Monjes y voluntarios, los otros ‘héroes siameses’ contra el Covid

En Tailandia lo de abusar y estirar del brazo que te da la mano es algo habitual cuando quienes agarran son los que mandan. Y en estos días de pandemia mucho más, con el Gobierno echando la culpa a quienes menos tienen de la ola de contagios y afirmando que ellos no han hecho nada mal. Así que las autoridades tratan de involucrar en la lucha a quien se pueda para luego colgarse medallas por lo que los otros hacen.

El ministro de Sanidad, por ejemplo, puso carteles en los hospitales atribuyéndose el mérito de traer el primer millón y medio de vacunas de Pfizer contra el Covid. En realidad, él no hizo nada, sino que fue una donación de Estados Unidos. Porque la inmunización en Tailandia ha naufragado por culpa de intereses ocultos.

Es por eso que, mientras las autoridades se gastan dinero en comprar submarinos y tanques -algo normal si el actual Gobierno lo lidera un golpista militar, el general Prayuth Chanocha-, escurren el bulto frente a la pandemia y la dejan en manos de otros.

Es como el Instituto Chulabhorn, dependiente de la princesa y hermana del Rey de mismo nombre, que vende vacunas chinas a empresas que quieren inmunizar a sus empleados, ya que entre los que menos tienen es difícil lograr inyecciones gratis. Pero, para ello, el mismo organismo público cobra a dichas compañías donaciones forzadas por eso de que «quienes más tienen han de ayudar». Lo que hace a muchos torcer el gesto es que luego la institución monárquica inyecta dichas dosis pagadas por otros a gente sin recursos y sin embargo afirma que es gracias a la corona que estas personas obtienen sus pinchazos.

Un operario de fábrica en Samut Prakan es vacunado con una de las dosis compradas al instituto Chulabhorn.

Y sin embargo, este texto pretende ser optimista. Porque si bien las autoridades suelen fracasar cuando se las necesita, en Tailandia siempre hay héroes anónimos que pelean contra las adversidades. Cuando he estado en inundaciones o en situaciones complicadas en esta parte del mundo me he encontrado con los llamados «voluntarios», grupos anónimos de gente que ayuda donde las autoridades no llegan.

Han estado ahí durante la pandemia, cuando muchos restaurantes tuvieron que cerrar al público y decidieron regalar comida a quienes se quedaban sin dinero. Hay muchas personas que en su tiempo libre se dedican a pedir dinero para poder pagar tests del Covid a los pobres también.

Pero en el lugar donde todo se complicó más con este brote de la pandemia fue en el barrio de Khlong Toei, el más pobre y masificado de Bangkok y podríamos decir que de toda Tailandia.

Una niña de Khlong Toei es atendida por voluntarios al estar sus padres recluidos por Covid.

Tailandia, que el pasado año fue un oasis contra el Covid, se ha derrumbado en los últimos meses y ahora sufre contagios sin precedentes, con unos 20.000 casos confirmados diarios y centenares de muertes. Y con el problema añadido del miedo: las autoridades fomentaron un estigma alrededor de la infección que generó rechazo e incluso odio hacia los pacientes. Como dicen muchos médicos en Bangkok, es algo similar a lo ocurrido con el sida décadas atrás.

El mayor problema se ha vivido en el comentado barrio de Khlong Toei, sin recursos y donde la gente vive muy apretada en viviendas diminutas y masificadas. Y, pese a todo, el suburbio más famoso de Bangkok se ha erigido contra las adversidades y está combatiendo las infecciones.

¿Quiénes están luchando por salvar vidas en la sobrepoblada barriada abandonada a su suerte? Los vecinos y los monjes, que han reconvertido un templo destinado para la meditación en un gigantesco hospital donde tratar a aquellos que aún no están graves. Y en Conmochila quisimos acompañarles en su cruzada.

Los vecinos y monjes que plantan cara al Covid

Wat Saphan es uno de los templos más bonitos que he visto en Tailandia. Situado en el centro del distrito pobre de Khlong Toei, rodeado de chabolas y talleres precarios, se aloja frente a un canal y cerca del río. De ahí viene su nombre, que significa el templo del puente, ya que una carretera pasa junto a él atravesando el agua.

Empecé a interesarme por dicho templo cuando hace un año me mudé a Khlong Toei y desde la ventana donde escribo estas líneas lo vi ahí, imponente en mitad de un montón de techos baratos de uralita. Pero acabé visitándolo al ver que Wat Saphan no es otro templo más donde comprar lotería o calmar conciencias a base de ofrendas. Pronto vi que los líderes religiosos del lugar se centran más en ayudar a la gente del barrio que en vivir cómodamente.

Templo Wat Saphan
Vista exterior del Wat Saphan.

En el barrio siempre se dijo que si un vecino de las chabolas de Khlong Toei tenía un problema, antes de la pandemia, solía tener dos opciones: visitar al padrino local asociado a las mafias de la ciudad o acercarse a Wat Saphan. La segunda opción era más lenta pero obviamente la que daba menos problemas. Y es por eso que fue siempre un templo visitado también por fieles a otros credos. Además, al encontrarse en una barriada, no es un lugar turístico ni afeado por tipos en bermudas con cámaras de fotos.

Cuando llegó abril, brotaron los contagios de Covid en Khlong Toei, algo que era normal en un distrito donde mucha gente vive casi apilada. Los hospitales en seguida tuvieron que cerrar sus puertas y las autoridades se vieron incapaces de tratar a la gente del barrio más pobre de la ciudad, que en seguida se vio como la zona más castigada por el regreso de la pandemia. Fue entonces cuando los líderes religiosos de Wat Saphan decidieron hacer algo.

Desde hacía unos años, detrás del templo hay un edificio con 700 habitaciones al que solo le faltaba pintar las paredes y poco más. El templo quería estrenarlo el año que viene para atraer a quien quisiera buscar un lugar donde hacer meditación. Así que los monjes decidieron abrir dicho edificio para aquellos infectados por Covid que fueran incapaces de encontrar un hospital donde ser alojados. Ahora mismo no hay ni una cama libre en el lugar.

Templo convertido en hospital Covid.
El edificio donde se alojan centenares de enfermos por Covid.

El abad de Wat Saphan solo pide una condición para permitir la estancia a cualquier persona: tener síntomas de Covid, sin importar si hay confirmación por prueba PCR o no. Aceptan incluso a aquellos infectados que no presentan sintomatología para evitar que estén en contacto con su gente, ya que en Khlong Toei es habitual ver familias de cinco o seis personas en apartamentos chaboleros de 30 metros cuadrados. Y si un paciente se pone muy enfermo, el templo pelea por encontrarle alguna cama en un hospital.

El apoyo de una comunidad y el pavoneo del Gobierno

Cuando las autoridades vieron la gesta de Wat Saphan, cuya historia corrió de boca a oreja muy rápido, se quisieron apuntar al carro. Hoy, nada más entras al templo, te topas con una camioneta militar, tan característica del ejército, y una pancarta gigantesca donde se ve a un uniformado junto a un monje, además de los símbolos de la naviera y el Ministerio de Salud. Uno de los voluntarios me contó la historia. «Vinieron un día y dejaron ahí el camión, en la entrada, y luego se hicieron fotos con nosotros antes de colgar la pancarta». No quiso contestarme a la pregunta de si habían vuelto.

Wat Saphan depende en buena parte de la media docena de voluntarios que dejaron sus obligaciones para entregarse en cuerpo y alma a la causa, sin cobrar por ello y exponiéndose a diario al virus con centeranes de enfermos. Son la única ayuda a tiempo completo que recibe la decena de monjes que ha aparcado gran parte de la actividad religiosa para cuidar de los enfermos.

Donaciones Covid templo en Tailandia
Donaciones a la entrada del templo.

¿Qué mantiene la actividad de Wat Saphan? Las ayudas que recibe de la gente del barrio. Más allá de la propaganda y el camión militar, las autoridades no han financiado la actividad del templo, que se ve obligado a recibir comida, fármacos y equipamiento gracias a las donaciones de los vecinos.

Y sin embargo han logrado lo increible. El edificio donde se aloja a los enfermos cuenta incluso con unos respiradores alternativos, montados con equipamiento de buceo adaptado, para poder tratar a los enfermos. Todo esto me lo cuentan orgullosos los voluntarios, agradecidos a la comunidad, cuando los visito con Jin en una de sus entregas de comida y medicinas.

De la sonrisa de la ‘dulce tía’ hasta el empeño del voluntario

Quedo con Jin y sus amigas al lado de donde yo vivo, junto a una autopista en Khlong Toei donde hay muchos pequeños negocios locales. Ella me pidió que le recomendara un sitio local de comidas para comprar un buen paquete de platos ya cocinados para ese sábado. El motivo que me dió para encontrar un garito de comidas local era muy razonable. «No vamos a darle nuestro dinero a las grandes marcas como el 7 Eleven o los centros comerciales, hay que ayudar a los pequeños negocios locales».

Por eso, el día antes fui a la tienda callejera de Pa Waan, cuyo mote se traduce como el de «la dulce tía». Suelo comprar allí cada día mis cervezas, en parte también para que mi dinero se lo quede ella y no el 7 Eleven. Le pedí que me preparara 200 platos de arroz con pollo y albahaca, además de un huevo frito. «No los hagas picantes, Pa Waan, que son para unos enfermos». Tuve que avisarle porque ella ya sabe que a mí me gusta su comida cargada de guindillas.

Vendedora tailandesa comida callejera
Pa Waan, el día de la donación, en su tienda.

Cuando con Jin y sus amigas recogemos la comida, Pa Waan nos pregunta si es para el templo. Le decimos que sí y entonces nos dice que solo nos cobra tres cuartas partes de lo que me dijo que costaban las dos decenas de arroces. «Yo también quiero ayudar», me comenta antes de regalarme otra vez su eterna sonrisa. Un par de semanas antes, su hermano contrajo el Covid y tuvo que aislarlo en su restaurante, dentro de una sala cerrada. Ella nos lo dijo a todos los compradores, nunca lo ocultó. Todos seguimos yendo a su tienda como siempre.

Ya en el coche, Jin se detiene en otro puesto de arroz con pollo al estilo de Hainán y allí se hace con 70 platos más. Le pregunto quién paga todo eso. «Mucha gente, tenemos un grupo de chat y cada semana recogemos mucho dinero«. Antes de ir al templo aún pararemos en un supermercado local para comprar aguas y frutos secos, además de en una farmacia para abastecernos de Paracetamol, gasas, alcohol y equipo sanitario.

Antes de llegar al templo, Jin y sus amigas se ponen guantes y preparan sus esprays de alcohol sanitizante. Aparcamos dentro del recinto y vienen dos voluntarios a echarnos un cable para sacar todos los víveres del coche, tendremos que dejarlos en una mesa junto al famoso cartel donde sale un militar al lado de un monje.

Monje tailandés
El monje que organiza la recepción de pedidos.

Viene el religioso que está encargado de la recepción de comida. Nos agradece la ayuda y nos dice que somos los segundos que traemos comida en ese día, han cubierto la jornada. Luego entraré dentro de la sala interior del templo y veré a cinco monjes más organizando paquetes individuales para cada uno de los enfermos.

Pero la imagen que se me queda grabada a mí es la de Parij, un voluntario que en todo momento sonríe, habla y trata de quitar hierro a un asunto que sin duda es trágico. Este tailandés del sur es quien trata de poner optimismo en el templo, pero también uno de los que está en contacto con los enfermos.

Voluntario donaciones Covid en Tailandia
La importantísima labor del voluntario.

«Lo hago de corazón, no quiero nada a cambio, vivo solo en Bangkok y ser de ayuda me hace muy feliz». Cuando me dice esas palabras, a Parij se le iluminan los ojos. Me cuenta cómo se quedó en el paro y no quiso volver a su ciudad natal por temor a contagiar a sus padres, ya muy mayores. Así que optó por entregarse a la labor en el templo.

Cuando todo colapsa, siempre hay alguna esperanza

Quienes me conocen saben que no soy religioso. Ni siquiera veo misticismo en el credo budista como ocurre con tanta gente interesada en el sureste asiático. Hay mucha suciedad vestida de naranja en demasiados templos de Tailandia para poder calificar a los monjes como los buenos de la película solo por el hecho de vestir túnica. Y tampoco tenfo fé en el más allá.

Pero mis viajes por Asia me hicieron ver otra realidad, la de los religiosos que se desviven por ayudar a sus comunidades. Y en Tailandia eso es muy visible, ya que si bien demasiados templos recogen demasiado dinero y algunos pueden actuar de manera honrosa, hay muchos -muchísimos- ejemplos de centros religiosos reconvertidos a lugares de ayuda.

Monjes tailandeses
Una imagen de la gestión del templo.

No es casualidad que Wat Saphan -y otros templos alrededor del país- se encarguen de esta emergencia médica y den ayuda a quienes el país ha dado de lado. Porque precisamente algunos lugares religiosos ya se encargaron de los enfermos de sida. No solo con hospitales improvisados, sino también con escuelas para niños que nacieron con el virus del VIH.

«No sé qué porcentaje de budistas tenemos alojados aquí en el templo, nosotros no le preguntamos la religión a quienes necesiten de nuestra ayuda«. Son las palabras del monje que me atiende en Wat Saphan, y que sin duda le honran. Y me recordaron a la gesta de unos misioneros católicos en Camboya que ayudaron a mejorar las condiciones de vida de uno de los barrios más pobres de la capital del país. Como en Indonesia vi mezquitas que ayudaban más que nadie tras catástrofes naturales. En ninguno de esos casos a nadie se le pidió un carné de fé.

Templo Tailandia ayuda Covid
Voluntarios y monjes, mano a mano.

Lo que sí me molesta es el oportunismo de los grandes poderes de Tailandia, que siempre que hay una desgracia piden ayuda a iniciativas como la de Wat Saphan en lugar de tomar las riendas. Luego, los militares y el Gobierno van al templo de Khlong Toei a hacerse la foto y darles las gracias a los monjes, pero tras ello se van y les dejan el entuerto a los de túnica. Peor aún, se acostumbran y luego exigen la ayuda de los voluntarios, como si fuera algo obligatorio.

Pero, como dije al principio de este texto, aquí hay una historia optimista. La de aquellos que, frente a las adversidades que padecen los países en vías de desarrollo, se hacen fuertes pese a la escasez de recursos. En Tailandia quizás el tráfico sea infernal y la polución de Bangkok haya día que haga el aire irrespirable. Sin olvidar que la policía está más para hurgar en tu bolsillo que para echarte una mano. Pero cuando hay una desgracia siempre hay un puñado de tipos que se desviven por ayudar a los suyos, a veces incluso jugándose el pellejo. Y eso, qué diablos, es motivo de elogio y orgullo.

A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
A contrapelo, por Luis Garrido-Julve
1400 933 Luis Garrido-Julve
2 comentarios
  • Leer artículos como este, hacen que uno reflexione y se sienta mejor, pensando que existe gente que se preocupa por los demás sin esperar recibir nada a cambio.
    Después de leer el artículo me voy a dormir más tranquilo.
    Buenas noches! Bona nit!

  • Hay muchísima buena gente entre los tailandeses, pese a la mala fama que a veces les otorgan.

    Lo que ocurre, al igual que en tantos otros lugares, es que la «mala gente» es la que más ruido hace, y por ello la que suele salir en la prensa y medios de comunicación, y no los tailandeses altruistas como los de Wat Saphan, entre otros muchos.

    Enhorabuena por el artículo, Luis!

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