Oriente infantil, ¿es cierto que los asiáticos son «como niños»?

Conozco a un tipo en Bangkok que se dedica a hacer entrevistas de trabajo para una empresa internacional de seguros. Un estadounidense de esos que se dedican a lo que llaman recursos humanos, con sus psicotécnicos y sus parafernalias estadistas; de los que fanfarronean que con cuatro preguntas tontas dicen ser capaces de saber hasta de qué color son los gayumbos de sus entrevistados.

La nota cómica de dicho sajón que se las da de psicólogo, le gusta explicar, es una de las últimas preguntas que dedica a sus candidatos tailandeses. «¿Qué personaje de dibujos animados decora tu cama?», suele preguntar a tipos que a veces rozan la cuarentena.

El asunto, dice, no es trivial. «He comprobado que la mayoría de las mujeres duermen entre sábanas estampadas de Doraemon y los hombres muchas veces visten su cama de Hello Kitty», comenta. Yo creo que exagera y que se pasa de la raya, claro, pero no puede obviarse que muchos -muchísimos- adultos gustan de decorar sus camastros con estos dibujos animados japoneses, y hasta sus carnes. Sé de algunos hombres de pelo en pecho que se tatúan el logo de Hello Kitty en sus pieles, algunos de ellos son occidentales con muchos años en el nuevo mundo.

Taxi Hello Kitty Bangkok
Un taxi en Bangkok decorado por un fan del gato nipón. El conductor podía tener unos 50 años.

Se dice por ahí que Asia es un continente muy infantil. Los más brutos dicen que por estos lares las mujeres y los hombres solo crecen en tamaño pero no en mentalidad, mostrando conductas aniñadas incluso cuando se lucen ya demasiadas arrugas. Y que por eso en países como Japón, Taiwán o Tailandia fracasó WhatsApp como aplicación de mensajería móvil, ya que no tenía los dibujitos habituales de Line. Es cierto que en Oriente es muy común ver conversaciones de chat sin escribir una palabra, todas con dibujitos, pero medir la madurez de un pueblo en base a ello me parece bastante extremo.

Acaso, ¿no es un poco absurdo tachar a los asiáticos de críos por asuntos como que al entrar por el paso de inmigración en el aeropuerto de Taipéi todos los iconos sean dibujos de animación nipona en lugar de serios carteles? ¿O porque los superhéroes gusten a los adultos y disfrazarse con cuarenta tacos les parezca divertido?

Desde el otro lado, hasta podría decirse que las gentes de ojos rasgados se preocupan menos por el qué dirán -si bien no es así- y que no han de ser unos cenizos y olvidarse de ser como niños al cumplir la mayoría de edad. Los asiáticos son bastante más despreocupados que los occidentales y asumen los dramas de la vida con mayor estoicidad, y eso no me parece tan malo.

Yo veo con cariño que a las elecciones de Taiwán se presente a primer ministro un tipo enfundado en licra partiéndose el cuero con un calamar para decir que «luchará contra los dinosaurios». O que la Navidad para los nipones sea una excusa para que las parejas se vistan de Santa Claus y coman pollo frito. Lo que ya no me gusta tanto es que el mundo occidental, habitualmente, trate a los asiáticos como sus niños.

El lejano Oriente no es el ‘hermanito’ del ‘maduro’ Occidente

mujer Bangkok disfraz japones
Una joven tailandesa viste kimono en un evento japonés en Bangkok.

Si hay algo que me chirría desde que vine a Asia es el empeño de muchos extranjeros en afirmar que este continente no está preparado para decidir por sí mismo. En demasiadas ocasiones, esos que en su preciosa Europea más alardean de demócratas y de sufragistas son los mismos que en China o en Tailandia dicen que las dictaduras o las monarquías no son tan malas. Con un par.

Por ejemplo, me acuerdo del ejemplo de un madrileño que trabajaba en una ONG en Bangkok, de aquellos que afirman haber llegado al Sureste Asiático para ayudar, con esa idea de que aquí sin nosotros no llegan a fin de mes.

Antes de venir a Asia, aquel español había acampado en Sol durante el movimiento de los indignados del 15-M. Y quería poder votar para darle una patada al hijo de aquel tipo puesto a dedo al que trincaron en África matando elefantes. Sobre sendos menesteres, yo estaba totalmente de acuerdo con él. Por eso me sorprendió cuando, a los pocos días de haber muerto en Tailandia el noveno rey de la dinastía Rama, dio su pésame a un par de amigos míos tailandeses.

—Chicos, os acompaño en el sentimiento —dijo en inglés el madrileño—, sé que para los tailandeses el rey es como un padre.
—Sí, bueno… —contestó un colega a quien precisamente el asunto ni le iba ni le venía—. Ahora será importante ver qué ocurre.
—El Rey fue excelente, pero menos mal que ahora están los militares en el poder, al menos con ellos el país está tranquilo.

Me quedé callado como una tumba escuchando cómo aquel tipo de mi país defendía las monarquías y las dictaduras militares cuando, claro, no era él quien las sufría. Luego, al quedarnos solos y poder hablar en nuestro idioma, no hubo forma de ponernos de acuerdo. Él tenía muy bien ensayado el discurso simple de que «no todos los países están preparados para la democracia». Como si un tipo que duerme arropado en una colcha decorada con dibujos de Doraemon fuera incapaz de votar con criterio.

Tailandia es un país controlado por los militares. En el día del niño, los chavales son invitados por los de verde para tocar armamento. Foto cedida por The Thaiger.

La mentalidad del madrileño revolucionario en su país y conservador fuera de él es, quizás, demasiado común. Son muchos los que piensan que lugares como China necesitan de una mano dura para poder controlar el país y que el progreso avance, casi como si las gentes de rasgados ojos fueran niños por mimar. Si por el camino se lava el cerebro de la población pues es algo que consideran un daño menor.

Cada uno es libre de opinar lo que guste, pero yo sigo creyendo que Asia no es el hermano pequeño de Occidente. Es cierto que Europa se desarrolló mucho antes que el nuevo continente, pero los tiempos en los que los de ojos redondos podían creerse superhéroes en Oriente ya pasaron hace demasiado.

Los occidentales no somos mejores que los orientales, somos simplemente diferentes. Y el infantilismo asiático ha de ser algo más bien cómico y circunstancial, pero no una excusa para tratar a los del continente más poblado del mundo como tipos inferiores a nosotros. Porque no lo son.

El idioma ‘infantil’ de los asiáticos y su forma de pensar

evento comercial Bangkok
Un evento en Bangkok para promocionar unas lentillas.

Asia es infantil, dicen algunos. Oriente es diferente, comentan otros. Y yo opino que donde hay que fijarse es en los idiomas porque, al fin y al cabo, es gracias a ellos que articulamos nuestro pensamiento. Si a muchos occidentales los asiáticos pueden parecerles de otro planeta es porque, evidentemente, no piensan como ellos.

Las lenguas del nuevo continente no se andan con rodeos. Van a lo práctico. En lo escrito puede ser diferente si miramos el chino tradicional y todas sus variantes -la caligrafía nipona es una adaptación-, pero en lo hablado prima lo sencillo. En el lejano oriente no se andan con chiquitas.

Lo que para muchos es en Europa el lenguaje de indios -por aquellas películas de John Waine- en Asia es una realidad. Yo ingerir arroz pasado es como se diría en tailandés que ya he comido, o que comí antes. O varias cosas más. Sin pronombres, sin adverbios ni tiempos y casi sin pasados o futuros. Es todo muy de aquella manera y no prima la belleza del lenguaje, sino su utilidad. La hermosura de las palabras se mide en sus formalismos, por mencionar un ejemplo.

Porque los asiáticos no son tontos. Simplemente, usan otras reglas en las que, a veces, todo va por similitudes. En siamés si queremos decir lágrima diremos agua ojo. Y lavabo es sala agua. Los tailandeses, además, todo lo miran con corazón. Entrar al corazón es comprender, corazón caliente es quien se enoja con facilidad y para tranquilizarlo se le dice que actúe con corazón frío frío. A los generosos se les conoce como corazones buenos.

sushi japón shinchan
Un popular dibujo nipón, en un restaurante japonés de Bangkok.

Ocurre algo similar en casi todas las lenguas asiáticas, en las que todo es mucho más directo y lo habitual es unir conceptos para crear uno nuevo. No es peor que nuestra manera de comunicarnos, es diferente. Por eso aprender un idioma oriental es quizás la mejor manera de entender sus costumbres.

No podemos obviar que la mayor parte de Asia ha vivido un proceso de desarrollo apresurado y desmesurado en las últimas décadas. Lo que costó demasiado en Europa se ha logrado en Oriente en poco tiempo, y eso que llaman el milagro chino o el de otros lugares ha causado irregularidades.

Son muchos los asiáticos que también dicen que ellos prefieren una sociedad paternalista en la que ellos sean como niños. Es muy habitual entre los chinos continentales y también en Singapur, un estado dictatorial con una falsa democracia para contentar de cara a la galería.

Muchísimos singapurenses dicen que prefieren perder sus derechos democráticos y no tener opinión si a cambio de ello se les garantiza el bienestar económico del que gozan. Yo me quedo con la opinión de los críticos, que señalan que acceder a la vivienda es casi imposible, la única opción de ocio es ir de compras por los altos precios de todo y que si criticas asuntos del país puedes ser sentenciado a recibir garrotazos. ¿Es mejor una cárcel de cristal que la dura libertad?

Hasta las mascarillas se decoran con conejitos en Bangkok.

No todo el mundo piensa así. Como en Tailandia, el país con más diferencias del mundo, donde el Gobierno militar que amañó unas elecciones para perpetuarse en el poder y favorecer a las clases ricas ve cómo su estabilidad se agrieta. Ahora mismo, el pueblo más joven está saliendo a la calle, viviendo su particular revolución en contra del poder, porque no quieren unos falsos padres que les digan lo que han de pensar.

Por todo ello, yo creo que es mejor quedarnos con lo divertido del infantilismo asiático. Con sus Doraemon y sus muñecos de colores. Y dejemos que, en lo importante, sean ellos mismos los que tomen decisiones sobre cómo quieren vivir.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve