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La crónica cósmica. El pecaminoso propósito de “sakearlo” debidamente

La crónica cósmica. El pecaminoso propósito de “sakearlo” debidamente
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ÉRASE UNA VEZ EN TROPICALIA. El sábado anterior el amigo valenciano y su novia partieron hacia el Japón con el pecaminoso propósito de “sakearlo” debidamente, y yo me quedé a solas en esta casa de Chang Mai en la parte noroccidental de Tailandia cercana a las fronteras de Myanmar y Laos, donde hace un calor que te cagas a pesar de ser supuestamente la más fresca del país. Tras decirles adiós puse de nuevo en práctica los rituales místicos secretos (¡Vudú!) que solamente puedo realizar en absoluta soledad debido a los riesgos que representarían para la salud síquica de los demás, y empecé a cantar sonoramente los mantras de mi invención acompañándolos del ritmo y los bailes pertinentes, espectáculo de lo más grotesco que llevaba a cabo vistiendo el lungui que me regalase el amigo occitano la última vez que estuve en su casa. Tal como ya sabréis, a los gatos, que también provienen de Marte como yo, les gustan ese tipo de energías chocantes, y Songkran, al verme saltar de un lado a otro ridículamente, estuvo encantado y sólo le faltó aplaudir.

La satisfacción que sentí al hallarme en tan fino decorado ya no tuvo límites cuando hallé en la despensa tan exóticos alimentos como lo son (aquí) las aceitunas sevillanas, el aceite de oliva, la lechuga, la mermelada de higos, la de naranja, y un buen vino riojano. Umm, de todas maneras impuse de nuevo la Ley Seca como ya hiciese en Katmandú (donde también iba de vegetariano), ceremonia imprescindible después de los gustosos excesos que hicimos en Chitwán con el marchoso Señor Tolstoi.

La seguridad en esta zona residencial amurallada y con guardas que patrullan de vez en cuando, es tan absoluta como para que ni me moleste en cerrar la puerta si salgo de paseo: ¡Ja, entre este vecindario de ricachones, y al tener como única propiedad “valiosa” mi prehistórico ordenador, sería como si me preocupase de un corroído “Seat-600” al aparcarlo entre varios automóviles de lujo y de última hornada!

Igual que me sucedía en invierno en la aldea de la Selva Negra alemana, pero aquí debido al bochorno, durante el día no se ve un alma por las calles, y se podría creer que me encontrase en una ciudad fantasma. Esto se altera exclusivamente tras la puesta del Sol, cuando unos pocos vecinos dan un corto paseo haciendo ejercicios físicos para evitar engordar. En ese aspecto, y tras haber mencionado en la última crónica que yo pesaba cincuenta y cuatro kilos, algo que comprobé en las balanzas para el equipaje del aeropuerto de Katmandú, puedo añadir que en estos diez días ya he sudado un kilito.

Gracias al ecosistema creado por los densos jardines de esta zona residencial en la que hay una gran diversidad de árboles con sus flores y perfumes, el número de pájaros de diferentes razas es espectacular, e igual que en Sauraha son los únicos que se encargan de romper el silencio.

¿ADÓNDE FUE MI MEMORIA? El tema de lo que recordamos y cómo lo hacemos es para mí una de las partes más misteriosas de este coco que llevamos sobre los hombros sin saber todavía la manera de usarlo debidamente. ¿O acaso no lo es ya por el simple hecho de que creamos a pies juntillas los recuerdos que nos muestra a pesar de saber que puede mentir descaradamente cuando le apetece y sin razón aparente? Mi memoria, que siempre ha ido de por libre igual que lo haría cualquier buen anarquista, jamás se ha molestado en guardar lo que no le interesaba (de ahí mis resultados escolares); mientras que, por el lado contrario, se lo monta en plan fotográfico si se trata de cuestiones geográficas, y exclamará sin el menor asomo de duda, “¡Estuve aquí con anterioridad!”.

En Katmandú tuve recientemente otro ejemplo de ello al dirigirme a la embajada tailandesa para solicitar dos meses de visado porque, cuando el taxista se hizo la picha un lío al tomar una dirección equivocada, reconocí inmediatamente que me hallaba cerca de la embajada rusa en la que había estado una sola vez acompañando al Señor Tolstoi (llevando varios kilos de dólares en la bolsa). Recuerdo asimismo a la perfección la música de cientos de canciones a las que pongo mis propios textos mientras paseo sin necesidad de pensar. Al leer hace unos días el nombre de la Isla de Wight supe que lo había escrito erróneamente en algún sitio y, tras pulsar el botón de búsqueda, seguí con mis cosas hasta que hallé dónde había sido y lo corregí.

El caso más contradictorio y absurdo es que recuerdo perfecta y fotográficamente el embarazoso momento en que no recordé a una parienta mía en el entierro de mi madre; en esas imágenes se encuentra una de mis hermanas preguntándome con preocupación: “¡¿Pero no ves que es la tía Isabel?!”. De haber seguido viviendo en mi pueblo, supongo que guardaría en la memoria un sinfín de imágenes repetidas (mi casa, mi cama, mi curro); pero al haber tenido docenas de domicilios y visitado cientos de sitios, es lógico que mi mente se líe de vez en cuando (¡¿De vez en cuando?! ¡Ja!). ¿Cómo no voy a tardar en dar con los archivos adecuados ante palabras parecidas como “nasi goreng” (arroz frito en malayo) o “Tasi Gureng” (que es un templo budista de Sauraha)? ¿Cómo no voy a mezclar los nombres de sitios como Kalpa, Kalka, y Kapas, o Popayán, Pahalgán y Pompuar? Y, en fin, ¿cómo voy a recordar las lecciones escolares de la infancia después de sesenta años?

Por cierto, podríais clararme quién trocó su Ferrari por un plato de lentejas. Aunque siempre pido disculpas por mi falta de memoria (que se multiplica si tomo más de dos cubalibres…), en realidad me atrae la incógnita que representa, y en mis relatos uso muchas veces el tema de la amnesia. Aprovecharé para mencionar que el gato Songkran también tiene unos problemas parecidos, pues olvida inmediatamente que acaba de comer, y me suplica lastimeramente: “Cabrón, ¿no ves que estoy hambriento?”.

LITERALMENTE LITERARIO. El responsable de que pensase en el tema de la memoria ha sido mi admirado Gran Wyoming (músico, showman, escritor y médico) de quien he hallado en esta casa el libro biográfico “¡De rodillas, Monzón!” que me leí en un santiamén, y en el que se plantea unas cuestiones similares. En realidad creo que, en muchos aspectos, él y yo nos parecemos bastante además de compartir un montón de ideas filosóficas. Me encanta su sarcasmo y su sentido del humor. Os recomiendo que lo leáis porque, mientras narra su infancia y adolescencia en Madrid y en un pueblo de La Mancha en el que todavía continuaban existiendo unas costumbres más que medievales, no deja títere con cabeza; pues se mete con el sanguinario Paco del Prado, o sea Franco, y sus discípulos del PP, incluido ese fantasma llamado Rajoy. También le da caña al Opus Dei y a su “espiritual” creador Escrivá de Balaguer, entre cuyos seguidores se encuentra la esposa del antiguo presidente catalán el “honorable” (¡Ja!) Jordi Pujol. Por el lado costumbrista, a la “juventússs” actual le interesará comprobar cómo era la vida de de los niños y los chicos de aquel entonces, cuando gozábamos de una libertad de movimientos que hoy en día parecerían de otro mundo (Umm, así era en realidad, ¿no?).

Durante este último año se han dado una serie de conexiones cósmicas (que vosotros denominaríais como coincidencias) entre lo que yo escribía y leía, en incluso entre algunas de las películas que veía, por ejemplo la que hubo entre cierto personaje de mi novela “Solo” y la de Dan Simmons “La Soledad de Charles Dickens”. Menciono esto porque ahora me ha sucedido algo todavía más espectacular, y además de una forma increíblemente curiosa.

Empezaré explicando que la novela que estoy pariendo actualmente (parto muy largo que comenzó el pasado mes de septiembre justo antes de partir de Kanchanaburi) trata de la vida de una mujer que ella narra en primera persona y se titula “Final Feliz”. Al mismo tiempo, y en Sauraha, empecé a leer en mi e-libro (gracias, amigo valenciano) “Un Milagro en Equilibrio” de la genial Lucía Etxeberría, “La carita, la boquita y los ojos de un bebé te hipnotizan y te provocan una sonrisa”, la cual es asimismo narrada en primera persona por una mujer que cuenta una parte de su vida saltando alternativamente del presente al pasado. Pero justo cuando me hallaba por la mitad (e iba a partir de Katmandú), ¡Maldita tecnología!, me dejó colgado al pasar directamente al final. Siguiendo siempre mi filosofía del “No te cabrees con lo que no tiene solución”, di una mirada a mi e-biblioteca, y escogí a ciegas a una escritora para mí desconocida llamada Elizabeth Gilbert y la novela “Come, Reza, Ama”; y cuál no sería mi sorpresa al comprobar que, como si un buen pinchadiscos hubiese mezclado dos canciones a la perfección, se trataba también de una mujer que contaba su vida moviéndose entre el presente y el pasado, y lo hacía de una forma tan similar como para creer que no hubiese cambiado de libro. En esta última me pareció especialmente interesante cuando la protagonista permanece unos meses practicando meditación en un áshram de la India (en el que por cierto creo haber estado aunque ella no mencione el nombre ni el lugar). “Los cristianos rezan tratando de hablar con Dios, mientras que cuando los orientales hacen meditación, le escuchan”. Umm. Debido a que este tema dará más de sí, lo dejaré para la próxima crónica.

LA COSA ESPIRITUAL. Esto es un continuará, y también el fin, de lo que mencioné en anteriores crónicas acerca del áshram indio en el que estuvo haciendo meditación Elizabeth Gilbert. Si acierto en mis suposiciones y se trata del mismo sitio en el que yo permanecí dos días y medio hace treinta y un años, no era en absoluto del gusto de la gente local porque tenía guardas en la entrada, alambre de espino coronando sus altos muros, cobraban la estancia en dólares, y el gurú residía permanentemente en Norteamérica. En cuanto a sus residentes, que eran en su mayoría occidentales, venían directamente en taxi desde el aeropuerto de Bombay (¡Mumbai!), y evitaban sistemáticamente poner los pies en la India real con la seguridad de que serían asaltados. “¡¿Pero acaso te has vuelto loco?!”, me preguntaron atemorizados al ver que cogía mi equipaje y me dirigía al cercano y tranquilo bazar que había cerca de allí: ¡Ja!

La versión normal de un áshram, como el que estuve poco después en Kerala, tiene una cara totalmente distinta: Tras recibir el visto bueno del gurú, te instalaban en una habitación doble que compartías con un desconocido. Te despertaban por la mañana y después de la siesta preguntándote si querías café o té. Eras libre de escoger alguna actividad, y yo me apunté a cuidar de unas vacas sanas y felices de las que todos los años regalaban alguna a las aldeas pobres de los alrededores consiguiendo ser respetados y queridos. Te alimentaban de maravilla. Y el día en que partías se negaban a cobrarte una sola rupia, pero aceptarían una donación que harías de forma anónima.

En el interesante libro “Come, Reza, Ama” se menciona un hecho que sería digno de un gag de los Monty Python: Cuando practicaban las sesiones de meditación, para las que es imprescindible silencio y tranquilidad, había un gato que iba de un lado a otro maullando y molestando, y solucionaron este inconveniente manteniéndolo atado a un árbol durante esos ratos. Desde entonces las sesiones de meditación incluyeron al gato dormitando junto al árbol, y cuando un día murió como le sucede todo el mundo, aquel grupo de devotos, a los que la meditación no les había curado de su imbecilidad innata, dieron por sentado que serían incapaces de seguir adelante como si su mundo se hubiese hundido. Supongo que el gurú comerciante que dirigía el negocio se apresuraría a buscar un nuevo gato: ¡Ja, Ja y más Ja!

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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