La crónica cósmica. ¡Ahí te quedas, mamón!

La crónica cósmica. ¡Ahí te quedas, mamón!
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ALMANAQUE DE FAUNÓPOLIS

La única casa particular de esta calle, la Rhino Street, queda a pocos metros de mi cabaña, y ayer la madre de la familia me contó: “La casa que teníamos antes era de adobe y caña, y una noche, mientras dormíamos, un elefante salvaje la echó abajo buscando el roxi (el licor de arroz) que destilábamos. Mi marido y yo conseguimos huir llevándonos a nuestros hijos en brazos y, con el permiso de Ranjana, dormimos en la misma cabaña del “Oso Perezoso” en que siempre te hospedas tú”.

María, la corresponsal de Conmochila en Malasia, nos habló en el último podcast de lo que denominó “la pandemia del plástico”, que yo subtitularía “pandemia humana”. La otra señora del equipo, Carme, despotricó en ese mismo programa sobre el trato que dan los tailandeses a los elefantes domésticos, mencionando los palos que usan los cornacas para dominar o castigar a los pobres paquidermos que montan, golpeándoles en medio de la cabeza. De todos modos, y si no recuerdo mal, ella dijo que nunca había visto que les pegasen (“¡No lo hagas frente a los turistas!”).

He tocado este tema porque, como ya os he contado otras veces, lo único que empaña la buena armonía de Sauraha (Chitwán, Nepal) es el maltrato que reciben los elefantes domésticos, y es raro el día en que no me cague en la puta (con el perdón de las putas) que parió a alguno de los cornacas locales, al ver como le machaca la cabeza al suyo.

Anteayer me crucé con dos elefantes que regresaban de pastar en la pradera del parque que hay junto al Río Rapti. El que marchaba enfrente era joven y tenía una campechana cara de buenazo. Entonces una mujer salió corriendo de una cabaña llevando un bebé en brazos y pidió al cornaca que su elefante bendijese al niño tocándole con la trompa: rito tradicional que a veces incluye pasar al recién nacido por debajo de la barriga del elefante.

Hasta aquí todo bien; pero el elefante, quizás por falta de experiencia, no entendió lo que le ordenaba el sádico que lo montaba y, como premio, recibió una tanda de porrazos en la cabeza con una barra metálica coronada con un garfio. Tuve que morderme la lengua para no montar el número quijotesco insultándole a gritos. Lo siento, pero el protocolo de los trotamundos es muy claro al respecto: si quieres sobrevivir no te metas donde no te llaman. De todos modos, cogí un cabreo parecido al que tuve en África cuando vi azotar a un hombre.

Al rato, y en casa de mi amigo Shankar, pasé un trago parecido cuando entró en su jardín una serpiente pequeñita y encantadora a la que se apresuraron a machacar sin prestar atención a lo que yo les decía: “¡El 99% de las serpientes no son venenosas!”.

Más tarde, mientras iba de vuelta a mi cabaña de noche, enmendé un poco ese insensible trato que damos a los animales salvando a una simpática rata de campo que se había metido en una bolsa de plástico de la que no sabía cómo salir.

En la crónica anterior ya os conté que con la llegada de los monzones habían aparecido bichos por todos lados. Los que se mueven por el suelo me obligan a mirar dónde piso, y los que vuelan terminan muchas veces encima de mí. En los arrozales (ya han plantado el arroz del verano) y también en sus alrededores viven miles de ranas que saltan de un lado a otro y se pasan las noches dando la serenata: cua, cua y más cua.

Pero no habíamos terminado y, en la alberca que hay junto a mi domicilio, de la que Ranjana y su familia sacan pececitos y caracolas, ahora también se ha instalado un joven cocodrilo: “Voy a pasar los monzones en un resort de Sauraha”.

Debido a la exagerada diversidad de hechos y anécdotas que invariablemente me cuentan los amigos locales, parece que me halle ante el extenso menú de un restaurante o en una de esas tiendas en las que se exponen cientos de productos: “Umm, ¿con qué me quedo?”. No es para menos, pues las cosas que suceden aquí diariamente resultarían sorprendentes o insólitas en el resto del mundo.

Además, igual que sucedió en Chernóbil tras dejarla deshabitada, la presencia de los animales parece haber aumentado desde que Chitwán se quedó prácticamente sin turistas.

Y hablando de animales, en este preciso momento estoy escuchando los enfrentamientos verbales entre varios elefantes domésticos a los que se podría tomar por unos tiranosaurios.

A continuación, y como sería de esperar, pasan dos de ellos frente a mi ventana que van hacia el río para tomar un baño. También es inédito el lento y silencioso tráfico de esos elefantes (junto con el asimismo silencioso tráfico de carros de bueyes y bicicletas) por la que es casi la única calle de esta población. ¿O acaso me podéis mencionar otro lugar en el que haya casi un centenar de elefantes? Ayer me reí a gusto al ver a uno que trotaba ágilmente y era perseguido por su desesperado cornaca: “¡Ahí te quedas, mamón!”.

Si os parece bien continuaré presentando a los actores de esta película de animales por orden de tamaño.

Los siguientes, claro, serán los rinocerontes. La otra mañana, mientras estábamos tomando el chai del desayuno en la casa del amigo Shankar, vimos a una niñita del vecindario que, tras entrar en el jardín del resort que hay enfrente para recolectar unos frutos que le gustaban mucho, regresó a toda prisa y nos dijo: “Allí dentro hay un rinoceronte”. La estatura de la criatura nos pareció más pequeña en el momento en que apareció tras ella un rinoceronte inmenso, “bichito” que, tras pensárselo, decidió regresar hacia el río: lo hizo llevándose por delante primero la valla del resort y, a continuación, la del templo que hay al lado.

Si solamente has visto rinocerontes en la jungla, y a pesar de que en aquel entorno ya parecen muy aparatosos, al encontrarse entre edificios y vehículos comprendes realmente lo grandes que son. Aquí va un dato que no os dejará lugar a dudas: la espalda del rinoceronte que menciono me superaba en altura; creo que alcanzaría los dos metros. En cuanto a la envergadura: Umm, sin comentarios.

De todas maneras, los mejores espectáculos nos los ofrecen de noche, como ayer, cuando los perros dieron la alarma mientras acabábamos de cenar y Shankar le estaba pasando al Señor Tolstoi el porrito que había liado. Salimos apresuradamente a la calle, donde tuve otra prueba de lo fina que es la vista de los nepaleses en la oscuridad: yo no vi absolutamente nada y tuvo que ser la esposa del Señor Tolstoi la que me mostrase aquella mole oscura cuyo color se confundía con el del asfalto, que ocupaba en casi toda su totalidad. Venía hacia nosotros sin hacer prácticamente ruido y nos camuflamos como pudimos. Todos guardamos silencio, también los perros dejaron de ladrar. Cuando acabó de pasar empezaron los gritos de advertencia para el resto del vecindario.

Tal como sabía Shankar por experiencia, a los rinocerontes les gusta mucho el trigo tierno, y éste se dirigía a los campos de alguien que había tenido la mala idea de plantar ese cereal en vez de mostaza como él hiciese unos años antes (experimento que no ha repetido porque terminó harto de ahuyentar a los putos rinocerontes).

Los amigos de Kapas me consideraban valiente porque, durante los monzones que pasé en esa isla, regresaba de noche a mi cabaña “enfrentándome” al oleaje; los de aquí opinaron igual al verme partir tras los pasos de esa locomotora con patas llamada rinoceronte, algo que, por supuesto, hice con los ojos muy abiertos y la luz de la linterna cortando la oscuridad.

Por si algún día cruzáis vuestros pasos con un rinoceronte, os advierto que su cuerno es únicamente decorativo (vi la foto de uno que lo tenía bífido como la lengua de una serpiente) y que su mortífera arma son los colmillos afilados como navajas que esconde bajo los labios, con los que corta la hierba igual que lo haría un cortacésped, y podrá cercenar a un hombre por la mitad.

Los ecologistas locales están tratando de evitar que se lleve a cabo el plan de trasladar un buen número de rinocerontes de Chitwán al Parque Nacional de Bardia, porque en el pasado ya se hizo con ochenta y tres de ellos y, debido quizás a los cazadores furtivos o a que tal parque es más árido, la cuestión es que hoy en día hay censados únicamente veintinueve. En alguna otra ocasión ya había comentado cuál era mi parecer al respecto, y que me gustaría ver al instigador de esos traslados despertando un día en un entorno desconocido después de haber sido drogado.

Los gobiernos de los trece países en los que vive el tigre firmaron un acuerdo para cooperar en su protección. Durante el “civilizado” Siglo XX, el censo de los tigres disminuyó en un 95 %. Si no nos engañan, en el año 2015 se comprobó que su número había aumentado por primera vez. Este comentario de si no nos engañan tiene que ver con el censo de los tigres nepaleses del 2013, según el cual había ciento noventa y ocho tigres; de ser cierto resultaría que su población se habría incrementado un 63 % desde el 2009. ¡Rediós, ni que fuesen conejos! En la India se calcula que hay unos dos mil quinientos tigres; en Bután, poco más de cien, igual que en Bangladesh; en Malasia, doscientos cincuenta; y en Rusia, cuatrocientos y pico (pero de un tamaño mucho mayor). ¡Maldita sea, qué pena que un animal tan hermoso deba morir porque un imbécil crea que su polla tiene unos efectos parecidos a la viagra!

Tal como recordaréis, la policía tailandesa desmanteló el famoso “Templo de los Tigres”, que había cerca de Kanchanaburi y se había convertido en una auténtica atracción turística, porque, como habían denunciado repetidamente diferentes organizaciones ecologistas (y también los amigos valencianos en “Conmochila.com”), los drogaban sistemáticamente, les cortaban las zarpas y, al hacerse adultos, los vendían a los comerciantes chinos con unos propósitos que no hará falta mencionar. En el interior del templo hallaron los cadáveres de cuarenta y pico cachorros que, según afirmaron los lamas, habían mantenido congelados para poder demostrar que su muerte había sido natural. Más de lo mismo: el “Kathmandu Post” de hoy informa que han detenido a un lama que pretendía vender la piel de un tigre.

En el Nepal hay ciento sesenta y siete especies de pájaros que se hallan en peligro de extinción debido a la constante pérdida de su hábitat porque la gente y los incendios arrasan los bosques, las lagunas se secan, y también por la pesca intensiva de los peces con que se alimentan.

Curiosa y felizmente, el año anterior unos ornitólogos de la “Zoological Society of London” avistaron aquí en Chitwán un pájaro llamado “liocichla phoenicea”, al que se creía extinguido desde hacía ciento setenta y ocho años.

Otra buena noticia tiene que ver con los rinocerontes, de los que, gracias al efectivo control del ejército que corre con el rol de guarda forestal, durante el último año no ha muerto ninguno en manos de los cazadores furtivos. Al que sí mataron recientemente esos hijos de la gran puta fue a un soldado que se enfrentó a ellos. La muerte del único rinoceronte fallecido últimamente fue debida a la tuberculosis.

La última vez que el amigo occitano se dejó caer por Sauraha, mientras paseábamos una tarde por la jungla pudo hacer realidad el deseo (que en la ocasión anterior se le había quedado frustrado) de ver un rinoceronte. No había ni un turista por los alrededores y gozamos debidamente del espectáculo. Hacía bastante calor y el “animalito” estaba tomando un baño en el río. Nos hallábamos a sus espaldas y escondidos bajo el bosque; pero, a pesar de que nos limitábamos a susurrar, nos localizó con los radares móviles que tienen por orejas, y consiguió que saliésemos por piernas al darse la vuelta y levantarse con lo que mí me pareció una agresividad que no había visto nunca.

La semana pasada dos rinocerontes mataron a dos campesinas que recolectaban forraje, y un elefante se cargó a un leñador. En Chitwán hay seiscientos seis rinocerontes, y en todo el Nepal, seiscientos cuarenta y cinco.

Cuando conocí al amigo riojano se rio a gusto de mí, o más concretamente de la cara acojonada que puse, el día en que batí mi propio récord de velocidad llevando a mis espaldas un búfalo enfurecido. Nunca me he fiado de esos animales que denomino “los cornudos”, y desde aquella aventurilla los observo con recelo cada vez que me cruzo con ellos.

Anteayer por la tarde estaba contemplando la puesta de Sol en la pradera que hay junto a la casa de Shankar, y tuve una experiencia parecida con una búfala. Me pregunté si me estaría sucediendo lo mismo que a quienes temen a los perros y logran enfurecerlos precisamente con el olor del miedo, pero los amigos locales me lo aclararon explicándome que los búfalos (por lo menos los de Sauraha) tienen ojeriza a los occidentales, y yo no soy el único que se ha visto obligado a poner pies en polvorosa.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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