CON MOCHILA

Cantando en el bus entre aceites picantes: así fue mi tour chino organizado

En mis primeras veces en China hacer cola en el metro era una guerra por evitar que no se te colaran delante y los niños llevaban agujeros en los pantalones. Unas aperturas redondas que mostraban el agujero del culo. Así si llegaba la llamada de la naturaleza podían acuclillarse en cualquier sitio y soltar un regalo sin avisar a sus madres. Mas ecológico que los pañales.

Cuclillas China
China, donde acuclillarse es cultural

Eran tiempos más salvajes. Lo del made in China era sinónimo de cuestionable calidad y la mayoría aún pensaba que el rollito de primavera es el paradigma de la comida china. Bueno, aún hay quienes lo piensan. Pero ya en esos años se empezaba a decir que los chinos, poquito a poco, estaban saliendo del nido. Y que le estaban cogiendo el gusto a eso de viajar.

Niños China tienda
Unos majísimos niños chinos venden pitillos y gomas en Yunnan

De eso hace dos décadas y las primeras personas que me hablaron del despertar del turismo chino me ofrecieron una referencia bien socarrona. Eran ellos bien sajones y entre risas me dijeron «es que los chinos viajando son los españoles de Asia». Yo no entendía nada. Así que pregunté qué era eso de que fueran como nosotros.

―Ya sabes. Como vosotros los españoles. Banderita y bus.
―¿Viajando en grupo os referís?
―Eso. Y gritando mucho. En China también les encanta chillar.

Me acordé entonces que una vez en Sienna en el centro de la ciudad me topé con una treintena de turistas que hablaban mi lengua. Invadían la calle siguiendo a un guía que cargaba con una enorme bandera de la Rioja y cantaban a grito pelado canciones de Nino Bravo. Yo no sabía si pedirle a la tierra que me tragara o si superar la vergüenza y unirme a ellos con eso de que al partir un beso y una flor.

Pese al fanfarroneo de los hijos de la Pérfida Albión, la comparación tenía algo de sentido. A finales del siglo pasado, los españoles empezaron a viajar más y más, sin la experiencia de mercados turísticos más maduros como el del resto de Europa. Y normalmente la industria turística siempre tira del mismo manual al vender el mundo. El de los viajes organizados.

tour organizado en Barcelona
Un grupo organizado sigue al de la bandera en Barcelona

Es en esa forma de viajar bajo raíles y con todo masticadito cuando se plantan en la otra cara del mundo quienes no han salido nunca. Con los tópicos de siempre de cada país. Que si la gente es rara, que por qué cenan antes de las nueve y media. Y el más divertido de todos: ¿por qué no me entienden cuando hablo?

España fue de los últimos de la Europa occidental en viajar y eso se notaba. Y durante las últimas dos décadas los chinos han salido fuera con ahínco y sin duda se han hecho de notar. En Tailandia era muy divertido ver cómo dos chinos hablaban a gritos de una punta a otra del restaurante. O cuando uno de ellos se bloqueaba al ver que no le entendían en un 7 Eleven. Siempre liderados por guías armados con banderitas en las manos para dirigir a los rebaños. 

Tour organizado chino
Tour organizado chino en Chengdú

Si a lo de viajar de manera previsible le sumas que los españoles gritamos como los chinos o que nos gusta tanto la diversión a ambos lados del mundo, pues ya tienes la comparativa. En realidad ni ellos ni nosotros somos mejores o peores. Tampoco los del norte de Europa pueden dar muchas lecciones tras las trifulcas que montan en nuestras costas. 

Sin embargo lo del turismo de manual es algo que existe. Y que en China aún gusta y mucho. En realidad muchísimo. Muchos viajeros chinos ya se mueven a su aire, pero esos no destacan. Los que sí lo hacen son los de la banderita, como mis compatriotas de la Rioja.

China ha sabido mantener una muy pujante industria de viajes basada en lo que un amigo que trabaja en el sector y vive en Pekín desde hace 15 años quiso bautizar como el turismo previsible. Ese modelo en el que sabes lo que vas a ver, te llevan de la mano y vas a recrear lo mismo que han hecho otros miles.

Guerreros de Xi'an - Guerreros de XIAN
El colapso para visitar al ejército de terracota

Aquí siempre nos hemos resistido esa forma de viajar y el que escribe lleva una vida rechazándola. En China me he roto los cuernos para tomar buses locales y trenes en mitad de la nada para evitar la turistada. Hasta ahora.

En mi último viaje a China decidí que era el momento de sumarse a un tour organizado. Y no a uno para extranjeros, por supuesto que no. Sino a un viaje en bus y completo por y para chinos. Si venimos a jugar, que sea con todas las cartas.

Lo más divertido del asunto es que me encantó.

Las atracciones turísticas quíntuples

Hay que decir que la decisión de unirme a un tour chino sobre raíles fue una decisión de última hora. Estaba de viaje en Chongqing y quería ver sus alrededores. En otras regiones chinas basta con alquilar una moto e ir a tu aire, pero en la ciudad del picante y las luces de colores eso no es tan fácil sin licencia china. Como extranjero de visita estás relegado a las escúteres eléctricas, que no pueden con las subidas y bajadas de esta parte del país.

Mi plan era visitar a mi aire la garganta de Longshuixia, uno de los parajes más impresionantes de Sichuan. Las fotos que veía quitaban el hipo y me apetecía verlo con mis propios ojos.

garganta de Longshuixia
Mereció la pena llegar hasta aquí

La buena noticia era que debido a ser un lugar con cierta complejidad física, en la garganta de Longshuixia podría esperar encontrarme con menos hordas de curiosos haciendo fotos de postureo. Sin embargo, antes tenía que sufrir a la bestia: el turismo AAAAA de China.

A principios de siglo, el Gobierno chino quiso hacer de las suyas. Igual que se cambian nombres de ciudades para atraer viajeros, decidieron que las bellezas naturales del país debían ser clasificadas para orientar al visitante. Ponerles nota para demostrar su valía, como cuando entras a un restaurante y ves el obligatorio cartel del ministerio de Salud con una carita feliz o triste indicando su salubridad.

Por aquel entonces se usaba la distinción en el mundo del AAA o la triple A para definir al súmmum de lo que fuera. Pero cuando se pensó en el orgullo del país, en su historia, ¿cómo podía conformarse China con tan solo el máximo? Así que crearon otra categoría. Nada de triple A, los iconos del país debían ser quíntuple A. Qué menos.

Montaña nevada de jade en Lijiang
La montaña nevada de jade en Yunnan fue uno de los primeros AAAAA

Lo de ver tanta vocal junta en lo de las atracciones AAAAA hace que te marees si quieres contarlas. Pero es el símbolo de que es el lugar a visitar. Y para el turismo previsible chino, eso significa que atraerá a hordas de autobuses y guías con banderas.

En otras ocasiones he logrado visitar algunos de los lugares de China más espectaculares sin sufrir al turismo masivo. En Yangshuo e incluso en Yunnan me resultó fácil. Sé que en Zhangjiajie es brutalmente difícil. Y en otros iconos como el ejército de terracota en Xi’an he naufragado vergonzosamente.

Museo terracota China
El masificado museo de Xi’an y sus guerreros

Así que si no puedes vencer al enemigo, mejor unirte a él. No me iba a complicar para visitar la garganta de Longshuixia. Abrí Trip.com y busqué un tour organizado, qué mas daba. El asunto es que no había ninguno que fuera solo allí, así que tenía que unirme a alguno que en un día visitaría todos los iconos de la zona.

El elegido tour planteaba ir a Wulong a visitar tres puentes naturales y también el parque forestal de las Montañas de las Hadas. Y de rebote la garganta natural a la que yo quería ir. Si tenía que pasar por todo el intríngulis, que así fuese.

Había varias opciones de precio y condiciones. Algunas era ir en un coche privado con un guía, otras en grupos pequeños. Pero si había que meterse hasta la cocina en el asunto del turismo, la clave era ir a lo grande. Seleccioné el viaje en bus de más de 30 personas. Bien. Y para que la experiencia fuese total, lo seleccioné en idioma chino. A por todas.

Extremo madrugón y contacto digital

Al ser un tour en chino, el precio fue bastante económico. Unos 40 euros al cambio para un viaje que duraría más de 14 horas. Incluía supuestamente todo, aunque aquello era decir demasiado. Pero las entradas y los traslados estaban pagados, y el entretenimiento de la guía también. Hasta un almuerzo.

La noche antes me pidieron a través de Trip.com que les dijera mi usuario de WeChat. Primer escollo para quienes no disponen de cuenta en la súper aplicación sin la que en China no puedes vivir. Menos mal que la tengo y la uso constantemente. Me añadieron a un grupo de más de 20 personas.

Fotos en Wulong Kurst
El móvil lo es todo para el turismo chino

En dicho grupo todo el mundo hablaba en chino, pero tuvieron la deferencia de citarme en inglés mediante traductor automático cuando fue necesario. Todo un detalle. La noche antes había ya como 70 mensajes que no podía leer y solo uno en inglés. «Señor Luis, quedamos mañana a las 7AM delante del hotel Hyatt. Traiga su pasaporte y sea puntual».

Tremendo madrugón y tremenda vergüenza pasé. Uno se piensa que en otros lugares todos son tan desastrosos con la puntualidad como lo es uno mismo. Y sí, soy de llegar tarde. Pero vivo en el sureste asiático y estoy acostumbrado a que casi nadie llega a tiempo a una cita con un bus privado. Descubrí que en Chongqing no era así.

Chongqing skyline
Amanecía en Chongqing

Salí de mi hotel, que por fortuna estaba a cinco minutos a pie, justo a las 7 de la mañana. Aún tenía la vaga esperanza de encontrar una cafetería que me ayudara a levantar mi alma tras haber dormido poco más de cuatro miserables horas. Pero entonces reparé en mi móvil.

Desde hacía diez minutos, mi WeChat escupía fuego. Había un montón de mensajes y en casi todos se me citaba. «¿Dónde está el señor Luis?» se repetía constantemente. Diablos. Tuve que correr hacia el hotel que hacía de punto de encuentro y allí me encontré a un ejército de autobuses abandonando el lugar. Solo quedaba uno en tierra. Y junto a él se movía una mujer de unos 40 años estresada con una carpeta y un boli en la mano. Al verme se le iluminó la mirada.

Se abalanzó sobre mí y me extendió la carpeta, donde se leía a un montón de nombres en chino con sus firmas y el mío ahí, tan diferente, con una casilla en blanco. Le dije que me perdonase y firmé. De la mano me dirigió a toda prisa hacia el bus y me metió ahí dentro. Vi que estaba todo el mundo sentado ya y con los cinturones abrochados. Qué desastre.

Vejigas agradecidas en ruta

Pensé en justificar mi falta de seriedad comentándoles a los allí presentes que la culpa era de unos sajones, aquellos que veinte años atrás me dijeron que los chinos eran los españoles de Asia a la hora de viajar. Y que como tales pues esperaba que respetaran lo de llegar algunos minutillos tarde. Pero no me fiaba de que el traductor de mi móvil interpretara dicha broma de la mejor de las maneras.

Chongqing teleférico río
A esas horas por la ventana veía amanecer en Chongqing

Iba en ayunas y soñaba con el primer café de la mañana. Pero agradecí no haberlo tomado para no mearme en mitad de la ruta. Porque me di cuenta de que no había baño en el bus. Solo que pronto entendería que no lo echaría en falta.

China ha cambiado muchísimo en los modales y el respeto. Hace un par de décadas seguramente no hubiera sido yo el único tardón. Y seguramente algún padre hubiera sacado una botella vacía para que su retoño meara en plena ruta. Sin embargo, semejantes estampas ya no son tan habituales.

A día de hoy las colas se respetan y solo unos cuantos desalmados se cuelan sin pudor. Y el asunto de los gritos es igual. Ya no se chilla como antes en un bus, aunque quizás sea porque ahora existen los teléfonos inteligentes que emboban a cualquiera. Los baños públicos aún son agujeros mal ventilados, pero esa sensación de suciedad solo te invade cuando penetras en la privacidad de lo íntimo.

Baño público Pekín
Un baño muy ‘público’ en Pekín no apto para tímidos

Miré la distancia en Amap, la aplicación GPS de Alibaba, y decía que había un par de horas y media hasta Wulong, el primer destino. Bien. Y justo cuando iba a relajarme, la mujer que me había esperado estresada cogió un micrófono y se puso a vociferar en el bus. En chino mandarín, claro.

A toda velocidad puse el traductor en tiempo real para poder ver lo que decía. Comentaba que a mitad de camino pararíamos a comer, a las 12. No me salían las cuentas, era más del doble de lo que indicaba mi móvil para los más o menos 150 kilómetros. Enseguida entendí el porqué.

—Ahora hacemos la primera parada para ir al baño. Será de 30 minutos.

Llevábamos media hora y el bus ya se detenía por otra media. No iba a echar en falta el baño en el bus, no. Por supuesto, la parada era en una zona comercial enorme en mitad de la nada, con sus Starbucks y sus puestos de comida. No había otra cafetería que la estadounidense, y como me negaba a darles mi dinero, acabé comprando un par de latas en un súper. Las acompañé con un roujiamo, el bocadillo popularizado como la hamburguesa china. Fue el peor que jamás he probado en mi vida.

roujiamo china
Un ‘roujiamo’ de calidad en Xi’an. Este sí que era bueno

Ya de regreso en el bus, pasó otra media hora y la guía agarró el micro nuevamente, por lo que conecté de nuevo el traductor. Y vi que estuvo un buen rato hablando de las bondades de los lugares que íbamos a visitar. Pero, desgraciadamente, lo mejor no estaba incluido. Al menos según ella. «No querréis perderos el cine en siete dimensiones ni los paseos ni el teleférico». A mí por supuesto no me interesaban. Lo mejor venía justo después.

Guía en bus tour China
La chaqueta acompañaba a su gesta

Para amenizar el viaje, comentó, iba a cantar un par de canciones. Y como si nada se arrancó a capela y a viva voz. Sin música de fondo ni nada. Ella sola con su micro regalándonos su voz. No lo hacía mal, que conste.

Paramos de nuevo, cómo no. «Tenéis ahora 20 minutos para ir al baño». Quizás fuera por los desayunos aceitosos que algunos tomaron y que te envían rápido al baño, pensé. Pero no. Nada más salir del bus solo había un edificio, y ahí estaba una enorme taquilla rodeada de pantallas gigantes anunciando el cine de siete dimensiones de Wulong.

Fui al baño y en el camino tuve que decirle que no a un buen puñado de vendedores que querían ofrecer experiencias añadidas al tour. Sobre todo el cine. Eso sí, una tienda donde comprar café por supuesto que no había. Solo un puesto donde adquirir regalos y ropas tribales. Caí como un memo y le compré una falda a mi madre, aunque lo cierto es que la prenda es bien maja.

Chinos masificación
Una de las paradas hasta la bandera de gente

Montamos de nuevo en el bus y ya la siguiente parada sería para comer. Aun así, la guía fue uno por uno ofreciendo otra vez el endemoniado cine de siete dimensiones. Se comunicaba conmigo mediante el traductor.

—En días nublados como hoy, la montaña se ve más bonita en el cine.
—Mejor no —le respondí—. Si quiero ver una película me quedo en casa.
—Es mejor en el cine que en persona. ¿Y seguro que quieres caminar?
—Me gusta caminar.
—Hace calor. Y el camino es exhausto. Lo mejor es que compres el pase para el teleférico.
—Caminaré. Si en realidad lo que quiero es ir a pie por la garganta de Longshuixia.
—Por cierto, la garganta no da tiempo después de Wulong. Pero si quieres ir, te saltas lo de las hadas.
—Vaya. No me interesaba lo de las hadas. Así que haré eso.
—No está incluido el bus del traslado a Longshuixia. Son 50 yuanes, ¿me lo pagas ahora?

Así finalmente pudo colarme algún extra, qué menos. Dio igual. Y finalmente llegamos al merendero donde nos darían de comer. Había un sinfín de autobuses estacionados y nosotros llegábamos los últimos, quizás por mi retraso mañanero. Así que nos pusieron a la cola. Para amenizar la espera, nos vendían frutas de la tierra y otros tentempiés.

Fruta en China
Parecen naranjas, pero no lo son

En esta ocasión no piqué y esperé al manjar. Nos anunciaron que la comida sería a compartir en las habituales mesas chinas, esas que son redondas y se ponen los platos en una plataforma giratoria en el centro. Así puedes robarle al vecino su plato favorito.

Mesa redonda china
El manjar del día

Estaba ahí esperando mi turno cuando la guía vino eufórica a buscarme. «He encontrado a alguien como tú», me dijo con el traductor de manera efusiva. Volvió a cogerme del brazo y me llevó a una mesa donde había un buen puñado de chinos. No parecían como yo. Pero nada más sentarme una pareja sorprendentemente me saludó en inglés y me animó a compartir el almuerzo con ellos.

Eran chinos de Singapur, y por supuesto hablaban mandarín pero también inglés. Me comentaron que acostumbraban a viajar por China y que les gustaba ir en grupo. Me arrimé a ellos y cuando trajeron la comida la compartí con toda la mesa. Por supuesto, estaba compuesta de platos de Sichuan. Todos picantes y aceitosos.

Mientras engullía algo de mapo tofu en su salsa gelatinosa roja cargada de pimientas y guindillas la muchacha singapurense me dijo que le encantaba Barcelona, mi ciudad natal. Su marido añadió que lo único malo es que les robaron las maletas nada más llegar y que precisamente en ellas llevaban los pasaportes. No supe qué decir, pero ellos se rieron y cortaron el hielo. «No te preocupes, nos encantó España y su gente, volveremos». Y seguimos riendo entre platos aceitosos con guindillas.

La llegada a Wulong y sus tres puentes naturales

Habíamos salido a las siete de la mañana -bueno, unos minutos más tarde- y llegábamos al primer destino casi a las 14. Y ese era el momento en que uno quiere pensar que el suplicio ha merecido la pena. Aunque entre tantas paradas y las canciones de la guía, tampoco había sido algo pesado.

Wulong entrada Transformers
La entrada a Wulong es particular

La llegada a Wulong Karst es la habitual cuando te plantas en una de las atracciones quíntuple A de China. Muchísima gente, grupos organizados, banderines y cualquier esperpento que puedas imaginar. En este caso es una estatua gigante del robot Bumblebee.

La belleza de este lugar atrajo a los productores de Hollywood para rodar una de Transformers y dinosaurios metálicos. Eso hizo que Wulong pasara de tener unos pocos cientos de miles de visitantes al año a registrar desde entonces más de cinco millones. Cobrando entradas, cómo no.

Lo gracioso de que tengan ahí al bueno del escarabajo amarillo de dos patas es que las autoridades del parque natural se quejaron profundamente del supuesto maltrato de los productores con el parque. Pero si hay que facturar nunca está de más poner al robot. Al fin y al cabo, todo el mundo va a hacerse la foto con él.

Chinos turismo interno
Te señalan el paso

Las banderas nacionales y los ciudadanos que las usan para dirigir el paso dotan a toda la estampa de un turisteo que echa para atrás. Pero la realidad es que toda esta zona incluye tres puentes naturales preciosos para recorrer. Y a la que dejas atrás a las hordas, sabes que ha merecido la pena.

turistas chinos haciéndose fotos
Todo por las fotos

Lo bueno de que el turismo masivo chino sea previsible es que puedes adaptarte a él y evitarlo. Normalmente, en lugares como Wulong Kurst hay zonas donde todos los curiosos se amontonan para sacar la misma foto. Si evitas esos sitios en concreto, puedes disfrutar del paseo con tranquilidad.

Wulong Karst
Toda la naturaleza es apabullante

Solo por eso, había merecido la pena ir a los tres puentes naturales en Wulong. Porque más allá de un ascensor que baja como una escalera de caracol, toda la zona tiene una afluencia soportable de gente. Y aquí nuestra guía cantante no entró con los que no quisimos pagar por el extra correspondiente.

Foto en Wulong Karst
El que escribe tuvo su momento de postureo

Así que pude caminar por los tres naturales puentes evitando a las multitudes. Había visitantes, por supuesto. Pero no molestaban.

Puente natural China
Uno de los tres puentes, el que representa un pulgar

Y tras un par de horas no quería perderme la garganta que había decidido visitar. Busqué la salida, ya que me había desviado por los caminos secundarios. Eso sí, al regresar a la vía principal de repente volvió el gentío. Cómo no, por la enésima estatua de un Dinobot rememorando la película.

Dinobot en China
El tiranosaurio metálico en pleno parque

Lo cierto es que si el tour chino te deja en el lugar de marras a tu aire puedes disfrutar de la experiencia turística -no deja de ser un lugar AAAAA remozado y preparado- y disfrutar de la estancia. Aunque cuando te acerques donde la mayoría de viajeros veas estampas, digamos, muy particulares.

Turista chino
Si no quieres caminar jamás hay opciones de pago como los porteadores

Al llegar a la salida pregunté a la guía cantora cómo ir al destino que más me interesaba, la garganta natural, y me dijo que justo al regresar a la entrada habría unos buses que me llevarían hacia allí. Qué menos tras haber pagado el extra que me exigió. Pero me perdí y acabé haciendo media hora de subida por un barrio local donde no había nada. Por suerte encontré una tienda con cerveza Chongqing. La necesitaba.

La garganta de Longshuixia, motivo para el tour de grupo chino

La llegada a la garganta de Longshuixia nada tenía que ver con lo visto en Wulong Kurst. Aquí nada de Transformers fue grabado y, además, el paseo tiene cierta complicación. Hay muchas subidas y bajadas, tramos que atraviesan grutas, cascadas y mucho más. Por suerte, no hay porteadores.

garganta de Longshuixia
La garganta es ciertamente sublime

Para más inri, casi todo el grupo con el que había viajado no se presentó en la garganta. El truco del paquete era que decía incluir esta zona además de la del parque forestal de las Montañas de las Hadas, una maravilla por donde pasa una carretera con subidas y bajadas. Pero en realidad te hacen elegir. Y yo opté por la garganta.

Garganta de Longshuixia
El paso es a veces complicado y sumamente bello

No voy a decirte qué te ofrece la garganta de Longshuixia para convencerte a ir. Simplemente considero que es uno de los lugares naturales más bellos que he visto en mi vida. Y he pisado unos cuantos. Así que aquí nos queda una reflexión.

A muchos de nosotros nos parece que visitar lugares donde vaya el turismo pierde algo de magia. Preferimos perdernos por lo desconocido en lugar de explorar aquello que ha sido preparado para disfrute del visitante. Y creo que es un error dejar de visitar igualmente lo que es popular.

Las pirámides egipcias, las ruinas de Angkor, las cataratas de Iguazú o la Sagrada Familia. Además de por supuesto Wulong Kurst o Longshuixia. Todos estos lugares son impresionantes pese a ser ampliamente visitados. ¿Y vamos a dejar de recorrerlos por ello?

garganta china
La garganta en su base

Como dice mi estimadísimo Baltasar Montaño, los barrios turísticos y las atracciones más populares también deben visitarse. Luego puedes perderte por lugares desconocidos y aldeas remotas donde no vaya el turismo. Compensar es ideal.

Por eso salí realmente contento de haber contratado el tour chino en grupo para visitar esta maravilla a unos 150 kilómetros de Chongqing. Sin duda, era imposible entrar en Longshuixia sin pasar por una zona turística. E incluso llegar hasta allí hubiera sido muy complicado.

Además, lo de vivir cómo disfrutan los turistas chinos tuvo su gracia. Y creo que hice bien al no ir con la guía. Al volver al autobús, previo mensaje de ella, me encontré con los singapurenses y me comentaron que el parque de las hadas estaba brutalmente masificado. Claro, allí no había reto físico.

El camino de vuelta, eso sí, también tuvo su notable dosis de paradas para visitar los agujeros de los baños chinos. Y para intentar que compráramos algo de última hora. Cuando llegué casi a las 22 horas a la ciudad no lo dudé. Volveré a enrolarme en otro tour chino si es necesario.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
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Luis Garrido-Julve

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