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La crónica cósmica. Beber el doble por el mismo precio

La crónica cósmica. Beber el doble por el mismo precio
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YO DEDUZCO. A pesar de no ser un profeta (¿se puede ser profeta sin saberlo? ¡Ja!), durante mi vida adiviné muchas veces el futuro usando simplemente la lógica: “Este corre demasiado y se va a pegar una hostia”, o “Aquel ha montado un negocio en plan romántico y se arruinará”; y sucedió de nuevo cuando el amigo valenciano me propuso hacer la entrevista que aparece en “Una cerveza con… Nando Baba” de esta web, pues deduje que mi confortable anonimato estaba a punto de esfumarse, y ya no tuve la menor duda de ello al sugerirme además publicar estas crónicas en ella.

Por si estáis pensando, “Este papanatas se habría podido negar”, os aclararé que entre las ideas filosóficas por las que me guío se halla, primero, la de aceptar lo que me cae del Cielo (como hacen los hindúes: karma), y segundo, no tener una negativa para una persona con la que se haya dado lo que yo denomino como “la conexión cósmica”, o sea el caso del amigo valenciano. Como prueba de que no estoy soltando una fantasmada os recordaré que hace un par de años recibí un correo de la Embajada Española en Delhi pidiéndome que apareciese en el programa de televisión “Españoles por el Mundo” y, desesperando a mi ego, les dije que no.

Por si alguien siente el mínimo deseo de ser famoso, le recomiendo residir una temporada en un bazar tercermundista en el que su presencia sea siempre el centro de atención general, porque acabará implorando, “¡Mamá, quiero ser invisible!”. Terminaré con esta parrafada e iré al grano en cuanto haya añadido que en esta forma de pensar va incluido el temor a que mi puto ego engorde más de la cuenta.

“¡Luces, cámara, acción!”: Érase una vez un viejo latino (yo) que tomaba tranquilamente una cerveza (por supuesto “Beerlao”) en una terraza de la “Rue Sisavangvong” de Luang Prabang, algo que hacía mientras se dedicaba a la relajante actividad de “ver pasar gente”. Se había puesto el Sol y los tenderetes del mercado nocturno encendían sus lámparas esperando la llegada de esos turistas que viajan para comprar. En un momento dado mi mirada cayó sobre dos hombres jóvenes que, al verme, se detuvieron y cuchichearon entre ellos, e inmediatamente intuí lo que después me confirmarían ellos mismos: “Perdona que te molestemos”, me dijeron en castellano tras acercarse, “tú eres… ¿verdad?” (fijaos en que, al buscar el anonimato, jamás he mencionado mi nombre en estas crónicas). Ellos me contaron que eran de Alicante y habían visto la entrevista de “Una cerveza con…”. Tras hacer las fotos obligadas continuaron su camino dejándome con una curiosa e incierta sensación que, aun siendo agradable para mi ego, era incómoda porque, según deduje, a partir de ahora debería cuidar dónde y cómo meaba (a Keith Richards le fotografiaron haciéndolo y dijeron que se estaba masturbando).

ALREDEDOR. Tras ponerme a gusto hablando de mí y de mis circunstancias, a continuación le pasaré el turno al decorado. En la crónica anterior os explicaba que en Laos se fumaba en todos lados, pero esto cambió radicalmente en el momento en que llegué a Luang Prabang (igual que lo hicieron los precios al aumentar de forma espectacular), donde los signos prohibiéndolo se hallan incluso por la calle. De esta encantadora ciudad se pueden decir docenas de piropos porque, aparte de estar llena de edificios coloniales y delicados templos, tiene dos ríos (el Mekong y el que desciende desde Nong Khiaw), una colina en medio que es un parque cubierto de verdor, y una colección increíble de árboles monumentales en sus calles. Completa tanta maravilla un barrio de callejuelas peatonales en el que se hallan docenas de pequeñas y tranquilas pensiones ajardinadas en las que los sufridos turistas pueden recuperar las fuerzas. Debido a que ya la había visitado con anterioridad, solamente estuve allí dos días antes de continuar mi viaje hacia el sur.

En vez de reservar el tique de autocar en una agencia que me cobraba un treinta por ciento más, madrugué y me presenté en la estación de autobuses con tiempo suficiente; pero no debería haberme apresurado, ya que el mío iba medio vacío. El trayecto hasta Vientiane tendría que haber durado diez horas, pero se alargó un poco debido a la grandiosa humanidad de los laosianos, pues partimos con media hora de retraso (sin que nadie se inmutase) porque uno de los pasajeros esperaba a su novia, y después nos detuvimos una docena de veces para que un anciano incontinente vaciara la vejiga (las viajeras llevaban unos lunguis con los que se cubrían el trasero para mear sin tener que alejarse del autocar). También paramos en diferentes chiringuitos de bambú en los que las mujeres de las tribus vendían fruta y verdura además de ardillas y murciélagos (muertos) para la cazuela.

Las colinas que encerraban las carreteras del norte del país dejaron paso a unas serranías por las que estuvimos trepando y descendiendo gran parte del día. Era un vehículo alto y con grades cristales contra los que golpeaban continuamente las ramas haciéndome temer que alguna no fuese flexible. Los paisajes eran invariablemente espectaculares, con infinidad de montañas completamente cubiertas de verdor en las que no se veía población alguna. Las únicas partes que no pertenecían a la jungla eran las dedicadas al monocultivo de los árboles del caucho. A ratos tuvimos por debajo un mar de nubes del que sobresalían algunas cumbres.

Recorríamos la carretera que comunica a las dos mayores ciudades del país, pero no había el mínimo tráfico. Mi memoria fotográfica (para las cuestiones geográficas) me recordó el sitio en que hace diez años vimos como la policía ametrallaba a un camión que no se paró cuando se lo ordenaron. El amigo marsellés y yo íbamos detrás en dos diferentes minibuses llenos de turistas (él en el primero y yo en el segundo). Fue una aventura muy excitante que incluyó algunos chillidos histéricos y el curioso olor de la pólvora (que no se huele en las películas…). Dos policías detuvieron el vehículo en que iba el marsellés y, tras colocar la ametralladora todavía caliente sobre sus piernas, dijeron al conductor que siguiese al camión y lo adelantase. El chófer del mío decidió hacer una parada para mear (hombre precavido vale por dos), y lo que vimos más tarde también era de película: El camión estaba aparcado en medio de la carretera, un policía encañonaba con su ametralladora a una chica y un hombre que sollozaban aterrorizados, y el otro tenía tumbado al camionero sobre el asfalto y le clavaba el cañón de su pistola en la cabeza como si se dispusiese a ejecutarlo.

LA TABERNA GALÁCTICA. “Mis padres eran chinos”, me contó con una voz suave en cuanto le animé a confesarse, “pero yo nací aquí, en Laos, hace sesenta y tres años, de donde partí antes de cumplir los diez cuando emigramos a Canadá. ¡Ja!, ahora mi hijo ha terminado el periplo al decidir vivir en Vientiane, y yo he venido con él. Antes, a pesar de ser un buen budista, bebía whisky e incluso fumaba opio, y sólo lo dejé por cuestiones de salud. De lo único que me quejo en la actualidad es de la impotencia que me aqueja desde hace un par de años”.

A nuestro lado se encontraba un noruego de sesenta y cuatro años y mirada traviesa que, al enterarse de esos problemas sexuales, dijo que de sucederle lo mismo quizás se saltaría la tapa de los sesos porque follaba habitualmente dos o tres veces al día, hecho que podía atestiguar su joven esposa laosiana. “Sin sexo no hay vida, y la viagra es el mejor invento de la humanidad”, dijo en castellano. “Nací en Oslo, pero crecí en Estados Unidos, y sólo regresé a Noruega cuando murió mi padre. Me gusta mucho la naturaleza, y pasé cuatro años en Extremadura, donde tenía una buena finca que terminé vendiendo porque, a pesar de ir sobrado de sexo, no encontré a una mujer que la quisiese compartir”. Yo abandoné la taberna galáctica pensando que el chino y el noruego hacían buenas migas precisamente porque eran totalmente distintos.

MIRA LO QUE PIENSO

  • El amigo californiano me contó que en su país ha nacido una nueva palabra al juntar “sheep”, oveja, y “people”, gente, o sea “sheeple”, para denominar (si lo entendí bien…) a quienes siguen invariablemente las mismas costumbres y rutinas (¿impuestas por el sistema social?) siendo incapaces de alterarlas. La correcta traducción al castellano sería “borrego” o “aborregado”, ¿no? Creo que en ese comportamiento influye mucho la pereza mental, la cobardía y la adicción al sofá. Reflexioné acerca de esto en la pensión de Nong Khiaw mientras observaba los repetitivos juegos de unos faisanes preciosos a los que tenían encerrados entre rejas, aves que aparentemente estaban locas por salir de allí pero se habrían jiñado de miedo de haber conseguido escapar de su encierro. Es de comprender, porque a mí, al tener plena libertad y no haber nadie que me imponga reglas o me indique la dirección, a veces me cuesta decidir continuamente qué, cómo y cuándo.
  • Empezó hablando con los animales, más tarde siguió con las plantas, y al fin lo hizo con la botella obteniendo unos resultados parecidos.
  • Diferencia sutil: Dos amigos escogieron tomar unas copas en un bar barato, pero uno lo hizo con el propósito de ahorrarse unas monedas y el otro para beber el doble por el mismo precio.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba
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