Tailandia, ¿otra vez ‘paraíso salvaje’ tras esfumarse el turismo?

Mi amigo Joan es, según él, un tipo muy sencillo. Le gusta tomarse el cortado en el bar leyendo el Sport sin siquiera importarle los deportes, comprar regalos por Navidad por eso de las tradiciones y veranear en la Costa Brava porque va allí desde niño.

Por eso me sorprendí cuando, hace ya unos pocos años, me anunció que vendría a Tailandia. «Es un paraíso, ¿no? Alguna vez en la vida hay que verlo», me dijo. Había truco, claro. Joan se casaba y su futura mujer demandaba sí o sí viajar al que se había convertido en el destino tropical de moda entre los españoles.

Joan puede ser muy de su barrio y amante de sus costumbres, pero desde luego que no es un mentiroso ni un tonto. Al contrario, es un tipo muy honesto, y tras su viaje dio su veredicto: «Me aburrí, Tailandia es un país muy sucio y te tratan como si fueras un lerdo». Y no le puedo culpar de su opinión, aunque no la comparta.

Porque el bueno de Joan vivió las típicas dos semanas que casi todos los turistas de manual hacen. Sudó a chorros como nunca antes y se quemó la piel para entrar en un abarrotado Palacio Real donde hordas de chinos en viaje organizado se hacían fotos y gritaban. Pagó por ver las selvas del norte y se vio encima de un elefante odiándose por montar en él para luego visitar supuestos poblados indígenas donde hablaban inglés y le ofrecían bolsos falsos de Louis Vuitton. Y, cómo no, acabó en la sucia playa de Aonang haciendo excursiones de dudosa calidad a esos paraísos que no eran más que playas donde no cabía ni un alma.

Polémica imagen de cómo lucía Maya Bay, la mítica cala de la película ‘La playa’, antes de que tuviera que cerrarse al público. Foto: Niruth Darid Bannob.

No estoy de acuerdo con Joan, Tailandia es un país fascinante y por ello llevo diez años rondando por estos lares. Pero para encontrar parajes auténticos antes de la irrupción del Covid había que alejarse de toda la parafernalia turística. Lo de que las agencias turísticas tildaran al país de paraíso y luego llevaran a sus clientes a lugares como Patong era criminal.

Ahora, en cambio, la pandemia de este histórico 2020 ha puesto todo patas arriba. Tailandia ha estado libre de infecciones por Covid durante más de medio año, lo que hacía que hasta hace pocos días se viviera el día a día con normalidad, con la peculiaridad de que no podían entrar los extranjeros.

Recorrer Tailandia estos meses ha sido un lujo para los que estamos dentro, ya que hemos disfrutado de playas vacías en islas como Samui o el archipiélago de Koh Chang totalmente desértico. Por no hablar de lo fastuoso que luce el norte montañoso sin touroperadores chinos. El paraíso vuelve a ser real.

¿Son buenas noticias? Podría parecer que sí. No obstante, nada es tan bonito como parece.

Phuket sin turistas por el covid

La pobreza que trae el parón turístico

La semana pasada el Gobierno ofreció una mirada al futuro, cuando menos, bastante caótica. «No permitiremos que Tailandia vuelva a ser el país turístico que era antes del Covid». Así lo explicó el ministro de Gobernanza, quien añadió que resulta «decepcionante» que el reino siamés dependiera tanto del sector servicios.

Largas colas para cobrar la prestación por desempleo, una de las imágenes de Tailandia este año.

La excusa la ponen en que la dependencia del turismo en la economía era demasiado grande, ya que suponía el 20% del PIB siamés, pero se escudan en que el tan temido paro no ha sido dramático. Obviamente, se quedan solo con la superficie y no tienen en cuenta que un 10% de los trabajadores dependía directamente del turismo y muchísimos más de sus negocios paralelos.

Lo normal en Tailandia, para demasiados, es sufrir una brutal reducción de la calidad de vida y de los salarios. Hace un par de meses me mudé del apartamento donde viví siete años, y cuando vino una mujer a hacer la limpieza intensa para el cambio de dueño me sorprendió que fuera una ex recepcionista de hotel. Tras una vida en la industria turística tuvo que agarrarse a lo único que se le puso por delante.

Esa es la realidad para muchos en Tailandia, ahora que el turismo solo existe para el insuficiente mercado local. Es normal ver a guías turísticos vendiendo geles limpiadores de manos y, ante todo, infinidad de locales para viajeros cerrados. Patong, Chaweng o la otrora incombustible Khaosan son desiertos de imagen post-apocalíptica, aunque el barrio mochilero de Bangkok sobrevive acogiendo a adolescentes siameses.

El centro de Chaweng, en Samui, ha pasado de masificado a abandonado. Hasta las tiendas de conveniencia están cerradas.

Aquí viene la gran duda, ¿es mejor apostar por un mundo sin turismo o dependemos demasiado del negocio de los viajes? Si pudiéramos preguntarle al medio ambiente, quizás nos diría que lo dejásemos en paz y nos quedáramos en nuestros lugares. Pero no todo es blanco y negro, y en todo país hay viajeros que son más respetuosos con el entorno natural que muchos de sus ciudadanos locales.

Porque ahora viene otro problema: está en peligro la democratización de los viajes que tanto nos ha costado alcanzar y nos enfrentamos a un temido elitismo en el turismo. Eso es, precisamente, lo que algunos gobiernos como el siamés -no olvidemos que es un Ejecutivo que se hizo con el poder por las armas y manipulando urnas- pretenden llevar a cabo.

Tailandia ya lo ha puesto en marcha a su manera. Deja entrar a todo el mundo y ya permiten el acceso a turistas, pero antes les obligan a que se paguen de su bolsillo una cuarentena que cuesta más de mil euros. Eso sin contar que trataron de imponer como medida obligatoria tener 30.000 dólares o más en el banco, algo que tuvieron que descartar porque se les vio demasiado el plumero.

Muchos adinerados me dicen ahora que gozan de sueños obscenos con aumentos desmesurados de los precios de los hoteles y de los billetes de avión. «Así dejará de haber tantísima gente y demasiado muerto de hambre viajando por el mundo», me han llegado a decir. Ese es el peligro que yo veo, el del turista elitista. Que lo de viajar vuelva a ser un lujo al alcance de muy pocos.

Mi primer avión lo cogí con 24 años y fue para mudarme a Lisboa, tuve que servir muchas copas -muchísimas- en un bar de veraneo para poder pagarlo. Y me costó solo de ida lo mismo que pago ahora por ir y volver a Japón desde Bangkok.

La democratización de los viajes es la que hizo posible que un día yo empezara a recorrerme Asia, y también la que facilitó que me instalara en Bangkok. Sin las low-cost o los hoteles baratos yo no me hubiera pateado el continente oriental. Y si bien entiendo que hay demasiado turista por todo el mundo, no quiero olvidar que muchos hemos podido empezar a salir al planeta gracias a los precios populares.

Si el mundo decide encerrarse y no permitir que los viajeros vayamos de un sitio a otro, no solo dañaremos la economía de muchas personas y sus modos de vida. También retrocederemos como sociedad global y fomentaremos que florezcan los nacionalismos y los odios, tan presentes durante estos meses de pandemia.

La visión del gobierno tailandés y la realidad

Maya Bay, en la actualidad, tras años cerrada al público ha vuelto a ser un paraíso.

No vamos a decir que la industria turística sea un cúmulo de bondades. Para nada. Precisamente, hay muchísimos abusos en el sector y demasiados interesados en hacer dinero fácil. Y a veces es necesario pararles los pies a los especuladores.

El caso de Maya Bay, cuya foto encabeza estos dos párrafos, es el ejemplo perfecto. Tras una masificación infame, el Gobierno la cerró y ahora vuelve a ser un paraíso. Algo similar ocurrió en la isla de Boracay, en Filipinas, que ahora se explota turísticamente de manera diferente y controlada.

La mirada tailandesa es compleja. Por un lado, el sector trata desesperadamente de convencer al público y a las autoridades de que necesita volver a operar. Pero el Gobierno tiene otros planes.

El mismo ministro de Gobernanza explicó que, para él, «es inaceptable que Tailandia vuelva a estar como antes del Covid», y que su plan maestro es «ser más proactivos en atraer a inversores extranjeros» y captar capital foráneo. Algo muy en línea con lo del turismo elitista.

Lo tiene difícil el Ejecutivo siamés, no obstante. El país es conocido por su corrupción y se ha convertido en un lugar complicado donde invertir, con una burocracia infame y pejillera, precisamente gracias al aluvión de extranjeros que propició el turismo.

La solución quizás estaría en tratar de educar a los viajeros y turistas, pero eso siempre será difícil al tener que lidiar entre quienes quieren dejar entrar solo a aquellos de abultados bolsillos y los que desean abrir las puertas al todo vale y a dar rienda suelta a cuantas más trampas turísticas mejor.

Y si me preguntan a mí, ¿pues qué quieren que les diga? Solo reconocer que me muerdo las uñas por volver a viajar por Asia y por el mundo. Aunque Tailandia haya vuelto a ser un paraíso, como hemos dicho, para unos pocos.  

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve.