pensó en que por aquel pueblo castellano de diez mil habitantes, donde vivía su familia, habrían pasado pocos extranjeros.

“¡Pero ¿qué dirán los vecinos?!”, preguntó de pronto la madre. “¡Mi hijo casado con una piel roja!”.

“No, mujer, las pieles rojas son las indias de América, y la chica ésta es de Asia, de allí donde pasan hambre”, le aclaró su marido, quien después, dirigiéndose a Pedro, dijo: “Tú siempre has sido un buenazo; seguro que ya te han encandilado pensando en venirse toda la familia para España como hacen los marroquíes”.

Pedro callaba. Qué decir. Además, había imaginado con antelación cuanto sucedería y los comentarios que se harían.

“Tendrás una foto suya, ¿no?”, le preguntó Juan.

Pedro sacó de su cartera una foto y la contempló con cariño uno momento: en ella aparecía una muchacha realizando una ofrenda. Era guapa para cualquiera que entendiese aquel tipo de belleza, tenía una figura esbelta, vestía un sari rojo, y llevaba flores de jazmín en su largo y negro pelo.

Relato divergente. El sari rojo

Pedro le entregó la foto a su hermano y, al advertir la simpatía que había en sus ojos, pensó que su mente no estaba tan cerrada como podría suponerse con el tipo de vida pueblerina que habría conocido.

Juan le pasó la foto a su padre, y Pedro adivinó que el buen hombre solamente veía el oscuro color de la piel de Vina.

“¡¿Me tomas el pelo o qué?!”, gritó “¡Qué piel oscura ni qué hostias! ¡Esta mujer es negra, negra como el carbón!”.

La madre le quitó apresuradamente la foto de las manos y lo primero que vio fueron los pies de la chica.

“¡Pero si va descalza!”, estalló como si hubiese visto el fantasma de su tatarabuelo.

“¡Dios mío, una salvaje viviendo en mi casa! Si mi padre levantara la cabeza…. Nosotros, parientes de los de Medinaceli, juntando nuestra sangre con una… caníbal”.

La pobre mujer rompió en llantos.

Pedro había supuesto que todo aquello iba a ocurrir, y también sabía qué le seguiría. Pero, aunque no le apetecía ni mínimamente pasar por ello, se había visto obligado por la madre de Vina, en cuyas manos estaba el poder decisorio sobre la boda de su hija. Allí mandaba ella sobre el padre, los abuelos, los tíos y los hermanos, y su palabra era ley. Y cuando al fin se dejó medio convencer por su hija predilecta, impuso una condición: “Quiero ver a los padres de Pedro bendiciendo la boda aquí en Kerala. Solamente aceptaré romper el sistema de castas que hemos seguido durante miles de años si se hallan presentes”.

O sea que para Pedro lo más difícil todavía tenía que empezar, porque si ya resultaba complicado lograr que sus padres diesen el visto bueno a la boda, convencerles para que viajaran a la India sería un milagro. Además, al creer que había transigido suficientemente al aceptar casarse para tener a la mujer que amaba, y habiendo accedido asimismo a sufrir este martirio castellano, decidió que no pasaría de ahí y que, si sus padres daban su aprobación, sería sin que él se vendiese un poquito más ni intentase persuadirles aportándoles más datos acerca del tipo de familia india que iban a conocer.

Aquella tarde, mientras los dos hermanos tomaban una cerveza en la taberna, Juan le confesó a Pedro: “Como podrás suponer, en este pueblo y con mis michelines, pocos roscos me he comido. En la universidad eché cuatro polvos, y se acabó. Cuando ando muy caliente me voy a follar a la casa de putas que hay en la carretera nacional. O sea, miseria. Miseria sexual, pero también miseria emocional, porque daría mi vida por ser amado, por oír, “Te quiero”, de los labios de una mujer que yo amase. No sabes cuánta envidia sana sentí al ver la foto de Vina. En mis sueños nunca me vi abrazando a una mujer de otra raza. No sé por qué, pero nunca se me había ocurrido. Mi corta imaginación no pasó más allá de la belleza latina al estilo de Ana Belén o Penélope Cruz, o de la nórdica en plan Michelle Pfeiffer o Uma Thurman; y hoy, al tener la foto de Vina en las manos, fue como si viese la Luz, porque su frescura, encanto y naturalidad me sobrecogieron y tocaron muy profundamente”.

“¿No te estarás enamorando de mi novia?”, le preguntó Pedro bromeando, y Juan respondió: “No, no es eso; es como si de pronto hubiese probado un tipo de comida desconocida hasta hoy y que su sabor, diferente a todo, fuese lo mejor que nunca hubiese saboreado”.

Pedro se emocionó, sonrió, y calló; y Juan continuó diciendo: “Voy a ponerlo todo de mi parte para convencer a los viejos, porque quiero conseguir que den su beneplácito a tu boda con Vina”.

“¿Y que vengan a celebrarla a la India?”, le preguntó Pedro con sorna.

“¿¡A la India!?”, exclamó estupefacto Juan, quien no había pensado en el tema. “¿Yo tendré que ir a la India? ¿Papá y mamá en la India? ¡Ja, tú estás loco! ¡Si para ellos haber ido una vez hasta Salamanca fue la aventura más grande de su vida y aún hablan de ello como si hubiesen cruzado las selvas del Amazonas!”.

“Pues es imprescindible, porque de otra manera no hay boda”, sentenció Pedro poniendo las cartas sobre la mesa.

El dicharachero Juan se quedó por una vez en silencio. Durante un buen rato estuvo contemplando la hilera de botellas de la taberna como si leyese los rótulos, y poco a poco fue dibujándose en sus labios una media sonrisa.

Como recordaréis, al principio de esta historia decíamos que el carácter de los hermanos fue absolutamente distinto desde el momento de su nacimiento: si Pedro era poco encantador y menos simpático al pecar siempre de sincero y cortante, Juan era, por supuesto, lo opuesto; y debido a que Juan era mucho Juan, todo aquello ya forma parte del pasado.

Juan, con sus dotes psicológicas, llevó a sus padres por dónde quiso. De todas maneras, no tuvo que esforzarse mucho porque los pobres no estaban preparados, ¿qué occidental lo estaría?, para enfrentarse a las artes seductoras de las muchachas de Kerala. Desde el momento en que Vina entró por la puerta sonriendo, los sedujo diciendo en perfecto castellano, sin el mínimo acento: “Buenas tardes, ¿cómo están ustedes?”.

Al ser preguntada dónde había aprendido su idioma, se limitó a responder con un enigmático: “Papá trabajó unos años en Madrid y yo fui a la escuela allí”.

Sus futuros suegros tradujeron esto de la forma habitual: “Serían emigrantes que juntaron unos ahorros y un poco de cultura. O sea que no son tan primitivos.”

Y empezó la gran aventura. Juan y sus padres solicitaron por primera vez los pasaportes, que enviaron después a la Embajada de la India en Madrid para conseguir los pertinentes visados. Luego adquirieron los billetes de Air India ligando con las fechas decididas para la boda.

Volarían de Madrid a Bombay y allí cambiarían de avión para ir hasta Trivandrum.

Era un viaje de lo más normal como los que hacían todos los días millones de personas, pero que representaba algo muy distinto para aquellos adultos que no habían salido jamás de su provincia. Más tarde confesarían que creían dirigirse a un poblado en medio de la jungla como en “El Libro de la Selva” de Kipling, pero, por el contrario, llegaron al rico vecindario y a la más lujosa de sus villas, la de nuestro padre.

A papá le sorprendió que Vina y Pedro no hubiesen aclarado a los padres de éste que el trabajo que había tenido en Madrid era como embajador de la India, que en Kerala había sido Ministro de Economía durante tres mandatos y que, profesionalmente, era abogado, aunque en aquellos momentos dedicara la mayor parte de su tiempo a una cátedra que tenía en la Universidad de Trivandrum, aparte de estar escribiendo un libro que nunca lograba terminar.

Mantuvieron tal charla sentados en el jardín mientras media docena de criados iban y venían sirviendo refrescos y tapas. Los padres de Pedro estaban boquiabiertos, y los míos sonreían encantados ante la facilidad con que los occidentales perdían la cara.
La madre de Pedro se quedó de piedra cuando la mía le explicó en perfecto castellano:
“No me dedico a las labores del hogar, pues nunca me gustaron, y actualmente soy vicepresidenta de una empresa dedicada a las telecomunicaciones”.

Como Pedro y Vina no les habían anticipado nada a los desorientados y, al fin, simpáticos padres de Pedro, también tuvieron que ser mis padres quienes les contasen que Vina trabajaba en el servicio diplomático, que había conocido a Pedro estando en Vietnam, y que después de la boda se trasladarían a su nuevo destino en Samoa Occidental.

Juan se mostró encantado con todo desde el primer momento, con el paisaje, con el calor, con la comida y con la casa; pero, sobre todo, estuvo encantado conmigo, la hermana gemela de Vina, de quien tampoco le habían hablado.

Juan se enamoró de mí desde el primer instante, y yo de él como sólo una mujer india puede enamorarse de un tipo gordito y dicharachero. Él no aguantó en España más que unos pocos meses; después de los cuales regresó a Kerala para casarse conmigo por el rito hindú y quedarse a vivir aquí, en nuestro idílico pueblo entre Trivandrum y Kovalam.

No obstante, el colmo de los colmos lo lograron sus padres, quienes, antes de que transcurriese un año desde de nuestra boda, alquilaron la tienda y la casa del pueblo castellano y vinieron a residir en Kerala. Ahora el padre de Juan y Pedro, o sea mi suegro, viste un lungui, y la madre lleva un sari.

Todos vivimos entre la mejor armonía en la casa sin fin de mis padres.

Pedro y Vina no, porque ella abandonó la carrera diplomática y ahora trabajan en un proyecto de las Naciones Unidas en las selvas de Borneo para proteger a los orangutanes.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.