Relato divergente. El detonador invisible que daría un giro a mi vida

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Nacer y crecer frente al mar me ayudó a desarrollar mi imaginación. A veces me pregunto si sucederá lo contrario a quienes viven entre altas montañas. En mis sueños infantiles no había barrera alguna y todo parecía posible; el único límite estaba en aquel horizonte al que, según afirmaban los pescadores como mi padre, nunca se llegaba.

Mi madre decía que yo aprendí a nadar y bucear antes que caminar, y que no podía perderme de vista si quería evitar que me metiese en el agua y me adentrase en el mar que rodeaba Siquijor.

A pesar de que nuestra isla fuese solamente una entre las miles de islas que forman las Filipinas, la mayoría de mis paisanos creía que era el centro del mundo, o incluso del Universo.

Yo no cojeaba por ese lado, pues, de la misma forma que me sentía humildemente diminuto al contemplar por la noche la cúpula estelar tumbado sobre la arena de la playa, si miraba el mar infinito tenía la sensación, como así era, de hallarme en un diminuto peñasco rodeado de agua e imaginaba cómo serían las tierras, los países y las ciudades se escondían tras el horizonte.

Es curioso que en esos lejanos recuerdos de anciano aparezca siempre una mar plácida, soleada y amigable; cuando en realidad eran muchas las ocasiones en que, si nos caía encima algún ciclón, nos mostrase una faz distinta y destructora.

Las imágenes que me envía la memoria son invariablemente de un mundo acuático, sin vendavales ni prácticamente olas, en el que daba gusto chapotear. De todos modos, mientras jugaba allí con los otros críos, mis ojos se iban frecuentemente hacia mar adentro como si escuchase su llamada: “¡Ven, ven!”.

Relato divergente. El detonador invisible que daría un giro a mi vidaAl juntarse mi imaginación con el conocimiento comprendido de que Siquijor no era el ombligo del mundo, fue inevitable que brotase en mi interior el deseo de ver mundo. Igual que el bambú durante los monzones, mis ganas de viajar fueron creciendo conmigo a medida que iba dejando atrás la infancia para adentrarme en la adolescencia.

En esa época, en vez de ayudar a mi padre con la pesca o correr tras las chicas, conseguí un curro de camarero en la apestosa taberna de nuestro pueblo. La razón principal era los antiguos marineros que la frecuentaban: hombres curtidos que habían navegado por los mares de medio mundo y, entre copa y copa, me contaban sus aventuras. Los escuchaba con devoción porque, a pesar de repetirse y balbucear al estar un poco bebidos, aquellas anécdotas alimentaban mi insaciable curiosidad.

Otra razón para pasar mis jornadas sirviendo copas y limpiando vasos tras la barra de la taberna era ahorrar cada uno de los pesos que cobraba de propina, pues el salario se lo entregaba íntegramente a mi madre, con el fin de pagarme el trayecto en barco hasta la isla de Cebú, o incluso la de Luzón, donde tendría la oportunidad de embarcarme en algún carguero. Estaba decidido: en cuanto cumpliese los quince años me despediría de mi familia y partiría de Siquijor. Los mares del mundo me esperaban.

Uno de aquellos viejos marineros me había dicho: “Cuando alguien se atreve a perseguir sus sueños, el Cosmos se confabula para echarle una mano”.

Aunque en aquel momento no comprendí exactamente a qué se refería y me pregunté si su mente embriagada habría perdido el rumbo, su afirmación terminó convirtiéndose en realidad y, además, lo hizo de una forma inesperada.

Gracias a los tardíos horarios de la taberna, yo tenía las mañanas libres y solía saltar de la cama un poco tarde. Mis pasos adormecidos me llevaban directamente a la playa, al mar, y sólo despertaba completamente al zambullirme. Entonces parecía que mi cuerpo recibiese una descarga eléctrica que le recargara las baterías y empezaba a bracear con fuerza.

El día en que cambió mi vida me adentré en el mar sin fijarme en un velero de dos mástiles que estaba anclado en medio de nuestra bahía, a doscientos metros de la costa. Cuando me hallé más cerca me alertaron las voces de varias personas que charlaban en la parte de la popa, que llamaban la bañera. Conté cuatro hombres y dos mujeres occidentales que tendrían entre treinta y cuarenta años.

Dejé de nadar y contemplé el que era, sin duda alguna, el velero más bonito que hubiese visto: blanco, esbelto, elegante y marinero. Mediría unos diez metros de eslora, y tres de manga. La cubierta era de teca. Valga aclarar que, en ese aspecto, mi cultura era bastante amplia porque, desde que había terminado la Segunda Guerra Mundial, recibíamos frecuentemente las visitas de ricos occidentales que recorrían los mares en lujosas embarcaciones como la que tenía frente a mí. Reconocí la bandera: eran australianos.

“¡Ei, chaval, ¿qué haces ahí?!”, me gritó alguien desde la proa.

Al mirar hacia allí vi a una mujer joven, rubia y guapa, que tomaba el sol sobre la cubierta. Me quedé cortado sin saber qué decir, pero la cosa empeoró cuando ella se incorporó y descubrí que no llevaba la parte superior del bikini. ¡Ja!, mis ojos se desorbitaron contemplando aquel par de joyas de la naturaleza.

La voz de la mujer atrajo la atención de los de la bañera y, un tipo barbudo, que resultaría ser el capitán y el propietario del barco, me preguntó: “¿Te apetecería un vaso de zumo de maracuyá recién exprimido?”.

Tras lograr apartar la mirada de las maravillas que había en la proa, recuperé el uso de la palabra, y respondí que sí, que por supuesto, que el zumo de maracuyá era mi preferido; pero callé que habría vendido mi alma al diablo a cambio de subir a bordo y poder echarle una mirada a una embarcación como aquella. Cuántas veces me habría preguntado cómo serían por dentro los veleros que atracaban en nuestra bahía. Mi imaginación no daba suficiente de sí para concebir sus camarotes. No olvidéis que os estoy hablando de unos tiempos muy lejanos en los que todavía no existía la televisión; y lo mismo puedo decir acerca del cine, del que no había un solo local en toda la isla. Yo, a falta de ese tipo de información, devoraba las fotos internacionales que aparecían en las pocas revistas que caían en mis manos.

Nadé hacia la popa y por una escalerilla metálica alcancé la bañera. Todos los presentes me dieron la bienvenida efusivamente. El capitán se presentó diciendo que se llamaba Bill. Me parecieron campechanos, amables y simpáticos. Me invitaron a sentarme con ellos en un confortable sofá en forma de u que encerraba una mesita. Sobre ella había varias botellas de cerveza y un jarro de zumo, del que me sirvieron un vaso. La joven de la proa se juntó con nosotros, y, por suerte para mí, lo hizo después de haber puesto sus tetas a buen recaudo.

¡Hostia, cómo pasa el tiempo, y cómo me enrollo con mis batallitas, ¿verdad?! Afortunadamente, vosotros sois un público paciente y tragáis con mis historias sin rechistar. De todos modos, a partir de ahora iré al grano.

Bill me contó que se ganaba la vida organizando cruceros en su barco para pequeños grupos de pasajeros, como los que ahora le acompañaban, que habiendo dejado atrás las costas de Australia, llevaban recorridas las de Papua y Borneo antes de llegar a las Islas Filipinas. Mencionó que, aparte de ser el responsable de la navegación, se encargaba también de cocinar.

Se me ocurrió de pronto y lo solté sin acabarlo de pensar: “¿Queréis que os prepare una comida típica de Siquijor?”.

¡Ja! No en manera alguna sospechaba que acabase de pulsar un detonador invisible que daría un giro a mi vida. Yo no era ni he sido jamás un cocinero especialmente hábil, pero había aprendido a cocinar como todos los chavales de la isla al verme de vez en cuando obligado a echarle una mano a mi madre. Y aquel día, después de ir a tierra en busca de pescado fresco, me lucí lo suficiente como para que, ya en la sobremesa, Bill me hiciese una propuesta que ningún filipino en su sano juicio habría podido rechazar.

“¿Te gustaría trabajar para mí como cocinero del barco?”.

Dijo que me pagaría un sueldo. ¡Boom! Que compartiríamos su camarote cuando llevásemos pasajeros, pero que, de no ser así, tendría el mío propio. ¡Boom! Que navegaríamos por los mares de Asia. ¡Boom! Que al regresar a Australia me conseguiría un visado de trabajo y la Tarjeta Profesional de la Marina Mercante que me autorizase a currar como marinero de puente. ¡Boom!

Al día siguiente salí de Siquijor por primera vez. Mi familia y mis amigos se juntaron en la playa para despedirme. Para ser totalmente sincero os confesaré que, en cuanto izamos velas, me olvidé de ellos, de mi pueblo, de mi isla y de mi pasado y, compulsivamente, clavé los ojos en el horizonte, en el futuro.

Como habrá comprobado cualquier navegante, para compartir con alguien el limitado espacio de una embarcación durante las veinticuatro horas de cada día es imprescindible que haya de por medio una buena relación; de otra manera podría resultar insoportable. Pero también en ese aspecto la suerte estuvo conmigo, porque Bill se convirtió en un buen amigo y jamás me trató como a un subalterno.

Antes de terminar aquel primer crucero y poner rumbo a Australia, Bill me enseñó cuanto era necesario saber acerca de la navegación. Aprendí a reconocer los vientos y adivinar las marejadas o las tormentas que se avecinaban. Nos turnamos en el puesto de timonel y trabajé con las velas en medio de fuertes chaparrones. Pero mi capitán y amigo también me enseñó los secretos de la imprescindible conservación de la jarcia para alargar la vida de una embarcación.

Aunque durante las siguientes décadas recalé muchas veces en Siquijor, siempre lo hice navegando en uno u otro velero y permanecí allí pocos días. Me gustaba dormir en el mar sintiendo el balanceo, y en las contadas ocasiones en que pasaba una noche en tierra, tenía pesadillas o insomnio.

Bill me convenció de dar el siguiente paso y, además, corrió con los gastos. Tras calentarme los sesos estudiando a fondo una temporada, conseguí el título de Patrón de Yate. El día en que salí de la Academia Naval de Sídney con el diploma bajo el brazo, al llegar al puerto Bill me mostró una goleta y me preguntó si me gustaba. Sí, claro que me gustaba. “Bien”, me dijo, “porque a partir de ahora será tu vivienda y te encargarás de pilotarla llevando pasajeros a bordo”.

Años más tarde, Bill y su barco desaparecieron en un ciclón y nadie volvió a saber de ellos. Fue entonces cuando descubrí que Bill me había cedido la goleta en herencia. Desde aquellos lejanos tiempos tuve distintas embarcaciones, pero nunca paré de navegar de un lado a otro. A veces lo hice con mujeres que terminaron hartándose del mar. Siempre di por sentado que una tormenta acabaría conmigo y mi fin sería parecido al de Bill. En realidad, esperaba y deseaba que fuese de esa forma porque no me atemorizaba morir ahogado, pero sí hacerlo en una residencia de ancianos entubado por todos lados. Seguí creyendo que sucedería así cuando dejé de ser joven, y tampoco cambié de opinión al pasar de adulto a viejo.

Celebré mi setenta cumpleaños en la isla malaya de Tioman, donde planeaba descansar un poco después de navegar varias semanas con unos pasajeros que me dejaron agotado. Descorché una botella de champán y contemplé el mapamundi en que había ido marcando cada uno de mis periplos.

“He estado en las cuatro esquinas del mundo y sigo vivo”, me dije satisfecho. “¿Y ahora qué? ¿Seguiré navegando hasta que la vejez me obligue a desembarcar para siempre y entonces me convertiré en un ridículo borracho que cuente repetitivamente sus aventuras en una taberna de Siquijor?”.

Esa pregunta me la hice deseando que la vida me sorprendiese obligándome a romper con la rutina que me había impuesto. Pobre de mí, ¿acaso olvidaba que el Cosmos ya se había confabulado una vez para convertir mis deseos en realidad?

Al día siguiente se presentó en mi barco un australiano que quería ir primero a Borneo, después a Melbourne y, para terminar, a Tasmania. Supuse que era un tipo muy rico, pues contrató mis servicios en exclusiva, sin quejarse de los abultados costes, y me ofreció un plus extra si partíamos inmediatamente.

No supe que clase de bicho era mi cliente hasta que atracamos en el puerto malayo de Mukah, en la costa occidental de Borneo, cuando habiéndose ausentado un par de horas regresó con una camioneta en la que transportaba tres jaulas. En la primera había una pareja de cacatúas grises africanas y en las otras, dos crías de orangután que me miraban con tristeza. Mi insensible cliente me explicó orgullosamente que en Tasmanía poseía una gran finca en la que se estaba construyendo su zoológico particular y que había adquirido aquellas cacatúas y aquellos orangutanes para que formasen parte de su colección. ¡El muy cabrón usaba mi barco para evitarse problemas legales en las aduanas! Deseé mandarlo a paseo, pero ya había cobrado mis honorarios y no podría volverme atrás, a menos que le devolviese el dinero. Siento confesar que el hombre práctico se impuso al hombre romántico.

Cuando atracamos en Melbourne volvió a suceder algo parecido. En esta ocasión los animales que trajo fueron dos koalas jovencitos. Igual que con los otros animales, había uno de cada sexo.

Zarpamos inmediatamente siguiendo la costa oriental australiana hacia el sur. Después viraríamos hacia poniente dirigiéndonos a Tasmania. Pero el hombre propone y el dios del mar dispone, y, al revés de lo que había anunciado el servicio meteorológico, el tercer día de navegación Neptuno nos castigó con una fuerte marejada que no tardó en dar paso a una terrible tormenta ciclónica. La naturaleza, que jugó con mi barco como si tratase de convencerme de que no sobreviviríamos, nos arrastró hacia el sudoeste.

Nuestro Apocalipsis particular llegó al anochecer cuando una ráfaga huracanada de viento reventó las velas justo antes de que el sistema eléctrico se viniese abajo y nos quedásemos a oscuras.

¿No mencioné anteriormente la importancia de mantener buena relación a bordo? Pues como habréis supuesto no era precisamente éste el caso con mi pasajero, que además era un grosero maleducado y no había dejado de quejarse desde que zarpamos.

Como era de esperar en un tipo así, al quedarnos a oscuras reaccionó poniéndose totalmente histérico y, a pesar de que no habíamos divisado ninguna costa en toda la jornada, me exigió que bajo aquel diluvio le llevase inmediatamente a tierra. Le mandé a la mierda, regresé al interior, sujeté una linterna entre los dientes, y traté de reparar el sistema eléctrico para poder poner en marcha el motor y la radio. Pero entonces el tipo me vino encima hecho una furia y nos enzarzamos en una pelea. Todo terminó cuando le aparté con un fuerte empujón en el mismo momento en que el barco pegaba un bandazo. Era tan imbécil que ni tan siquiera murió de una forma original: se desnucó al caer de espaldas contra el canto de la mesa.

Sin darme tiempo a digerir la barbaridad que acababa de ocurrir, escuché horrorizado el ruido que hacía la quilla al partirse contra unos arrecifes. Mi querido barco quedó inmovilizado sobre ellos herido de muerte. El agua empezó a colarse por todos lados mientras la tormenta no cejaba. Las olas nos castigaban como si quisiesen asegurarse de que no sobreviviésemos. Cada una de ellas removía el casco restregándolo sobre las lacerantes rocas del arrecife.
Los koalas, los orangutanes y las cacatúas me miraban aterrorizados temiéndose lo peor. Coloqué sus jaulas en alto para que el agua tardase más en llegar a ellas. Aunque quizás estuviese alargando su agonía.

Pero la luz del alba se coordinó con el fin de la tormenta y descubrí que nos hallábamos frente a esta isla tropical cubierta de verdor. Entre la costa y los arrecifes se formaba una laguna de aguas quietas y transparentes. Comprobé que su poca profundidad me permitiría cruzarla andando con la cabeza fuera del agua. Hice varios viajes transportando a los animales. Después de ponerlos a salvo regresé de nuevo al barco pensando en recuperar cuanto me pudiese ser útil, pero antes de llegar allí vi como le caía encima una ola monstruosa que lo partió en pedazos, pulverizándolo sobre los arrecifes, y lo arrastró mar adentro llevándose el cadáver del australiano.

Al rato, sentado en la playa con la mirada puesta en aquel horizonte que siempre me había dado buenas ideas, decidí mis siguientes pasos. Lo primero fue abrir las jaulas y liberar a sus ocupantes. Las cacatúas, chicas listas, no se hicieron de rogar y salieron volando inmediatamente hacía unas palmeras. Los orangutanes y los koalas tardaron más en atreverse, como si temiesen una nueva jugarreta de los humanos. Veinticuatro horas después ya había comprobado que la isla estaba deshabitada y se podía circunvalar en menos de una jornada. Haberme convertido en un nuevo Robinson Crusoe no me entristeció, sino todo lo contrario, sería una buena manera de la pasar los últimos años de mi vida.

Si no voy errado con las cuentas, ahora ya habré cumplido los noventa años. Me felicito por mi longevidad y buena salud, y también por continuar sentado en el trono de este reino insular poblado por vosotros, los descendientes de aquellos primeros koalas, orangutanes y cacatúas. Os agradezco que escuchéis pacientemente mis monólogos a pesar de que, supongo, no entenderéis ni una palabra. ¿O sí?

Gracias a las sorpresas que me ha dado la vida, al fin no falleceré ni ahogado ni entubado en un hospital, sino desnudo como Adán y acompañado de los mejores amigos que pudiese desear.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
RELATO DIVERGENTE*, de Nando Baba

*Relato divergente es una sección de relatos ficticios en los que Nando Baba escribe inspirado por nuestras fotografías de viaje.

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