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La crónica cósmica. Quién sabe si el tiempo cambiará con la Luna nueva

La crónica cósmica. Quién sabe si el tiempo cambiará con la Luna nueva
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Me gusta viajarCargando…

CAPEANDO EN KAPAS. Normalmente me gusta escribir e incluso leer en la intimidad de mi cabaña, pero hoy he alterado tal rutina, y voy a “parir” esta crónica, que recibiréis por adelantado, sentado en un jardín público que hay junto al puerto de Marang (se halla protegido de la locura marina dentro del delta de un río). He improvisado sobre la marcha al enterarme que la novia del holandés iría de compras a Terengganu (¡De donde me traerá bidis!) y yo podría aprovechar el viaje en barca. Además tenemos un día soleado, y quién sabe si el tiempo cambiará con la Luna nueva.

El propietario de mi cabaña hizo acto de presencia al cumplirse un mes de mi llegada y, tras lloriquearle un poco diciéndole que el precio del alquiler era demasiado caro para mi bolsillo, conseguí que me lo rebajase de treinta y tres a veinte ringgits diarios, o sea que ahora pago unos cuatro euros y medio (600 ringgits mensuales – 1 euro: 4´7 ringgits). El salario de un currante está alrededor de los 1.400, el de un capataz es de 3.500, el alquiler de una casa 2.500.

Los monzones continúan mostrándose muy suaves si se los compara con los del año anterior, de los que todo el mundo me cuenta barbaridades: “En mi casa el agua me llegaba al pecho”. “Las olas se metieron en mi restaurante llevándose las mesas”. “El mar se tragó completamente la playa”. Cuando llueve creerías que han bajado el telón de un teatro que cubre tras de sí todo el paisaje como sucedía en el Amazonas. Al contrario que en la India o Tailandia, cuando la lluvia da paso al Sol no sufrimos el típico bochorno húmedo.

Debido a que han cerrado todos los restaurantes por vacaciones monzónicas, la cuestión alimenticia me ha obligado a buscarme la vida, y ha tenido varias facetas en las que han intervenido diferentes cocineras. La primera fue una italiana que desembarcó en Kapas a finales de junio haciendo turismo y ha seguido por aquí hasta hace poco; de entre los platos que cocinaba, yo destacaría su deliciosa “Pasta al Toballone”: Se prepara una lámina de pasta fresca, se la cubre con lo que tengas a mano, se la enrolla y empaqueta en una tela que se ata dándole la apariencia de un salchichón italiano, y para terminar se la hierve un buen rato; luego se sirve cortada en rodajas cubierta, por supuesto, de parmesano. La segunda cocinera fue una alemana que ha vivido en el Sudeste Asiático durante los últimos años; en cuanto a la cocina, y a pesar de su juventud, es una maestra que en cada ocasión ha sorprendido agradablemente a mi paladar. Para terminar, está una chica tribal que acompaña sus guisos con bromas y risas continuadas, quien me contó que en Malasia hay ocho tribus nativas llamadas “Ora Asi” y cada una habla su propia lengua.

El barquero que me lleva de un lado a otro es un tipo de mediana edad con una larga melena que, a pesar de tener la cara de un peligroso pirata malayo, es un encanto de persona y sabe enfrentarse con mucha habilidad a las olas que pegan contra la costa continental.

Entre los detalles imprescindibles para completar la acuarela de Kapas debo mencionar telegráficamente lo siguiente:

  • El servicio eléctrico funciona con energía solar.
  • Bebo el agua de un pozo junto al que me esperan miles de sanguinarios mosquitos (¡Deprisa, deprisa!).
  • La isla se halla en el “Marine Park of Malaysia”.
  • En uno de los “resorts” hay un piano que me recuerda al de la película con este título y me obliga a preguntarme quién sería el romántico que cargase con tal armatoste.
  • La mayoría de cabañas están edificadas con madera de rosal.
  • Me despierto y me duermo acunado por el sonido de unas olas (la música constante…) que arman mucho barullo a pesar de ser invariablemente pequeñitas y no levantar un palmo.
  • Lo de bucear, y aunque no alcance el nivel del Mar Rojo, es todo un espectáculo en el que te hallas rodeado por cientos de peces multicolores. Si algún día venís por aquí, tened cuidado con el “Stone Fish”, pues su picadura puede llegar a ser mortal.
  • Las mareas altas (hay un calendario en el que constan los días y las horas en que llegarán a ser peligrosas) escupen toda clase de basura que arrastran desde tierra firme (normalmente hay un servicio de limpieza, pero ahora también está de vacaciones), y dejan la playa llena de peines, cepillos, zapatos, botellas, latas, cuerdas, anzuelos, madera y muebles, grandes troncos, bambú, boyas, bombillas, fluorescentes, envases, bolígrafos, spray, cepillos de dientes, cucharas, tenedores, juguetes, correas de ventilador, pelotas, miles de mecheros, sombreros, gorras y, como es de suponer, restos de coral; absolutamente todos están cubiertos por unos pequeños moluscos blancos de los que salen unas patas con las que, supongo, tratan de introducir comida en su interior.
  • Al “hablaros” de los gatos olvidé mencionar que, de forma parecida a la aldea de la Selva Negra donde yo vivía, hay pocos que lleguen a la edad adulta porque acaban antes en el estómago de algún depredador, en este caso son las pitones y los lagartos.

LA TABERNA GALÁCTICA. Conocí a los personajes que os voy a presentar en la playa de Teluk Bahang, pero se quedaron inmerecidamente arrinconados en el tintero hasta este mismo momento. Sam es un joven de veinticuatro años hijo de una rica familia londinense que, tras cumplir los dieciséis, se largó de casa con el propósito de ver mundo. Desde entonces ha hecho toda clase de curros que en la mayoría de los casos estaban relacionados, debido a su vocación, con el ramo de la fotografía y la producción de reportajes de vídeo. Tiene un corazón que no le cabe en el pecho, y le gusta ayudar a los demás; guiándose por ese sentimiento empático se estuvo entregando de una manera tan exagerada a los necesitados que se cruzaban en su camino como para que al final no supiese quién era (él). Es muy pacífico y nunca pegó a nadie; al ser éste también mi caso, le pregunté acerca de su padre, y me confirmó que jamás le había dado tan siquiera un cachete. También coincidimos en que no ha usado ni una sola vez una guía de viajes porque le gusta explorar y descubrir los sitios por sí mismo. Ha pasado los últimos meses en Sri Lanka y Tailandia; su próximo destino después de Malasia e Indonesia será Australia, donde currará un par de años para ahorrar. Me explica que viaja para encontrarse con gente interesante, como un expresidiario con cara de criminal cubierta de cicatrices que era un angelito y le mostró un rincón encantador y virgen de cierta isla tailandesa quemada por el turismo.

Junto a la playa de Teluk Bahang estuvieron aparcados durante varios días dos vehículos con matrícula de diferentes comarcas de la Selva Negra; pero ésta era la única similitud, y entre sus ocupantes no mantuvieron la minima comunicación, porque uno de ellos era un rico ejecutivo que solamente estaba de vacaciones y había mandado su autocaravana “Volkswagen” desde Alemania en barco, mientras que el otro vehículo era un “Land Rover” convertido artesanalmente en vivienda en el que viajaba una romántica, rubia y melenuda parejita, que justo sobrepasarían los veinte años, cuyo viaje les había llevado durante quince meses a través de Polonia, Rusia, Siberia, Mongolia, China, Laos, Camboya, Tailandia, y ahora Malasia. Su siguiente destino sería el mismo que Sam y tendría el mismo propósito: currarían un par de años en Australia antes de continuar recorriendo el mundo.

En la misma playa me crucé varias veces con una mujer occidental de unos cuarenta años bien llevados que paseaba junto con un par de perros, y tras darnos los buenos días en repetidas ocasiones, terminé por preguntarle, “¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?”. Era británica, hindú (lo adiviné por el collar de “rudrax” que colgaba de su cuello), había vivido en el Sudeste Asiático durante los últimos veinticinco años, tenía una hija, y dedicaba la mayor parte de su tiempo a escribir por afición, pues nadie le pagaba por ello. Me despedí de ella diciéndole que pertenecíamos a la misma tribu.

UN PASADO RECIENTE QUE SIGUE PRESENTE

  • Ya que la memoria me ha llevado de vuelta a Teluk Bahang, aprovecharé para mencionar que este pueblo aparecía en una de mis últimas novelas; pero, claro, al ser en aquellos momentos fruto de mi imaginación (pues sólo lo conocía de oídas), no se parecía en nada a la realidad (¿Como estas crónicas…?).
  • Tras ducharme durante una gran parte del verano con el agua tailandesa cargada de cloro, la de Teluk Bahang me pareció maravillosa (y ya no digamos la de Kapas…). Cuando mencioné que había leído por la calle, “Save Palestina” me olvidé que también incluía, “Pray for Gaza”. La mentalidad pueblerina de la población se inventó el rumor de que yo, “Ese viejo occidental solitario que viste de blanco”, pertenecía a la INTERPOL: ¡Ja!
  • Durante varias semanas no vimos los espectaculares paisajes que había frente a sus costas debido al humo de los incendios de Sumatra.
  • La mujer china que me servía el té del desayuno era coja, y derramaba invariablemente la mitad del contenido de la taza. Los restaurantes y las cafeterías limitaban su horario de atención al público a unas pocas horas, unos abriendo de mañanita, otras a la hora del almuerzo, y los que más haciéndolo al anochecer.
  • Entre el poco tráfico de la calle había unas golondrinas que volaban a toda hostia y lo hacían a un palmo del asfalto: “¡Ceda el paso!”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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