La crónica cósmica. El negocio de la prostitución (y los valores sociales)

La crónica cósmica. El negocio de la prostitución (y los valores sociales)
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Anteayer leí en la prensa que una maestra escolar española había cambiado de empleo para trabajar en un supermercado porque el sueldo era más simpático. Es una prueba más de la poca importancia que se da (y siempre se ha dado) a la educación en Celtiberia. Hace años conocí en Bangkok a una putita que antes había currado en unos grandes almacenes y cobraba una miseria: “Me pasaba los días de pie y terminaba rendida, mientras que ahora gano una buena cantidad de bahts y soy mi propia jefa”.

Si echáis una mirada en la web a “Una Cerveza con Luís Garrido-Julve”, autor del blog Bangkok Bizarro y gran conocedor de Tailandia, donde reside desde hace varios años, descubriréis que gracias a no haber sufrido las comidas de coco bíblicas, el negocio de la prostitución (y los valores sociales que pesan sobre este país) es completamente distinto al de Occidente, donde muchas de las mujeres que se dedican a ese antiguo oficio viven esclavizadas por la mafia.

Aquí por lo general no funciona así, aunque también se dan los tristes casos de las chiquillas de tribus pobres, a las que sus padres venden al mejor postor, como sucede también en la India. Kanchanaburi no es en manera alguna un burdel parecido a Pattaya, ciudad en la que el número de putitas y “lady-boys” (o “katoey”) supera los doscientos mil; sin embargo, hay una serie de bares dedicados a ese negocio en los que actualmente, temporada baja del turismo, las chicas se aburren bastante esperando a unos clientes que no llegan. Su aburrimiento se queda en nada si lo comparo al de las putitas que son contratadas a tiempo completo por unos turistas que las tendrán a su lado mientras duren sus vacaciones.

Ya he mencionado en otras ocasiones que no aguanto a la gente, a menos que se trate de un buen amigo; por eso me hago cruces al imaginarme en el sitio de ellas, pero también de sus clientes, al permanecer juntos las veinticuatro horas. ¡Qué muermo! Los veo muchas veces desde mi cabaña, sentados en la terraza de esta pensión, jugando con sus teléfonos porque no tienen nada que decirse (¡Ja, como todo el mundo, ¿verdad?).

Pack ecológico de viaje

Muchos de esos occidentales, generalmente feos, viejos o deformes, no buscan tanto el sexo como el simple hecho de sentirse en pareja, y van por la calle cogiditos de la mano con su putita. Otros, más que una mujer, necesitan una enfermera; como un francés que se halla postrado en una silla de ruedas que empuja su putita.

Hace unos días conocí a un español de cuarenta años recién divorciado que, debido a las heridas sentimentales que acababa de recibir, sufría lo que yo denomino “El Síndrome de Romeo”. Se enamoró de la primera putita que cayó en sus manos, a la que cubría de besos sin apercibirse de lo poco que a ella le gustaban. La tolerancia sexual de los tailandeses no es óbice para que los besos en los morros les parezcan una guarrada.

Otro compatriota que corría por aquí era el caso contrario (y más normal). A él las putitas se lo rifaban porque las satisfacía de maravilla, y me contó: “Hubo una que consiguió que echásemos cinco polvos en una noche. Yo me lo pasé bien, pero era evidente que ella estaba en la gloria, y hubiese seguido una y otra vez sin parar, aunque no le hubiese pagado por ello”.

Aparte de los turistas y las putitas, a mí cae bien la población de Kanchanaburi porque es cosmopolita y hay muchas parejas mixtas. Extendí mi visado tailandés en la tranquila Oficina de Inmigración local, y me estuve planteando visitar algún sitio nuevo (para lo que hubiese pedido consejo a los amigos valencianos de conmochila, que han vivido varios años en Tailandia); pero me cuesta imaginar un lugar en el que se dé mi perfecto ecosistema como aquí: la encantadora atmósfera de esta pensión, la buena y variada comida y los razonables precios, que siguen sin aumentar a través de los años (sólo ha cambiado el valor del euro, por el que antes te daban 40 bahts y ahora tan solo 34’90).

Cuando eres un crío y no sabes nada, crees saberlo todo; pero al ganar experiencia descubres lo de “sólo sé que no se nada”. Entonces te limitas a seguir el camino que te apetece y, pongamos por caso, te vistes teniendo en cuenta cómo te sientes, y no cómo te sienta, o sea buscando el confort sin usar el espejo. Yo me sentí bien en las praderas del Parque Nacional Masai Mara de Kenia, y también entre los pacíficos animales que habitan los bosques de las Colinas Kumaon al norte de la India, y paseando por las inmensas playas de Orissa en la parte oriental de este mismo país, o en las llanuras de Chitwán, en el Nepal.

Sentiría todo lo contrario en cualquier ciudad moderna, ya fuese en las prósperas, como Singapur, Shanghái o Huston, o en las pobres, ya fuesen de África o Asia, porque no son humanas. Sin embargo, me gustan las ciudades que fueron hechas para pasear, donde el número de sus habitantes es discreto, donde los edificios son bajos y las calles están salteadas de árboles, donde los niños y los perros pueden jugar a su aire y los pájaros construyen sus nidos bajo los aleros.

Lógicamente, no me gustan las autopistas, las fábricas, el ruido de los automóviles, los autobuses o los camiones, que me parece peor de noche, cuando recogen las ingentes cantidades de basura que producen esas grandes poblaciones en las que reina la suciedad y la basura y su hedor, así como la inseguridad, que provoca unas comprensibles paranoias y obliga a sus habitantes a permanecer enclaustrados tras las puertas blindadas y las ventanas enrejadas.

LA TABERNA GALÁCTICA. Érase una noche tan calurosa que mi antro predilecto parecía un horno. Por las ventanas salía la humareda de los cigarrillos, los porros y las pipas. Me abrí paso entre la clientela dando codazos, y no parecía molestar a nadie. Tras conseguir una cerveza, conecté la grabadora y me acerqué a cuatro hombres que hablaban en castellano, justo a tiempo de escuchar como uno de ellos, un riojano cuarentón, contaba: “De joven yo iba de punki y, junto con otros colegas, participé en muchas peleas de bandas porque, debido a nuestro aspecto, todo el mundo se metía con nosotros; no sé cuántas veces terminé en el hospital con la nariz partida o alguna costilla rota. Ahora curro todos los años en la vendimia y ahorro lo que cobro para viajar por Asia.

En la isla tailandesa de Koh Tao hice un curso de submarinismo que duró varias semanas, y tengo planeado dedicarme profesionalmente al buceo en los mares asiáticos. He conocido a españoles que sólo con haber buceado cuatro días han montado un negocio de ese tipo en Koh Tao. Si echas una mirada en Internet verás que existe el “Foro de Buceo para Españoles de Koh Tao”. En realidad, muchos de ellos son unos estafadores que te cobrarán un pastón sin enseñarte prácticamente nada. Bajo el agua no noto el transcurso del tiempo; la mejor experiencia fue tener un tiburón ballena a mi lado.

Nunca he mantenido una relación larga con una chica, pero recientemente estuve en Filipinas y me enamoré de una preciosidad local, así que podría terminar residiendo allí”. El tipo que estaba a su lado, que tendría unos sesenta años, comentó con un inconfundible acento catalán: “Supongo que, aparte de bucear, te dedicarás a “hacer” niñitos filipinos, ¿verdad? Para mí, tener en brazos a mi hijo recién nacido fue la mayor satisfacción de mi vida, y verlo convertido en un imbécil veinte años después fue la mayor decepción”. A pesar de que dijo esto con mucha seriedad, los demás se desternillaron y él terminó haciendo lo mismo.

El siguiente en tomar la palabra era evidentemente un vasco de pura cepa: “El cura de mi pueblo me preguntó una vez si creía en Dios. Le respondí que por supuesto, pues lo veía todos los días. Bueno, no todos los días, añadí ante su asombrada mirada, porque a veces vivo en sitios donde no tengo ningún espejo”. Tras una nueva tanda de carcajadas, el cuarto del grupo explicó: “Yo estudié con los Salesianos e hice suficiente amistad con uno de ellos como para que años más tarde aún vaya a verlo de vez en cuando para charlar un rato. Un día le dije que si yo tenía ganas de mear o de comer, comía o bebía, porque así no pensaba más en ello. Él opinó que era lo correcto. Pues para mí sucede lo mismo con el sexo, añadí, pues la mejor forma de no pensar en ello es echar un polvo todos los días. Entonces él rondaría los cuarenta años, y poco después me escribió diciéndome que había dejado los hábitos y se había casado”.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
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