La crónica cósmica. Una docena de botellines de cervezas vacíos

La crónica cósmica. Una docena de botellines de cervezas vacíos
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Estoy de nuevo en las junglas malayas de Taman Negara, y ayer, mientras tomaba mis obligadas cervezas Tiger contemplando la puesta de sol, decidí dedicar esta crónica exclusivamente a la Taberna Galáctica, puesto que se había ido llenando de personajes interesantes y en algunos casos insólitos que pedían salir al escenario.

Así que anoche me puse mi esmoquin de terciopelo rosado para pasar desapercibido, y me dirigí al que, como ya sabéis, es mi antro predilecto. Tuve que abrirme paso a codazos porque estaba abarrotado, y trepé de un salto sobre la barra dejando atónito al camarero. Desde las alturas pedí unos momentos de silencio a la concurrencia. Tras lograrlo, les propuse que se fuesen pasando libremente mi grabadora y contasen alguna anécdota sorprendente o cualquier dato curioso acerca de su vida, que yo publicaría en el blog de Conmochila.

Aceptaron encantados soltando risotadas beodas y entregué mi grabadora al primero que tenía a mano.

“Yo soy maño, y en un pueblo de Zaragoza conocí a un hombre de Bielorrusia que había venido en bicicleta desde su país. Iba a todos lados en bicicleta, e incluso competía en carreras, que a veces se celebraban a doscientos kilómetros de distancia, aunque lo hacía sin licencia ni puntuando para la clasificación. Si tenía que ir a Madrid por cuestiones de papeleo, hacía el viaje en su querida bicicleta. Era un tipo muy majo e indómito, y vivía en una tienda de campaña que había montado en un local industrial abandonado”. Pareció por un momento que ya había terminado de hablar, pero luego añadió sonriendo: “Todos los españoles saben que los maños somos muy tozudos, y hay un chiste en el que se pregunta cómo lograrías meter sesenta maños en un Mini; la respuesta es: diciéndoles que no podrían hacerlo. ¡Ja!”.

El siguiente en lanzarse a la palestra fue un tailandés de unos cuarenta años: “Yo dirijo un hotelito en Pattaya que recientemente se me llenó a tope de clientes, como muchos otros de aquella ciudad, cuando una gran empresa china celebró su aniversario invitando a diez mil de sus empleados durante tres días. ¿Os imagináis la cantidad de aviones y la polución que dejarían a su paso, y el curro de limpiar habitaciones, baños y hacer camas?”.

Ahora tomó la palabra un joven de piel parda, del que supuse que sería malayo aunque por su aspecto resultara difícil adivinar su origen: “Hasta los dieciséis años no supe que mi madre era una japonesa hija y nieta de unos altos mandos militares que murieron en Pinang al final de la Segunda Guerra Mundial. Ella y otros bebés que quedaron abandonados fueron adoptados y criados por la comunidad tamil de la isla, y yo, a pesar de lo que me decía el espejo, crecí dando por sentado que pertenecía a esa etnia india”.

Quien se apoderó de la grabadora a continuación era un italiano de pelo cano con cara de guasón: “Seduje a una mujer que tendría unos cuarenta años diciéndole que yo era un poco pedófilo y me gustaban las chiquillas tiernas y jovencitas como ella”.

El siguiente, que era un australiano barbudo y sesentón, nos contó: “En el año 1999 fui por primera vez a la isla malaya de Duyung, y mi vida cambió cuando me enamoré de los veleros tradicionales de madera que construían en unos pequeños astilleros familiares, pues compré uno y desde entonces he navegado por todo el Sudeste Asiático, del que conozco muchas de sus islas y sus mejores bahías para anclar. También he ido repetidas veces a Australia. Cuando hay tormentas, arrío las velas, que por cierto son del estilo chino, y me encierro en el camarote hasta que pasan”.

A continuación, le tocó el turno a un alemán al que acompañaba su esposa tailandesa: “Mi padre me pegaba frecuentemente y todavía tengo frecuentes pesadillas en las que aparece él. Mi mujer, que se halló en un caso parecido, sufre esquizofrenia y oye voces porque su padre, aparte de repartir hostias a diestro y siniestro, se follaba a su hermana mayor”.
La historia del alemán atajó con todas las risas, y un compatriota suyo que habló luego lo hizo escuetamente: “Einstein tenía la parte del cerebro asociada con las matemáticas y la música un quince por ciento mayor que la gente normal”.

El siguiente en tomar la palabra fue un cosaco cuyo aspecto confirmaba esos orígenes: “En la región de Kavkaz del Cáucaso se dedican más que nada a secuestrar personas para pedir después un rescate a los familiares, y si no pagan simplemente los usan como esclavos. Recientemente logró huir uno que había estado esclavizado durante quince años y lo recogió un camionero bondadoso cuando iba andando desnudo por una carretera”.

Ahora agarró la grabadora un joven y corpulento lituano: “Cuando mi abuela tenía veinticinco años le diagnosticaron meningitis y le dieron seis meses de vida; pero un chamán le recetó beber la orina matinal de un niño, que si fuese un hombre sería de una niña, y, aparte de curarse, alcanzó los ochenta y cuatro años, que en aquella época era una edad muy avanzada”.

“Yo soy de Ucrania y trabajo de camionero, como también lo hizo mi difunto padre”, dijo un joven que no llegaría a los treinta años. “Él me contó muchas de las aventuras que vivió cuando se desmoronó la Unión Soviética y las carreteras se llenaron de bandoleros. Decía que todos los camioneros llevaban consigo una bomba de mano, o sea una granada, que les servía de salvoconducto en caso de ser asaltados, pues, para que les abriesen paso, sólo se la tendrían que mostrar a los bandidos sin perder la calma, dejándoles claro que iban en plan kamikaze. Por cierto, ¿sabíais que la bomba de mano fue inventada hace dos mil años por los romanos?”.

El siguiente fue un ruso reviejo que tenía sobre la mesa una docena de botellines de cervezas vacíos: “Actualmente hay en Rusia más de tres millones de presos. Es como si el sistema tratase de contradecir a cierto personaje de Dostoievski que afirmaba que valía más dejar en libertad a diez culpables antes que condenar a un solo inocente”.

Ahora habló un londinense esmirriado con cara de niño travieso: “Monté un casino con máquinas tragaperras en un barrio en el que había muchos musulmanes, y lo llamé Arábica. Cada vez que aquellos buenos creyentes ganaban le daban las gracias a Alá”.

El londinense le pasó la grabadora a un tipo cuarentón de mirada dura, sonrisa amable y tono de voz suave, que resultó ser castellano: “Los últimos cuatro años he trabajado como policía municipal en un pueblo cercano a Toledo. Es un curro muy duro porque siempre somos los primeros en llegar al sitio de los accidentes y los incendios. Hasta ahora he visto una docena de muertos e incluso algunos decapitados. Y también he apagado incendios antes de que llegasen los bomberos. Llevo una pistola y estoy mentalmente preparado para usarla, por ejemplo, contra un terrorista que esté atropellando gente como sucedió en Las Ramblas de Barcelona. En una ocasión entré en un piso y me enfrenté a un hombre que blandía un aparatoso cuchillo de cocina y quería degollar a su mujer. Al final terminé un poco quemado de ese curro y cogí dos años de excedencia. Actualmente estoy recorriendo Asia y colaboro con alguna ONG. ¡Ah, olvidaba un dato curioso acerca de la academia de policía! En ella exigían una altura mínima de un metro setenta a quienes deseaban ingresar, y había algunos tipos que permanecían varios días colgados de una percha para ganar unos centímetros; luego sus amigos los trasladaban hasta allí acostados y sólo se ponían en pie en el momento de ser medidos. También había otros que se hacían un implante bajo la piel del cuero cabelludo”.

Como si hubiese sido hecho a propósito, junto al castellano se hallaba un malayo que trabajaba como guarda en la cárcel de Kuala Terengganu, quien, a pesar de su juventud, tenía la cara de un peligroso y antipático bulldog: “El centro penitenciario donde curro fue edificado para albergar a ochocientos presos, pero actualmente hay más de mil doscientos. El setenta por ciento de ellos cumplen penas relacionadas con las drogas. Hay pocos extranjeros, y la mayoría son iraníes o nigerianos”.

El último en coger la grabadora fue un catalán de treinta años que nos contó: “Estudié biología en la Universidad de Valencia, después hice una tesis sobre la ecología de los insectos en Inglaterra y otra en Francia. Ahora trabajo para el gobierno francés en las Islas Reunión, donde realizo experimentos con los insectos locales para un proyecto de desarrollo de la agricultura. Cuando los franceses llegaron a esas islas, que estaban deshabitadas, dejaron allí un grupo de esclavos africanos pensando que se morirían de hambre; sin embargo, salieron adelante y se reprodujeron; pero exterminaron al faisán dodo y a las tortugas gigantes que vivían allí”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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