Como diría Bob Dylan, en Japón los tiempos están cambiando. Especialmente en el sector del turismo. El país del Sol Naciente está de moda y recibe más visitantes extranjeros que nunca, pero parece que no sabe muy bien qué hacer con ellos. Gestionar la masificación en algunas de sus ciudades y barrios más populares se está convirtiendo en un problema.
Hasta hace no muchos años, viajar a Japón era un asunto más bien complicado. Está muy lejos, las costumbres locales son cuanto menos peculiares, y manejarse con el idioma es un infierno para la mayoría de los mortales. No, Japón no te lo ponía precisamente fácil ni para llegar hasta él ni para moverte por tu cuenta. Pero, en los últimos tiempos, esas trabas se han ido diluyendo en buena medida.

Ahora tenemos vuelos baratos a Tokio y a otras grandes ciudades niponas desde casi cualquier rincón de Europa. Internet hace que las cosas sean mucho más fáciles a la hora de planificar rutas e itinerarios. Hasta la barrera del idioma se puede salvar gracias a san Google. El lejano Japón está más cerca que nunca.
Y, por si todo eso fuera poco, la cotización del yen lleva por los suelos un par de lustros, así que el antaño inaccesible y exclusivo País del Sol Naciente resulta hoy bastante asequible para los bolsillos de quienes manejan euros o dólares.
El resultado de esta tormenta perfecta es que Japón, un destino que tradicionalmente solo entraba en los planes de viaje de una selecta minoría, ahora se ve inundado de oleadas de visitantes venidos de medio mundo. Y eso, en una tierra donde la gente no está muy acostumbrada a recibir visitas, está causando más de un quebradero de cabeza.

Últimamente, los pobres japoneses andan poco menos que desbordados. No saben cómo manejar esta nueva situación. Ciudades como Kioto o Kamakura siempre han estado llenas de turistas, de acuerdo, pero nunca a este nivel. Desde que terminó la pandemia del covid las cifras de visitantes aumentan exponencialmente, año sí, año también, y el efecto llamada no tiene pinta de remitir a corto plazo.
Solo en 2024 fueron casi 37 millones de turistas venidos de fuera; una cantidad que puede no parecer gran cosa comparada con otros países, pero que supone un récord sin precedentes para los estándares nipones. En 2025, esta cifra se superó con creces, y en 2026 va camino de ver un nuevo récord. Como vemos, Japón se ha convertido en un destino muy popular. Demasiado popular.

Que se lo digan a los vecinos de ciertos barrios de Kioto, que se plantean cerrarlos al público y permitir el paso solo a residentes. Suena un tanto excesivo, pero situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas. Y es que la masificación en algunas calles de la antigua capital nipona es tal que, en ciertos enclaves especialmente pintorescos –de esos en los que todo el mundo quiere sacarse la foto-, más que en Kioto parece que estés en una boca del metro de Tokio en hora punta.
La cosa empieza a preocupar a la autoridad competente, y no solo a nivel local. El gobierno japonés planea introducir en 2028 un sistema de visado y control estandarizado para viajeros, muy similar a la ESTA de los EEUU. De hecho, el invento se llama casi igual que el de sus compadres yanquis; JESTA, con jota. Jota de «Japón», claro.
El sistema requerirá que nos registremos antes del viaje en la web (o app) de rigor y rellenemos una serie de formularios on-line para, tras abonar una cantidad de dinero a modo de tasas, recibir el permiso de visita. O sea, se han sacado de la manga un visado electrónico: se acabó eso de llegar al aeropuerto, enseñar el pasaporte y adiós. Al menos nos prometen que el proceso será rápido e indoloro, aunque con la burocracia japonesa uno nunca puede bajar la guardia. Habrá que verlo.

También está por ver si medidas como esta son de verdad efectivas para poner freno al creciente flujo de visitantes, que es lo que el gobernó japonés realmente busca. A la hora de la verdad, mucho me temo que esto de la JESTA solo servirá para añadir un engorro extra a los que quieran visitar tierras niponas. Poco más.
Este tipo de reacciones tampoco son ninguna sorpresa. Aunque no quieran admitirlo, los japoneses siempre han mirado al extranjero con cierto recelo. El reciente auge de ciertos partidos populistas de extrema derecha, con discursos xenófobos que calan entre el público y que basan su ideario en echarle la culpa de todo a los de fuera, tampoco ayudan a mejorar las cosas. Malos tiempos para la lírica.
En realidad llueve sobre mojado. Históricamente, cuando las cosas vienen mal dadas, Japón, como buen país isleño, tiende a mostrar una marcada querencia al aislamiento, a cerrarse a cal y canto frente al mundo exterior. Lo ha hecho múltiples veces en el pasado, la última hace no tantos siglos. Y a muchos les gustaría volver a hacerlo ahora. De hecho, ya se empiezan a ver algunos movimientos nada disimulados en esa dirección.

Pero ya no estamos en la era de los samuráis, y Japón no puede sobrevivir él solito dentro de su caparazón. El mundo ha cambiado, y renunciar al comercio internacional y a la entrada de capitales extranjeros sería un suicidio para la maltrecha economía nipona, en crisis permanente desde hace décadas.
Tal vez por eso, ahora que la industria made in Japan ya no anda tan boyante como en los 80 y los 90, muchos están empezando a ver en el turismo una posible mina de oro. Los extranjeros ya no compran tantos televisores y automóviles de factura nipona como antes pero, en cambio, sí que se pirran por venir a Japón a gastarse los dineros comiendo sushi y visitando tiendas de anime en Akihabara.
El turismo es otra forma de que las divisas extranjeras entren el en país y le den un respiro a la cada vez más comatosa economía local. Los tiempos felices del «milagro japonés» han quedado ya muy atrás, el yen está cada vez más débil y Japón necesita los dólares, euros y yuanes extranjeros como agua de mayo para seguir a flote. Le guste o no.

Y, a pie de calle, a muchos les gusta más bien poco. Puede que la hostelería y el sector turístico se froten las manos, sí. Pero al japonés medio, a ese sufrido oficinista que no regenta una taberna, ni un hostal, ni tampoco trabaja picando tickets en un museo, eso de tener que sortear oleadas de turistas mochila en ristre y palo de selfie en mano por los estrechos callejones de su barrio no le hace demasiada gracia.
Ahora bien, a la hora de la verdad, desde el punto de vista de los japoneses hay turistas y turistas. Los que venimos de la lejana Europa o de las Américas, sobre todo si somos de piel blanca, solemos ser bienvenidos. O, al menos, tolerados. En cambio, los que llegan de otros rincones de Asia ya son harina de otro costal. Especialmente, sus vecinos de la China continental. A esos no los ven con muy buenos ojos.

Los turistas que preocupan de verdad son ellos, los chinos. Esos que acuden a tierras niponas en hordas tan numerosas como las de Kublai Khan, hablando a gritos y derrochando yuanes allá por donde pasan. Pero, precisamente, como se dejan sus buenos dineros en boutiques, restaurantes y hoteles de todo Japón, tampoco pueden quejarse de ellos en voz muy alta. No les queda más remedio que aguantarlos.
Al menos, hasta ahora. Porque nuestra nueva y flamante Primera Ministra, la señora Sanae Takaichi, la Dama de Hierro de Japón, se ha encargado ella solita de expulsar a los molestos turistas chinos de las calles y plazas niponas. Y lo ha conseguido únicamente con el poder de su palabra. Ahí es nada.
Nada más jurar el cargo el año pasado, a la señora Takaichi no se le ocurrió otra cosa que hacer unas declaraciones no muy afortunadas sobre la delicada relación entre Taiwán y Pekín, y el papel que (según ella) debería jugar Japón en todo ello. Naturalmente, al gobierno de la República Popular -poco amigo de las bromas- no le gustó un pelo oír aquello, lo que gatilló la enésima crisis diplomática entre Japón y China. Hasta aquí, nada fuera de lo común. Ambos países siempre andan a la gresca.

Pero esta vez la cosa ha tomado un derrotero diferente. Y bastante inesperado. La isla del Sol Naciente ha sido declarado destino non grato por el gobierno de Pekín y millones de turistas chinos (muy patriotas y muy ofendidos todos ellos) están cancelando masivamente sus paquetes de vacaciones en Japón. ¿Resultado? Desde finales de 2025, los hoteles y destinos turísticos japoneses están casi vacíos, ya que los chinos suponían el 70% de las visitas.
Total, que la incontinencia verbal de la primera ministra nipona ha dejado a la industria turística del país a dos velas. Para alegría de muchos japoneses, que al fin vuelven a poder pasear tranquilos por las calles, y desgracia de otros tantos que dependían de los yuanes chinos para llegar a fin de mes. Nunca llueve a gusto de todos.
En realidad, no hay mal que por bien no venga: por primera vez en muchos años las ciudades niponas están libres de las legiones de turistas chinos que las colapsaban. Muchos hoteles han tenido que tirar los precios para compensar las pérdidas. Bien mirado, este 2026 es un momento estupendo para visitar Japón por menos dinero y con menos aglomeraciones. Puede ser una oportunidad única que tarde mucho en repetirse.

Porque, venga de China o de donde sea, el impacto del turismo masivo en el día a día de Japón es un problema real. Quien escribe estas líneas lleva ya cerca de 20 años viviendo en estos lares y, en ese tiempo, ha visto de primera mano cómo cambiaban las cosas. Cómo degeneraban, mejor dicho.
Rincones de Tokio que hasta hace no mucho tenían un sabor distintivo y una vibrante cultura propia han sido totalmente colonizados por el turisteo. Barrios como Akihabara o Harajuku, auténticos viveros de tribus urbanas y modas únicas en el mundo, han sido completamente arrasadas por la tiranía del turismo masivo. No son ni la sombra de lo que fueron hace apenas diez años.
No exagero si digo que, hoy en día, cuesta ver a un japonés por las calles de Akihabara. O en el archifamoso cruce de Shibuya. Hay distritos enteros de Kioto que son absolutamente intransitables a causa de la afluencia masiva de turistas. No me extraña que algunos vecinos, desesperados, quieran poner una valla en su barrio y declararlo zona de exclusión.

Y, sin embargo, todo eso está salvándole el pellejo a decenas de miles de japoneses que viven de darle de comer o de venderles souvenirs a los de fuera. Sin sus millones de visitantes anuales, la economía de una ciudad como Kioto se iría al garete en un abrir y cerrar de ojos. Imagino que no es fácil dar con el equilibrio justo entre tener un sector turístico boyante y mantener la calidad vida de los ciudadanos de a pie. Pero algo van a tener que hacer para conseguirlo.
El problema no es solo que muchos lugares, antaño encantadores y mágicos, se hayan convertido en trampas para turistas a las que los lugareños ya ni se acercan. En muchas ciudades y barrios nipones, más bien pequeños, la avalancha de visitantes resulta casi imposible de gestionar. Sencillamente, sus infraestructuras no están preparadas para tanta gente. Y eso hace que los vecinos no puedan subir al autobús o ir a comprar al mercado sin tener que pelearse con cientos de miles de turistas.

Eso no pasa solo en Japón, claro. Que se lo pregunten a los que viven en Magaluf, por ejemplo. Pero, para muchos ciudadanos nipones, es una situación totalmente nueva. Y no saben cómo reaccionar.
Con todo, en medio de todo este caos, tampoco faltan quienes han encontrado la manera de sacar tajada. En Japón se están planteando seriamente seguir el ejemplo de lo que desde hace tantos años se viene haciendo en Tailandia y en otros destinos de Asia: tratar al de fuera como si fuera la gallina de los huevos de oro. Ya empiezan a verse en muchos restaurantes menús -en perfecto inglés- con precios para gaijins. O sea, un 25% más altos que los del menú en japonés.
También se baraja subir los precios de las entradas de las atracciones turísticas para los de fuera. Sin ir más lejos, el famoso castillo de Himeji, uno de los lugares más icónicos y hermosos de todo Japón, acaba de revisar sus tarifas de admisión este 2026. Si no eres residente en la ciudad de Himeji, a partir de ahora deberás pagar 2500 yens (unos 14 euros) para entrar. Antes, la entrada eran 1000 yens (6 euros).

Al menos, en el caso de Himeji la subida de precios se aplica a japoneses y extranjeros por igual. En otros enclaves turísticos igualmente populares, donde ya se está pensando aplicar medidas similares, los extranjeros van a pagar la mayor parte del pastel. Muchas ciudades planean implantar una tasa extra en los hoteles para los huéspedes venidos de fuera (los hoteles de Kioto llevan ya unos cuantos años con ella). Museos, castillos, templos… pronto van a ser más caros si tienes pasaporte extranjero y cobras en euros. O en dólares, lo mismo da.
Otra medida que están preparando en lugares como Kioto, especialmente afectados por el turismo masivo, es habilitar líneas de transporte público (generalmente de autobús) exclusivas para turistas. Las rutas de estos buses enlazarían las principales atracciones turísticas de la ciudad e incorporarían explicaciones y señalización en inglés.

Así, además de resultar prácticos para los viajeros venidos de fuera, descongestionarían un poco las líneas de bus local, que actualmente se llenan hasta arriba de extranjeros cargados de mochilas y maletas. Lo cual, ni que decir tiene, es un problema para los pobres vecinos que dependen de esos mismos buses para ir cada mañana a trabajar.
Puede ser una idea interesante, pero está por ver cómo resulta en la práctica. Porque, evidentemente, estos buses para turistas serían más caros que los de línea regular. De nuevo, el dichoso sistema de doble tarifa. Seguramente, ante la tesitura de pagar más por subir a un bus que te lleva al mismo sitio, más de uno optará por seguir montando en los buses regulares, como hasta ahora. Y, en cuanto quiera subir un par de maletas y el conductor se mosquee, ya tenemos el lío montado.
La legalidad de estas iniciativas de doble precio es dudosa, y su moralidad lo es aún más. Pero esta idea de la «tarifa para gaijins» va camino de convertirse en la nueva normalidad. Es lo que hay, y no queda sino acostumbrarse. Japón parece empeñado en convertirse en la nueva Tailandia. O, si me apuras, en la nueva Benidorm.

Pero, mientras que en mi querida Tailandia la gente suele ser más bien pasota y la mayoría de los thais acogen a los farangs que los visitan con una mezcla de indiferencia y cachondeo, en Japón el común de los mortales ven al gaijin más bien con miedo. En Tailandia, el extranjero es alguien que está de visita. En Japón, tienden a verlo como alguien que está invadiendo su país. Y esta visión, que antes era más bien minoritaria, tristemente se está convirtiendo en tendencia a pie de calle.
Por desgracia, también hay que decir que a los sufridos japoneses no les faltan razones para ver a los turistas con recelo. En los últimos tiempos se vienen acumulando las noticias de desmanes y tropelías de lo más variado, cometidas por turistas poco cívicos y con nulo respeto por la cultura y costumbres locales.

Por ejemplo, youtubers que se dedican a hacer bailecitos en mitad de vagones del metro de Tokio atestados de gente, molestando a todo el mundo solo para arañar unos miserables likes. Alguno, incluso, ha llegado a liarse a empujones con un pobre abuelo nipón que no quiso quedarse callado y le afeó su conducta. No daremos nombres para no dar visibilidad a gente que no se lo merece, pero los casos están ahí. Y, por desgracia, van en aumento.
También es tristemente famosa cierta tienda de conveniencia de la cadena Lawson en la pequeña localidad de Fuji Kawaguchiko, que tuvo que instalar en su tejado una lona negra de varios metros para tapar la vista del monte Fuji. ¿La razón? Que esa vista en concreto se había hecho tan increíblemente popular entre los turistas de medio mundo que, día tras día, miles de visitantes acudían al establecimiento cámara en mano para hacerse con la deseada instantánea. Y, en el proceso, arrasaban todo a su paso cual plaga de langostas.

Se subían a los coches aparcados a la entrada, a los tejados de las casas aledañas, a las vallas publicitarias… La única manera de ahuyentarlos fue esa, bloquear la vista con una pantalla gigante. Y ni aun así consiguieron acabar del todo con el efecto llamada. Un fenómeno de esta magnitud, para un pueblecito de unos pocos miles de habitantes en medio del Japón rural, es un problema muy complicado de gestionar.
Y luego está el asunto de los turistas chinos que (según cuentan algunos) tratan a patadas a los ciervos de Nara. Sí, esos animalitos tan simpáticos -y algo descarados- que pueblan los parques y calles de la pintoresca ciudad de Nara, y que son uno de sus principales reclamos. Los mismos que hacen reverencias con la cornamenta a los viandantes para que les den galletas. ¿Quién no los ha visto en alguna fotografía o vídeo por ahí por internet?
Es verdad que estos cuadrúpedos, de tan acostumbrados a la presencia del ser humano como están, a veces se pasan un poco de la raya. A más de un visitante despistado le han comido la camiseta, el billete de tren, o incluso el pasaporte. Y se ve que a algunos turistas chinos no les terminan de gustar esos excesos de confianza. Cuando el bambi de turno les ha mordido la mano o se les ha cruzado por en medio para estropearles una foto, la han emprendido a puntapiés con el pobre animal.

Una conducta más que censurable, y que no le hace maldita la gracia ni a los ciervos ni a los humanos residentes en Nara. Porque estas hermosas criaturas, además de ser seres sintientes, son sagradas según la tradición local. Nuestra aguerrida Primera Ministra, la señora Takaichi -que además es oriunda de la propia Nara- ha denunciado estos comportamientos más de una vez en sus discursos públicos. Y, de paso, aprovecha la coyuntura para tirarle una pullita a las autoridades de Pekín, por no saber educar como es debido a sus ciudadanos. Siempre haciendo amigos, doña Sanae.
Todos estos incidentes no hacen sino dar mala fama a los de fuera y predisponer al personal contra el resto de viajeros. Los ánimos empiezan a estar caldeados y, en un país como Japón, que nunca fue muy abierto con los de fuera, a los extranjeros cada vez nos ven con peores ojos. Por eso, si planeas viajar allí este año, ya sabes: usa el sentido común, ten un poco de consideración por el prójimo y demuéstrales a los japoneses que los extranjeros no somos unos bárbaros incivilizados. Al menos, no todos.

Es de esperar que, algún día, la moda de Japón pasará y las cosas volverán a su cauce. Entonces, muchos de los que ahora se quejan de los turistas seguramente echarán de menos sus yuanes, sus euros, sus dólares. Pero, a cambio, podremos volver a pasear por las callejuelas de Gion sin tener que abrirse paso a codazos. Todo yin tiene su yang. Pero, mientras tanto a los de fuera nos toca adaptarnos lo mejor que podamos.
