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La crónica cósmica. Pushkar en época de bodas

La crónica cósmica. Pushkar en época de bodas
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EL DON DE LA OPORTUNIDAD. Algunas personas van por la vida sin seguir el ritmo cósmico; son las que se presentan en los momentos menos adecuados, las que sueltan algo inapropiado cuando deberían callarse, y las que parecen remar siempre a contracorriente. En la otra cara de la moneda se hallan las que sí se mueven a ese ritmo y salen de casa sin paraguas porque para ellas luce invariablemente un Sol radiante.

El día en que el amigo valenciano y un servidor decidimos partir de la histórica ciudad india de Bundi sin tener nada planeado, comprobamos que formábamos parte de esta tribu. A pesar de ser muy temprano, en la solitaria calle que había frente a la “Uma Megh Haveli” nos esperaba un ricchó que nos llevó rápidamente a la estación de autobuses, a la que llegamos justo a tiempo de coger un autobús que ya se ponía en marcha y tenía libres dos buenos asientos frontales.

Estuvimos circulando un rato por una auténtica autopista, y aluciné al ver venir tranquilamente en sentido contrario por el arcén a camiones y tractores: ¡India! Más tarde, y sin darnos tiempo a beber un chai, hicimos transbordo a otro autobús que partía inmediatamente. Tras cuatro horas de viaje por el estado de Rajastán, llegamos a la ciudad de Ajmer.

Nuestro destino final, Pushkar, se hallaba a una docena de kilómetros que hubiésemos podido recorrer en uno de los vetustos autobuses que salían cada quince minutos; pero decidimos tomar un taxi porque antes queríamos hacer algunas compras en una “english wine shop”, pues Pushkar había sido tradicionalmente una población abstemia y, como mínimo, necesitaríamos las imprescindibles cervezas para filmar la siguiente “Una cerveza con…”; después resultó que actualmente Pushkar incluso tenía una de esas tiendas de licor y en algunos restaurantes servían mojitos y cubatas (de todos modos sigue siendo vegetariana, aunque ahora sí te puedes comer una tortilla).

Por este lado, el de los vicios etílicos, tuvimos una agradable sorpresa al comprobar que los precios del Rajastán eran mucho más baratos que los de otros estados, exactamente la mitad que en Uttar Pradesh o Madhya Pradesh, y una cuarta parte que en el Nepal.

Después de improvisar tan oportunamente este recorrido que terminó pasado el mediodía, nos instalamos en el hotel en que el amigo valenciano había hecho las reservas por internet sin imaginar que fuese precisamente el mismo en que yo había estado las muchas veces que visitase Pushkar en las últimas décadas. Me refiero al “Bharatpur Palace”, la “haveli” en la que en el pasado residía el rajá de Bharatpur cuando se dejaba caer por aquí, y se encuentra justo encima del lago y los ghats.

Me alegró comprobar que el paso de los años le había sentado bien a tan histórica casa, pues la han modernizado poniendo baño en la mayoría de las habitaciones (¡Agua caliente! ¡Sábanas! ¡Buen servicio de restaurante!) sin perder el embrujo que sólo tiene lo antiguo. Hay delicados frescos en los muros, todo está limpio y cuidado, y en muchos rincones sigues sin saber en qué siglo estás. Tal como podréis imaginar, la parte negativa ha sido una subida general de precios; pero de todos modos continúan teniendo alguna habitación que es asequible a mis bolsillos.

A la ciudad también la han pulido, y no hay basura por sus calles. Han desaparecido asimismo los cerdos silvestres que campaban a sus anchas, y las grandes tribus de macacos salteadores; supongo que los cazarían sin dañarlos (aquí no se mata ni a una mosca) y los soltarían en la jungla sin preocuparse mucho de cómo se buscarían la vida en tan áridas tierras. Los que sí continúan formando parte del decorado son los serios langures, los cientos de palomas a las que alimentan los peregrinos, las grandes bandadas de cuervos, y por supuesto las docenas de vacas y toros sagrados.

Umm, será mejor que aclare a quienes no hayáis estado por aquí que la existencia de Pushkar se debe al sagrado lago de tal nombre (que es una lágrima de Brahma, el dios de la creación) y se halla al principio del desierto del Rajastán. Igual que hice en Bundi, en vez de tratar inútilmente de describir esta encantadora y exótica ciudad en la que prima el color blanco (el “Bharatpur Palace” tiene el índigo tradicional de los brahmanes), os recomendaré echarle una mirada en internet, o ver mi cuarta entrevista de “Una cerveza con… Nano Baba 4” que el amigo valenciano ya ha publicado.

He dicho repetidas veces que me gusta la India moderna, o por lo menos es así en estos sitios sagrados y de pocas dimensiones a los que no alcanza la locura de las ciudades, con su caótico tráfico, la polución de aire, y el ruido ensordecedor. Bueno, algún ruido sí había en Pushkar, porque era la época de las bodas, y éstas se acompañan invariablemente de fuegos artificiales, bandas musicales desafinadas, y sonoros amplificadores móviles que recorren las ciudades armando barullo.

La más aparatosa tuvo colapsada la calle principal de bazar durante varias horas; ¿unas imágenes?: Era de noche. En la cola de la comitiva había un generador que alimentaba las deslumbrantes luces de una docena da fantasiosas esculturas sobre ruedas que empujaban diferentes currantes. En medio iban los invitados a la boda, ellas agrupadas y sonrientes, y ellos bastante borrachos. Frente a éstos estaba el enjaezado caballo blanco en que montaba el novio vestido como un rajá (¡Rey por un día!). Un ritual del festejo era regalar al afortunado jinete billetes de banco nuevos y relucientes, algo que hacían ostentosamente y levantado los brazos para que todo el mundo pudiese ver el dinero.

Al principio se encontraban unos salvajes con una especie de cilindros metálicos que usaban peligrosamente como trabucos y soltaban unos petardos ensordecedores; yo pegaba brincos con cada ¡Boom!, mientras que el caballo demostraba su profesionalidad permaneciendo impasible (la única ocupación de esos caballos es la de llevar al novio de turno: ¡Caballo de bodas en vez de caballo de guerra!).

¡Rediós, con tantas anécdotas estoy pariendo otra crónica en plan guía turística! Unas pocas más, y acabo.

En Pushkar el tema de la alimentación (siempre vegetariana) no podría ser más variado, porque hay todo tipo de cocinas, desde la israelí a la mejicana, la italiana, la griega, y también la española. La mejor representación de ésta es el “Laura’s Café”, donde sirven unas deliciosas tortillas de patatas, y también una inventiva versión del “pa amb tomaquet” catalán en la que la rebanada de pan lleva encima una gruesa masa de tomate y ajo. Para regar ese tipo de comida escogíamos entre la cerveza o un vino tinto indio que estaba realmente bueno. La filosofía forma parte inherente de este país, y en uno de los muros habían escrito: “Cuando nada es seguro, todo es posible”

Aunque sólo pasé una semana en Pushkar, enseguida organicé mis inevitables rutinas. De mañanita salía de la población por la parte oriental, y la circunvalaba pasando por las plantaciones de flores que usan para la afamada mermelada local y los miles de templos (literal, pues los hay de todos los tamaños). Antes hacía ese recorrido por los ghats, pero ahora me he hartado de los “guardias vocacionales” con cara de fanáticos que te obligan a descalzarte en todos lados.

Mi destino era una majestuosa gurdwara de mármol blanco (templo “sikh”, al que la RAE decidió darle en castellano el feo nombre de “sij”, y a la religión “sijismo”. ¡Qué mal gusto, ¿verdad?). Junto a ese templo instalaba su bicicleta “el chico de los periódicos”: “The Times of India, please”.

De regreso al “Bharatpur Palace” por el todavía solitario bazar central, tomaba chai invitando a un par de santones que ya me esperaban diariamente; en una ocasión también lo hice con un ciego al que llevé de la mano como un lazarillo. El “chai wala” preparaba el té con jengibre porque hacía un tiempo bastante desapacible debido a la llegada a la costa occidental del Ciclón Ockhi. El amigo valenciano me aconsejó tomar otro tipo de bebida para calentar el cuerpo después de las comidas: ¡Carajillo de ron!

MIRA LO QUE PIENSO. Me resulta incomprensible que algunos deportistas multimillonarios se rebajen a hacer publicidad como si su codicia no tuviese límites; pero todavía me parece más increíble el caso de esos famosos acosadores sexuales que, debido a su posición y popularidad, no les faltarán ocasiones para satisfacer “sus apetitos” por muy exagerados que éstos sean, quienes, aparte de comportarse como unos cerdos (con perdón de los cerdos), van por la vida haciendo un ridículo patético.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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