La crónica cósmica. La tribu de locos indómitos con quienes convivo

La crónica cósmica. La tribu de locos indómitos con quienes convivo
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Aunque siempre me resultó un poco difícil discernir entre la realidad y lo que era fruto de mi desmadrada imaginación (sobre todo con mis parejas: ¡Ja!), esa peculiaridad se ha ido incrementando con el transcurso de los años al juntarse en el mismo archivo de mi cabeza las aventuras de mis viajes con las novelas que escribo. Pongamos por caso: si pienso en las correrías por una selva, a veces no tengo claro si pertenecen a la ficción o a la realidad. ¿Sucedió de esa manera o simplemente lo escribí así? Pero la cosa no termina aquí, pues a tan peliagudo cóctel se le une también lo que leo y, aquí va otro ejemplo: al recordar a un tipo que andaba perdido por el desierto, no sé con seguridad si será un héroe de alguna novela mía o de una que haya leído.

Como podéis ver, en mi caso no sirve lo de “pienso, luego existo”, porque de noche y a oscuras en mi cabaña dudo de si todo este tinglado, esta isla malaya de Kapas y sus playas, se trata de una creación más de mi imaginación. Umm, quizás me podría dar la licencia de afirmar “imagino, luego existo”. Igual que los cuervos del primer Relato Divergente, que decían, “Pobres seres humanos, qué putada no poder volar”, yo siento pena por todos los que están faltados de imaginación, pues lo compararía a ser ciego.

Rediós, parece que haya empezado esta crónica por el final, porque la parrafada anterior estaría más acorde con Mira lo que Pienso.

Pero resulta que esta mañana, o sea hace un ratito (ahora son las ocho), me he despertado llevando toda esta monserga de la imaginación entre ceja y ceja, y me lo he tomado como un mensaje cósmico. Recientemente me sucedió algo parecido cuando la tribu de locos indómitos con quienes convivo, organizó una fiesta de disfraces terroríficos. Los maldije al ver cómo escogían los atuendos que llevarían y se ponían todos al tajo, con varios días de antelación, confeccionando muy diestramente máscaras, garras y demás elementos. Me quedé en blanco pensando que me presentaría vistiendo simplemente mis habituales prendas blancas.

Aunque quizás opinaréis que, debido a la forma en qué visto, ya voy disfrazado habitualmente, la pura realidad es que jamás me he disfrazado; incapacidad a la que se le añade que soy el antónimo de un manitas e incapaz siquiera de coserme un botón.

Tras decidir no comerme el coco, me olvidé del tema hasta que, al despertar la mañana del día señalado, ¡Boom!, hallé entre mis cejas la genial idea que me permitiría disfrazarme fácilmente usando un material que tenía a mano: un simple rollo de papel higiénico. Supongo que ya habréis adivinado que me proponía ir disfrazado de momia. Aunque la imaginación me proporcione ideas, siempre he necesitado a algún amigo que las perfeccionase; en este caso la ayuda vino de un trotamundos maño, quien, aparte de “vendarme” debidamente de los pies a la cabeza, fijó el papel con cinta blanca adhesiva, consiguiendo que aguantase varias horas.

Él iba de Fredy Kruger, con una brillante máscara roja y las imprescindibles navajas en los dedos. Su simpática mujer se transformó en una bruja que sonreía maléficamente, llevando un ensangrentado cuchillo de cocina en la mano. También estaba Hannibal Lester, quien al ir maniatado se veía obligado a pedir ayuda para beber.

Ya que menciono la bebida, os diré que nos pusimos peligrosamente ciegos con absenta mallorquina de 80º. Aunque empezamos siendo solamente una docena, durante la noche fueron llegando currantes de otros resorts, que no iban disfrazados, pero que eran pintarrajeados inmediatamente por las expertas manos de diferentes maquilladoras. Para evitar correr riesgos legales, los porros eran de artemisa.

Me fui a la cama a una hora temprana, que para mí era tardía, y al despertar de mañanita encontré a varios participantes de la fiesta que dormían plácidamente compartiendo unos sofás y unos sillones que, gracias a su estado, les debían parecer muy cómodos.

LA ISLA Y LOS ISLEÑOS

Diariamente nos preguntamos unos a otros si hemos visto al águila; pero no lo hacemos solamente porque nos preocupemos de su bienestar, sino porque sus correrías aéreas incluyen siempre anécdotas insólitas. ¿Unos ejemplos? Mientras la amiga maña paseaba una mañanita por la playa, el águila la “atacó” por la espalda y se posó en su cabeza dejándola atónita. ¿Qué hacer cuando notas que ese lindo pajarito te acaricia el pelo con sus afiladas garras? Suponiendo que si trataba de agarrarla correría el riesgo de asustarla y terminaría recibiendo como mínimo un picotazo, se agachó y fue acercando lentamente su cabeza a la arena. Entonces el águila decidió que aquel juego había perdido la gracia y salió volando.

¿Otro? Anteayer, cuando estaba bebiendo mi cervecita de la puesta de sol en la parte meridional de la isla, cruzó frente a mí por la playa una turista europea que quizás sufriese fobia hacia los pájaros, pues se trastornó y salió en desbandada chillando histéricamente al ver que nuestra amiga el águila le hacía uno de sus pases a corta distancia. Ese día el águila estaría juguetona, y al poco atacó a un gato que se defendió pegando un brinco en el aire. Fueron imágenes inolvidables: ella con las alas extendidas y las garras por delante, y él mostrándole las zarpas a un metro del suelo. Pero todavía no habían terminado, pues a continuación el águila se posó en lo alto de un poste y, sorprendida, contempló como el lindo gatito trepaba verticalmente por él con las peores intenciones, hasta que se hartó y regresó a la arena, donde se sentó sin perderla de vista durante un buen rato.

Otra confrontación parecida la tuvo nuestra rapaz en el jardín de este resort en que vivo, cuando fue a por un pollito, sin haber previsto que la mamá gallina contraatacaría levantando ágilmente el vuelo. Os aclararé que en esta isla hay docenas de gallos y gallinas que no pertenecen a nadie y, según supongo, la mayoría de los pollitos terminarán sirviendo de alimento a los lagartos monitor, las serpientes pitón o las águilas (¿y a los gatos?). Observando a esta fauna comprobé que, de forma parecida a los lobos de países fríos que en verano se alimentan sobre todo de ratones, los grandes monitores de esta isla escarban la tierra en busca de insectos.

Para ser un buen trotamundos es imprescindible que te guste la comida de los sitios en que resides, y yo, a menos que el malvado amigo valenciano me mande tentadoras fotos cuando visita su tierra, nunca pienso, pongamos por caso, en los calamares a la romana o en la crema catalana. Pero, de todos modos, esto no es óbice para que haya gozado como un loco de la “exótica” comida que me han preparado aquí en Kapas distintos cocineros hispanos: paella, tortilla de patatas, croquetas, ensalada, alioli….

La foto de una enrojecida puesta de sol que acompañaba la última crónica os podría hacer creer que gozamos habitualmente de esos espectáculos naturales; pero no es así porque la humareda de los más de setecientos incendios que están arrasando Sumatra llega incluso hasta aquí y la mayoría de los días el cielo tiene el mismo aspecto triste que en Lanzarote cuando hay calima. La situación es mucho peor en Kuala Lumpur y Singapur, ciudades en las que, debido a la cercanía de Sumatra, es frecuente que la gente sufra problemas respiratorios y se vea obligada a llevar una máscara.

Imágenes cotidianas. La cara aturdida y consternada de los turistas que desembarcan en la isla cargando unas grandes maletas con ruedas que son difíciles de transportar por la arena. Las musulmanas malayas, vestidas de negro de los pies a la cabeza como ninjas, que comparten la playa con españolas que llevan microbikinis. Las familias malayas que permanecen varias horas seguidas sentadas dentro el mar y se desternillan con cada ola. Los preciosos colores de las rocas maravillosamente esculpidas por el agua durante miles de años.

MIRA LO QUE PIENSO

  • Debido a que todos mis abuelos murieron antes de que yo naciese, durante una gran parte de mi vida no hubo defunciones a mi alrededor. Pero a partir de cierto momento la muerte pareció que hubiese decidido ponerse al día, y desde entonces he tenido la sensación de ir dejando cadáveres a mis espaldas. Esta semana pasó a mejor vida mi buen amigo Joan. Que descanse en paz.
  • Me he vuelto racista, pero sólo con el llamado hombre blanco.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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