La crónica cósmica. Cada vez que regreso a la India

COMO EN CASA EN NUEVA DELHI – No es que me atraigan esas grandes ciudades que no están pensadas para pasear, pero me siento a gusto en el antiguo barrio de Paharganj de Nueva Delhi porque en él encuentro una atmósfera auténtica que me recuerda la de Varanasi.

Al haber llegado a Nueva Delhi de madrugada, agotado y adormilado, no supe realmente en qué vecindario estaba, hasta cercano ya el mediodía, que salí a la calle y comprobé que mi hotel, el Smyle Inn, se hallaba en uno de esos callejones que no miden más de dos metros de ancho y dan continuamente giros, en los que los balcones casi se tocan con los de enfrente. De ahí que actualmente existan unos taxis “auto-ricchó”, eléctricos y absurdamente estrechos, para moverse por esos laberínticos callejones y por el caótico tráfico plagado de atascos de la capital.

A pesar de estar todavía un poco grogui debido al jet lag, al pisar la calle sentí la euforia que me invade cada vez que regreso a la India, donde me siento “como en casa” más que en mi propio pueblo. Entre idas y venidas, en las últimas cuatro décadas habré pasado unos catorce años en este país. Tengo un alma anarquista y, claro, me encanta la anarquía que reina en la India. 

Anduve por la calle principal del bazar sonriendo ante el caos habitual: los vendedores ambulantes ofreciendo sus productos a gritos desde sus carritos y bicicletas (¿bicitiendas?), la música que sonaba por doquier, el perfume del incienso, las bocinas de las motocicletas diciendo “cuidado que paso”, los timbres de las bicicletas y los encantadores perros callejeros que no han sido exterminados como en Occidente. Como siempre, me sorprendió el gran número de lisiados que se cruzaban conmigo y lo flaca que estaba la mayoría de gente. 

Me alegró comprobar que, como lo de ir en bicicleta, no había perdido la práctica de avanzar entre esa locura, esquivando a unos y otros. Aunque también seguía acostumbrado al clima extremo de la capital, con sus treinta y siete grados de temperatura, sazonados con una exagerada humedad, mis jodidos pulmones de fumador se quejaron de la polución del aire y, en fin, de la falta de oxígeno. Cuando me hallo en este bochorno, me ducho cada vez que regreso a mi habitación. De manera que al final del día me he vestido y desnudado veinte veces.

Cumpliendo con mi ritual tradición, me dirigí a mi templo predilecto, compré una guirnalda de flores en el comercio que había junto a la entrada y, dentro del templo, la coloqué alrededor de la piedra negra y ovalada, que es el símbolo del dios Shiva: Shiva Língam.

Después ascendí por el mercado de verduras y en un chiringuito tomé gustosamente mi primer chai, pensando que los que yo preparaba eran mejores. Enfrente estaba el “comercio” de una anciana, que no pasaba de ser una pequeña tarima portátil, en el que vendía cigarrillos, cerillas y otras menudencias, a la que compré un paquete de bidis de una marca desconocida que me parecieron muy buenos. Mientras fumaba contemplando la “comedia” india que se interpretaba a mi alrededor, me felicité por estar allí, y me dije: “La vida es bella”.

También fue del gusto de mi mísero presupuesto que tanto el chai como los bidis mantuviesen el mismo precio que cuando había estado allí cuatro años antes: diez rupias el té y quince los bidis. (1 euro: 78’45 rupias indias). Estos pequeños cigarrillos indios no están enrollados con papel, sino en la hoja de una planta; que varía dependiendo de la parte de la India en que se produzca.

Llegada la hora de comer fui a mi dhaba favorita (restaurante típico y barato) y pedí una ración de palak panir (crema de espinacas con queso fresco) acompañada de tanduri rotis (chapatis recién horneados). Aunque ya era de por sí un plato picante, le di un poco más de marcha con uno de los gustosos chilis verdes que, como en todas las mesas, había en una bandejita. ¡Un hombre que se había sentado frente a mí se comió cuatro! En este clima mi dietética incluye asimismo zumos de fruta recién exprimida, que puedo comprar por la calle: mi predilecto es el de granada.

Por cierto, y antes de que me olvide, si vuestro avión aterriza en el aeropuerto Indira Gandhi de Nueva Delhi de noche, y no podéis dirigiros a la ciudad en Metro (que sólo funciona entre las seis de la mañana y las once de la noche), os aconsejo preguntar el precio de los taxis en una de las empresas de prepago, que hay en la terminal, y que luego salgáis a la calle y acordéis un precio más bajo con cualquiera de los taxistas que hacen cola afuera.

Leyendo el periódico The Times of India comprobé que la vida seguía igual. En los juzgados del país hay más de cien mil casos pendientes desde hace treinta años; es mayormente así con casos relacionados con hampones, que sobornan a los funcionarios corruptos para que los vayan retrasando eternamente.

En la ciudad de Budau han condenado a muerte por un crimen de honor a los padres y dos parientes de una chica a la que, en 2017, asesinaron con un hacha porque se había enamorado de un muchacho al que no aceptaban, a pesar de pertenecer a la misma casta. En Delhi asesinaron a un hombre a puñaladas para robarle doscientas rupias. En el estado de Gujarat, y en los últimos ocho meses, se han ejecutado a cincuenta reos que habían sido condenados a muerte.

Una joven pareja que había ido a rezar en un templo, que se hallaba aislado en la jungla, fue atacada por seis cabrones que noquearon al chico y le obligaron a ver como hacían cola para violar a su novia. Ante el aumento de ese tipo de barbaridades, Modi, el Primer Ministro del partido hinduista BJP, ha prohibido el porno en internet. Este partido de fanáticos religiosos se ha apropiado de la bandera nacional como hacen en España los partidos de extrema derecha.

Una cosa buena: en los hospitales gubernamentales se realizan gratuitamente los test de PCR; pienso que debería ser así en todos los países. En Cachemira se han abierto de nuevo los cines, que habían permanecido cerrados durante treinta y cinco años debido a los atentados de terroristas islámicos.

PASO A PASO – Gambia, África Occidental, 1987. Continúa de la crónica anterior. Boy era uno de los amigos más formales de Musa (el joven con el que yo compartía la habitación). Trabajaba de albañil en Banjul y recorrería los quince kilómetros de distancia en plan maratón para ahorrarse el dinero del autobús porque, como sucede tan a menudo en el Tercer Mundo, el salario y el precio del tique de autobús no estaban de ninguna manera equilibrados. Por la tarde, al terminar la jornada laboral, regresaría a casa haciendo la misma carrera: al contrario que en Asia, en África hay pocas bicicletas.

Un día en que Musa y yo fuimos en autobús a Banjul con Boy y les pagué el tique, él, al contrario que Musa, me lo agradeció a ojos vista. Aparte de haber algún tráfico rodado y hacer mucho más bochorno, Banjul no recordaba en nada a una capital, pues sus calles eran de tierra y los edificios la diferenciaban poco de la pequeña ciudad de Sarakunda que quedaba cercana a Kerr Seringg, el pueblo en que nosotros vivíamos.

Casi siempre que yo salía de casa acompañado de un Musa que pocas veces parecía decir la verdad, acabábamos en sitios inesperados en los que él pudiese tomar una copa. No obstante, en esa ocasión nuestro viaje a Banjul tenía como razón de ser la de renovar mi visado de pocos días, que el alemán Jerome me había conseguido al aterrizar en el aeropuerto. Pero no lo logré porque, cuando entramos en el decrépito edificio oficial, el militar encargado me observó despreciativamente, quizá porque andaba descalzo y vestía como un payaso (blusa negra y pantalones de un amarillo eléctrico). El militar le preguntó a Musa, “¿Qué haces tú con éste?”. Y antes de que pudiésemos explicarle porqué estábamos allí, nos ordenó: “¡Fuera de aquí!”.

Un Musa muy asustado y un Nando “tubab” de lo más cabreado, abandonaron la casa del poder de uno de los países más pobres de África, con la cola entre las piernas. El primero lo hizo prometiéndose no volver a pisar tal territorio sino era a la fuerza, y yo decidiendo que, si así lo deseaban, residiría ilegalmente en Gambia. Siempre hay una primera vez para todo.

Sería el hermano mayor de Musa, que vivía en la habitación contigua a la nuestra, quien se encargó de aclararme de qué pie cojeaba mi anfitrión: “Musa consiguió trabajo en el hotel Senegambia gracias a las relaciones de nuestro padre, y durante unos meses cumplió a la perfección; pero pronto empezó a tener problemas con sus jefes porque se aficionó a la cerveza y al fin le echaron, prohibiéndole volver a poner los pies allí. Desde entonces no ha hecho nada más que correr tras los occidentales como tú soñando con que alguno le lleve de la mano a Europa, donde, por supuesto, está seguro que se hará rico sin pegar golpe”. Continurá.

MIRA LO QUE PIENSO

  • El qué y el cómo de Tripadvisor: ¿mentiras negativas de los huéspedes y mentiras, en plan publicidad, de los propietarios?
  • La maría es legal en Suiza y Holanda, pero sólo para sus ciudadanos: “A ver, enséñeme su carné de identidad».
  • “¡Acabad con todos ellos, y sobre todo con las hembras, para evitar que se reproduzcan!”, dijo el exterminador de mosquitos.
  • Gracias a mi incultura puedo plagiar inconscientemente a los grandes pensadores y filósofos a los que no he leído nunca.
  • Debido a la inseguridad típica del autodidacta, es una suerte que yo no reciba o lea las críticas negativas que me hacen; lo mismo puedo decir de los halagos, pues desmadrarían a mi inseguro ego, asimismo de autodidacta.
  • Las destructivas críticas sociales: Érase una pobre mujer que estaba hecha mierda física y síquicamente, y el despiadado vecindario la acusaba de “haberse dejado”. 
  • Otra: “Mira si está económicamente mal que le vi andando por la calle”.
  • ¿Respetas a quien cumple sumisamente tus órdenes y al que cree tus mentiras?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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Nando Baba

Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.

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