La crónica cósmica. ¡Corre, corre, no pares!

La crónica cósmica. ¡Corre, corre, no pares!
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Yo saludo, tú saludas, él saluda. Al no ser un servidor muy aficionado al contacto físico, me gusta el saludo oriental que me permite decir hola a varias personas al mismo tiempo juntando las palmas de las manos frente a mi pecho. Namasté. Si voy por la calle y tengo la mano izquierda ocupada, me limito a poner la derecha sobre el corazón igual que muchos musulmanes. La derecha la dejo libre porque, en caso de tropezar, como hago frecuentemente (“¡Patoso!”), trataré de protegerme con ella de forma instintiva. En cierta ocasión en que no seguí esa norma y tropecé, llevaba una cafetera en la mano derecha y acabé lisiado, quemado y cabreado por mi estupidez.

En Occidente, si me cruzo con un conocido al que no quiero dar palique (que hipócrita me siento manteniendo la típica e indeseada conversación social), prefiero saludarlo silenciosamente levantando la mano o intercambiando una mirada. Si hace falta, incluso le soltaré un hola y un hasta pronto sin detenerme. Confieso que, a menos de que haya amor de por medio, la gente me resulta insoportable. Lo de dar la mano tiene la gracia de las tradiciones ancestrales: dejar claro que no llevas una navaja en ella. Sin embargo, prefiero saludar a las personas que amo con un abrazo de osezno que, según creo, incluye un intercambio de energías.

Después ya viene el que, entre los occidentales, es el saludo con mayúsculas: el beso. El que se da en las mejillas tiene la versión atenuada en la que los labios besan el aire, o la más íntima en que éstos sí entran en contacto con la tierna epidermis de la mejilla. Otra confesión: aunque soy un poco maricón, nunca me ha gustado seguir ese ritual con los hombres. Y tampoco con las mujeres, si no hay de por medio una relación íntima.

Aunque algunas amigas mías tienen la simpática costumbre de saludarme con un beso en los labios, yo lo reservaría exclusivamente para la pareja. Ah, olvidaba los bebés, a los que sus mamás y sus tías, si se dejasen llevar por el instinto, después de babearlos un buen rato terminarían pegándoles un mordisco: “¡Está para comérselo!”.

Este ensayo del saludo no sería completo si olvidase a mis amigos los perros. Esos amables animales son transparentes como el celofán y, con echarles una rápida ojeada, adivino enseguida sus intenciones. Son contadas las ocasiones en que encuentre a uno que me advierta con su pose o su mirada que no le caigo simpático y que, si tratara de acariciarle, me podría pegar un mordisco. Por el contrario, la gran mayoría de los perros desconocidos aceptan encantados el contacto de mi dedo índice sobre su morro. En cuanto a los papanatas que parecen enamorarse de mí, llevan a cabo la danza de la pleitesía en varias fases: aparte de mover la cola, se acercan andando graciosamente de manera parecida a los cachorros, mueven el trasero de un lado a otro y me declaran su fiel amor relamiéndose el morro por un corto instante: es su forma de besar.

A pesar de amar mucho a los perros, me siento más hermanado con los gatos, pues son individuos solitarios como yo. Me encanta su descaro e insolencia, y también la costumbre que tienen de acariciarme las piernas con la cola cuando pasan junto a mí. El amigo valenciano me ha contado que Songkran, su gato malayo con el que hice buena amistad durante las diferentes temporadas que pasamos juntos, ha aprendido distintas formas de comunicarse y, por ejemplo, le pedirá de manera comprensible que abra la ventana cuando desee ir de paseo.

Ya que he mencionado al amigo valenciano, os aclararé que está aquí en Sauraha, en la cabaña de al lado. Vino desde la India después de que su novia partiese hacia Inglaterra, y pasará un par de semanas conmigo. En las otras ocasiones en que estuvimos juntos siempre fue él quien corriese con el rol de guía; ahora me estoy dando el gusto de hacerlo yo, llevándole de la mano por mis senderos y sitios predilectos, como la pradera que hay en las afueras, donde anteayer nos encontramos con un rinoceronte de espectacular tamaño.

En uno de esos paseos nos acompañó una perra, y cuando pasamos cerca de un elefante doméstico al que mantenían esposado, estuvimos a punto de tener un disgusto (y nos jiñamos de miedo) porque, tirando al máximo de las cadenas que lo inmovilizaban, en un momento en que la perra se hallaba entre nuestras piernas, trató de agarrarla con la trompa. ¡Corre, corre, no pares! En el primer instante creí que iba a por nosotros; sólo después recordé que los elefantes odian a los perros.

Hace un par de años, una tarde en que me dirigía a la casa del Señor Tolstoi seguido de una perra, con nuestro rápido paso alcanzamos un elefante doméstico que iba en la misma dirección. Cuando nos disponíamos a adelantarlo, el cornaca me alertó usando la mímica: “¡Al loro!”. La advertencia llegó justo a tiempo, pues, en cuanto me hube apartado, el elefante pegó una rápida coz digna de un caballo. Pretendía darle a la perra, pero, igual que con el incidente que mencionaba antes, al hallarme en el sitio equivocado podría haber recibido yo ese el golpe.

El amigo valenciano y un servidor somos los protagonistas del nuevo relato divergente que he escrito. La historia salió sola en cuanto vi la foto que su novia nos tomó junto al Lago Nakuru de Kenia cuando intentábamos encender unos bidis en medio de una gran ventisca, pero tardé un par de días en dar con un final que fuese de mi gusto. Como tantas otras veces, las musas me mandaron un correo cósmico mientras me calentaba de mañanita frente a una hoguera acompañado de nepaleses a los que no entendía: es una situación que permite a mi mente vagar a su gusto.

Y hablando de mi mente desmadrada, os haré otra confesión: estoy perdidamente senil y voy más despistado que el Profesor Tornasol. Una prueba de ello está en cómo juego al backgammon con el Señor Tolstoi. Creo que el backgammon va muy bien para ejercitar la agilidad de mi cerebro, pero ahora, aparte de hacerlo fatal y perder continuamente, me equivoco con frecuencia o me quedo en blanco contemplando bobaliconamente el tablero. Parece otra versión de mí mismo, pues antes nunca cometía errores y sabía por adelantado cuáles eran mis posibles movimientos o los de mi adversario, incluso antes de echar los dados. Curiosamente, ese declive personal ni me asusta ni me turba, sino que me resulta intrigante e interesante, como cualquiera de los que denomino experimentos de la vida. Reaccioné de manera parecida al empezar a tener dificultades de visión, pues despertaban mi curiosidad e imaginación.

NEPALIDADES

Durante el año fiscal 2018-2019 hubo 1.873 mujeres nepalesas que denunciaron haber sido violadas.

Según el estudio de “Transparency Internationa’s Corruption Percepcions Index 2019”, Nepal se halla en el puesto 113 de los países corruptos, por delante (o por detrás) de la India, que se sitúa en el 80; y Sri Lanka, en el 93. Pakistán se encuentra en el puesto 120, Afganistán en el 173. Los países más “sucios” son Somalia, Sudán del Sur y Siria. Y los más “limpios”, como siempre, son Nueva Zelanda, Dinamarca, Finlandia.

Mientras la epidemia de coronavirus de Wuhan se extiende por el mundo, en el aeropuerto de Katmandú siguen sin hacer un chequeo a los miles de turistas chinos que llegan todos los días (estamos en temporada alta). El pasado 5 de enero aterrizó en esa capital un estudiante nepalés procedente de Wuhan que padecía problemas respiratorios y tenía otros síntomas de esa enfermedad; pero el médico al que consultó en un hospital le diagnosticó una gripe y lo mandó a casa. Menos mal que le habían hecho una extracción de sangre que mandaron a un laboratorio de Hong Kong. Y ahora, un par de semanas más tarde, han recibido el resultado: el joven sufre coronavirus. El problema está en localizarlo porque no saben dónde para. ¿A cuánta gente habrá contagiado ese virus letal?

La policía de la cercana ciudad de Hetauda arrestó al chófer y al enfermero de una ambulancia gubernamental que, en vez de transportar un enfermo o un herido, iba cargada de maría hasta el techo.

Y esto es todo por hoy, mis queridos papanatas. Bom Bom.

La crónica cósmica, de Nando Baba
La crónica cósmica, de Nando Baba

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