Relato divergente: Pobre gente, qué vida tan vacía tienen

Relato divergente: Pobre gente, qué vida tan vacía tienen
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Carlos, un ejecutivo de una compañía multinacional que tenía un sueldo espectacular, aceptó a regañadientes los deseos de su esposa Marisa y fueron a pasar unas cortas vacaciones en la India a pesar de que él habría preferido hacer un crucero por los fiordos noruegos.

Era la primera vez que ponían los pies en la India y, aunque la agencia de viajes lo había organizado todo de maravilla para que lo pudiesen contemplar sin agobios, a Carlos le horrorizó la miseria y la suciedad que reinaban por doquier. “Mejor nos hubiésemos quedado en Salamanca”.

Marisa, más romántica, sólo terminó perdiendo un poco los nervios cuando un leproso tiró de su falda pidiéndole una limosna.

Tras visitar Delhi, Jaipur, Agra y Khajuraho, su guía los llevó a Varanasi asegurándoles que aquella era una de las poblaciones más antiguas de la humanidad y la que mejor representaba la India auténtica.

Que se hospedasen en el lujoso Hotel Clarks no fue óbice para que Carlos despotricase contra la calidad, la limpieza y el servicio.

La siguiente mañanita, siempre acompañados del guía, hicieron el obligado recorrido en bote por el Río Ganges; y al ver sentado en la orilla a un viejo santón que leía unos textos sagrados, Marisa comentó compasivamente: “Pobre hombre”. Pero Carlos le replicó: “¡Qué pobre ni qué hostias! ¡Quien de joven no trabaja, de viejo duerme en la paja!”.

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En el mismo instante, y como si se hubiesen comunicado mentalmente, el santón, en realidad un antiguo abogado con mucho éxito que recientemente lo había dejado todo para dedicar sus últimos años a la espiritualidad, levantó la mirada y, al ponerla en la barca de la pareja castellana, se dijo automática y acertadamente: “Pobre gente, qué vida tan vacía tienen”.

Ni el santón ni la pareja de Salamanca habrían imaginado jamás que los cuervos que volaban por encima de ellos estuviesen pensando: “Pobres seres humanos, qué putada no poder volar”.

RELATO DIVERGENTE, de Nando Baba
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