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La crónica cósmica. Empezaron a cosechar el arroz y se armó la de Dios

La crónica cósmica. Empezaron a cosechar el arroz y se armó la de Dios
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Me gusta viajarCargando…

CAMBIO DE DECORADO. Por una vez estoy usando correctamente esta expresión, pues no soy yo el que haya cambiado de sitio, sino éste el que se ha transformado ante mis ojos. Cuando llegué desde Hanoi en un autocar que iba vacío gracias a ser domingo (en el que incluso pude fumar porque así lo hacía el chofer), y en Mai Châu me crucé por casualidad con el hijo de esta familia con la que vivo (quien me subió hasta Ban Vân en su motocicleta), el plácido aspecto de los arrozales continuaba inalterable, y entre ellos sólo se veía alguno de los típicos sombreros cónicos de paja de alguien que estuviese quitando la mala hierba (por lo general los usan las mujeres, pues los hombres prefieren aquellos sombreros en plan explorador que llevaban los soldados del Vietcong).

Asimismo, casi todos los habitantes de la aldea seguían tumbados a la bartola. ¿Lo visualizáis? Bochorno, silencio que sólo rompían las cigarras o los pájaros cantores, y el murmullo del agua transparente que desciende continuamente por las dos acequias que enmarcan la carreterita (de tres metros de ancho) que va a Mai Châu.

Fue así hasta que una mañana, como si hubiesen dado la salida de una competición en la que participasen todos los miembros de cada familia, ¡Bang!, empezaron a cosechar el arroz y se armó la de Dios. Los campos se llenaron de personas que blandían hoces e iban haciendo ramilletes que después depositaban en los márgenes de la carreterita.

Al poco aparecieron en escena unas humeantes y ruidosas desgranadoras que tenían tres ruedas y circulaban empujadas por el mismo motor que se encargaba del arroz: ¡Los conductores iban sentados al frente y dirigían tan insólitos triciclos (¡Sin frenos!) con una manecilla parecida a un timón! Tras decapitar las plantas, y siempre con las hoces en la mano, a continuación cortaban el resto del tallo y, tras amontonarlo, le prendían fuego armando unas grandes humaredas (el famélico ganado de la India y África habría alucinado al ver quemar tanta comida): Supongo que usan la ceniza como abono.

Mientras sucedía todo esto, y sin un momento de respiro, ya estaban arrancando las raíces con azadas, e inundaban inmediatamente los campos, antes de empezar a ararlos en unos casos con búfalos o toros (y no bueyes), y en otros con ruidosos motocultores.

La gente, el ganado, e incluso los perros que veo estos días, están enfangados de los pies a la cabeza. El verdor del valle ha pasado a ser historia, y ahora parece un lago inmenso partido en parcelas escalonadas en las que enseguida comenzarán a plantar los nuevos brotes de arroz. La única excepción en ese aspecto es el terreno que hay junto a mi domicilio, el cual, sin que sepa la razón, y en vez de arroz, está dedicado al cultivo de flores (o eso parece), de las que las hay a miles y hacen las delicias de las muchas mariposas que revolotean sobre ellas. Ya que he mencionado mi domicilio, os recordaré que se halla en la planta superior de una casa y es un dormitorio (que mide 7 x 10 m.) en el que las paredes, el techo, las columnas y las vigas son de madera y tienen el relajante color de la miel (el suelo es de bambú, y todo lo que veo a través de las ventanas es verde).

¿Sabíais que el nombre que dan los vietnamitas a España es “Tây Ban Nha”, que a Portugal lo llaman “Bò Dào Nha”, a Alemania “Dúc”, Suecia es “Thuy Dién”, Corea, “Han Quok”, y Dinamarca, “Dan Mach”?

FAUNÓPOLIS. Traficar con animales protegidos en Vietnam se pena hasta con quince años de cárcel, y recientemente condenaron a siete años a un tipo que había comprado siete mil tortugas marinas muertas. En el año 1992 el gobierno vietnamita aprobó una ley por la que se prohibía mantener osos en cautiverio, y hace una semana fueron rescatados dos ejemplares del “Oso Asiático Negro” en las Tierras Altas de la provincia de Lâm Dông. En el mismo día la organización “Libera a los Osos” recibió otro macho de la misma raza que había permanecido enjaulado dieciocho años y fue trasladado al centro de rescate del “Cát Tiên National Park”. Se sabe que en ese distrito todavía hay seis osos en cautiverio. La provincia de Can Tho en el Delta del Mekong ha sido la siguiente en declararse libre de granjas de osos al ser liberado el último de ellos. Entre los años 2005 y 2017 el número de osos en cautividad en Vietnam descendió de 4.300 a 900.

TALIBANIA

  • En nuestro querido mundo malviven 152 millones de niños y niñas que se ven obligados a trabajar, aunque la mayoría lo hace dentro de la familia, sobre todo en tareas agrícolas. El 48% de ellos se hallan entre los 5 y los 11 años de edad. También hay 4’3 millones de menores de 18 años que están esclavizados. Un millón de niños son víctimas de la explotación sexual, y 300.000 hacen un trabajo forzoso impuesto por el Estado.
  • Desde el año 1998 han sido asesinados más de 3.500 defensores de los derechos humanos, 16 de ellos en la India en el 2016. En este mismo país, y en el año 2013, asesinaron a seis reporteros, en el 2014 fueron 2, en el 2015, 4, y 5 en el 2016
  • En los últimos cinco años han muerto 1.960 presos en las cárceles del estado indio de Uttar Pradesh.
  • Un hombre de la ciudad india de Jaipur encerró a sus dos esposas en el coche, le prendió fuego y las quemó vivas porque, según él, no trataban bien a su madre. ¿Opinaría ella que era un buen hijo?

EN LA TABERNA GALÁCTICA. Cuando yo me junto, pongamos por caso, con un grupo de aldeanos, adivinó rápidamente si entre ellos se encuentra alguno que haya viajado un poco aunque solamente sea para trabajar en la ciudad o en otro país, porque acostumbran a tener un poco más de clase; y eso es lo que pensé al escuchar como un joven nepalés, de cuerpo atlético, pelo corto y barba recortada, contaba: “Yo había practicado artes marciales desde que era un crío, y conseguí un empleo en una empresa de seguridad de Kuala Lumpur, donde permanecí tres años hasta que se puso en contacto conmigo un tío mío que tenía un empleo “parecido” en Afganistán.

No me engañó, y me aclaró que allí se corría diariamente el riesgo de morir; pero el sueldo era espectacular para un nepalés, mil setecientos dólares mensuales que incluían una buena vivienda, comida y demás gastos, transporte gratuito de ida y vuelta a mi país, y al terminar el contrato recibiría una pensión de por vida.

En Malasia me trataban como a un esclavo y curraba de sol a sol a cambio de un salario que nunca que me permitiría regresar al Nepal convertido en un hombre rico. No había otra solución, tenía que enfrentarme al miedo y aceptar los peligros que correría. Aterricé en Kabul con el convencimiento de que iba a morir en un santiamén. La empresa que me había contratado era norteamericana, y el adiestramiento que recibí durante tres semanas en un campamento hubiese estado acorde con las fuerzas especiales de cualquier ejército. Aprendimos diferentes técnicas militares, a usar metralletas, y también a matar en la lucha cuerpo a cuerpo ya fuese con un cuchillo o con las manos desnudas.

El contrato era anual, y lo renové seis veces sorprendiendo a unos y otros porque todo el mundo soñaba con salir cuanto antes de Afganistán. Sobreviví a varios atentados con “coches bomba”, y adoro a los perros pastores alemanes desde que uno de ellos me salvó la vida al detectar un artefacto explosivo que habían colocado en los bajos del jeep en el que iba a partir. Mi éxito no estuvo solamente en regresar físicamente sano, sino en no haberme desquiciado como les sucede a la mayoría de los soldados al permanecer tanto tiempo en una zona de guerra. La parte positiva en tan agresivo entorno era el costo y el opio que conseguíamos y consumíamos gratuitamente cuando servíamos de escolta a los agentes gubernamentales que destruían las plantaciones.

Al día siguiente de haberme retirado y regresado al Nepal cobrando mil dólares mensuales de pensión, mi sustituto murió en la explosión de un “coche bomba”. Contemplé a aquel nepalés de hablar pausado con respeto y simpatía, y prácticamente no escuché al escocés que estaba sentado a su lado mientras decía: “Yo recuerdo perfectamente que en una encarnación anterior morí decapitado, y mi madre se acuerda de cuando era una niñita del medievo y jugaba en los corredores de un castillo”.

MIRA LO QUE PIENSO

  • En otra crónica os confesaba que yo era un tipo exagerado y usaba continuamente la palabra “muy”, pero también lo soy porque me gusta la cerveza helada, el café ardiendo, la comida picante, la cama dura, andar deprisa, y cuando conducía lo hacía a toda hostia: “¡Soy un macarra, soy un hortera, voy a toda hostia por la carretera!”.
  • ¿Se ha tratado de atraer los rayos de las tormentas para usar su energía?
  • Si el conjunto de células de nuestro cuerpo forma algo parecido a un microcosmos, es lógico creer (como Einstein) que el Universo sea un ser vivo.
  • Me maravilla comprobar que, a pesar de mi gran egoísmo, cada una de mis ideas, acciones y reacciones nace con la mejor intención, pues siempre me preocupo y trato de ayudar a todo el mundo (al gusano perdido sobre el cemento, al escarabajo de panza arriba, alguien que tropiece, o al vecino de mesa que casi tira el vaso).
  • Todos somos emigrantes, y reaccionamos con la tontería del “Yo llegué primero” porque tememos que nos quiten el sitio.
  • Dejad que los niños jueguen…, pero, por favor, que lo hagan lejos de mí.
  • ¿Por qué en el pasado morían muchas mujeres al parir, mientras que los animales lo hacen sin el menor problema?

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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