La crónica cósmica. La alegre energía que me provocan siempre los viajes

La crónica cósmica. La alegre energía que me provocan siempre los viajes
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RANIKHET EXPRESS. Cuando empecé a preparar los bártulos sentí la alegre energía que me provocan siempre los viajes. En este caso iba a recorrer mil doscientos cincuenta y seis kilómetros hacia el nordeste en un tren hecho a mi medida, pues iniciaba su trayecto en Jaisalmer, en el Desierto de Thar del Rajastán (a menos de doscientos kilómetros de la frontera paquistaní) y lo terminaría en Kathgodam, a los pies de las Kumaon Hills, adonde regresaba por enésima vez en busca del aire fresco y limpio de sus bosques y lagos (que se hallan a una altitud de mil trescientos metros).

Podría decirse que me iba de Jaisalmer empujado por el desagradable viento caliente llamado Lu, que soplaba desde el sudoeste dándote la sensación de estar en un horno. Mis sufridos pulmones, que durante las primeras semanas habían apreciado el aire seco de esa histórica ciudad libre de polución, ahora me suplicaban que cambiase de decorado.

Los horarios del Ranikhet Express eran un poco… inconvenientes, pues se puso puntualmente en marcha a la una de la madrugada y llegaría a su destino, tras veintiocho horas de viaje, a las cinco de la madrugada (1.440 rupias. Euro: 78 rupias). Me felicité al comprobar que “mi” vagón iba prácticamente vacío.

Fue chocante pasar instantáneamente de la bochornosa atmósfera del desierto (lo era incluso de madrugada) a la exageradamente fría del aire acondicionado.

La noche no tuvo más historia porque me limité a dormir como un angelito acunado por el vaivén del tren. Pero durante el largo día siguiente me dio por reflexionar (eso si no estaba echando una cabezadita, pues me quedé sobado docenas de veces cumpliendo con mi rol de yayo).

Al hacerlo sobre de mi estancia en Jaisalmer, descubrí que en todos esos días sólo había tratado con auténticos caballeros, suaves y bien educados, con los que daba gusto conversar (nada de mujeres, sorry). Menciono esto porque, por lo general y como ya sabéis, pongo a parir a los indios (“¡Criticón, que eres un criticón!”).

Mientras tenía la mirada puesta en los paisajes que aparecían tras la ventanilla, archivé debidamente en mi memoria las imágenes que incluían la desmadrada fiesta del Holi (mejor Joli, ¿no?) en la que yo no participé; aunque sí me coloqué como todo el mundo tomando un bhang lassi muy fuerte (crema de maría con yogur) que me llevó a las estrellas.

Me reí al recordar la creencia popular de que un hombre calvo es invariablemente rico. Pensé con cariño en la mujer que ponía comida y agua para las palomas en la parte de la muralla que quedaba frente a su casa. Por cierto, que las murallas de Jaisalmer sirvieron de cagadero público hasta hace una veintena de años: “Nos agachábamos mirando hacia el desierto”.

De noche, por encima de esas murallas, revoloteaban unos grandes murciélagos insectívoros, a los que tomé por pájaros, primero porque se limitaban casi siempre a planear jugando con el viento, y segundo porque tenían debajo los focos que iluminaban las murallas y parecían de color blanco. Más abajo (¿a 20 o 30 metros?) y tras la pendiente, estaba la calle que rodeaba la fortaleza y que era el reino de los perros, los toros y unos cerdos peludos como los jabalíes que no pertenecían a nadie.

También reflexioné acerca del futuro inmediato, y al hacerlo, los recuerdos me llevaron de vuelta al pasado, exactamente a un año antes, cuando estuve por última vez en el sitio de las Kumaon Hills, al que ahora me dirigía, donde durante la primavera no dejas de ver por todos lados docenas de pájaros exóticos de distintas razas.

En los casi treinta años que he ido viniendo a esos bosques (en los que puede rebrotar un árbol del que sólo quedara la carcasa vacía de un tocón de un metro) me alojé en nueve casas distintas que se asemejaban entre sí en cuanto al silencio que reinaba en ellas (sobre todo de noche). Recordé automáticamente a la familia con la que he convivido las cinco últimas veces, los jóvenes padres (manda ella) y sus dos hijitos.

La vivienda es moderna, pero se levanta a solas en la cresta que separa dos pequeños valles. La población local, los “paharis” que hablan “kumaoni”, no tienen la menor cultura geográfica; si les menciono, pongamos por caso, Madhya Pradesh, el gran estado de la India central, les suena igual que si les dijese Tombuctú porque en su mente no hay la mínima información al respecto.

Otro recuerdo: Una fiesta nocturna en la lujosa casa de un buen amigo a la que asistió la flor y nata de los expatriados de Delhi; gente que, a pesar de fumar las marcas de cigarrillos más caras del país, se arrojaron viciosamente sobre mis folclóricos bidis (os recuerdo que solamente los fuman los campesinos y quienes van cortos de rupias).

Había una mujer, joven, fina y elegante, que tenía la típica voz exageradamente aguda de las cantantes indias; curiosamente, (o no), a pesar de que me resultó molesta al oído mientras estuvo hablando (yo me encontraba a su lado conversando con una escritora), me extasió cuando, más tarde, se puso a cantar: ¡Era una maravilla! Pero no creáis que cantara sola, pues el resto de la docena larga de invitados también lo hicieron a coro (y muy bien), y yo pensé que la India y Alemania se parecían en cuanto al valor que daban a la cultura musical.

Umm, volvamos a la actualidad. El Ranikhet Express llegó a Kathgodam con una puntualidad británica. Eran las cinco de la madrugada y sólo se adivinaban los primeros destellos del alba. Un taxista que me esperaba junto a la puerta del vagón aceptó el precio que le ofrecí por llevarme hasta mi destino final a unos treinta kilómetros de distancia (600 rupias). Igual que en cada ocasión, mis emociones se desmadraron en cuanto empezamos a ascender por la estrecha carretera de montaña que yo había recorrido muchas veces en el pasado.

“Bienvenido a casa”, me saludó Uma cuando el taxi se detuvo frente a su vivienda. Comprobé con una rápida mirada que no había cambiado nada. Ella me alegró el día diciéndome que ocuparía la misma habitación, y lo haría pagando el mismo precio (que incluye dos comidas y tres chai). Yo le alegré el suyo aumentándolo un poco.

Las temperaturas eran ideales, pero la mujer me contó que solamente se habían suavizado unos pocos días antes y que el invierno había sido largo, frío y especialmente lluvioso: era un buen dato porque, de otra manera, estos bosques pueden a llegar a ser muy áridos durante la primavera, adversidad que muchas veces se acompaña de incendios: afortunadamente el año pasado no hubo ninguno.

De forma parecida a lo que os decía acerca de los caballeros de Jaisalmer, la relación social que mantengo aquí se halla a un nivel muy alto en cuanto a inteligencia, cultura, delicadeza y psicología (escritores, editores, fotógrafos e incluso un diseñador de submarinos), tanto como para que no pueda evitar piropearlos de vez en cuando: “¡Sois la hostia!”.

Al atardecer de este primer día fui a saludar al Señor Lobo (sí, el que soluciona problemas y trabaja como guía turístico para gente tan rica que puede darse el gusto de recorrer el mundo en un jet privado). También estaba su esposa; mujer tan inteligente como culta que había recorrido África realizando proyectos para las Naciones Unidas. Él me mostró unas fotos en las que se veía a una mamá leopardo comiéndose junto con su cachorro al sámbar que había cazado (es un ciervo de gran tamaño y hace un ratito ha pasado uno frente a la casa de Uma). Tenía asimismo un video de varios minutos en el que aparecía una cobra real de tres metros a la que molestaban arriesgadamente varios pájaros de una raza que conozco de sobra; unos guerreros natos que atacan a cualquiera que se acerque al nido que tienen en el suelo.

La siguiente visita la destiné a la casa centenaria del Señor Jabalí, poeta y gran aficionado a la música, quien logró alucinarme mostrándome un aparatito “modelno” que reproducía la canción que le pedías. Como primer paso, y para que se conectase automáticamente, tenías que pronunciar el nombre de una mujer que a continuación te preguntaría qué pieza querías escuchar. Mi amigo comentó sarcásticamente: “Es la única mujer que cumple siempre mis deseos”. Después dijo que me invitaba a cenar el día siguiente: croquetas de pescado, ron, música y porritos del buen costo local. Acepté encantado sin esperar que la reunión se compusiese casi exclusivamente de occidentales: una docena de ellos que acababan de permanecer toda una semana en un áshram sin pronunciar una sola palabra y ahora no paraban de paliquear.

Mis relaciones sociales en este sitio también incluyen a varios perros que, caso insólito, siguen todos vivos a pesar de ser el plato favorito de los leopardos.

Voy a pasar dos meses paseando por estos bosques, y ya me relamo al pensar en todos los pájaros que veré; quizás también unas preciosas martas del Himalaya y, con suerte, algún lindo gatito.

Dentro de una semana llegará el amigo occitano con una botella de ron en la mochila y con ganas de machacarme jugando al backgammon.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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