La crónica cósmica. Los monzones llegaron puntualmente

ASUNTOS MONZÓNICOS

Los monzones llegaron puntualmente, pero los “entendidos” afirmaron que lo habían hecho con dos días de retraso: estos nepaleses están locos. Insólitamente su aparición en escena, que normalmente es bienvenida con cantos y danzas (“Bailando bajo la lluvia”) no gustó a los campesinos de Sauraha porque, justo antes, lo hicieron las lluvias de un ciclón cuando iban a recolectar el arroz y los campos estaban inundados en vez de secos.

A grandes problemas, grandes soluciones: para evitar que el arroz se pudriese debido a la humedad, lo han metido en el interior de las casas. Ahora al entrar en ellas, por ejemplo, a la de Shankar o a la del Señor Tolstoi, lo hago andando sobre una gruesa capa de arroz que cubre el suelo de cada planta e incluso las escaleras.

Aunque las temperaturas hayan descendido un poco gracias a las tormentas y al manto de nubes que nos protege del sol, el bochorno ha aumentado debido al elevado porcentaje de humedad ambiental, que se adhiere a las prendas a pesar de tenerlas colgadas bajo el ventilador. El pobre aparato no tiene un minuto de descanso, ni de día ni de noche, y que duermo acunado por el barullo que arma.

A mis pelos (los pocos que me quedan) les sientan bien los monzones, pero no así a mi piel (ni a la de nadie), que puede sufrir eccemas al juntarse esa humedad con la del sudor (yo sudo, tú sudas, él suda). Lo soluciono con los efectivos polvos talco que adquiero todos los años en Tailandia: una maravilla que lleva menta en su composición y es tan refrescante que te da la sensación de hielo pulverizado.

Por el momento las lluvias no son constantes y adopto mis horarios al de los chaparrones, que pueden durar un par de horas y después darse un descanso. De todos modos, siempre voy de paseo con el paraguas bajo el brazo como si fuese un londinense; y me felicito cuando, tras lograr regresar seco a mi cabaña, empieza a diluviar de nuevo porque, esa es la realidad, si caen toneladas de agua, el paraguas no da para mucho.

Esa bochornosa humedad, que en Chitwán es totalmente tropical, sí es del gusto de las plantas, que brotan por doquier llenando el mundo de flores y verdor: árboles con un manto de color escarlata o malva y las flores blancas del champa cubriendo el aire con su hechizante perfume.

Los insectos también aparecen a millones. ¿Unos ejemplos? Auténticas nubes de termitas voladoras que por la noche se montan espectaculares coreografías aéreas alrededor de las farolas. Os recuerdo que esos insectos sólo se hallan en sitios que tienen aire puro sin la mínima polución. También han llegado los escarabajos gigantes: grandes especialistas en hacer aterrizajes forzosos en los que, aparte de pegarse unos batacazos de miedo, terminan muchas veces pateando de espaldas sobre el asfalto y morirían si tío Nando no se encargase de echarles una mano.

A pesar de haber vivido, sufrido y, sobre todo, gozado muchos monzones en distintos países, al ser éstos los primeros que paso en Sauraha me he encontrado con una novedad insólita: unos ciempiés diminutos, rojizos como las hormigas de ese color, que forman una masa con cientos de ellos y se mueven al unísono pasando los unos por encima de los otros. Al ser yo un observador compulsivo de todo lo relacionado con la naturaleza, me detengo siempre que veo una de esas masas, me pongo las gafas, me agacho y me lo paso en grande como si estuviese viendo un reportaje de “Animal Planet” (¡pero en vivo!).

Otra peculiaridad de esta estación son los delicados nidos ovales y colgantes (una auténtica obra de arte) que construye el pájaro tejedor, preferiblemente en las esbeltas palmeras de betel.

También como cada año han llegado al Nepal los delfines gangéticos (“Platanista Gangética”). Vienen de los ríos indios Ganges y Karnali, y ascienden por el cauce de los ríos nepaleses Mohana, Pathraia, Kandras y Kanda. Hacen esas migraciones como precaución a las inundaciones monzónicas que vendrán a continuación y dejarán el Valle del Ganges convertido en un lodazal. Su número no es muy elevado; se calcula que suman entre cien y ciento treinta ejemplares. En el censo que se hizo en el año 2012 eran sólo 52. También habitan en los ríos de Pakistán y Bangladesh.

Peculiaridades culturales: ningún nepalés tomó un solo bocado o bebió tan siquiera un chai durante el eclipse del Sol que hubo el otro día. Aquí va una información que me ha pasado mi corrector (y hermano): Una tradición india recomienda no comer durante un eclipse, bajo riesgo de sufrir indigestión. Se trata de una costumbre anclada en la religión hindú: el demonio Rajú intentó conseguir la inmortalidad con engaños, pero fue delatado, por lo que se venga intentando devorar el Sol o la Luna de vez en cuando.

Cuando Ranjana me propuso que yo cambiase el horario de mi “dal bhat”, le repliqué riendo que los nepaleses estaban locos y que yo comería a la misma hora que cada día: las doce.

Destino Kazajstán: os mencioné en la crónica anterior que la Embajada de Kazajstán en Delhi había organizado la vuelta a casa de mi joven amiga de aquel país sin que tuviese que preocuparse por los permisos y demás papeleos. Pero, claro, debido al tipo de países que iba a recorrer, Nepal e India, no fue coser y cantar, sino un auténtico viacrucis. Aparte del trayecto hasta Katmandú, que dura por lo general unas siete horas (¡para recorrer ciento setenta kilómetros!), después tardó treinta y cinco horas en ir desde ésa capital hasta Delhi. La llevaron directamente al Aeropuerto Indira Gandhi, de donde partió enseguida en un avión en el que iban únicamente siete pasajeros. Pero no habíamos terminado, pues al aterrizar en Kazajstán le hicieron el test del coronavirus y la metieron en cuarentena mientras esperaban los resultados.

Aunque por el momento no he recibido más noticias, deseo que todo haya terminado bien, y no lo digo pensando solamente en ella, sino también en mí (¡egoísta!), pues justo antes de marchar había estado en la fiesta de mi cumpleaños junto con todos los amigos locales. Por cierto, que gracias a la cultura que impusieron los soviéticos, Kazajstán es un país completamente ateo: “¿Dios? ¿Y eso qué es?”.

LA TABERNA GALÁCTICA. Érase una noche en que mi antro predilecto estaba prácticamente vacío. Solamente había un cliente que charlaba con el aburrido camarero. No era un desconocido, pues me había cruzado varias veces con él en Sauraha y Kanchanaburi. Sería difícil que me pasase desapercibido debido a su insólito corte de pelo, que incluía un largo y trenzado flequillo muy cómico que colgaba por debajo de su barbilla; excentricidad que él resaltaba al andar inclinando la cabeza y mirando al suelo.

Como sucede habitualmente con ese tipo de personajes insólitos, no tuvo inconveniente en contarme un poco su vida: “Me llamo John, tengo sesenta y ocho años y soy de Nueva York, pero ahora vivo permanentemente entre el Nepal y el Sudeste Asiático porque no me gusta el camino que está siguiendo mi país. Hace tres semanas me harté de la polución que había en Katmandú y estuve viajando por Myanmar bajo un diluvio constante y llevando barro hasta en las cejas. Cuando regreses a Katmandú te recomiendo que visites una farmacia especializada en medicina ayurvédica, que hay cerca de la Plaza Durbar, donde venden un tipo de cieno llamado “shilguet” que segregan las rocas del Himalaya. Aseguran que cura todas las enfermedades y, aparte de darte mucha energía, incluso sexual, puede convertirte en una persona muy longeva.

¡Ah, sí, otra cosa, no sé si sabrás que el gran terremoto del Nepal provocó que en Sauraha brotasen setas mágicas por todos lados, y yo, tras recolectar un buen montón, me las llevé a una pequeña isla de Filipinas que me gusta mucho! ¡Ja, pasé varias semanas en las nubes!”.

MIRA LO QUE PIENSO

En el momento de fallecer descubrió que todas las preocupaciones de su vida habían sido en vano porque las cosas malas (incidentes, accidentes, disputas o enfermedades) siempre le habían caído encima inesperadamente, como le sucedía ahora mismo con la muerte: ¡Sorpresa!

La afirmación de que somos lo que escondemos, resulta incomprensible para alguien transparente como yo.

Para comprender lo que es la libertad tendríais que haber sido realmente libres.

Podría ser que los relatos divergentes que escribo últimamente os pareciesen demasiado dulzones, en plan final feliz hollywoodense; pero es que trato de daros buen rollo y transmitiros un poco de alegría en estos tiempos que pecan de depresivos.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
Nando Baba
Escritor y viajero. No te pierdas las crónicas cósmicas de Nando Baba.